Jornada 7. Ella. “El fin de los días Parte III” (III) Por JD


El primer día de vigilancia fue excitante. La adrenalina recorría el cuerpo de Mara, que estaba agazapada detrás de un árbol observando todo lo que ocurría a su alrededor, esperando que alguien viniera a investigar la desaparición del espía. Cada ruido hacía que la cabeza y la mirada de Mara buscaran su origen. Había que identificarlo y estar alerta, y estar en el linde del bosque no ayudaba precisamente a que no hubiera ruidos generados por la naturaleza. Mara aprendió que el viento era un juguetón muy hiperactivo.

El segundo día, ya con menos adrenalina y menos emoción, pasó más lentamente. Los ruidos se seguían produciendo, pero Mara había aprendido a identificarlos y descartarlos. Ahora el viento y los árboles ya no eran tan interesantes. Y los animales del bosque se escuchaban entre la espesura y las ramas de los árboles. Pero no había ni rastro de vida humana o no-humana. Nadie aparecía para poder ayudar a resolver el enigma del espía. Mara buscó con la mirada a sus compañeros que también se encontraban escondidos. Sólo se podían comunicar mediante señales por lo que las conversaciones eran breves y poco edificantes. Nadie había visto nada ni escuchado nada de interés. Había que seguir esperando.

El tercer día, Mara estaba cansada de esperar. La impaciencia se apoderaba de ella. Nadie aparecía ni nada pasaba fuera de lo normal. Lo cierto es que también sería extraño que pasara algo. Ahora que había pasado toda la excitación del momento y la adrenalina ya no le alimentaba el raciocinio tomaba el control. ¿Qué esperaba que ocurriera? ¿Qué un grupo de hombres de traje de negro aparecieran de la nada y revelaran en una conversación todo lo que estaba pasando? ¿Helicópteros silenciosos? ¿Alguien que pasara por ahí que perdiera un mapa donde indicara la localización de su base secreta? Ahora que tenía tiempo para pensarlo sabía que si alguien apareciera por ahí no lo haría inmediatamente. No sabía cómo lo sabía, pero lo intuía. Tardarían en darlo por perdido. No sabían cada cuánto se comunicaban, ni sus protocolos de seguridad. ¿Lo darían por muerto simplemente sin investigar? ¿Cuánto tiempo esperarían hasta suponer que algo le había pasado? ¿Un día? ¿Una semana? ¿Un mes? Todo esto era una conjetura y casi una pérdida de tiempo. Pero había que hacerlo. La gente necesitaba tener objetivos para seguir viva y tener esperanzas.

El cuarto día Mara se cansó de esperar. Indicó a sus compañeros que se acercaran. Lo hicieron de la manera más silenciosa y furtiva posible.

-Voy a investigar los otros sitios marcados en el mapa, vosotros os quedareis aquí unos días más. Y si no pasa nada nos reuniremos aquí -dijo señalando un lugar en el mapa-. Si no estoy cuando lleguéis y no aparezco en un día volved al castillo e informad de lo que sea que haya pasado.

Sus compañeros parecían sentirse incómodos con ese cambio de plan.
-Tranquilos, no me pasará nada. Y mientras recordéis vigilar la espalda del otro a vosotros tampoco os pasará nada.

-Pero, ¿quién vigilará tu espalda Mara? -preguntó uno de ellos.

-Tengo ojos en la nuca -respondió Mara-, ya deberíais saberlo. No me pasará nada. Soy una superviviente. Además, los zombies no quieren tener nada que ver conmigo. Soy material defectuoso. No tengo memoria, así que seguro que mi cerebro no será de su gusto.

Ambos compañeros suspiraron y asintieron.
-No mueras. Eres una de las pocas personas divertidas del grupo y contigo nos sentimos segura.

Mara sonrió.
-Sseguro que se lo decís a todas las chicas. Tranquilos. Nos volveremos a ver. No me pasará nada. Y espero por vuestro bien que a vosotros tampoco, u os buscaré para daros una lección.

Dicho lo cual, cogió su mochila y salió del bosque andando casualmente como si no tuviera negocios por la zona y sólo estuviera de paso.

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Jornada 7. Ella. “El fin de los días Parte III” (II) Por JD


Por supuesto que no -dijo alterado Gerald-, no seas ridículo. Esas máquinas tienen la suficiente inteligencia artificial para realizar correcciones en su órbita y seguir ahí arriba por los siglos de los siglos.

-¿Entonces? -preguntó Doc confuso.

