Diarios de la Primera Plaga (del diario de Doc). Por J.D. (V)


Con las primeras luces del día nos pusimos en marcha lo más rápido posible. Había que recuperar el tiempo perdido con la oscuridad de la noche. Y esperar un milagro. Bes no había pasado una buena noche. Y estaba a pocas horas de entrar en shock, o algo peor. No había manera de saberlo con seguridad. Las horas iban avanzando lentamente y nosotros no parecíamos estar más cerca de nuestro objetivo que al amanecer. Notaba la desesperación apoderándose de mí con cada paso que daba. Incapaz de hacer más por mi compañera. Pero no podía dejar que la frustración se me notara. La gente contaba conmigo. Tenía que mantener la moral alta, o en algún lugar por encima de muerta.

El sol estaba alto en el cielo cuando comenzamos a escuchar un ruido parecido a un trueno. Primero pensamos que sería una tormenta que se acercaba. Más malas noticias. Pero el ruido se iba acercando a cada minuto y comenzamos a ver una nube de polvo en el horizonte. Al principio era una pequeña mancha que a cada segundo se iba haciendo más grande. Dios, nunca me había alegrado tanto de ver a uno de esos humbeey, esos malditos mastodontes todoterreno militares y come combustibles con tracción a las cuatro ruedas. Al llegar a nuestra altura frenó y entre todos subimos a Bes a la parte trasera. Harry estaba en el asiento del copiloto sonriendo y mirándome con esa cara que decía “te lo dije Doc”.

Los dos días se convirtieron en un par de horas con el acelerador a fondo. Poco antes de llegar al refugio les mandamos el mensaje de que estábamos a unos minutos de llegar y comenzaran los preparativos. Era una maniobra peligrosa. Practicaba infinidad de veces, pero aún así… Al fondo veíamos ya la colina, y encima, levantándose majestuosamente las murallas a las que llamábamos “casa”.

Como habíamos previsto en unos minutos llegamos al píe de la colina donde ya estaban preparando la camilla para elevarla hasta el castillo. Un par de vigas que sobresalían de la muralla aguantaban las poleas con las cuerdas que nos ayudarían a subir a Bes más rápido que por el camino principal; en un abrir y cerrar de ojos la camilla estaba ascendiendo. Rápidamente me dirigí hacia el camino que me llevaría al castillo. Ese maldito camino. Una interminable sucesión de escaleras de piedras que ascendían por un camino que tenía a un lado parte de la montaña y al otro el vacío. Y maldije al imbécil que nos convenció para dejarlo así. Sí, claro, era una decisión lógica. Los zombies no eran precisamente los mejores acróbatas de la historia, y subir escaleras para ellos era como caminar cabeza abajo para los pobres mortales. Eso les ralentizaba. Eso nos hacía ganar tiempo. Era el único camino hacia el castillo. Todo muy bonito y práctico. Pero no en aquellos momentos. Notaba mis piernas cada vez más pesadas. Los músculos al límite y quemando. Y mis pulmones pidiendo más oxígeno del que les podía proporcionar.

Tras unos larguísimos minutos atravesé la puerta principal del castillo y me dirigí inmediatamente, como pude, hacia la zona de la enfermería. Afortunadamente para todos, yo no era la única persona con conocimientos médicos así que respiré tranquilo cuando, a través del cristal de la sala inmunizada, la persona que se estaba encargando de Bes me alzó el pulgar en señal de esperanza. Sin aliento me dejé caer sobre la pared y luego sobre el suelo. Intentando recuperar el aliento y frotándome las piernas. Definitivamente me iban a doler al día siguiente.

Fue entonces cuando una familiar voz apareció a mi lado, “¿Qué hay de nuevo, viejo?”

Era la última persona a la que quería ver en ese momento. El autodenominado jefe, el mandamás, el que lo controlaba todo y tomaba las decisiones, el imbécil de G. No confundir con Ge. En realidad se llamaba Gerald, o Gerardo, pero le gustaba que se dirigieran a él como G. Yo nunca lo hacía.

Si gracias al desastre el mundo dejó de necesitar abogados, se podría haber llevado también a los informáticos. Empezando por G.

