Jornada 04. Cabalgata de muertos (12)


Castillo asintió sin decir nada. Debía ir con cuidado con lo que decía o hacía delante de ese sargento.

El sargento suspiró y miró al cielo.

-Si lo he entendido bien, invade mi base gritando ‘zombis’ en el día de la víspera de Reyes –dijo recapitulando lentamente el sargento.

-Es cierto –interrumpió gritando el novato-. Hay cientos de ellos.

Castillo fulminó con la mirada al novato que captó enseguida la señal de que estuviera callado.

-¿Es una broma verdad? –Preguntó el sargento algo enfadado-. Seguro que hay una apuesta por medio y esto es parte de la misma. Demasiadas cervezas, un reto estúpido, demostrar la hombría y valentía del cuerpo de policía local… puedo entenderlo. Aunque lo de entrar en la base arriesgándose a que les recibiéramos a tiros… reconozco que hay que tenerlos bien puestos.

Parecía que Castillo iba a decir algo pero el sargento levantó la mano con la palma extendida hacia arriba indicado al policía que no dijera nada.

-Pero… por si acaso –continuó el sargento-, le voy a conceder el beneficio de la duda.

Activó su radio.

-Comunicaciones, ¿alguna novedad en las últimas horas? –Preguntó a través de la misma.

-Nada mi sargento –dijo una voz al otro lado del walkie-, aunque estamos teniendo problemas con las bandas de comunicación civiles. Por cierto, ha llamado el capitán Blanco pidiendo que le mandemos un técnico, que su móvil no funciona.

El sargento negó con la cabeza en señal de incredulidad al escuchar eso último.

-Díganle al capitán que la telefonía móvil no es problema del ejército, sino de su compañía –volvió su atención a Castillo-. Por lo visto ése es el mayor problema que tenemos hoy.

Luego volvió a activar la radio.

-Perímetro, ¿alguna novedad? –Preguntó de nuevo a través de la radio.

-Torre uno sin novedad.

-Torre dos, todo tranquilo en San Vicente de Paul. Hace poco ha pasado un coche patrulla de la local a toda mecha con las luces y las sirenas encendidas, pero aparte de eso nada.

-Torre tres, nada que informar.

El resto de torres siguieron informando de que no había nada sobre lo que informar.

El sargento miró fijamente de nuevo a Castillo. Y le indicó que le acompañara.

Ambos se dirigieron a la puerta principal acompañados de un par de soldados que no perdían de vista al policía.

El sargento salió al exterior. Miró a la izquierda ceremoniosamente. Miró a la derecha con la misma ceremonia y se giró de nuevo hacia el policía.

-Hace un día espléndido, y no hay ni rastro de zombis –dijo abriendo los brazos teatralmente.

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