Jornada 04. Cabalgata de muertos (17)


-Y ahora imaginad que mandan los Tomcat –siguió Pérez dibujando el escenario-, esos aviones con sus bombas inteligentes.

Señaló el cuartel.

-¿De verdad que queréis correr el riesgo de que se les escape la bomba y caiga sobre nuestros camastros?

Los sargentos sonrieron nerviosos y negaron con la cabeza.

-De acuerdo pues –dijo el sargento devolviendo el puro a su boca-, los BMR al lado de la fachada del cuartel. Los americanos, por ahora, que no se metan, pero os aseguro que si hay que llamarlos se les llamará. Y que pase lo que pase.

Todos asintieron. Los sargentos comenzaron a irse hacia dentro para preparar sus unidades y dar las últimas órdenes. El sargento miró a su alrededor.

-Ramírez –gritó, dirigiéndose a un grupo de soldados. Uno de ellos se alejó del grupo y fue corriendo hasta la posición del sargento . Quiero que vaya calle abajo a marcha ligera a avisar al dormitorio de oficiales para que sepan lo que está pasando. No sea que las comunicaciones fallen. Y que cierren el tráfico del cruce.

El soldado asintió y comenzó a correr calle abajo en dirección contraria a la que estaban agrupándose los zombis.

La fachada comenzó a llenarse de soldados que estaban montando las ametralladoras y tomando posiciones en las ventanas. Lástima que no tuvieran nada de la artillería que ese cuartel había tenido en el pasado, pensó el sargento. Antiguamente, ese cuartel había sido el de la unidad de artillería, pero con la amenaza zombi se decidió que no tenía sentido guardar ahí todo ese material que era inútil contra los no-muertos y se convirtió en una base de infantería mecanizada.

El sargento se rascó la coronilla nervioso. No dejaba de tener la sensación de que todo iba demasiado bien. Y, aunque no se quejaba, sí que tenía la sensación de que en algún momento se les iba a caer el cielo encima. Un soldado apareció corriendo desde dentro del cuartel con algo en la mano. Se acercó y se lo entregó. Era un teléfono vía satélite.

-Señor, el cuartel general –informó el soldado-, quieren hablar con el oficial al mando.

El sargento sonrió, se quitó el puro de la boca y escupió al suelo.

-Pues van a tener que conformar con un triste sub-oficial –dijo agarrando el teléfono.

-Soy el sargento Pérez, ¿en qué puedo servirle? –Dijo con tono serio.

-Soy el general Pacheco –respondió una voz al otro lado del teléfono- escúcheme bien, porque sólo lo diré una vez.

El sargento no dijo nada. No le gustaba el tono que estaba usando ese general.

-Le ordeno que se retire al cuartel, no interactúe con la marcha zombi que está teniendo lugar y no llame su atención ni trate de detenerles de ninguna de las maneras.

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Jornada 04. Cabalgata de muertos (16)


Varios sargentos más llegaron a la puerta desde la que su compañero estaba observando a los zombis. Éstos no parecían tener prisa por continuar la marcha. Más parecía que avanzaban porque les empujaban desde atrás. Mejor para ellos. Tendrían más tiempo.

El sargento miraba de un lado para otro de la calle y estudiaba el que iba a ser su terreno de combate. Se giró para saludar a sus compañeros de rango.

-¿Es cierto que tenemos una plaga entre manos? –Preguntó uno.

El sargento Pérez, que seguía mordiendo el puro asintió mientras señalaba al final de la calle. El resto de sargentos alzaron sus prismáticos para ver mejor.

-Ostias –dijo uno.

-La madre del cordero –dijo otro.

-Que Dios nos coja confesados –añadió un tercero.

-Pues eso –dijo el sargento Pérez –que son muchos, y nosotros no.

-¿Y dónde demonios están nuestros oficiales? –Preguntó uno de los sargentos mirando a su alrededor.

-Limpiándose el culo –respondió Pérez-. Y mejor así, que todos sabemos que los oficiales de guardia que tocaban hoy podrían matarnos con sus fabulosas ideas salidas de la Academia de Oficiales.

El resto de sargentos asintieron. Lo cierto es que había buenos oficiales asignados al cuartel. Eran listos, y respetaban la opinión de sus sargentos, y, lo más importante, no tenían ganas de jugar con la vida de sus subordinados. Pero no todos eran así, los había que tenían ideas geniales que querían llevar a la práctica aunque eso les costara la vida a sus subordinados.