-No puedo comunicarme con ellas -le trató de explicar Gerald-, me ignoran. Hacen como que no existen. Sé que están ahí arriba porque lo sabía de antes, pero si alguien quisiera localizarlos ahora no los encontraría. Y cuando trato de hablar con ellos…

Doc se rascó la cabeza tratando de descifrar lo que decía Gerald que no parecía tener mucho sentido… ¿sabría siquiera Gerald que lo que decía no…? Mejor dejarlo estar. Asintió con la cabeza siguiéndole la corriente.

-Y si no consigo hablar con esas máquinas no podremos disponer de teléfonos vía satélite y mucho menos encriptados -Gerald miró de nuevo la pantalla-, seguro que es una conspiración y hay alguien que no quiere que toque esos satélites. Los mismos que enviaron a ese espía.

-¿Todavía le das vueltas a ese tema? -preguntó Doc que parecía poco interesado en el tema-, hasta que vuelva Mara sólo podemos especular.

-Si vuelve -dijo Gerald-, piénsalo. Con todo ese cuento de la pérdida de memoria es la espía perfecta. Le preguntes lo que le preguntes te dirá que no lo recuerda.

-Ahora creo que te estás pasando -le advirtió Doc.

-En serio, piénsalo -insistió Gerald-, una pobre chica, perdida que no recuerda nada de su pasado, ¿cómo ha podido sobrevivir? ¿Quién no nos dice que está disimulando?

-Le hicimos pruebas -respondió Doc-, es un ejemplo típico de stress post-traumático.

-Exacto -señaló Gerald-, típico de libro. Sabe lo que tiene que hacer o decir para simular su estado. Y si le pillas haciendo algo sospechoso te responderá con alguna excusa barata derivada de su amnesia.

-Olvídalo -dijo Doc-, ha mostrado ser una parte importante del grupo. Es valiente, sabe tomar decisiones bajo presión, y no creo que se merezca esas sospechas. Creo que mejor lo dejamos por hoy.

Justo antes de que Doc se fuera, Gerald suspiró.
-¿Sabes qué es lo que más echo de menos de nuestra sociedad perdida?

-¿Pagar a las mujeres para poder tener sexo con ellas? -preguntó irónicamente Doc, en parte en venganza por las acusaciones de Gerald.

Gerald abrió la boca haciendo el gesto de ir a responder, la volvió a cerrar y se quedó unos segundos en silencio pensando en una respuesta ingeniosa que no le venía a la cabeza. Decidió ignorar el comentario de Doc y responderse a sí mismo.
-Las series de televisión. Y las películas… Ya nada volverá a ser como antes. Nada de series, nada de superproducciones millonarias. Nada de libros ni nuevo software que poder piratear… Ni… más películas porno. Es el fin del mundo.

Doc salió sin despedirse de Gerald soltando un simple:
-Freakie.

Jornada 7. Ella. “El fin de los días Parte III” (I) Por JD


Castillo de la resistencia (En el presente)

Gerald no paraba de refunfuñar y jurar en arameo, o en la lengua que juraran los informáticos. Miraba las pantallas, tecleaba furiosamente y volvía a mirar las pantallas. Y volvía a soltar un gesto de desesperación.

Doc le llevaba observando varios minutos sin decir nada. Era un curioso espectáculo ver trabajar a Gerald de esa manera. No habían sido muchas las ocasiones en las que el informático mostrara ese mal humor tan claramente.

Finalmente, y viendo que no había nada nuevo en el comportamiento de Gerard, Doc carraspeó para llamar su atención.

El informático miró las pantallas, y luego clavó su mirada en el recién llegado:
-¿Qué tripa se te ha roto doc? No soy médico, así que no te la puedo arreglar.

-Sólo había venido a ver si tenías noticias de Mara y su grupo- respondió Doc sin hacer caso del mal humor de su compañero-, ya hace…

Gerald le interrumpió.
-Sí, ya sé cuánto tiempo hace que os separasteis. Pero no, no sé nada nuevo de tu pupila, protegida, amante o lo que sea. Si lo supiera te lo hubiera dicho, como dicta el protocolo. En estos momentos tengo problemas más graves que atender que tus problemas sentimentales, parentales o lo que sea.

-No hace falta que te pongas así -respondió Doc algo molesto con el comportamiento del informático-, y te repito que Mara es una compañera más. Ni es mi pareja, ni mi amante, ni mi hija, ni nada de nada. Así que te rogaría que dejaras de repetir esas estupideces.

-Lo que tú digas doc, lo que tu digas -repitió Gerald-, pero recuerdo la primera vez que la viste, y cómo te quedaste blanco y tus ojos se abrieron como si fueras un personaje de anime. Una reacción muy curiosa para alguien que no tiene ningún vínculo con ese bicho raro.