Diarios de la Primera Plaga (del diario de Doc). Por J.D. (IV)


El vendaje ayudaría temporalmente, pero Bes necesitaba un tratamiento que yo no podía darle en ese momento ni en ese lugar, le introduje una vía de salino y comencé a calcular cuánto tiempo tardaríamos en llegar al refugio. Mientras tanto iba revisando al resto de mis compañeros. El más malparado había sido Harry, uno de los exploradores, le había caído gran parte de la pared del granero encima. Tenía un brazo roto. Le apliqué una cedula y le inmovilicé el brazo para ponérselo luego en cabestrillo. Menos suerte tuvo el otro explorador que yacía a unos metros con gran parte del rostro devorado.

Harry viendo mi cara, me preguntó cuál era el problema; le expliqué que no creía que Bes pudiera aguantar los dos días o más que nos quedaban hasta llegar al refugio. Después de pensarlo durante un instante se ofreció para adelantarse y dar aviso de nuestra llegada para que mandaran un transporte. Le indiqué que no podía permitirlo tal y cómo tenía el brazo. Además, no estaba acostumbrado a correr en esas condiciones, su centro de gravedad había cambiado, y podía perder el equilibrio si no iba con cuidado. Me aseguró que no habría ningún problema. Era la única posibilidad de que Bes siguiera con vida. Y lo peor que le podía pasar era caerse y romperse el brazo más de lo que lo tenía.

Sin darme tiempo a replicarle dio un par de saltos para probarse, pareció calcular su nueva situación y comenzó a correr alejándose del grupo. No pude evitar sonreír. Así eran los exploradores. Rápidos e inalcanzables como el viento.

Mi otra preocupación era saber el origen de la herida de Bes, con el estruendo que se había montado nadie sabía si había sido por culpa de la pared derrumbada, algún zombie, algún disparo perdido… no había manera real de saberlo hasta… bueno, no quería pensar en ello. Aún existía una pequeña posibilidad de que si la herida se la había infligido uno de esos seres no se convirtiera… había que tener esperanza (las teorías al respecto de la conversión son largas y merecerían un libro o enciclopedia para ellas solas; existe la creencias –temor- popular de que todo herido por un zombie se transmuta contagiado; y aunque es cierto en gran parte, no es una verdad absoluta, creo).

El recuento final fue de cinco muertos en nuestro bando. No me molesté en contar los del otro. No tenía sentido. Daba igual los que mataras, siempre habría más. Quemamos el granero, aún a riesgo de delatar nuestra posición, y continuamos nuestro camino a paso acelerado con Bes en una camilla. Cada hora cambiaban los porteadores, eso nos permitía mantener un ritmo de paso alto y que la gente descansara un poco.

El camino era largo y la noche se nos echó encima rápidamente. Montamos un campamento y comprobé el estado de Bes, sin cambios, ni para bien ni para mal. Era hora de dormir y descansar, todavía nos quedaba un largo camino por delante.

Por favor, insisto, si tienes este diario, cuídalo dado que ha costado lagrimas, dolor y sangre realizarlo. Sí, lo sé, es un chiste muy malo, pero ¿qué vas a hacer? ¿Matarme?

Diarios de la Primera Plaga (del diario de Doc). Por J.D. (III)


En una situación así mucha gente dice ver pasar por delante de sus ojos su vida. Otros aseguran que el tiempo se detiene o se ralentiza y lo ven todo a cámara lenta. ¿Yo? Pienso en mi perro Gus. Fue un fiel compañero que por motivos que no vienen al caso tuve que sacrificar. Recuerdo su mirada, como de perrito apaleado, como si me estuviera pidiendo perdón por el sufrimiento que estaba ocasionando. Recuerdo sus ojos. Y recuerdo que una parte de mí se sentía culpable por tener que quitarle la vida, y otra estaba agradecida por acabar con su sufrimiento. ¿Con los zombies? No tengo dudas, no son seres humanos, tampoco son animales, no merecen existir y no tengo remordimientos cada vez que matamos a uno. Da igual lo que hubiera sido antes. Ahora sólo es una anomalía que ni la naturaleza reconoce como suya.