-Creo que será mejor que los BMR sólo se alineen en la parte derecha de la calzada –dijo señalando la fachada del cuartel-. Así los soldados no tendrán que preocuparse del fuego cruzado con los BMR que estén enfrente.

Los sargentos asintieron.

-¿Y los americanos? –Preguntó uno de los sargentos que seguía estudiando al enemigo-. Tengo entendido que hay un portaaviones en el puerto. Podríamos pedir apoyo aéreo.

Pérez sonrió mientras se sacaba el puro de la boca y escupía en el suelo.

-Vale, sí, ahora imagínate los Cobra volando por esta zona –dijo señalando a su alrededor-. ¿Qué tenemos?

El otro sargento miró a su alrededor.

-Edificios con civiles, un colegio, aunque vacío… y el centro de salud –dijo de repente cayendo en la cuenta-. Tendríamos que tratar de llegar hasta ahí, ¿no?

El sargento Pérez negó con la cabeza.

-El policía que nos ha dado el aviso me ha comentado que primero les avisó –dijo preocupado-. Si cumple con las medidas de los edificios públicos sus puertas y ventanas inferiores estarán blindadas y si siguen el consejo del policía no tendrán problemas. Con suerte acabaremos con los zombis antes de que tengan la oportunidad de fijarse qué tienen a su alrededor.

El otro sargento asintió con cara preocupada.

-Respecto a los americanos –continuó hablando Pérez-… Bueno, ya sabemos lo bien que se lo pasan apretando el gatillo contra todo lo que se mueva. Así que imagina los Cobra entrando en acción… no dejan un edificio entero.

Jornada 04. Cabalgata de muertos (15)


El sargento por su parte había sacado medio puro de uno de sus bolsillos y se había puesto a morderlo nervioso sin llegar a encenderlo. El patio se iba llenando de soldado que iban de un lado para otro corriendo. Todos con su misión para un caso como ese… o algo parecido. Durante unos segundos, miles de pensamientos se sucedieron con trepidante velocidad por la cabeza del sargento; ¿sería aquello acaso una marcha zombie no autorizada llevada a cabo por alguno de los pirados que habitaban aquella puñetera isla? Recordaba a un tal Sito ‘El Naranjito’ (¿Sito, por Dios, qué nombre era ése?), un loco que mantenía una web de zombies que únicamente hablaba esas garrapatas sanginolientas; Vicente García, un editor local que había llevado a cabo prácticamente una enciclopedia sobre los zombies publicando toda clase de libros sobre esos jodidos bichos y que parecía enamorado de éstos; JD un escritor pirado que veía conspiraciones por todos lados en sus textos que propagaba por la web; y el peor de todos, Adrián García, el subversivo director de la Mallorca Zombie Walk y que cada dos por tres montaba un lío de tres pares de narices al convencer a cientos de chalados como él para vestirse como zombies y recorrer las calles de la ciudad, causando el pavor entre los ciudadanos, ya de por sí sensibles a este tipo de temáticas. Menuda fauna, sólo les faltaba montar una secta y suicidarse colectivamente para luego resucitar juntitos.
Claro que él nunca reconocería saber todo eso, que luego había que responder de dónde había salido esa información.

Varios cabos se acercaron al sargento para coordinar los grupos.

-Quiero los BMR preparados para su despliegue a lo largo de la calle –comenzó a decir el sargento- recuerden, en paralelo con la calzada, nada de formar una barrera para que los zombis no puedan pasar que ya sabemos qué pasa en esos casos.

Todos asintieron.

-Ametralladoras en los balcones y ventanas del edificio de intendencia –dijo señalando al edificio que había justo al lado de la entrada principal-. Y munición anti-zombi, estando tan cerca y siendo tan numerosos no podemos usar munición normal. Hay que despedazarlos deprisa y con diligencia.

Los presentes volvieron a asentir. La munición anti-zombi era un eufemismo para indicar munición de cabeza explosiva. Esa munición no se solía usar habitualmente por el daño que causaba a los cuerpos. Era una auténtica carnicería ver un cuerpo después de recibir un impacto de una de esas balas. Y una pesadilla tener que limpiar los restos humanos posteriormente que quedaban esparcidos en un radio muy amplio.

-Y asegúrense de que los centinelas en las torres tengan cajas de munición extra –dijo el sargento- que ya sabemos cómo desaparece la munición en estos casos.

El ruido de la base comenzaba a ser impresionante. Los motores de los vehículos blindados comenzaban a ponerse en marcha y los de los tanques comenzaban a prepararse para arrancar.