-Fue una reacción… inesperada -dijo Doc algo a la defensiva-, a primera vista me recordó a alguien que había conocido y creía muerta. Pero no era ella. Fue una reacción humana. Si supieras de emociones lo entenderías.

-Oh, el doctor me ha insultado y me dicho que no tengo sentimientos -respondió Gerald simulando el tono de estar dolido-, tendré que ir a Oz para que el mago me dé un corazón, tal vez quieras venir conmigo Doc, a ver si el mago te da un cerebro. O a lo mejor prefieres ser Toto.

Doc no respondió inmediatamente, respiró hondo y trató de no caer en el juego de Gerald.
-¿Por qué estás de tan mal humor?

-¿Tal vez porque no consigo contactar con los satélites que controlan los teléfonos vía ídem? -respondió Gerald con cierto retintín-. Cuando salí de la ciudad estaban en los cielos. Cuando lo comprobé en la base militar, estaban orbitando alrededor del planeta. Cuando quise usarlos para nuestras comunicaciones a larga distancia… Boom, habían desaparecido.

Doc alzó las cejas en señal de sorpresa.
-¿Quieres decir que han caído sobre algún lugar de la Tierra?

Jornada 6. Él. “El fin de los días Parte II” (y XVII) Por JD


Si hay algo que saben hacer bien en las cárceles es enfrentarse a los reclusos bien equipados. Al verles, era como ver a los caballeros de la edad Media con sus armaduras brillantes, aunque en este caso eran armaduras azul oscuro. La planta inferior de la galería se llenó enseguida de humo debido al gas lacrimógeno lanzado por los antidisturbios que ya tenían las porras preparadas y empezaban a caminar hacia lo que ellos creían que eran prisioneros rebeldes.

Yo mientras tanto había salido de mi celda con cuidado para ver el espectáculo y un prisionero no-muerto se abalanzó sobre mí. El pobre acabó cayendo accidentalmente por encima de la barandilla de la galería y estrellándose contra el suelo de la misma en medio de la batalla campal que se había organizado. Yo miré a ambos lados para asegurarme que no tenía más compañeros con ganas de hincarme el diente. Decidí que era el momento para salir de ahí discretamente. Si este comportamiento de no-muertos se estaba dando fuera de la prisión tenía que hacer preparativos y era más seguro estar lejos de aquí y no encerrado con esos monstruos come-carne.

Los antidisturbios, que todavía no sabían contra qué se enfrentaban, empleaban toda su fuerza golpeando a diestro y siniestro sin ninguna piedad ni distinción. Su salvaje comportamiento y su equipamiento era lo que les salvaba la vida y les daba ventaja en esa batalla. Estaban completamente tapados. Era imposible que los zombies pudieran morderles o arañarles o lo que fuera que hicieran los zombies para intentar derrotar a su enemigo.

Yo me dirigí hacia el lateral de la galería donde un guardia novato y principiante observaba todo el espectáculo sin pestañear sin darse cuenta que cualquiera podía acercarse a él y su puesto de guardia y matarlo. Fue rápido, le corté el cuello de lado a lado para que muriera deprisa y sin dolor con un cepillo para los dientes convenientemente afilado, una herramienta rudimentaria pero igual de efectiva. Luego me intercambié el traje con él. Arrojé el cadáver a la nube de humo, antidisturbios y zombies que había y me alejé del lugar.

Sí, mi traje, el traje del guardia para ser más exactos, estaba lleno de sangre, pero justamente eso hacía que fuera más fácil pasar los controles de seguridad. Un compañero herido en los disturbios necesitaba ayuda médica urgente. Y a nadie se le había ocurrido que algún prisionero intentaría o podría escapar. Había demasiado jaleo para que nadie comprobara realmente mi identidad.

Así que salí por la puerta principal a bordo de una ambulancia con destino al hospital más cercano, el cual estaba sumido en un caos debido a un reciente brote de histeria y violencia que había habido en la zona. Y gracias a ese descontrol salí por la puerta del hospital caminando y sin que nadie me dijera nada.

Y ahora, bueno, aquí nos encontramos, tú y yo, paseando por estos pastos en busca de una nueva aventura. Estoy deseando ver que hay en nuestro futuro, seguro que es algo excitante.

Jornada 6. Él. “El fin de los días Parte II” (XVI) Por JD


El caso es que estaba haciéndome con la vida en la prisión cuando mi abogado de turno me dio ‘buenas noticias’. Por lo visto el hombre sabía hacer su trabajo, maldita mi suerte, y podía probar que el día que se cometieron los delitos de los que me acusaban yo estaba en otro lugar. De hecho, me puso en un pequeño problema cuando me preguntó porqué no había dado esa información a la policía. Mi pobre y desganada respuesta fue que no se me ocurrió. Me prometió que en un máximo de una semana saldría de ahí.

