Jornada 7. De policías y militares (27)


-Lo siento señora, su marido era un gran hombre –dijo finalmente con la voz entrecortada, deteniendo el monólogo de la mujer que seguía hablando.

-¿Por qué cariño? –La mujer hizo una pausa- Ah, oh, no, mi marido no está muerto. Toquemos madera. ¿Pero cómo has podido pensar algo así? Si desde luego ya lo dice mi marido, que tienes demasiada imaginación y que a veces llegas a conclusiones precipitadas por culpa de eso. Tranquilo Alejandro, que mi marido sigue vivo y dando guerra.

Castillo recuperó el aliento justo a tiempo de darse cuenta de que había dejado de respirar al escuchar la noticia de la muerte del comisario. Mientras tanto la mujer seguía hablando.

-He hablado con él esta mañana y estaba bien –le aseguró la mujer- Siento que hayas entendido lo contrario. Cuando comenzó de nuevo toda esta pesadilla ordenó a varios de sus agentes que escoltaran a nuestros nietos a nuestra casa y los va relevando para que nos protejan de esos pobres muertos vivientes. De verdad, pobrecitos, no me puedo imaginar por lo que estarán pasando. Tener que comer cerebros para sobrevivir…

“Cuanto mal han hecho todos esos programas del corazón reconvertidos ahora a programas de entretenimiento con los zombies de protagonistas” –pensó Castillo al escuchar las palabras de aquella mujer que sin duda no se perdía ni uno y os seguía a todas horas. Eran esos programas los que habían inculcado en la cultura popular de algunas personas cosas como que los zombies se alimentaban de humanos, que se les podía matar con balas de plata o incluso adiestrar cual perro para proteger el domicilio popular. Estaba claro, cuando la información sobre los zombies se terminó, y no había mucha, todo sea dicho de paso, llegó el tiempo de la invención, y eso que quedaban tantas y tantas cosas sobre éstos por descubrir: su origen, su mutación, su fijación por el ser humano, el porqué eran capaces de sobrevivir sin ningún tipo de alimentación durante décadas…

Jornada 7. De policías y militares (26)


Al otro lado del teléfono se escuchó cómo se descolgaba otro teléfono y luego una voz femenina.

-¿Diga?

-Sí, hola –dijo Castillo algo nervioso- Disculpe las molestias, soy el inspector Castillo y estaba buscando al comisario Montejano. Tenía este número como el de su casa pero no sé si me he podido equivocar.

-Alejandro, querido –dijo la voz femenina al otro lado- gracias a Dios que estás vivo. ¿Cómo te encuentras? Que tiempos tan horribles. No sabes lo que me alegra de escuchar tu voz. Y dime, ¿a qué debo el placer de tu llamada?

-Estoy bien, señora, gracias –respondió Castillo, el único problema que tenía la mujer del comisario era su verborrea. Seguro que si se ponía a ello podría hacer que a un zombi le estallara el cerebro sólo de escucharla-Me alegro también de escuchar su voz y que se encuentre bien. ¿Podría hablar con su marido el comisario?

-Lo siento querido, pero no le he visto desde que se fue con nuestros nietos a la Cabalgata de Reyes. Aish, sólo de recordarlo… yo me había quedado en casa, ya que no me encontraba del todo bien, y mi querido marido se ofreció a llevar a nuestros nietos él solito. Y yo me puse a seguir la cabalgata por la tele. Fue horrible, Alejandro…

Castillo apartó el auricular de su oreja… el comisario muerto y la mujer que no dejaba de hablar a pesar de todo. Qué tenacidad tenía. El estómago se le encogió. El comisario era un buen hombre y le había tocado vivir en una época complicada y a pesar de ello había tratado de mantener sus principios sin dejarse influir por los políticos en la medida de lo posible. Y ahora estaba muerto.

Jornada 7. De policías y militares (25)


La leña en la chimenea crepitaba en el salón de la planta baja de la casa de Castillo mientras éste le seguía dando vueltas a qué hacer. El sargento no se creía que aquel tipo tuviera incluso una maldita chimenea por piso. Aunque el calorcito que soltaba era bastante agradable. Aquella era la choza más moderna que había visto en toda su vida. No entendía cómo el policía seguía trabajando pudiendo estar todo el día encerrado en su casa disfrutando de ella y de su dinero sin tener que mover un músculo.

-¿Has pensado en escuchar la emisora de la policía? –Preguntó el militar mientras disfrutaba de una taza de chocolate caliente sentado en uno de los sillones.

