Jornada 11. El final del principio III (XVI). Epílogo


Diciembre de 2009

Mara afilaba el cuchillo en su camarote. Lo hacía habitualmente cuando estaba nerviosa. La última información que había recibido situaba a Doc en una isla del Mediterráneo, la isla de Mallorca, en España.

Alguien llamó a la puerta de su camarote. Se levantó y envainó el cuchillo. En el estrecho pasillo se encontraba el padre Xavier.

-Llegaremos en breve -le informó el sacerdote-. Me alegro de que hayas decidido acompañarme a la isla, con un poco de suerte te quitarás de la cabeza esa venganza tuya que te está corroyendo desde hace tantos años.

Mara sonrió. El sacerdote no sabía la verdadera razón que le había llevado a aceptar el trabajo. Era cierto que con el tiempo había considerado un compañero a Xavier, pero seguía siendo un hombre de Dios, y no creía en la justicia impartida unilateralmente. Igualmente, el padre Xavier era demasiado valioso como para dejarle sin escolta. A lo largo de los años también se había ganado enemigos. Sobre todo en el seno de la Iglesia.

Y ahora ambos tenían una diana sobre sus cabezas, y un precio por las mismas.

Acompañó a Xavier al puente. Con la Sexta Flota americana en la zona era complicado pasar desapercibidos, afortunadamente habían conseguido un par de submarinos que les ayudaran a burlar la vigilancia del gran Hermano a la hora de viajar por el mundo. Miró a través del telescopio. En la superficie comenzaba a anochecer. El momento ideal para desembarcar. A lo lejos podía ver las luces de la ciudad. Y el enorme porta-aviones que estaba anclado en la bahía de Palma. Sonrió. Sería tan sencillo… un par o cuatro de torpedos y Doc sería historia… o tal vez no. Ese hombre era más escurridizo que una anguila y ya se había escapado de ella en varias ocasiones. Pero esta vez… se había escondido en una ratonera.

El capitán del submarino iba dando órdenes mientras la tripulación trataba de mantenerse en silencio y no hacer ruido. Ahora lo importante era navegar en silencio. No llamar la atención y pasar por debajo de los barcos que vigilaban esas aguas.

Tras un par de horas de avance lento y silencio sepulcral el submarino salió a la superficie cerca de una cala abandonada, antiguo hogar de pescadores. En la orilla alguien hizo unas señales con una luz, la convenida. Mara desembarcó junto a Xavier y un par más de personas en un bote neumático rumbo a la orilla.

El submarino volvió a sumergirse. El plan era que se alejara y se escondiera y se mantuviera en contacto según el plan por si había que salir de ahí huyendo. Ahora sólo quedaba deshacerse de Xavier con alguna excusa y comenzar la cacería.

FIN (por ahora)

Jornada 11. El final del principio III (XV)


Mara no pudo evitar sonreír débilmente.

-Entonces tal vez pueda hacerme el favor de pasare por la misma y recoger mis cosas le pidió- creo que no sería buena idea dejarme ver demasiado y menos entrar en la habitación de una fugitiva buscada y odiada.

Ortiz se cuadró y salió a paso ligero, lo que hizo que Mara se quedara sola y en silencio mientras otros soldados cargaban los vehículos con víveres y armamento.

¿Qué esperaba conseguir con esta caza? ¿Vengar a los muertos? ¿Justicia? No se había parado a pensar en ello. Actuaba por instinto sin pararse a pensar. Algo que le había señalado en infinidad de ocasiones el general Smith y que a menudo era tanto su punto fuerte como su punto débil.

Se sentó sobre el capó de uno de los vehículos todoterreno estudiando el mapa de la zona. Su mirada recorrió todo el terreno que había ido explorando a lo largo de esos años. Quien iba a decir que a los ojos del mapa no pareciera mucho. Ahí estaba el bosque en el que había muerto el espía, y la desaparecida ciudad a manos de Doc. Y la otra ciudad en la que casi había muerto nada más perder la memoria. O la otra ciudad donde también había casi muerto a manos de los mercenarios… Definitivamente iba a tener que evitar pasar por las ciudades. Habían demostrado ser una amenaza para su vida.

Se preguntaba qué haría a partir de ahora. Con su memoria recuperada. ¿Recuperar su vida limpiando su nombre? Desde luego, lo que fuera que le deparaba el futuro, seguro que sería interesante.

Jornada 11. El final del principio III (XIV)


Ortiz sacó un mapa de uno de los bolsillos de su uniforme y lo puso sobre el capó. El grupo comenzó a estudiarlo. Mientras Mara observaba el mapa no pudo evitar seguir visualmente la ruta que le había llevado hacer semanas, en el mapa no parecía gran cosa. Puso su dedo sobre un punto del mapa.

-Si no voy errada el castillo se encuentra en esa zona –dijo Mara-, no debe de estar en el mapa dado que todavía no era una atracción turística ni un punto de interés.

-Parecen ser entre ocho y diez horas de viaje a velocidad máxima por autopista… -dijo dubitativa Sam-, todo un viaje.