Así que volví a mi celda, que no compartía con nadie dado que, por lo visto, habían deducido que yo estaba maldito… o algo peor, pensando en mi mala suerte. Ese mismo día noté que estaba pasando algo raro en la prisión. Lo cierto es que ya venía de tiempo atrás, pero no me había fijado por estar ocupado en otros asuntos, pero ahora que veía que no tenía tiempo, lo que estaba ocurriendo me llamó la atención.

Durante los días anteriores varios reclusos se habían ido poniendo enfermos. El alcaide pensó que los presos simplemente estaban fingiendo para obtener beneficios, o ser trasladados y ordenó a los guardias que no hicieran caso. Si no querían salir a comer o a hacer ejercicio era asunto suyo.

A lo largo de los siguientes días vi a los presos en sus celdas morir. No dejo de pensar en que, estando delante de mis narices, sigo sin saber cómo cogieron el virus, o lo que fuera, que una vez muertos los resucitó. Debo decir que cuando volvieron a la vida me sorprendió, sabía que estaban muertos, lo había llegado a comprobar, nada de un coma profundo o de que se hubiesen ralentizado sus latidos. No, estaban muertos… también lo sabía por haber hecho un pequeño experimento de campo empalando el corazón de uno de ellos para asegurarme.

Así que te puedes imaginar mi sorpresa cuando el prisionero empalado junto al resto de compañeros volvió a la vida. Cuando lo hicieron debo reconocer que me rendí a la evidencia, eran zombies. Sí, sé que mucha gente no asumiría un razonamiento tan… poco lógico, pero si lo piensas bien… que un tío vuelva a la vida después de haberle atravesado el corazón te obliga a estudiar nuevas vías de razonamiento. Así que el pensamiento que eran zombies no me resultó tan extraño.

El caso es que los carceleros siguieron ignorándolos. Un par de días después no pudieron ignorarlos cuando uno de los no-muertos se abalanzó sobre un guardia y prácticamente le arrancó el brazo mientras intentaba comérselo. Ni que decir tiene que los compañeros del pobre desgraciado no se lo tomaron muy bien y entre una docena lo redujeron… dejando su cabeza y su cerebro hecho pulpa. Pero fue sólo el principio. El resto de presos zombies comenzó a salir de sus celdas y los guardias se retiraron temiendo estar ante un motín. La galería quedo cerrada hasta que aparecieron los antidisturbios.

Jornada 6. Él. “El fin de los días Parte II” (XV) Por JD


No negaré que se me había pasado por la cabeza alguna vez tener una cabeza como compañera, para ver… cómo era. La verdad es que la cabeza acompañando tu cerebro hubiera sido más que adecuada. Pero bueno… creía que sería más complicado mantenerla, aunque reconozco que sería fascinante ver cómo una cabeza muerta se convierte en una cabeza zombie y poder estudiarla día a día… supongo que no era el momento.

Así que mientras continuamos nuestro viaje te puedo contar cómo acabé en la cárcel y cómo salí de ella. La verdad es que creo que es una historia interesante e intrigante. Y el destino vuelve a jugar una parte importante en la misma.

Verás, resulta que hubo una vez que alguien cometió un crimen. Mató a una serie de personas y dejó varios testigos vivos. Un chapucero vamos. El caso es que no había grabaciones, sólo los testimonios de las víctimas, que acabaron describiendo a un individuo parecido a mí. Supongo que eso de que tienes por ahí un gemelo, alguien bastante parecido a ti, es cierto. El caso es que acabé en una rueda de conocimiento y acabé siendo señalado como el autor de los hechos.

Lo cierto es que yo tenía una coartada bastante sólida. Pero no dije nada. Ya, parecerá una locura, pero verás, resulta que siempre, dadas mis investigaciones, había tenido en cuenta que podría acabar en prisión por la moral de la sociedad en la que vivía. Y había sentido cierta curiosidad por la vida en la misma. Y ahora se presentaba esa posibilidad con una carta de ‘quedas libre de la cárcel’ para cuando quisiera dejarla. Ideal.

Bueno, acabé en la cárcel a la espera del juicio. Encerrado con la ‘escoria’ de la sociedad. La primera noche compartí celda con un tío que hacía el doble de mí. Uno de esos que se solían ver en las películas carcelarias. Y con intereses que no compartíamos. A la mañana siguiente los vigilantes lo descubrieron colgado de su camastro. Se había suicidado. Por supuesto la prisión investigó el suicido intentando averiguar si yo había tenido algo que ver, buscando pruebas de juego sucio. Pero siempre he sido muy limpio.