-Sigue sin dar señales –respondió el policía que tenía la mirada perdida en la calle- Algo o alguien la está interfiriendo. Tampoco hay señal para el móvil.

-¿Has probado el teléfono fijo? –Preguntó señalando con la cabeza un teléfono que tenía sobre una mesa- Por lo que Vázquez dijo la línea terrestre todavía funciona. Bueno, y las señales militares. Pero no creo que puedas escuchar las mismas con cualquier cosa.

Castillo se recostó en su sillón y fijó su mirada en el teléfono. ¿Por qué iba a funcionar? Además, ¿a dónde iba a llamar? ¿Al 112? ¿A la comisaría? Soltó un grito de frustración y se levantó para ir a buscar más leña al patio mientras le daba vueltas a todo el puñetero asunto. Tal vez con el escáner policial podría detectar las conversaciones de los militares… si no las tenían encriptadas claro.

Volvió al salón con la leña. Dejó parte cerca de la chimenea y tiró otro tronco al fuego.

-¿Y a dónde quieres que llame? –Preguntó finalmente Castillo mirando al militar.

-Llama a su casa, a lo mejor está ahí. Igual que nosotros –dijo el sargento sonriendo.

Castillo negó con la cabeza. Desde que había comenzado todo aquello parecía estar en el limbo. Su mente no pensaba y no encontraba las soluciones tan fácilmente como antes. Tal vez la culpa por la muerte del novato podría tener algo que ver, pero sentía como si sobre su cabeza se hubiera pesado una nube que no le permitía ver casi nada.

Cogió el teléfono y recordó que no sabía el número del comisario de memoria. Otra gracia de los malditos móviles. La gente ya no se molestaba en recordar los números de teléfono dado que los tenían todos almacenados en sus minúsculos ordenadores portátiles que también hacían llamadas telefónicas. Buscó en la agenda de su móvil y marcó poco a poco el teléfono.

Enseguida la línea cobró vida y dio señal de comunicación.

Diario de una sociedad bajo la amenaza zombie


-Que te calles Carmela, que no te enteras.

-Para los que se acaban de incorporar, recordarles que estamos tratando el tema de la nueva plaga que parece haberse dado en la isla de Mallorca y de la que el gobierno guarda silencio.

-Que no es una plaga, que es un experimento, tengo papeles que lo confirman.

-Esos papeles están en blanco, Carmela, y todos sabemos de dónde sacas tus ideas. Que te pasas el día en internet leyendo blogs de zombis y te crees que son de verdad. Como ese sueco que dice estar revelando papeles de los gobiernos del mundo en su web. Un timo.

-Que no me harás callar Miralles. La gente tiene derecho a saber la verdad. Y la televisión está para revelar la verdad, que para eso somos periodistas.

-Que no eres periodista Carmela. Que el ser tertuliana de un programa no te hace periodista. Que necesitas estudiar una carrera para ello. Y todos sabemos que eso de estudiar a ti no se te da muy bien. Pero si todavía escribes con faltas de ortografía usando el corrector ortográfico del ordenador.

-Eso no es cierto. Fue una broma que no entendisteis.

-Ya, claro, como el libro sobre zombis que publicaste que era un copiar y pegar que hizo un negro para burlarse de ti de un libro escrito por el famosísimo George Romero, gran amigo mío, por cierto.

-Eso fue un error de la imprenta. Un virus como quedó demostrado en el juicio.

-Que el juicio lo sobreseyeron porque le pediste ayuda a tu amigo en el gobierno. Que eres patética. Cualquier día de estos te vemos en compañía de algún zombi.

-Que te voy a denunciar, ¿eh? A mí no me llames amante de los zombis. Que aquello fue un error. Se murió mientras lo hacíamos, pero cuando empezamos estaba muy vivo. La policía lo calificó como un accidente.

-Y porque lo tenías encadenado. Que te gustan esas cosas, que en caso contrario no estarías ahora aquí agitando esos papeles en blanco, Carmela.

-Te aseguro que el gobierno está ocultando algo. Mis fuentes me dicen que no dejan entrar ni salir a nadie.

-Pues claro Carmela, serás tonta. Para que la gente no se contagie ni pase el mal a la península. De verdad, que eres más tonta que un zombi tratando de pelar un plátano.

-¿Y cómo explicas los testimonios en internet? ¿Los videos? Militares por las calles que no disparan a los zombis.

-Un montaje Carmela. De verdad, que es que te lo crees todo. ¿Cuándo aprenderás, que eres tonta y que la gente te engaña?

-Al menos yo no tengo un bigote de morsa.

-Carmela, cuidado, que te estás pasando, y me voy a levantar para enseñarte lo hombre que soy.

