Jornada 04. Cabalgata de muertos (26)


-Cojones –dijo el sargento . Estoy encerrado con un escritor famoso. La de vueltas que da la vida.

-Qué me va a contar –respondió Castillo . Ni en mis peores sueños habría pensado en acabar en una celda en una base militar junto a un sargento, con mi compañero novato muerto y su cabeza esparcida por el suelo y una horda de zombis dirigiéndose hacia la ciudad la víspera de Reyes.

-Se podría hacer una buena novela –señaló el sargento.

-Nah, todo parecería demasiado artificial, demasiadas casualidades –respondió el policía . En fin, espero que al menos mi hermano esté encerrado en su casa.

-¿Tiene un hermano? –Preguntó con curiosidad el sargento.

-Sí, y también es famoso –dijo Castillo . Seguro que ha oído hablar de él, hace poco que llegó a la isla procedente de los Estados Unidos, es un científico famoso; lo que le hace una celebridad aquí también.

-Un segundo… ¿El tal Marc ése del que hablaban hace nada los periódicos es su hermano? –Preguntó sorprendido el sargento.

-Culpable –sonrió Alex . Él heredó su cerebro para las ciencias y yo para las letras.

El sargento silbó sorprendido.

-Bueno, seguro que estará bien –dijo el sargento tratando de tranquilizar a Alex . Al fin y al cabo, si ha estado rodeado de zombis para sus experimentos tendrá más posibilidades de sobrevivir. ¿No?

-¿Me creería si le digo que he visto una nueva generación de zombis? -dijo Alex poniéndose al borde del banco de piedra . Corren, son más fuertes, y no tienen el periodo de incubación medio que conocíamos. Se convierten en cuestión de minutos.

El sargento puso su espalda recta ante las palabras del policía.

-Si eso es cierto debemos dar parte –dijo el sargento alarmado.

-¿Y quién me escucharía? -Preguntó Alex . Ya ha visto qué ha pasado cuando he tratado de dar la alerta. Han matado a mi compañero y me han encerrado.

-Lo dice como si fuera una conspiración o algo así –dijo el sargento en tono de broma.

-Las cámaras de tráfico no han filmado a los zombis acumulándose en la cárcel –señaló Alex . Ni tampoco en su ataque en los Ocimax. Tampoco hemos recibido una alerta de fuga y nadie nos ha avisado de una manifestación pro-zombis.

-Bueno, puede ser todo parte de la casualidad –señaló el sargento.

-Mi radio dejó de funcionar cuando quise dar el aviso a la central –siguió Alex . La de mi compañero también dejó de funcionar. Y la del coche patrulla. Y no he conseguido cobertura desde que me tropecé con los zombis.

-Ahora que lo dice recuerdo que ha habido varios oficiales que se han quejado a Comunicaciones de que sus móviles no funcionaban dijo el sargento recordando un informe que le habían dado.

-¿Sigue creyendo que todo es fruto de la casualidad? –Preguntó Alex . ¿Incluyendo el que ordenen no intervenir al ejército?

El sargento se quedó en silencio.

Jornada 04. Cabalgata de muertos (25)


-¿Inspector? –Preguntó algo sorprendido el sargento.

-Sí, ya sabe, de esos que van de paisano por la calle –le explicó Castillo-, de investigan asuntos de drogas, asesinatos… Pero el cabrón de Zafra, que estaba al cargo de la comisaria en Reyes, me clavó el turno de patrulla con la excusa de que la cabalgata de Reyes había absorbido todos los efectivos y necesitaba gente en uniforme aunque no fueran policías propiamente para el resto de la ciudad. Y todo por creerse que… en fin, da igual.

El sargento miró con atención a Castillo que continuaba tumbado en el banco de piedra.

-El caso es que tu cara me suena –dijo dubitativo el militar- pero no acabo de de situarte.

-A lo mejor nos hemos cruzado en algún caso mío –respondió Castillo quitándole importancia-. Jaume, el zombicador tal vez, un imbécil que no tenía otra ocurrencia que matar gente para convertirla en zombis; no sé, es una ciudad muy pequeña.

De repente Castillo se incorporó rápidamente.

-Joder, la cabalgata de reyes… -dijo de repente cayendo en la cuenta-. Será una masacre… Maldita sea, no entiendo qué motivos tiene el ejército para tomar la medida que ha tomado.

