Jornada 8. Gerald contra el mundo (75)


Gerald se quedó un momento en silencio mientras se abrochaba la chaqueta y cogía la pistola de la mano de Vázquez que esperaba una respuesta.

-Es posible que una amiga mía esté ahí dentro prisionera –respondió finalmente. No le quedaba más remedio que confiar en Vázquez o su plan se podría ir al garete.

-¿Y piensas usar al ejército español para rescatarla? –Preguntó sorprendido y algo incómodo Vázquez.

-Digamos que esta primera visita es para hacerme una idea de a lo que me enfrento –le respondió Gerald- Explorar y evaluar. Ver si es posible un rescate y cómo llevarlo a cabo.

-Así que no nos liaremos a tiros con los americanos –respondió Vázquez que parecía buscar una promesa.

-Para nada, sería una locura –dijo Gerald negando con la cabeza- Aunque se me había pasado por la cabeza, la verdad. Pero no acabo de verlo claro.

-Bien, así que el plan es hacer una visita a nuestros amigos y aliados y salir sonriendo y vivos –resumió Vázquez- Pero mira que había modos más sencillos de hacerlo.

-Seguramente, pero no me permitirían gozar de tu compañía –respondió Gerald.

-¿Y cómo lo harás con el idioma? –Preguntó Vázquez de nuevo- Tu español no ha mejorado demasiado la verdad.

Gerald sonrió.

-A los americanos les pediré que me hablen en inglés y en el helicóptero dejaré que lleves la voz cantante.

Vázquez se acabó el cigarrillo.

Anuncios

Jornada 8. Gerald contra el mundo (74)


Gerald estuvo a punto de darle la mano al soldado pero recordó que se suponía que era su superior y simplemente le indicó que entrara en el hotel.

-¿En qué nuevo lío me has metido esta vez? –Preguntó Vázquez sonriendo y pasándole el uniforme a Gerald.

-Nada peligroso, tranquilo –le respondió el informático mientras se desvestía- Una visita a un portaaviones. Simple y tranquilo. A lo mejor incluso aprendes algo.

-Joder, ya te puedes imaginar mi sorpresa cuando en medio de todo este lío me llamas para pedirme un uniforme de campaña –dijo Vázquez que aprovechó para encender un cigarrillo- Además de un día para otro. Y luego descubro que te quieres colar en el portaaviones de los yanquis. En serio, ¿qué te traes entre manos?

Gerald comenzó a ponerse el uniforme de campaña cuya única diferencia con respecto al de los soldados era el de las estrellas en la solapa.

-No tenías que venir en persona –le indicó Gerald mientras se abrochaba los pantalones- Pero no se me ocurría nadie mejor para poder prestarme un uniforme del ejército.

-Déjate de irte por las ramas y dime qué estás tramando –le insistió Vázquez- Que le tengo aprecio a mi vida. Y dinero que todavía no he gastado.

Jornada 8. Gerald contra el mundo (73)


Gerald miró su reloj mientras repasaba mentalmente el plan. El helicóptero no tardaría en recogerle, y traerle el uniforme por supuesto. Había tenido suerte de recordar a su contacto entre los militares y poder llamarle para pedirle ese favor. Si no hubiera sido complicado hacerse pasar por un militar español… aunque estuviera oficialmente de vacaciones. No se había complicado la vida demasiado: Era un militar español de vacaciones al que le había pillado todo el lío en su hotel y ahora deseaba ponerse al día hablando con los americanos, que seguramente eran los que manejaban todo lo que estaba pasando en la isla.

Se despidió de sus sobrinos dejándoles a cargo de Sarah y pidiéndole a Pep, el director del hotel que les vigilara y a Carlos, el jefe de seguridad, que no les perdiera de vista por si su ex decidía hacer alguna tontería aprovechando su marcha.

Subió poco a poco las escaleras que le llevaban a la azotea, el lugar donde estaba instalada la zona de aterrizaje para los helicópteros. Aprovechó para mirar al horizonte, donde se recostaba la figura del portaaviones. Y acarició su pequeño portátil. Se había descargado los planos del portaaviones, los turnos de la tripulación y memorizado varias contraseñas por si las necesitaba. Contaba con que el ejército norteamericano querría tener contentos a sus aliados españoles así que no le causarían demasiados problemas si hacía preguntas incómodas, al fin y al cabo eran todos amigos, ¿verdad?

Comenzó a escuchar el sonido del motor del helicóptero antes de poder localizarlo. En unos minutos y viniendo de la zona oeste, desde Porto Pi, pudo observar el helicóptero que se iba acercando. A pesar de la distancia que les separaba parecía un monstruo. Había estudiado los helicópteros que tenían en el ejército español y pudo identificarlo como un NH-90, lo cual le sorprendió dado que se suponía que hasta 2011 no iban a entrar en servicio… oficialmente. En pocos minutos sus más de 15 metros de longitud se posaban en la azotea del hotel mientras un soldado descendía con cuidado de no ser absorbido por la rotación de las aspas y se dirigía corriendo hacia Gerald.

Jornada 8. Gerald contra el mundo (72)


La noche no pudo ser peor para Gerald con pesadillas en las que sus sobrinos se convertían en zombis una y otra vez y él se veía matándolos constantemente o siendo devorado por ellos. Se despertó una y otra vez con un nudo en la garganta y cada vez que volvía a dormir volvía a tener una variación del sueño. Por la mañana apenas había podido descansar y ni una ducha ni su sesión en la piscina pudo relajarle. Ni siquiera el amplio desayuno que tomó.