-Que los tanques estén preparados pero en reserva. No hay distancia de tiro y sí edificios llenos de civiles inocentes. No queremos otro caso Couso –Dijo el sargento recordando un deplorable incidente en el que los americanos, en otro ejemplo habitual de gatillo rápido que les había hecho famosos, se habían dedicado a disparar alegremente, o más bien acribillar, civiles que estaban en los edificios colindantes a una zona infestada con la excusa de que parecían zombis y temían por su vida. Al final resultaron ser periodistas que estaban informando del suceso. Como siempre, el ejército americano negó cualquier fallo y deploró el incidente tratando de enterrarlo sin más y culpando a los medios de comunicación.

-Comunicaciones -dijo el sargento activando su radio-, pidan apoyo aéreo a Son Sant Joan. Quiero helicópteros sobre nuestras cabezas lo más pronto posible. Quiero saber hasta dónde se extiende la contaminación.
>>Y pidan refuerzos a la base de El Baluart –siguió diciendo el sargento por la radio-. Que se pongan en marcha sus unidades blindadas y vengan hacia aquí cagando leches. Y que alguien quite las trompetas de una vez. Creo que ya toda la isla sabe que estamos en zafarrancho de combate.

Jornada 04. Cabalgata de muertos (14)


El sargento se quedó mirando durante unos segundos más a Castillo que no decía nada para no liarla más.

-Es una novatada, ¿verdad? –Dijo finalmente el sargento-. Alguien en la comisaria pensó que sería divertido tratar de hacer que el novato se mease en sus pantalones. Y no trate de negar que sea un novato eso que le acompaña. Si todavía tiene la raya en el uniforme. Huele a nuevo.

-No es ninguna broma –insistió Castillo-, ni una novatada, el día de los Santos Inocentes ya pasó. Ha de creerme. En la rotonda se están acumulando cientos de zombis. Si no les detenemos será una masacre.

-Y sin embargo sólo usted los ve –insistió el sargento que parecía estar a punto de perder la paciencia.

-Vale, si insiste es una broma –dijo Castillo que también estaba perdiendo la paciencia-, déjeme llamar al centro de mando de la policía para que les cuente la broma.

-No somos un locutorio –respondió el sargento cruzando los brazos-. Y si ‘insiste’ tendré que detenerle con cargos. Y le advierto que la justicia militar española no es tan lenta, laxa y simpática como la justicia civil.

En ese momento la radio del sargento cobró vida.

-Sargento, señor –dijo alguien gritando a través de la radio- zombis, ¡cientos de zombis! ¡Miles! Está la calle llena de ellos.

El sargento puso cara de incrédulo. Corrió unos metros en dirección hacia el cruce de las calles y se quedó parado en medio de la carretera. Y efectivamente, ahí estaban, una reunión de zombis como nunca había visto antes. Tragó saliva mientras volvía a la entrada y activaba su radio.

-Zafarrancho de combate, esto no es un simulacro –ordenó con voz fuerte y autoritaria. Luego se giró hacia el policía-. Cómo me jode que tenga razón.

-Ya somos dos –dijo Castillo mientras acompañaba al sargento al interior de la base y comenzaba a escuchar el atronador ruido de las trompetas sonar por los altavoces del complejo militar alertando a sus habitantes de que se prepararan para el combate.

Castillo se acercó al maletero del coche patrulla y lo abrió.

-Novato, ven para acá y equípate –dijo señalando el equipo antidisturbios que llevaban-, con suerte las protecciones te ayudarán a sobrevivir.

Tanto él como el novato se comenzaron a poner las coderas, las espinilleras y las rodilleras reglamentarias y sacaron los cascos antidisturbios.

-Recuerda novato, disparos a la cabeza –dijo Castillo mientras sacaba una caja de munición de escopeta y se la entregaba al novato junto al arma. Él, por su parte, cogió varios cargadores extra para su pistola. Era mejor que el novato llevara la escopeta, no era lo mismo disparar contra blancos de papel que se estaban quietos que contra un ser humano en movimiento, aunque fuera un zombi.

Jornada 04. Cabalgata de muertos (13)


El soldado Vázquez miró de nuevo el lado izquierdo de la calle San Vicente de Paul, todo estaba tranquilo. A su lado estaba el soldado Escobar, que no debía estar ahí, dado que no era su guardia, pero de alguna manera había acabado en la garita que había en la esquina del complejo militar que daba a la esquina entre la carretera de Valldemossa y San Vicente de Paul.