Sam se quedó unos instantes pensativa y luego se dio una palmada en la frente y sonrió.

-Claro, que simplemente podríamos llamarles por teléfono –dijo sonriendo.

Todos se la quedaron mirando sorprendidos lo que hizo que Sam se sonrojara levemente.

-Lo siento, lo acabo de recordar –dijo a modo de disculpa-. Henry y Gerald se comunicaban usando un teléfono vía satélite. Intercambiaban noticias, y anécdotas.

-¿Dónde está el teléfono? –Preguntó con voz de urgencia Mara.

-Supongo que estará… -Sam hizo una pausa-, en la habitación de Henry… lo siento, no he estado ahí desde que… murió.

El padre Xavier se ofreció a acompañar a Sam a buscar el teléfono y ofrecerle cierto apoyo moral. Sam asintió y aceptó la oferta.

Ortiz y Mara continuaron haciendo planes.

-Igualmente deberemos irnos de la base –dijo Mara-. Y antes de que diga nada soldado, una vez las cosas se calmen pensaré en avisarle para que se una a la revolución… si hay alguna revolución a la que unirse.

Ortiz sonrió.

-Por cierto capitana… -dijo Ortiz algo tímidamente-, su habitación sigue tal y como la dejó.

Jornada 11. El final del principio III (XIII)


-El proyecto ideal de estudio para Doc –dijo Mara con voz resentida y asqueada–, la vida bajo la amenaza zombie. El resurgir de la humanidad.

-De tanto en tanto íbamos mandando refugiados de la base al castillo –continuó Sam-, después de comprobar que eran válidos para la oportunidad y no tenían intenciones ocultas. De esa manera los podíamos tener más a salvo.

Mara estaba furiosa.

-Y mientras tanto Doc… aprovechando el trabajo de los demás y sus sacrificios. Más razón para darse prisa y avisarles. No podemos dejarles en manos de ese carnicero. Cuando se canse de ellos puede que también decida hacerles desaparecer.

El padre Xavier mantenía un semblante de incredulidad.

-Es complicado pensar que exista una persona tan cruel.

-Pues créaselo Xavier –respondió Mara-, existe el mal en la tierra. Y no es sólo una quimera.

Mara volvió su atención a los vehículos y torció el gesto.

-Si estos vehículos son tan buenos como dices… no podemos dejarlos aquí- dijo finalmente mirando a Sam-. Otra gente podría aprovecharse de este descubrimiento en su beneficio, o peor aún, destruirlo para que nunca vea la luz.

Sam se quedó unos instantes en silencio mientras pensaba en las palabras de Mara.

-Es cierto que el mundo estaba al borde del caos por el petróleo –dijo pensativa-, pero pensar en que quisieran silenciar este invento… por dinero, bueno… si lo pienso mejor… es cierto que hay directivos en este negocio que venderían a sus hijos para obtener beneficios.

-Tal vez deberíamos esconder los que no vayamos a usar –sugirió Ortiz-, sería una pena destruir estas obras maestras.

-La cuestión es… ¿y ahora qué? –señaló Sam.

-Debemos abandonar la base inmediatamente –comenzó a pensar en voz alta Mara-, ir al castillo para avisar a la gente y tratar de obtener toda la información que podamos del sargento y de Doc. Y luego… ya veremos.

Jornada 11. El final del principio III (XII)


El padre Xavier suspiró pensativo sin decir nada al principio. Le dio vueltas al asunto durante unos minutos. Estaba claro que no iba a hacer cambiar de idea a Mara, pero le venía a la mente el dicho de que el camino hacia el infierno estaba pavimentado de buenas intenciones. Finalmente se unió al grupo que se había formado alrededor de uno de los vehículos.

-¿Cuál es el plan? –intervino el sacerdote interrumpiendo el intercambio de historias que se estaba llevando a cabo entre los reunidos.

-Ir al castillo –comenzó Mara, haciendo una breve pausa al darse cuenta de que las personas a su alrededor no sabían a qué se estaba refiriendo-. El castillo es un refugio en el que vive un grupo de personas con la idea de resistir allí hasta que esta plaga pase. Ahí es donde se encuentra Doc, el cabrón que se cargó la ciudad después de cansarse de jugar con ella. Y tiene unas mazmorras muy hermosas, con muros muy gruesos de piedra… y todavía conservan en perfecto estado diversas herramientas de tortura.

Mara observó cómo le cambiaba la cara a Sam.

-¿El castillo? ¿El que está dirigido por G, el informático? –preguntó alarmada Sam.

Mara asintió con sorpresa.

-Joder… yo conozco a ese Doc tuyo… -dijo entre asombrada y enfadada Sam-. Estaba en el comité de recepción cuando G estaba al cargo de la base… antes de que el general volviera. Y ya le cayó mal desde el principio a Henry. Al parecer Doc no era un fan de la ciencia ficción.

Mara no salía de su asombro y se mantenía en silencio escuchando. Finalmente, y todavía visiblemente alterada consiguió hablar.