El sargento negó con la cabeza mientras se apoyaba contra la pared.

-Tal vez hay algo más gordo detrás de todo esto de lo que imaginamos –dijo el militar sin acabar de creerse la respuesta él mismo-. Pero tampoco entiendo el motivo para poner a tanta gente en peligro.

A continuación el sargento metió la mano en uno de sus bolsillos del pantalón de campaña y sacó un libro de bolsillo.

-En fin, desde aquí no podemos hacer nada salvo esperar –dijo el sargento buscando la señal que había dejado-, así que tendremos que armarnos de paciencia. Al menos puedes estar seguro de que aquí estamos a salvo. Los zombis no podrán atravesar esa puerta de metal.

-Pero podemos morirnos de hambre –señaló Castillo sonriendo débilmente- ¿Interesante el libro?

-Tranquilo, no moriremos de hambre –sonrió misteriosamente el sargento-. Y el libro no está mal. Es la última edición de bolsillo de una saga entretenida, va de una tía que es una especie de espía que viaja por todo el mundo arreglándolo a su manera acompañada de un ayudante a lo Doctor Holmes que se dedica a publicar sus aventuras en un blog de internet.

El gesto de Castillo se torció. El sargento se dio cuenta y se quedó unos segundos pensativo, luego miró la contraportada de la novela y volvió a mirar al policía.

-Un segundo… -dijo señalando a Castillo-. No puede ser…

-El mundo es un pañuelo –dijo Castillo sonriendo débilmente-. Sí, sí puede ser.

-Es imposible –dijo el sargento-. El autor es extranjero, Alex Castle, tengo sus libros, los de tapa dura, firmados; que le he visto en persona, y usa gafas.

-Alejandro Del Castillo –respondió el policía-. Mi editor creyó que un autor con nombre guiri vendería mejor… y no se equivocó. Y, habitualmente, uso lentillas, pero para las firmas me engomino, me dejo barba de un par de días, me pongo gafas… como si fuera Superman, vamos.

Jornada 04. Cabalgata de muertos (24)


Los dos policías militares se abalanzaron sobre Castillo y lo tiraron al suelo sin miramientos para, a continuación, esposarle las manos con bridas y dejarle inmovilizado poniéndole una rodilla encima de su espalda. Castillo no se resistió en ningún momento.

-Al próximo que sugiera dejar el cadáver de mi compañero a merced de los zombis lo mato –advirtió gritando el policía desde el suelo.

-Médico –gritó un soldado que se había acercado al capitán-. Joder, lo ha dejado seco.

-Todo el mundo tranquilo –gritó el sargento que no se había movido de su posición acompañado de los policías militares-. Nadie va a lanzar nada a los zombis, ¿verdad?

Miró a su alrededor con mirada amenazadora.

-Que alguien recoja el cadáver y lo lleve a la morgue –ordenó el sargento-, y si el capitán pregunta nadie sabe nada. ¿De acuerdo? Todos sabemos que esa orden era completamente inmoral e innecesaria.

Nadie dijo nada pero varios soldados asintieron con la cabeza y se acercaron al cadáver para levantarlo y trasladarlo como había ordenado el sargento.

-Venga, y ahora al calabozo conmigo y el policía –ordenó el sargento sonriendo ante la mirada de sorpresa de los policías militares-. Una orden es una orden. Y no vamos a darle más excusas al capitán para poner patas arriba la base y nuestras vidas.

Tanto el sargento como el policía fueron llevados a uno de los edificios en el interior de la base y encerrados en la misma celda. Un pequeño recinto en el que había un banco de piedra a modo de cama a ambos lados de la celda así como un pequeño agujero a modo de sumidero. La puerta era de metal con un pequeño ventanuco con barrotes. El ejército no se caracterizaba precisamente por acomodar a sus prisioneros.

Castillo, ya libre de las bridas miró a su alrededor y sonrió mientras se tumbaba en uno de los bancos.

-Son idénticos a los que tenemos en los juzgados de Vía Alemania –dijo mientras cerraba los ojos-. ¿Sabe qué es lo más triste de todo?

El sargento negó con la cabeza, pero viendo que el policía no vería su gesto negó en voz alta.

-No, no soy adivino –respondió en voz alta-, aunque no lo diga por ahí, los soldados creen que soy la mano derecha de Dios.