Mientras mi cerebro interpretaba la carga de los zombies mis manos ya habían comenzado a actuar, la escopeta, situada en mi costado se levantó paralela a la tierra y disparó su primer tiro; un zombie voló dos metros hacia atrás sin gran parte de su tronco, mi mano izquierda recargaba la escopeta mientras subía lentamente y disparaba de nuevo, alcanzando la barbilla de otro zombie, y llevándose de paso gran parte del cráneo del mismo. La mano derecha se alzó junto a la izquierda que ya estaba expulsando el cartucho y cuando la tenía casi a la altura de mis hombros volvió a disparar, separando el brazo del cuerpo de otro zombie. A continuación ya tenía la escopeta apoyada en el hombro y le volé la cabeza. Me giré a tiempo para que otro zombie, que venía hacia mí con la boca completamente abierta esperando catar carne, se encontró con el cañón de mi escopeta y sin pensárselo siguió como si nada, disparé y sus sesos salieron volando por detrás de su cráneo. Saqué la escopeta de su boca y vi a un zombie con la mano en el aire, sobre uno de mis compañeros, disparé y la mano se desintegró, me acerqué para asegurar el tiro y el zombie dejó de tener hambre, y boca, ya de paso.

Y tan rápido como había empezado, acabó, cuando me giraba para ver si quedaba alguno más comprobé que no era así. Y fue cuando empezaron los gemidos y quejidos. ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Treinta segundos? ¿Un minuto? ¿Dos? La verdad es que nunca me acordaba de cronometrarlo, pero para mí siempre pasaba en un suspiro.

“¡Doc, aquí!” -escuché. Era lo bueno de llevar tiempo juntos, no tenía que ir de un lado para otro comprobando quién estaba más grave, ellos se encargaban de la selección y me llamaban al lugar en que era más necesitado.

En este caso se trataba de Bes, una chica que llevaba un par de años con nosotros. Tenía la yugular seccionada, pero la chica con nervios de acero había conseguido parar la hemorragia. Mientras le aplicaba unos vendajes de urgencia indiqué al resto de supervivientes que se dividieran, tres para explorar el resto del granero, comprobar que no había más sorpresas, si había algo de utilidad y conseguir material para hacer una camilla; Bes no podía valerse por sí misma en su situación. Al resto les indiqué que movieran los cadáveres al interior del granero, recuperaran lo que pudieran de los compañeros caídos, incluyendo sus diarios, e hicieran lo mismo con sus restos.

Diarios de la Primera Plaga (del diario de Doc). Por J.D. (II)


Los primeros días de camino transcurrieron sin novedad y tranquilos. Siempre atentos a cualquier sombra o ruido que estuviera fuera de lugar. Más paranoicos de lo normal. Pero era parte de nuestra vida. Mirar siempre por encima de nuestro hombro intentando matar antes de ser asesinados.

Al anochecer del tercer día, poco después de acampar para pasar la noche, aparecieron los exploradores con malas noticias. A medio día de camino había un “nido”, que era como llamábamos a una agrupación de zombies, y no podíamos rodearlo. Si se nos había colado un espía era posible que otro grupo tuviera el mismo problema y tuviera pensado llevarlo sin saberlo al refugio. No podíamos rodear la zona o arriesgarnos a llevar a los zombies hasta el refugio. Comuniqué, resignado, a los demás que al día siguiente tendríamos que enfrentarnos a los no-muertos. Si el ambiente estaba bajo de moral con esta noticia las cosas no mejoraron mucho y aquella noche no se habló apenas y más de uno no pudo dormir.

La buena noticia era que éramos más que ellos, normalmente éramos grupos de siete, pero por causas del destino el grupo de Mara y el mío se habían encontrado y dado que no quería hacerse notar cuando nos dejó sólo fueron otras tres personas con ella, con lo que éramos una decena de personas contra cuatro o cinco zombies; además, contábamos con el factor sorpresa, o eso esperaba, y no éramos un grupo de principiantes que se ponían nerviosos al verlos o no sabía disparar. Cuando estuvieran a tiro dispararíamos, nada de acercarse para dispararles a bocajarro. No necesitamos tampoco matarlos, simplemente incapacitarlos para que no nos siguieran y no representaran un problema.

Por la tarde, nos habíamos acercado lentamente, llegamos a un pequeño terraplén desde el que podíamos observarlos. Parecían haber “acampado” en lo que había sido una granja, y estaban teniendo un festín con los animales. Lo cierto es que los zombies, por motivos que desconozco, parecían preferir la carne humana y desdeñan la carroña, pero si era necesario no les hacían ascos a los animales. Y parecía que los de esa granja habían sobrevivido para morir en sus manos o en sus bocas, para ser más exactos.