-Pues sigo sin ver nada –dijo Vázquez pensativo-, claro que no sé exactamente qué quería el sargento que viéramos.

-A mí qué me cuentas –se quejó Escobar-, yo ni tendría que estar aquí. No sé cómo me he dejado convencer.

-Porque eres buena persona –respondió Vázquez sonriendo- y sabes que estas guardias son aburridísimas. Nunca pasa nada.

Vázquez se movió un poco para ver a través de la diminuta ventana que había a la derecha de la garita. Las ventanas, simples agujeros, estaban a cada lado de la garita, eran lo suficiente grandes para poder sacar el fusil pero poco más. Eran más altas que anchas, en una proporción de 10 a 1, o así. Apenas se veía nada. Y lo más triste de todo era que no tenía visión de la carretera de Valldemossa y mucho menos de la rotonda.

-Seguro que puñetero Ibáñez se lo debe de estar pasando en grande en comandancia se quejó Vázquez.

-Tú estás celoso –le señaló Escobar sonriendo. No era la primera vez que Vázquez se quejaba de Ibáñez, los tres habían sido compañeros de promoción pero éste había ascendido mientras ellos seguían comiéndose guardias un día y otro también.

-¿Celoso? –Dijo haciéndose el ofendido-. Lo que pasa es que ese tío es un… le enseñé todo lo que sabe y lo ha usado de una forma completamente rastrera.

-Vamos, vamos, que no es para tanto –dijo Escobar tratando de calmar a su compañero.

-¿Cómo que no? –Dijo Vázquez- Ese tío se ha ganado los galones a base del esfuerzo de los demás. Cuando un trabajo estaba acabado él salía de repente, se adjudicaba la autoría del mismo y se llevaba los méritos, y para los demás ni las gracias.

-No es muy diferente de lo que tú haces –señaló sonriendo Escobar que conocía a Vázquez.

-No me compares –dijo ofendido Vázquez-. Lo mío es un arte. Yo no hago el trabajo que me mandan. Hago que parezca que lo he realizado, pero sin haber movido un músculo. A ver cuánta gente puede hacer eso.

-En eso te doy la razón –dijo Escobar mientras estiraba su espalda levantando los brazos sobre su cabeza- Creo que me voy a dar una vuelta por la cantina. ¿Quieres que te traiga algo, invito yo?

-Un chocolate caliente –dijo sonriendo Vázquez- que hace un frío… maldita humedad. Por cierto, ¿tienes un cigarrillo?

Vázquez vio alejarse a Escobar mientras salía tranquilamente de la garita hacia las escaleras. Luego, pitillo en mano, volvió su atención de nuevo a la calle que seguía estando aburridamente tranquila.

Escobar volvió de repente al trote y le arrastró fuera de la garita señalando hacia la rotonda. Vázquez miró hacia donde su compañero señalaba y se le quedó la cara blanca. Bajando desde la rotonda había una cantidad de zombis… que no había visto nunca juntos, ni siquiera en los documentales sobre el apocalipsis. Sin pensárselo dos veces cogió su radio.

-Sargento, señor –dijo gritando- zombis, ¡cientos de zombis! ¡Miles! Está la calle llena de ellos.

Jornada 04. Cabalgata de muertos (12)


Castillo asintió sin decir nada. Debía ir con cuidado con lo que decía o hacía delante de ese sargento.

El sargento suspiró y miró al cielo.

-Si lo he entendido bien, invade mi base gritando ‘zombis’ en el día de la víspera de Reyes –dijo recapitulando lentamente el sargento.

-Es cierto –interrumpió gritando el novato-. Hay cientos de ellos.

Castillo fulminó con la mirada al novato que captó enseguida la señal de que estuviera callado.

-¿Es una broma verdad? –Preguntó el sargento algo enfadado-. Seguro que hay una apuesta por medio y esto es parte de la misma. Demasiadas cervezas, un reto estúpido, demostrar la hombría y valentía del cuerpo de policía local… puedo entenderlo. Aunque lo de entrar en la base arriesgándose a que les recibiéramos a tiros… reconozco que hay que tenerlos bien puestos.

Parecía que Castillo iba a decir algo pero el sargento levantó la mano con la palma extendida hacia arriba indicado al policía que no dijera nada.

-Pero… por si acaso –continuó el sargento-, le voy a conceder el beneficio de la duda.

Activó su radio.