-Que ni siquiera sabía el nombre del novato –dijo apenado Castillo-. Me lo habían endosado justo antes de comenzar el turno y ni me molesté en preguntarle el nombre. Y para colmo ni siquiera tendría que estar patrullando por la ciudad, joder.

-¿Y eso? –Preguntó con cierta curiosidad el sargento.

-No soy un patrullero –respondió Castillo-. Soy inspector. O eso dicen mis galones. Pero un cabrón me la tenía jurada desde hacía tiempo y ha aprovechado el día de hoy para ponerme en uniforme a patrullar en un coche y con un novato. Y así hemos acabado.

Jornada 04. Cabalgata de muertos (23)


Para Castillo lo que pasó a continuación pareció suceder a cámara lenta. Cuando el capitán había acabado de contar se dio cuenta de que no había más tiempo para hablar y se abalanzó sobre el novato para derribarle y quitarle la escopeta pero dos policías militares que parecían haber estado vigilándole esperando que hiciera algo se abalanzaron sobre él placándole y haciéndole caer al suelo.

Levantó la cabeza para ver cómo el novato se giraba para saber qué estaba pasando y cómo de repente su cabeza se inclinaba hacia un lado y, a continuación, el resto de su cuerpo se alzaba brevemente del suelo. Mientras el cuerpo comenzaba a caer el rostro de sorpresa del novato desaparecía junto al resto de la cara que parecía abrirse violentamente cómo si de un melón se tratara y expulsaba trozos de su cabeza por la parte delantera del casco.

Cuando cayó al suelo no quedaba ni rastro del rostro del novato y sólo quedaba una amalgama de carne, sangre y materia gris de su cerebro que había sido pulverizado y que ahora se iba derramando sobre el suelo lentamente.

El capitán Ibáñez miró el macabro espectáculo con admiración mientras asentía satisfecho. Una bala explosiva había entrado por el lateral del casco antidisturbios del policía para destrozarle la cabeza desde dentro. Si no había sido más sangriento era justamente porque el casco había impedido que los trozos de la cabeza se separaran.

Castillo se puso en pie agarrado de cada brazo por un policía militar mirando el cadáver del novato y la cara de satisfacción del capitán que no parecía estar afectado por haber dado la orden para matar a aquella persona ni por la cara completamente destrozada que había quedado.

-Bien, otro asunto solucionado –dijo satisfecho el capitán mientras miraba a su alrededor sonriendo-. Buen trabajo a todos. A ver si ahora podemos recuperar la normalidad en el cuartel y tener una noche de Reyes tranquila. Que alguien deje el cadáver en la calzada. Para que esos niñatos maleducados abraza zombis sepan cómo se las gasta el ejército español con sus enemigos… y mira, si son zombis así calmaremos su hambre.

Al escuchar esa orden Castillo no pudo aguantar más. Con un movimiento brusco de sus brazos, que tomó por sorpresa a los policías militares que parecían haberse relajado, hizo que ambos chocaran entre ellos. Sin dar tiempo a que nadie reaccionara se abalanzó sobre el capitán Ibáñez que parecía sorprendido. Echó para atrás su brazo derecho, armándolo y golpeó con toda su fuerza el estómago del militar con su puño derecho cerrado mientras con su brazo izquierdo dibujaba un arco de arriba abajo que acabó impactando con la nariz del capitán.

Castillo escuchó con cierta satisfacción el ruido de huesos rotos. Se quedó quieto viendo como el capitán caía inconsciente al suelo con el rostro manchado de sangre.

Jornada 04. Cabalgata de muertos (22)


El capitán Ibáñez estaba indignado. ¿Cómo se atrevía un civil? ¿Un policía local además? ¿Con quién creía que estaba jugando? La mirada que le lanzó al policía podría matar… si tuviera superpoderes.

Nadie alrededor reaccionó debido sobre todo a lo extravagante de la imagen. Un policía local apuntando con su escopeta a la cabeza de un capitán del ejército español. Y de fondo la amenaza de los zombis esperando poder hincar el diente a lo que se pusiera por delante.

El primero en reaccionar fue Castillo que no se creía lo que estaba viendo.

-Novato, ¿qué cojones haces? –Le dijo mientras trataba de mantener un tono calmado en su voz . ¿Se puede saber en qué estás pensando?

-No podemos permitir que cumplan esa orden –dijo el novato armando la escopeta y poniendo un cartucho en la recámara . Le obligaré a que defienda la ciudad de los zombis.