Indiqué a cada uno dónde debía situarse. Y cuando todos estuvimos preparados abrimos fuego. No hubo combate ni peligro. En unos segundos todos los zombies estaban tirados en el suelo. Nos acercamos con prudencia para asegurarnos que no pudiéramos tener ningún problema en el futuro o alguna sorpresa desagradable y cuando estuve seguro indiqué que siguiéramos la marcha. No teníamos tiempo para quemarlos. Tendrían que quedarse ahí hasta otro momento.

Comenzamos a cruzar por detrás del granero cuando todo se nos vino encima, literalmente. Las paredes cedieron y saltaron astillas. Y detrás, toda una horda de zombies salió de dentro del granero y se abalanzó contra nosotros tomándonos completamente por sorpresa.

Diarios de la Primera Plaga (del diario de Doc). Por J.D. (I)


“Doc, te necesitamos”

“Doc, ¿dónde ponemos esto?”

“Doc, tenemos un herido”

Cualquiera pensaría que estaría estresado, harto de escuchar mi nombre, bueno, mi “nombre”… o de que la gente quiera que esté en cuatro sitios a la vez, pero… supongo que es la adrenalina constante, me encanta. Antes del final del mundo como lo conocíamos era un aburrido médico de cabecera que tenía que escuchar los continuos problemas de gente anónima y, a menudo, egoísta. Sí, lo sé, la vida que yo elegí, y parece también cruel y egoísta ser feliz en esta situación, pero es eso o pegarte un tiro en la cabeza.

El día amaneció sin aparente novedad, la gente comenzaba a desperezarse y mientras pensaba en el desayuno empezaron a ocurrir las cosas. Gritos, alarmas, gente corriendo, cuando llegué al centro del problema Mara desaparecía por el linde del bosque.

Cuando me enteré de que todo el problema venía ocasionado por un posible espía me alarmé. No era la primera vez que teníamos problemas de este tipo. Indiqué a la gente que se comenzara a preparar para irse. No podíamos permanecer en la casa si alguien más sabía que estábamos ahí. Era una lástima, pero no todo el mundo es como nuestro grupo, dispuesto a ayudar a la gente e intentando preparar un futuro mejor. Hay ladrones, asesinos, gente que mata a otra por comida y todo por no querer buscarla directamente ellos. Gente que elige el camino fácil de aprovecharse del trabajo de otros.

Cuando Mara y su grupo nos comunicó que el posible espía había caído en manos de un zombie ya sabía lo que había que hacer. Cuando llegaron ya teníamos preparara la hoguera. Luego nos reunimos para hablar de lo que teníamos que hacer a continuación. Después de mucho discutir quedamos en que un grupo liderado por Mara se quedaría investigando. Y retrocedería el camino que habíamos hecho en las últimas semanas para comprobar que todo estaba dónde lo habíamos dejado y que nadie nos seguía.

En el otro grupo se me incluyó casi sin consultarme. Es lo malo de ser “importante,” que tengo que ser protegido y la misión de Mara no tenía visos de ser precisamente un paseo. Así que me tocó volver al refugio lo más rápido posible para poner en conocimiento de los demás lo que había pasado. Además, ya tocaba volver a casa e informar y ser informados de lo que los otros grupos habían conseguido y descubierto.

Dejamos la casa con un poco de tristeza. Tenía sus propios generadores eléctricos gracias a unas placas solares que los anteriores dueños habían instalado. La abandonamos de manera que pudiéramos saber si alguien había estado en ella cuando volviéramos. Si podíamos volver. La verdad es que era un sitio agradable.

Nos despedimos del grupo de Mara. Que esperaría un par de días en el bosque para comprobar si nos seguía alguien y nos cubriría las espaldas para luego ponerse a investigar por su cuenta.

Mandé a un par de exploradores por delante, por si el posible enemigo estuviera esperándonos o, íbamos directamente hacia una zona de “caza” de no-muertos.

Por cierto, si estás leyendo esto disculpa por las manchas de sangre, los zombies nunca se han caracterizado por ser limpios comiendo.

Diarios de la Primera Plaga (del diario de Mara). Por J.D. (VII)


El fuego es fascinante. Varias veces, mientras vigilábamos que el fuego no creciera demasiado, me he encontrado mirando hipnotizada las llamas. Con su continuo movimiento. Ese baile caótico que hace que te den ganas de acercar la mano para tocarla.