-Sí, eso mismo se lo dices a las prostitutas baratas que pagas. Que parecen más zombis que mujeres. Si son mujeres, claro…

-Carmela que me estás buscando, y vas a encontrar a mi mano en tu cara…

-Pero hombre, Jorge; que eres el presentador, defiéndeme, que me está amenazando con pegarme.

-Bueno, la verdad es que si no hay zombis… un poco de violencia podría subir la audiencia. ¿Qué opina la audiencia? Mandadnos vuestros sms’s mientras vamos a publicidad, y a la vuelta veremos que habéis decidido. Prepárate Carmela, que Miralles te tiene ganas.

Jornada 7. De policías y militares (24)


Los días pasaron rápidamente en la casa de Castillo mientras éste y el sargento preparaban su siguiente paso. Tenían claro que fuera cual fuera ese paso deberían ir con cuidado con las patrullas de los soldados y vigilar que no se colaran más zombis en la vivienda. Seguramente se habrían caído de alguna finca y para su suerte habían encontrado el patio del policía y con el tiempo habrían conseguido abrir la puerta que conectaba con la casa. Tampoco es que el policía cerrara con candado la misma y sólo había que empujarla con algo de acierto… lo que habían hecho con su paciencia infinita y todo el tiempo del mundo por delante.

Al menos el resto de la casa estaba vacía y no habían tenido que matar mas zombis y luego limpiar los restos.

El sargento se había sorprendido al ver la casa de Castillo. Las dos plantas, aparte de la planta baja y el sótano, daban para mucho. En la primera planta estaba el dormitorio del dueño que apenas contenía una cama y poco más, y el despacho en el que escribía sus novelas, o simplemente pasaba el rato viendo pasar a la gente desde las ventanas que daban a la calle; además de un baño completamente amueblado e inmenso con su plato de ducha y su bañera gigante por separado. El dormitorio daba a una terraza desde la que se veía el patio que debía tener unos veinte metros de largo por cuatro o cinco de ancho en su zona más lejana. En la segunda planta estaba el gimnasio que se había instalado y dos dormitorios para invitados, así como otro baño menos completo. Además de eso, tenía la terraza en la que tenía además de un cuarto trastero con un montón de cajas varias placas solares que parecían no haberse limpiado en algún tiempo. Según Castillo, le daba pereza limpiarlas dado que al fin y al cabo… ¿para qué las iba a necesitar a toda potencia si con lo que recolectaban tenía más que suficiente para ir tirando? Y cómo no, desde ahí arriba se podía ver perfectamente casi todo el parque de las estaciones que dividía Palma en dos.

Castillo no había mentido cuando había dicho que era una casa de las antiguas. Los techos estaban a tres metros por lo menos y la estructura principal de la casa la había dejado igual cuando la había remodelado. Además de todo eso tenía un pozo en el patio que daba a un acuífero que, según el policía, daba agua potable.

Junto al pozo además había una serie de árboles frutales y el militar sólo se sorprendió de no ver gallinas u otros animales o un pequeño huerto. Pero según le había comentado el dueño todo eso sería una tarea tediosa y miserable y, aunque le gustaba ensuciarse las manos con el trabajo… tampoco quería exagerar. Así que los únicos animales que había visto el sargento eran diversos gatos callejeros que parecían haber encontrado su casa en ese patio medio desatendido.

Un bonito refugio en el que esconderse hasta que todo hubiera pasado.

Jornada 7. De policías y militares (23)


Vázquez y Escobar se encontraban en el aparcamiento que había enfrente de la casa de Castillo. Habían aparcado ahí el humvee a la espera que vinieran a rescatarles. Le habían quitado un par de cables al vehículo para que no pudiera arrancar y luego habían llamado por radio pidiendo transporte.

Por suerte para ellos los zombis estaban al otro lado de la verja que separaba el parque del aparcamiento y no les molestaron demasiado mientras esperaban. Se habían ido acumulando poco a poco al notar a los soldados esperando. Escobar les miraba de vez en cuando nervioso y con el fusil de asalto preparado por si acaso. En cambio, Vázquez se dedicaba a burlarse de los zombis y hacerse el valiente gastándoles bromas y haciéndoles caras y gestos.

Los zombis trataban de atravesar la verja sin éxito dado que era bastante grande y fuerte, de metal y perfectamente ancladas al suelo. No se movían ni un centímetro de su sitio para desesperación de los muertos vivientes que metían los brazos entre barrote y barrote tratando de alcanzar a los soldados.

