Jornada 04. Cabalgata de muertos (07)


Mientras el coche patrulla giraba a la derecha, Castillo no podía creer su mala suerte. Le tenía que tocar a él, y además yendo acompañado de un novato en la patrulla.

-Lo siento novato –dijo a modo de disculpa a su copiloto todo parte del servicio. Para lo bueno y para lo malo, el uniforme manda.

No tuvieron que avanzar mucho para ver grupos poco numerosos de zombis avanzando por la carretera de Soller por el puente que pasaba por encima de la autopista. Castillo apagó las luces del vehículo para no llamar la atención más de la cuenta. Cuando llegaron a la mitad del puente el espectáculo que pudieron ver era terrible. Coches cruzados por todos los carriles, zombis mordiendo y arrastrando cadáveres, y un gotear de no-muertos saliendo por la puerta principal de la prisión.

Y la radio seguía sin dar señales de vida. No se podía hacer nada por los dueños de los coches, ya no quedaba nadie vivo en aquella zona. Giró el coche rápidamente esperando que la infección no se hubiera extendido demasiado. Pisó el acelerador y encendió de nuevo las luces, ahora ya daba igual llamar la atención, tenían que ir lo más rápidamente posible al centro de ocio que había al otro lado de la antigua prisión. Había que sacar a todo el mundo de las calles antes de que fuera tarde.

Cuando giró a la izquierda para entrar en la calle principal en la que estaba el centro de ocio el alma se le cayó al suelo. El novato hizo una mueca de sorpresa y se santiguó rápidamente. Había zombis por todas partes. Pero lo que más extrañaba a Castillo era que mezclados con los uniformes de la prisión también había gente con ropa civil. Y pudo ver, cuando pasó lentamente por el McDonalds, que varias de las personas que parecían haber muerto a manos de los zombis estaban volviendo a la vida ‘convertidos’, rompiendo todos los records conocidos oficialmente de tiempos de transformación.

El espectáculo al pasar por los locales más cercanos a los cines era igual de dantesco. Muertos por todas partes y cadáveres moviéndose libremente sin que nadie se lo impidiera. ¿Cómo había podido pasar aquello? Había medidas para que eso no pasara, se habían preparado para un día así… y nada había funcionado.

Tampoco podían hacer nada en aquella zona.

-¿Qué hacemos ahora? –Preguntó el novato en susurros, como temiendo hablar en voz alta y llamar la atención de los zombis.

-¿Ahora? Ahora le pasamos el marrón al ejército –dijo Castillo dándole de nuevo velocidad al coche y poniendo la sirena . Y se lo vamos a servir en persona, para que no se quejen.

Las ruedas chirriaron mezclándose el ruido con el de la sirena. Ya no valía la pena no llamar la atención. Si iban a entrar en el cuartel del ejército tenían que hacerlo con el mayor ruido posible. Para que se dieran cuenta desde el primer momento de que algo grave ocurría.