-No sé quién es usted –dijo el capitán Ibáñez con tono irritado en su voz-, pero está cometiendo un grave error. Quite esa escopeta de mi cabeza o es hombre muerto.

-Ni en sueños –respondió el novato acercando más aún el cañón de la escopeta al militar . Ordene que salgan los soldados y se preparen para enfrentarse a los zombis.

-¿De verdad te crees estúpido cabrón que pienso ceder a tus tonterías? –Le respondió el capitán que cada vez parecía más irritado-. ¿A un policía local? No tienes ni puta idea de dónde te estás metiendo. Aparta esa escopeta y a lo mejor olvido el incidente.

-Ordene a los soldados que se preparen para el combate –insistió el policía local.

-No pienso dar esa orden –respondió el capitán sin inmutarse ni mostrar señal alguna de miedo-. El Estado Mayor ha dado sus órdenes y serán obedecidas. No nos enfrentaremos contra esos civiles y provocaremos una masacre sólo porque un policía local de mierda se ha acojonado.

-No están vivos –gritó el novato-. Son muertos vivientes que han masacrado todo lo que se han encontrado a su paso.

-Mira chaval, no tengo tiempo ni ganas de jugar contigo. Quita esa escopeta de mi vista antes de que cuente hasta cinco o eres hombre muerto –amenazó el capitán con un tono frío y demoledor en su voz.

-Novato baja la escopeta –le rogó Castillo-. No vale la pena. Olvídalo. Ya veremos qué hacemos. Pero baja la jodida escopeta primero.

-Uno –comenzó a contar el capitán sin inmutarse por lo que estaba ocurriendo a su alrededor.

-Novato, coño, escúchame –le insistió de nuevo Castillo-. Que este gilipollas no se anda con tonterías y te hará matar.

-Dos –continuó el capitán fríamente.

-Novato, no vale la pena –continuó rogando Castillo-. Los soldados no saben lo que está pasando. Sólo ven a un loco amenazando a su oficial superior. Te van a acribillar.

-Tres –dijo el capitán.

-Que no, coño, no me hice policía para que gilipollas como éste abusaran de su posición y pusieran en peligro a la gente –respondió el novato.

-Cuatro- siguió contando el capitán.

-Novato, deja la puta escopeta –imploró Castillo-. Ya buscaremos una solución, pero para eso has de seguir vivo. No dudarán en dispararte.

-Cinco –acabó de contar el capitán.

Jornada 04. Cabalgata de muertos (21)


De repente todo el mundo se quedó parado mientras sus cerebros trataban de interpretar lo que acababan de escuchar. Los policías militares se miraron entre ellos confusos sin saber cómo reaccionar ante tal orden.

El capitán Ibáñez volvió la vista a los policías militares.

-Muy bien, ya no habrá combate, ¿contentos? –Dijo molesto mientras señalaba al sargento-. Ya pueden arrestarlo sin problemas, ¿verdad?

Los policías militares se acercaron al sargento mientras le miraban extrañados y le desarmaron.

-Por favor, acompáñenos –dijo uno de los policías cogiéndole del brazo.

Castillo no se podía creer lo que estaba pasando y se acercó al capitán claramente alterado.

-¿Está usted loco? –Le espetó gritando-. ¿Cómo que no intervendrá? Deben detener a esos zombis o habrá una masacre mayor de la que ya ha habido.

El capitán Ibáñez miró con cierto asco al policía que le estaba gritando.

-¿Y usted quién se supone que es? –Dijo mirándole como si fuera un insecto molesto.

El sargento se detuvo en su marcha y se giró para hablar con el capitán.

-Es el policía que dio el aviso –le explicó tratando de calmar las cosas-. Él y su compañero fueron los primeros en contactar con los zombis y nos dieron el aviso.

-Así que usted es el responsable de todos nuestros problemas –dijo el capitán cruzando los brazos con cierta soberbia-. Debería saber que ir gritando código negro alegremente está penado. Y más si lo hace dentro de un cuartel militar. Nuestros tribunales no son tan blandos como los civiles.

-Lo que se está formando en la rotonda es una turba de zombis –gritó Castillo sin creerse la actitud arrogante del oficial-. Si no se lo cree acérquese a ellos a ver si sale vivo.

-Seguro que simplemente son jóvenes bebidos y drogados –dijo el capitán quitándole importancia al relato del policía-. Por supuesto que no saldría vivo dado que mi uniforme les alteraría. No queremos que haya incidentes. Por eso no intervendremos.