Al principio, cuando me uní al grupo y veía cómo quemaban los restos de zombies o víctimas de los mismos, no entendía el motivo, ¿por qué no enterrarlos o dejarlos ahí? Ya no representaban un peligro. Pero Doc se sentó un día para explicármelo. Al parecer, es una teoría como tantas otras que hay al respecto, los zombies son algo así como carne infectada, pasada de fecha, no la quiere ni la naturaleza, ni los animales. Entonces me di cuenta de que a los zombies nunca les rodeaban las moscas, que era algo de lo más natural si lo pensabas, ni se les acercaban los animales carroñeros. Doc me siguió explicando que allá donde se enterraba a un zombie o a una de sus víctimas o donde yacía un no-muerto no crecía nada. La naturaleza, que salvo el plástico, aprovecha todo lo que le tiramos, no quería usar la materia prima de esas criaturas. De hecho, posteriormente, pude ver ejemplos de lo que me contó Doc. Hierba que crecía dejando un espacio de medio metro alrededor de los zombies muertos… de verdad, ratas que en cuanto se acercaban se alejaban a una velocidad increíble, ni siquiera los cuervos parecían interesados.

Después de apagar el fuego repasamos los enseres del ¿espía? Poca cosa aparte de una radio que parecía militar, ¿por satélite? Al menos tenía una de esas antenas que alguno reconocía por haberlas visto en películas; cuando intentamos usarla vimos que pedía una contraseña… Además, tenía un mapa de la zona con diversos sitios marcados. Eso nos alarmó. No era la primera vez que nos encontrábamos con carroñeros humanos, ladrones que no tenían ningún problema en matarte para quitarte cualquier cosa que tuvieras, o simplemente te dejaban en medio de la nada sin provisiones ni armas. Afortunadamente habíamos aprendido de la experiencia. Cuando estudiamos el mapa comprobamos que algunas de las marcas se correspondían con los últimos lugares visitados, incluyendo el pueblo donde le habíamos encontrado. Definitivamente la cosa no pintaba bien y había que tomar algunas decisiones.

Diarios de la Primera Plaga (del diario de Mara). Por J.D. (VI)


Mis acompañantes y yo nos miramos y nos pusimos en guardia. Ya no había prisa. Ahora se trataba de no morir. Les indiqué que avanzáramos usando los árboles como escondite para no ser vistos –aunque normalmente, ellos, solían ser más hábiles con otros sentidos como el del olfato. Aunque mi experiencia me decía que tanta precaución no sería necesaria.

En unos minutos estábamos lo suficientemente cerca para ver el atroz espectáculo, un ¿zombie? Estaba arrancando trozos del cadáver. El espectáculo en sí era repugnante. El no-muerto no contaba con la parte inferior de su cuerpo, había un rastro de intestinos que llegaba al píe de un árbol cercano. Parecía que esa diabólica criatura se había quedado ¿hibernando? al pie del árbol, ¿esperando su muerte? cuando el ruido de pisadas le debió de haber llamado la atención. El problema de “correr huyendo” es que no miras lo suficiente hacia delante, y en esta ocasión ese error había sido mortal. Sólo había tenido que alargar los brazos, hacerle caer y el resto… bueno, era una historia conocida.

El zombie parecía llevar mucho tiempo ahí quieto a juzgar por las telarañas que le colgaban de la cabeza. Lo “bueno” de un zombie que ha cazado es que está demasiado ocupado disfrutando de su presa como para darse cuenta que puede haber más, aunque aquel engendro en cuestión, por su incapacidad de moverse superior a la normal, no parecía representar un gran peligro; era más bien el ejemplo perfecto de que nunca te puedes confiar con “ellos” y de que nunca puedes ni debes de bajar la guardia.

Después de asegurarnos de que no había compañeros suyos por las cercanías nos hemos acercado lentamente y le hemos separado la cabeza del tronco. Luego hemos repetido el ritual con su víctima, el ¿espía?

Cuando hemos vuelto a la casa con los restos, el agujero con leña ya estaba siendo preparado. Gracias a los walkies habíamos podido avisarles de lo sucedido para que fueran haciendo los preparativos para disponer de los restos.

Cuando el fuego ha comenzado a crepitar y coger fuerza hemos lanzado los restos “humanos”. Sin ceremonias. Luego más leña. Y a avivar las llamas para deshacernos de cualquier resto que pudiera causarnos problemas. Luego revisaríamos la ropa del “nuevo” y buscaríamos respuestas.