-¿Cómo es posible que conozcáis a Gerald? –preguntó Mara asombrada.

-Henry había servido en esta base bajo las órdenes del general –le explicó Sam- así que cuando las cosas se pusieron feas nos avisó y después de salir huyendo de la invasión y estar unas semanas en un refugio de caza decidimos probar suerte en la base.

>>No esperábamos encontrarnos con nadie. Pero al parecer Gerald había conseguido los códigos de la base para acceder a la mayoría de edificios. Al principio Henry no confiaba en Gerald, dado que no sabía sus motivos para hacerse con la base. Pero con el tiempo ambos hicieron migas y comenzaron a planear el futuro. Sabiendo que no era adecuado usar la base como refugio principal.

Mara asintió con la cabeza.

-Una base militar es una pieza codiciada en tiempos de Apocalipsis, sobre todo para los saqueadores, un lugar donde conseguir armas, munición, comida…

Sam asintió.

-Ellos llegaron a la misma conclusión, así que comenzaron a buscar un refugio más adecuado para asentar una colonia de supervivientes. Y así encontraron el castillo. Un lugar remoto, poco conocido, de difícil acceso, pero que podría permitir a la gente vivir y re-hacer sus vidas.

Jornada 11. El final del principio III (XI)


-Pero capitana –comenzó a quejarse Ortiz.

-No hay peros –le interrumpió Mara- ¿Qué les pasará a las personas que están aquí si vuelven los zombies? ¿Quiere dejarles a su merced? ¿Qué clase de personas seriamos?

-Entonces, ¿tomará el mando de la base? –preguntó con cierta esperanza en su voz Ortiz.

-Eso sería una locura –respondió Mara-, sería poner una diana a la base. No, no puedo quedarme aquí y poner en peligro a la gente que vive aquí. Creo que cuando el sargento desaparezca esta base ganará mucho y no tendrá más problemas.

-¿Y si viene alguien preguntando por él?

-Murió a manos de los zombies durante una patrulla rutinaria –dijo sombríamente Mara mientras miraba al sargento que le devolvía la mirada con cierto terror-, así nadie le buscará y creerán que está muerto realmente.

Poco después el sargento era arrastrado fuera de las celdas y a un edificio que servía de garaje para la base que en esos momentos se encontraba desierto. Por el camino nadie les prestó mucha atención, dado que era frecuente el ver a soldados cargar con todo tipo de cosas, y nadie conocía a Mara, por lo que las únicas interrupciones que sufrieron fueron las de algunas personas que se cruzaron saludando al sacerdote.

Cuando entraron en el garaje Sam señaló varios vehículos.

-Vehículos propulsados por un motor híbrido, cortesía de mi jefe; silenciosos, potentes, y casi no requieren gasolina gracias a sus cargadores solares y de recuperación de energía.

-¿Únicos en el mundo? –preguntó con cierta curiosidad Mara.

-Prototipos, los japoneses están todavía una década por detrás de conseguirlos –dijo Sam orgullosa–. Mi jefe es… era un genio.

-Bien, hay que cargar uno de los vehículos rápidamente –dijo Mara con voz autoritaria-. No hay que correr riesgos y arriesgarnos más de la cuenta.

Mientras los soldados comenzaban a moverse el padre Xavier se llevó aparte a Mara.

-¿Realmente tienes intención de torturar a ese hombre y provocarle… dolor? –preguntó en voz baja el sacerdote.

-Ellos han hecho cosas peores –contestó irritada Mara-. Han matado a miles de personas sin miramientos. Y mire lo que le hicieron a esta base simplemente para poder matarme. No se detendrán ante nada salvo que les paremos. Y si para eso debo acabar en el infierno, sea pues. No creo que haya mejor excusa que la vida de otros para sacrificar la de uno mismo.

Jornada 11. El final del principio III (X)


-¿Os gusta? –preguntó Mara señalando al sargento-. A mí me ha gustado tanto que me lo llevaré de recuerdo de esta visita.

Todos se quedaron mirando a Mara como si hubiera perdido el juicio.

-No esperarías que le interrogara en este sitio –dijo Mara sin perder la sonrisa-, para lo que le tengo planeado si no habla necesito un sitio tranquilo y apartado.

Sam fue la primera en reaccionar.

-Así que éste era tu sorpresa de la que hablabas. Conozco un par de sitios tranquilos donde nadie escuchará sus gritos.

El padre Xavier no podía creerse lo que estaba escuchando. Hablaban de torturar a una persona. Se preguntó hasta dónde llegaría la crueldad humana… y fue entonces cuando notó el ligero olor de la carne de zombie quemada que llevaba el aire.

-Nunca pensé que me alegraría de cargar con un peso muerto –dijo sonriendo Ortiz mientras se preparaba para cargar con el sargento-. Los soldados están preparados para seguir sus órdenes y marcharnos de la base capitana.

Mara miró con seriedad a Ortiz.

-Eso no va a ocurrir. Nuestro deber como soldados es proporcionar ayuda y proteger a los civiles que se encuentran en esta base y en el país. No podemos abandonarles como a perros.

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