-¿Está usted loco? –Castillo no se podía creer lo que estaba escuchando-. Esa gente no está drogada ni bebida ¡ESTÁ MUERTA! Son muertos vivientes. De alguna manera todo el mundo en la cárcel se ha transformado y han sembrado los Ocimax de más muertos vivientes.

-Oh, por supuesto, como si algo así fuera posible –dijo el capitán que estaba comenzando a cansarse de tener que dar explicaciones a un civil-. ¿Cómo se va a producir una fuga masiva en la cárcel o una plaga en la misma sin que nadie informe ni diga nada? Eso es imposible. Su historia está llena de agujeros, y parece salida de una de esas novelas de zombis que tanto gustan a algunos degenerados.

-Así que no piensa intervenir –dijo incrédulo el policía viendo que una vez más se topaba con la incredulidad .

-El Alto Mando ha dado sus órdenes y como soldados pensamos obedecerlas -respondió orgulloso el capitán.

-Creo que no –escuchó la voz del otro policía que se había acercado a él y ahora le estaba apuntado a la cabeza con una escopeta.

Jornada 04. Cabalgata de muertos (20)


El sargento se quedó durante unos segundos parado sin creerse lo que acababa de escuchar. Pero inmediatamente se volvió a poner a la altura de su superior.

-Señor, no podemos quedarnos sin hacer nada –casi rogó el sargento pensando en lo que podía pasar si dejaban a esa jauría de no-muertos sueltos por la ciudad- Debemos impedir que continúen adelante. Tenemos que detenerles.

Esta vez fue el capitán el que se paró y se quedó quieto.

-Sargento –dijo haciendo hincapié en el grado del soldado-. Usted no da órdenes, sólo las recibe. Su deber es cumplirlas. Es natural que no entienda lo que significa dar órdenes que puedan parecer complicadas. Pero hay un motivo para esas órdenes. Y si el Estado Mayor considera que usted no debe saberlo pues es libre de no informarle. Ahora sea un buen soldado y cumpla las órdenes.

-No señor –dijo tajante el sargento-. Con el debido respeto, esa orden es ilegal e inmoral y no estoy dispuesto a cumplirla. Debemos proteger a la población, no hacer experimentos. A saber cuántos muertos ha causado ya nuestro retraso. ¿Cómo es que tenemos la calle llena de zombis con trajes de presidiarios y funcionarios de prisiones? Eso no es una marcha zombi. Es un código negro.

El capitán Ibáñez agarró la radio del sargento ante la sorpresa de éste. Luego la activó.

-Soy el capitán Ibáñez. Necesito un grupo de policías militares en la entrada de la base.

Al cabo de menos de un minuto un grupo de cinco policías militares llegaban a la posición en la que estaba el capitán y el sargento ante la mirada curiosa de diversos soldados que se habían ido acercando al ver que algo estaba pasando. Junto a ellos se encontraba Castillo y el novato que también se acercaron para saber qué estaba pasando.

-¿Se niega a cumplir las órdenes? –Preguntó de nuevo el capitán Ibáñez.

-Me niego a cumplir esas órdenes señor –se ratificó el sargento-. No podemos dejar la ciudad indefensa.

-De acuerdo –dijo el capitán Ibáñez casi sonriendo- Arresten a este soldado por insubordinación.

Tanto los soldados como los PM se quedaron unos instantes parados ante la orden. Uno de los PM se adelantó del resto.

-Capitán, ¿está seguro? –Preguntó el PM estudiando al fornido sargento- ¿Justo antes de entrar en combate?

El capitán comenzó a golpear el suelo con la planta del píe y cogió fuertemente la radio.

-Soy el capitán Ibáñez. Siguiendo instrucciones del Estado Mayor cesarán en sus preparativos de combate. Las órdenes son no interferir en la marcha zombie por lo que deben parar toda actividad que pueda causar motivos para llamar la atención. Los soldados se retirarán de las fachadas y de la vista de la gente. Los motores de los vehículos se pararán. La base pasa a estar en silencio absoluto hasta nueva orden.

Jornada 04. Cabalgata de muertos (19)


Se giró rápidamente creyendo que algún zombi se había acercado sin él notarlo. Pero era algo peor. Se trataba del capitán Ibáñez, recién llegado de Dios sabía dónde.