-Comunicaciones, ¿alguna novedad en las últimas horas? –Preguntó a través de la misma.

-Nada mi sargento –dijo una voz al otro lado del walkie-, aunque estamos teniendo problemas con las bandas de comunicación civiles. Por cierto, ha llamado el capitán Blanco pidiendo que le mandemos un técnico, que su móvil no funciona.

El sargento negó con la cabeza en señal de incredulidad al escuchar eso último.

-Díganle al capitán que la telefonía móvil no es problema del ejército, sino de su compañía –volvió su atención a Castillo-. Por lo visto ése es el mayor problema que tenemos hoy.

Luego volvió a activar la radio.

-Perímetro, ¿alguna novedad? –Preguntó de nuevo a través de la radio.

-Torre uno sin novedad.

-Torre dos, todo tranquilo en San Vicente de Paul. Hace poco ha pasado un coche patrulla de la local a toda mecha con las luces y las sirenas encendidas, pero aparte de eso nada.

-Torre tres, nada que informar.

El resto de torres siguieron informando de que no había nada sobre lo que informar.

El sargento miró fijamente de nuevo a Castillo. Y le indicó que le acompañara.

Ambos se dirigieron a la puerta principal acompañados de un par de soldados que no perdían de vista al policía.

El sargento salió al exterior. Miró a la izquierda ceremoniosamente. Miró a la derecha con la misma ceremonia y se giró de nuevo hacia el policía.

-Hace un día espléndido, y no hay ni rastro de zombis –dijo abriendo los brazos teatralmente.

Jornada 04. Cabalgata de muertos (11)


Cada fuerza y cuerpo de seguridad del estado siempre han tenido sus propios ritos y sus propios códigos internos, ya fueran de conducta, de actuación, de vestimenta, rangos, etc. Pero si algo quedó claro debido a la plaga zombi era que en ese tema todos debían ir de la mano. Un único código. Un único comportamiento. Toda actuación debía ser clara y no llevar a confusión.

Por eso mismo se creó el código de alarma zombi. Iba por colores: El blanco indicaba que la zona estaba libre de zombis, y desde ahí iban avanzando hacia colores cada vez más oscuros, los colores rojos y marrón eran señal de un grupo numeroso de zombis a cientos o miles, la escala iba aumentado hasta llegar al color negro… que representaba el fin del mundo.

Nunca se había tenido que usar el color negro. De hecho nunca se había tenido que usar un color por encima del verde, los grupos de zombis nunca llegaban a la decena como máximo. Pero ahí estaba ese policía de la local que había entrado a lo loco en el cuartel y gritando un código negro.

Durante los siguientes segundos nadie dijo nada mientras sus cerebros procesaban las palabras dichas. Era difícil de creer, era imposible, un brote zombi, sin aviso, y tan numeroso que fuera definido como negro… no podía ser.

Los soldados no dejaban de apuntar al coche patrulla y a sus ocupantes.

-Novato, ni movimientos bruscos, ni sospechosos –le advirtió Castillo mirando seriamente a su compañero- y no abras la boca.

El novato simplemente asintió con la cabeza lentamente.

Uno de los soldados finalmente cogió su radio.

-Mi sargento, tenemos a un policía de la local en la entrada principal declarando un código negro.

-Voy para allá –se escuchó como respuesta.

Otro de los soldados indicó a los policías que salieran del vehículo lentamente.

Castillo miró a su compañero y asintió. Él mismo movió lentamente las manos, dejándolas siempre a la vista, abrió la puerta del vehículo y salió lentamente. No había que causar problemas. Aunque no había tiempo que perder, entendía la gravedad de todo el asunto. Y no quería que un soldado nervioso acabara con su vida. Así que esperó al sargento de guardia.

El mismo no tardó en aparecer. Si alguna vez Castillo había imaginado un sargento típico del ejército español ése era el que venía hacia ellos a la carrera. Un armario de, seguramente, metro noventa y superando los doscientos kilos tranquilamente; pero apostaba a que no habría mucha grasa entre ese peso. Aunque a primera vista más parecía salido de la Legión, dado que llevaba parte de la camisa desabrochada y una generosa mata de pelo en el pecho.

En unos segundos el sargento, que iba acompañado de varios soldados más llegó a donde estaba Castillo rodeado de soldados que no dejaban de apuntarle y esperar un movimiento en falso.

El sargento le examinó de arriba abajo.

-Así que un código negro –dijo finalmente con una voz atronadora.