Mi segundo compañero de celda fue un delincuente de los llamados de cuello blanco. Uno de esos estafadores que se ganaba la vida robando el dinero a ancianos mediante tretas sucias y engaños. El pobre acabó con el cuello cortado mientras caía al suelo de la galería. Nunca supe de qué murió primero, si desangrado o por la caída. Tampoco se pudo probar nada. He de decir que me fascinó la política interna de los presos. He de reconocer que alguno me vio con el estafador, pero ninguno dijo nada. Engañar a ancianos para robarles su dinero es un delito mal visto ahí dentro, así como ir contra las mujeres o los niños. Me complace decir que descubrí varios pedófilos y violadores que tuvieron desgraciados accidentes, y no, no fui yo el que se tomó la justicia por su mano, pero una vez descubiertos, supe a quién debía informar. El alcaide debía de estar disgustado. Seguro que desde que entré a formar parte de la plantilla carcelaria el índice de muertes y accidentes se elevó hasta números nunca vistos. Pero no es algo que pudieran asociar conmigo realmente.

Jornada 6. Él. “El fin de los días Parte II” (XIV) Por JD


He de decir que quedé algo decepcionado con ese pueblo y sus habitantes. No me entiendas mal, el reto era interesante, pero… se resolvió de una forma tan fácil… no sé, a veces esperas… algo más, un “nosequé”, es difícil de explicar con palabras. Pero no se puede conseguir una obra maestra pintando un solo cuadro. Hay que practicar y practicar y practicar.

La verdad es que no sé qué hacer con tu cerebro. Me da cosa dejarlo por aquí tirado para que lo devore cualquier animal… supongo que seguiremos camino durante un tiempo, hasta que me figure que hacer él.

El siguiente pueblo había sufrido más la amenaza zombie. Pero también habían sobrevivido. Y ahora se estaban rehaciendo. El problema es que había muchos zombies merodeando, era una zona peligrosa para quedarse, y no sabían qué hacer.

Entonces llegué yo. Los habitantes no eran tan habladores, ni tan amables. Supongo que al ser una comunidad pequeña no estaban tan acostumbrados a los extraños, o simplemente yo no les gustaba.

Un bonito reto. La verdad es que tampoco intenté integrarme en la comunidad. Eso sí levantaría las sospechas. Así que simplemente paseé por el pueblo como si fuera un extraño mientras buscaba qué unía a esa comunidad. Y Dios me ayudó. Vaya si me ayudó.

Era una comunidad temerosa de Dios, y su faro de fe sufría una crisis al no saber responder a las preguntas de sus feligreses ni saber identificar lo que significa este Apocalipsis. Así que me ofrecí a ayudarle como buen… temeroso de Dios.

Le indiqué que era un milagro que su comunidad hubiera sobrevivido. Que ésa era una señal divina. Que otros sitios habían sido masacrados por ser pecadores. Ellos eran una comunidad ejemplar. Y debían seguir siéndolo: rezando a Dios y pidiendo perdón por sus pecados. Y… deshaciéndose de los pecadores que podrían poner en peligro esa ejemplaridad. Además, le sugerí que debían aislarse del mundo. Dedicarse a rezar por su salvación. Sacrificarse por los demás.

Te puedes imaginar lo que pasó. Primero se deshicieron de los ‘pecadores’ que ellos creían que pondrían en peligro sus vidas. Y, luego… bueno, llegaron las noticias de que un grupo numeroso de zombies se acercaba al pueblo, y vieron eso como otra señal. Decidieron encerrarse en la iglesia con víveres para sobrevivir y ser salvados por Dios de esa maligna plaga. Por un momento pensé que se acercarían a los zombies y rezarían delante de ellos por la salvación del alma de esos monstruos pidiendo a Dios que obrara un milagro.

Cuando dejé el pueblo la iglesia estaba rodeada de zombies. La verdad… me avergüenza reconocerlo, pero no me quedé para ver cómo acababa la cosa, tenía pinta de ir para largo. Aunque el final sí que me lo podía imaginar. O morían a manos de los zombies de fuera, o morían a manos de los zombies de dentro. No debieron de poder aguantar mucho en la iglesia. Las condiciones higiénicas debían de ser inexistentes. Pero bueno, fue su decisión. Yo sólo… les hablé de posibilidades. No les obligué a nada.

No es culpa mía si la gente es tan voluble. En fin, a ver qué hago contigo, cerebro querido.