-¿Qué está sucediendo aquí, sargento? –Preguntó el oficial irritado al ver toda la actividad que había en la base sin que él hubiera dado permiso.

-Tenemos un código negro entre manos –le informó el sargento mientras le pasaba los prismáticos y señalaba al final de la calle.

El capitán Ibáñez cogió los prismáticos y miró con ellos hacia la dirección en la que señalaba el sargento. Durante unos segundos no dijo nada haciéndose a la idea de lo que estaba viendo.

-Sí, parecen zombis –dijo finalmente devolviendo los prismáticos al sargento-. Y parecen muchos. De acuerdo, asumo el mando. ¿Cuál es el plan?

El sargento le pasó a explicar la táctica que había diseñado mientras el capitán asentía. En medio de una frase señaló el teléfono móvil.

-Es el estado mayor –dijo el sargento dudando-. Se niegan a creer que tenemos un grupo numeroso de zombis entre manos.

-Eso es ridículo –dijo el capitán agarrando el teléfono- ¿Hola? Soy el capitán Ibáñez, perdón por el retraso pero estaba coordinando el despliegue de las tropas.

-Por fin un oficial –dijo el general al otro lado del teléfono-. Escuche bien, sus órdenes son dejar que la marcha zombi transcurra sin interferencias. No debe tratar de detenerles. Ni llamar su atención.

-Señor, no sé qué informes está manejando usted –le dijo el capitán Ibáñez con tono diplomático-, pero lo que se está desarrollando no es una marcha zombi, señor. Es un código negro en toda regla.

-¿También usted? –Preguntó el general con tono irritado en su voz-. ¿Es que nadie sabe en esta puta isla lo que es una orden directa y la cadena de mando?

-Señor, no me he negado a obedecer sus órdenes –le contradijo el capitán con tono amable-, simplemente le estoy diciendo que lo que tenemos entre manos no es un grupo de frikis sino un grupo de muertos vivientes.

-Da igual lo que usted crea –dijo el general alzando la voz-, las órdenes son las órdenes y punto. La tropa no debe enfrentarse a ese grupo. Y no debe llamar su atención. Debe dejar que las cosas transcurran con total normalidad. ¿Me he explicado?

-Cristalinamente –respondió el capitán Ibáñez-. Pero creía mi deber informarle de la situación que aquí se estaba desarrollando que está en contradicción con sus informes.

-Si en algo aprecia su carrera y tiene esperanzas de llegar a algo más en el escalafón le aconsejo que siga las órdenes –le amenazó el general.

-Sin ningún problema general –respondió el capitán casi cuadrándose delante del teléfono-, se cumplirán sus órdenes sin más dilación.

El general pareció contentarse con la respuesta y colgó. El capitán le pasó el teléfono al sargento que se le quedó mirando. Sin decir nada Ibáñez se dirigió hacia la entrada de la base militar.

-¿Y bien, capitán? –Preguntó el sargento.

-Ya ha escuchado –dijo el capitán-. Ordene que cese toda actividad activa en la base.

Jornada 04. Cabalgata de muertos (18)


La boca del sargento se quedó seca de repente mientras alzaba sus binoculares para ver lo que estaba ocurriendo a unos cientos de metros de su posición.

-¿Puede repetir por favor? –Dijo lentamente el sargento–. Creo que la comunicación no ha sido buena.

Escuchó un gruñido al otro lado de la línea.

-No debe intervenir –dijo el general-. Debe permanecer en el cuartel sin interactuar con la marcha zombi que está teniendo lugar.

-Señor, creo que la batalla ha afectado mi oído –dijo el sargento lentamente y con tono calmado en su voz-, demasiados disparos cerca de mis orejas. Debo entender que me está ordenando deponer las armas y rendirme al enemigo

-No sea melodramático sargento –dijo el general con voz irritada-. No estoy ordenándole que no se defienda. Simplemente que no ataque a la turba. No queremos problemas con la población. Considérelo una marcha más de esos locos amantes de los zombis.

-Con todos los respetos general –dijo el sargento sin desviar la vista de los zombis-. Los tengo ahora mismo delante y le puedo asegurar que son zombis, señor, y no civiles.

-¿Está poniendo en duda los informes que maneja el Alto Mando? –Dijo el general con voz enfadada.