Al menos el desastre del helicóptero parecía no haber afectado al resto de la ciudad aunque había varios edificios ardiendo. Parecía que las llamas no iban a avanzar más… aunque con el fuego nunca se sabía.

Las noticias que obtenía a través del ordenador tampoco eran esperanzadoras. El mundo ya les había olvidado y no se mencionaba en las noticias oficiales a la isla. Los foros de internet que trataban el tema eran rápidamente cerrados. Al menos los sitios de conspiraciones parecían seguir siendo el mejor lugar para conocer la verdad, por increíble que pareciera, dado que nadie se molestaba en cerrarles sus sitios virtuales para no darles más munición. De todas maneras apenas podían hacer nada, a pesar de que Gerald les proporcionaba información de todo tipo incluyendo videos tomados de las cámaras que había en la ciudad, la mayoría de personas creían que era un montaje y que en Mallorca no pasaba nada. Al fin y al cabo, ¿por qué iba a mentirles el gobierno?

Jornada 8. Gerald contra el mundo (71)


Gerald pudo escuchar más gritos y más disparos a través de los altavoces mientras observaba la pantalla y cerraba los puños resignado. Finalmente, pudo ver cómo el helicóptero parecía volar sin rumbo y perder altura a gran velocidad. Y antes de que pudiera decir nada por el micrófono el aparato se estrellaba contra un edificio de los que había en primera línea del Paseo Marítimo. Parecía un edificio de oficinas, por lo que, en teoría, estaría vacío, pero era lo de menos. Rápidamente comenzó a arder y Gerald sólo podía observar.

Sin tener nada más que hacer en la sala de operaciones salió andando a paso apresurado sin dejar tiempo a Pep a decir nada. ¿Qué podía decir? ¿Que lo sentía? Su piloto y su aparato habían muerto en una operación de rescate que no había servido de nada salvo para causar más muertos y problemas. Y ahora tenía un medio de transporte menos que poder usar para escapar de aquel infierno. Tendría que haber dicho que no desde el principio. Eso era lo que pasaba cuando pensaba con el corazón y no la cabeza, que todo se iba a hacer puñetas.

Se encerró en su habitación para acabar de preparar el nuevo rescate. El de Mara. Al menos ése lo había planeado él completamente y sabía que las posibilidades de éxito eran mayores. Escribió las órdenes oportunas, las instaló en los servidores y esperó a que se hicieran oficiales mientras tomaba un trago. Ahora no paraba de pensar que lo que había pasado era un mal augurio. Que su misión estaba condenada al fracaso.

Tal vez sería mejor dejar a Sarah con sus sobrinos después de todo. Por si algo salía mal. Sabía que los defendería con su propia vida. Y sin el helicóptero a mano… Tal vez habría que comenzar a pensar en internarse en la isla y pensar sólo en él y los suyos… ¿y si la plaga llegaba al hotel? No había manera de saber qué estaba pasando. Recordaba que el piloto había dicho que uno de ellos se había transformado delante de sus ojos. No entendía nada.

Jornada 8. Gerald contra el mundo (70)


-Eso intento jefe, ¡joder!

-¿Qué sucede? –Preguntó Gerald alarmado.

-Una bala ha alcanzado los instrumentos y otra mi brazo derecho –le comunicó el piloto- Y el zombi sigue vivo. ¡Dele en la cabeza, carajo! ¡Y no disparen al piloto!

Gerald seguía buscando al helicóptero con las cámaras pero no tenía suerte. Ahora había otro peligro y era que si el aparato no aterrizaba seguramente se estrellaría en la ciudad con lo que eso implicaba.

-Sabía que tenía que haber puesto una cámara en el helicóptero –dijo Gerald entre dientes.

Finalmente una de las cámaras que había para controlar el tráfico en el Paseo Marítimo le permitió ver cómo el helicóptero se zarandeaba de un lado para otro. La cámara no le permitía ver mucho más. Su zoom no estaba diseñado para acercarse tanto.

-Déjate de tonterías y aterriza –repitió Gerald a través del micrófono de la radio- Como te estrelles en medio de la ciudad vas a causar una buena.

-La culpa es del imbécil último que ha subido que no deja de pegar gritos y disparar a ciegas –respondió el piloto gritando a su vez.

-Pon el aparato en automático y usa tu pistola –le grito Gerald.

-Joder, le acaba de morder en el cuello al compañero –relató el piloto- y está llenando todo de sangre. La leche, no puedo ver nada.

Jornada 8. Gerald contra el mundo (69)


-Ten cuidado el último que ha subido lo ha hecho armado y ha abandonado a otros supervivientes a su suerte. Puede que trate de secuestrar el helicóptero.

Pep no parecía nada contento con lo que estaba pasando. El plan para rescatar a la gente había sido suyo después de mucho esfuerzo. No había sido fácil convencer a Gerald y había empeñado su palabra. Y ahora se encontraba con que ese desgraciado estaba poniendo a todo el mundo en peligro.

-Las cosas están algo agitadas –dijo el piloto- Parece que uno de los pasajeros no se encuentra bien.

Gerald miró alarmado a los demás.

-Trata de aterrizar inmediatamente –le ordenó el informático- Puede que esté infectado.

Gerald esperó contestación mientras buscaba alguna cámara de la ciudad que pudiera usar para vigilar los movimientos del helicóptero.

Por los altavoces se comenzaron a escuchar gritos primero y disparos después. En la sala nadie decía nada.

-Joder se ha transformado jefe –escuchó Gerald que decía el piloto- delante de nuestras narices. Y el desgraciado que iba armado está disparando a ciegas.

-Aterriza el aparato –le gritó Gerald- ¡YA!