Desde la casa de Castillo, el policía y el sargento vigilaban con un par de fusiles de asalto por si fuera necesario proteger a los soldados.

Finalmente otro humvee apareció y aparcó al lado del aparcamiento sin llegar a entrar.

-Joder Vázquez, sólo te podía pasar a ti –le dijo el soldado Ramírez desde la ventana del conductor- Quedarte tirado en medio de una ciudad llena de muertos vivientes.

Vázquez se acercó sonriendo acompañado de Escobar que estaba deseando salir de ahí y poner tierra de por medio entre él y los zombis.

-Qué le vamos a hacer –dijo Vázquez encogiéndose de hombros- Algunos tienen suerte y llegan a teniente y otros pues… cogen el vehículo estropeado. Al menos ha sido en una zona tranquila.

-Venga, subid, que no quiero estar mucho tiempo parado –les dijo Ramírez mirando a su alrededor- De camino hacia aquí he visto un grupo de zombis que creo que han puesto sus ojos en mí. Y no quiero darles la alegría.

Vázquez y Escobar subieron rápidamente al todoterreno y cerraron la puerta.

-Pobrecitos, si sólo quieren darte un mordisquito –le dijo Vázquez sonriendo- Seguro que llevan un tiempo sin comer, eres un egoísta.

-Si quieres quedarte, tú mismo –le respondió Ramírez mientras comenzaba a avanzar por la calle- Yo volveré al cuartel que no me apetece ser un primer plato.

-Más bien serías un aperitivo –señaló riendo Vázquez- Que tampoco darías para mucho.

Castillo y el sargento siguieron al vehículo desde las ventanas de la casa del primero hasta que desapareció de su vista.

-Bueno, buenas noticias –dijo Castillo respirando más tranquilo- Nos hemos deshecho de Vázquez. Malas noticias, estamos en una isla llena de zombis y no hay a dónde huir.

Jornada 7. De policías y militares (22)


Las órdenes eran claras en aquella guarnición: No entraba nadie que no estuviera autorizado. Al principio las órdenes parecían sencillas. Lo único que había al otro lado de las vallas eran zombis; así que no era complicado seguirlas al pie de la letra y de vez en cuando practicar el tiro con los zombis que se acercaban demasiado o conseguían entrar por algún agujero que alguna tormenta o el desgaste había causado. Lo más peligroso que había era escoltar a los científicos al exterior. Los muy imbéciles se creían invencibles y protegidos por el ejército y eso costó la muerte de más de un buen soldado por culpa de esos cafres. Siempre deseando entrar en un lugar que no estaba asegurado o ir hasta dónde les habían dicho que era peligroso. Porque a ellos nunca les pasaba nada. Y eso era porque los soldados les cubrían las espaldas y se sacrificaban para protegerles sin que aquellos hombres de ciencia dieran siquiera las gracias.

Hasta que un día comenzaron a aparecer supervivientes en busca de refugio. Entonces las órdenes de que nadie entraba ya no fueron tan lógicas. Y menos cuando se producía una caza entre un grupo de zombis y algún superviviente demasiado cansado para seguir huyendo.

Les rogaban y les pedían ayuda pero las órdenes siguieron siendo las mismas: No entraba nadie. Y las tonterías de los científicos comenzaron a dejar de tener gracia. Mientras que los soldados trataban de ayudarles desde el otro lado de las vallas los científicos se divertían mirando cómo se peleaban por un mendrugo de pan duro que les tiraban para divertirse. Algunos soldados se unieron al grupo de burla y se hacían apuestas sobre quién sería el próximo en morir de aquellos que estaban al otro lado de las vallas.

Y las misiones en el exterior se volvieron todavía más peligrosas. Los supervivientes se habían ido organizando y viendo que no conseguirían ayuda por las buenas decidieron atacar a los grupos que salían a investigar. Al principio con palos y piedras pero poco a poco fueron consiguiendo armas de los grupos que mataban o hacían huir y provisiones que iban encontrando de ciudades cercanas o que robaban a los científicos a cambio de dejarles vivir. La cosa se volvió insostenible, había que luchar contra los muertos vivientes, contra los vivos, y contra los elementos. Y fue entonces cuando se dio la orden de disparar a matar contra cualquiera que no fuera de la base. Estuviera vivo o muerto.

Eso fue la gota que colmó el vaso y el sargento decidió pedir el traslado a otros pastos. Y le tocó en suerte la isla de Mallorca. Un destino que parecía tranquilo en un principio y que no presentaría los problemas que había en Ceuta y Melilla. Ahora, en casa de Castillo no podía evitar sonreír al pensar en cómo habían acabado las cosas.