-Sí señor –respondió firme el sargento-. Yo estoy aquí, usted no. Estoy a unos cientos de metros, y le puedo asegurar que no son molinos señor, sino zombis.

-Si le digo que son civiles es que son civiles –dijo el general muy irritado-. Y no hay más que hablar. Se quedará en el cuartel, ordenará a sus soldados no intervenir y esperarán nuevas órdenes.

-Señor, si me lo permite –dijo el sargento que estaba comenzando a perder la paciencia-. Podemos seguir el manual de primer contacto zombi. Disparo de aviso, disparo a una parte no letal y observación.

-No contactará con el grupo de civiles –le ordenó el general algo fuera de sí-. No queremos que se vuelvan violentos.

-Señor, sus órdenes y observaciones, si me lo permite, no tienen sentido y violan el manual completamente –respondió incómodo el sargento-. Me temo que está… equivocado.

-¿Con quién se cree que está usted hablando? –Preguntó el general-. ¿Se niega a cumplir la orden directa que le estoy dando declarándose en rebeldía? Le recuerdo cómo se castiga la insubordinación en el ejército.

-Señor, su orden no es legítima –respondió firme el sargento-, y por tanto no tengo la obligación de cumplirla. Si no está de acuerdo venga usted en persona a detenerme. Pero mientras tanto cumpliré con mi deber y mi obligación que es defender esta ciudad aunque ello me comporte perder la vida. Porque así se comporta el ejército español: No huye del enemigo, se enfrenta a él.

La línea al otro lado se quedó unos instantes en silencio. Cuando el sargento creía haberse salido con la suya notó una presencia a sus espaldas.

Jornada 04. Cabalgata de muertos (17)


-Y ahora imaginad que mandan los Tomcat –siguió Pérez dibujando el escenario-, esos aviones con sus bombas inteligentes.

Señaló el cuartel.

-¿De verdad que queréis correr el riesgo de que se les escape la bomba y caiga sobre nuestros camastros?

Los sargentos sonrieron nerviosos y negaron con la cabeza.

-De acuerdo pues –dijo el sargento devolviendo el puro a su boca-, los BMR al lado de la fachada del cuartel. Los americanos, por ahora, que no se metan, pero os aseguro que si hay que llamarlos se les llamará. Y que pase lo que pase.

Todos asintieron. Los sargentos comenzaron a irse hacia dentro para preparar sus unidades y dar las últimas órdenes. El sargento miró a su alrededor.

-Ramírez –gritó, dirigiéndose a un grupo de soldados. Uno de ellos se alejó del grupo y fue corriendo hasta la posición del sargento . Quiero que vaya calle abajo a marcha ligera a avisar al dormitorio de oficiales para que sepan lo que está pasando. No sea que las comunicaciones fallen. Y que cierren el tráfico del cruce.

El soldado asintió y comenzó a correr calle abajo en dirección contraria a la que estaban agrupándose los zombis.

La fachada comenzó a llenarse de soldados que estaban montando las ametralladoras y tomando posiciones en las ventanas. Lástima que no tuvieran nada de la artillería que ese cuartel había tenido en el pasado, pensó el sargento. Antiguamente, ese cuartel había sido el de la unidad de artillería, pero con la amenaza zombi se decidió que no tenía sentido guardar ahí todo ese material que era inútil contra los no-muertos y se convirtió en una base de infantería mecanizada.

El sargento se rascó la coronilla nervioso. No dejaba de tener la sensación de que todo iba demasiado bien. Y, aunque no se quejaba, sí que tenía la sensación de que en algún momento se les iba a caer el cielo encima. Un soldado apareció corriendo desde dentro del cuartel con algo en la mano. Se acercó y se lo entregó. Era un teléfono vía satélite.

-Señor, el cuartel general –informó el soldado-, quieren hablar con el oficial al mando.

El sargento sonrió, se quitó el puro de la boca y escupió al suelo.

-Pues van a tener que conformar con un triste sub-oficial –dijo agarrando el teléfono.

-Soy el sargento Pérez, ¿en qué puedo servirle? –Dijo con tono serio.

-Soy el general Pacheco –respondió una voz al otro lado del teléfono- escúcheme bien, porque sólo lo diré una vez.

El sargento no dijo nada. No le gustaba el tono que estaba usando ese general.

-Le ordeno que se retire al cuartel, no interactúe con la marcha zombi que está teniendo lugar y no llame su atención ni trate de detenerles de ninguna de las maneras.

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