Jornada 9. La Ira de Dios (06)


La idea había surgido una noche mientras escuchaba relatos de supervivientes alrededor de una hoguera. Lo cierto era que a lo largo del mundo había sacerdotes u otras figuras religiosas que habían sido vitales en la supervivencia de grupos de personas. Y nadie hablaba de ello. Era extraño dado que la Iglesia solía ser muy dada a publicitar eso para conseguir una buena imagen. A lo mejor a nadie se le había ocurrido. Lo cierto es que no había sido idea suya realmente. Había sido de Mara. Ella, siempre tan graciosa, había comentado que no estaría mal escribir un libro sobre esas historias dado que a lo mejor le hacían cambiar de idea con respecto a la religión y sus fanatismos.

Y ahí había comenzado todo. Mientras Mara continuaba con su cacería humana él recorría el planeta a su lado dando el descanso merecido a las pobres víctimas de la plaga y tomando nota de las acciones de curas, sacerdotes, hermanos… al principio había pensado restringirlo sólo al cristianismo pero luego había descubierto que eso no sería justo. ¿Qué más daba que adoraran a un Dios diferente? ¿No eran todos seres humanos? Además, sería interesante saber lo que otras religiones pensaran sobre los zombis y la plaga.

Y ahora se encontraba en el Santuario de Lluc, un lugar que había sido clave en la supervivencia de los mallorquines cuando empezaron las muertes. ¿Cómo podías sobrevivir en una isla? Era razonable pensar que tarde o temprano los zombis te encontrarían. Sólo era cuestión de tiempo. Y los zombis eran pacientes, muy pacientes.

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Jornada 9. La Ira de Dios (05)


Xavier había tratado de pasar desapercibido. Pero había sido complicado ya que la mayoría de sitios eran comunes. El comedor, la biblioteca, la sala común… y la iglesia. Siempre había murmullos y en algunos casos encontronazos accidentales, o palabras dichas por lo bajo que no eran tan por lo bajo. Era un paria. Y sonreía al pensarlo. Como los primeros cristianos.

Se sentó en una de las últimas filas y escuchó con atención al abad. Recordó que era la víspera de Reyes, y lo que se conmemoraba en tal ocasión. La adoración de Jesús. El resto del discurso trató de calmar a los asistentes recordando las bondades de Jesús y cómo nunca rechazó a nadie sino todo lo contrario, le invitó a su mesa… como a Judas. Buenas intenciones que Xavier sabía que no serían tenidas en cuenta. La gente sólo escuchaba lo que le convenía.

Al menos la iglesia tenía calefacción.

Después de la misa tocó el desayuno donde tuvo que soportar más miradas y más murmullos. Miró su reloj. La entrevista con el abad sería después de comer. Le había costado conseguirla dado que el abad tampoco se sentía muy cómodo con la presencia del excomulgado. Pero la llamada del Obispo había suavizado las cosas. No estaba ahí realmente como cristiano, buscando causar problemas. Estaba como escritor. O como antiguamente se decía, historiador. Su objetivo era conseguir testimonios y plasmarlos en un libro para que la gente pudiera leer relatos que no se conocían.

Jornada 9. La Ira de Dios (04)


Se puso en pie y se desperezó alzando los brazos. Un escalofrío recorrió su espalda. Maldita humedad. Comenzó a caminar y se dirigió a la iglesia para asistir a la misa. Nada más entrar varias cabezas se giraron para ver al recién llegado. La curiosidad humana. Lo que no era tan humano era mostrar la incomodidad que esos rostros mostraban al verle aparecer en tan sagrado sitio. Pudo escuchar cómo el santo refugio se comenzaba a llenar de murmullos.

Cada día era igual. La mayoría de turistas que había en esos momentos en el Monasterio eran creyentes y veteranos y habían escuchado de manos de los hermanos quién era y su historia. Bueno, la versión oficial. Y por supuesto la gente estaba escandalizada de que alguien excomulgado apareciera en SU iglesia.

El abad ya le había advertido. Cuando había informado al resto de la congregación no todo el mundo compartía el pensamiento cristiano de que no se podía impedir el refugio a nadie, por muy excomulgado que estuviera. Al parecer la gente había olvidado que Jesús había nacido en un pesebre porque sus padres habían sido repudiados y nadie les había querido alojar. La memoria selectiva de la Humanidad era así de característica.

Jornada 9. La Ira de Dios (03)


Xavier pensaba en la cifra escalofriante. Recordaba su visita al continente africano. Zombis en grupos de miles, incluso centenares de miles moviéndose de un lado a otro del continente o simplemente parados, esperando. Hibernando. Aquello había sido una pesadilla. Había noches que todavía parecía poder escuchar el murmullo de aquellos seres diabólicos. Su arrastrar de pies por calles abandonadas. Eterno, sin parar, sin descansar. Sabía de gente que se había acabado volviendo loca por ello o simplemente no habían vuelto a ser los mismos y habían decidido acabar con sus vidas. Pero todo aquello permanecía oculto a los supervivientes. Nadie parecía querer preguntarse qué había sido de aquellos seres al otro lado de inmensas murallas construidas por el ser humano como réplica a la Gran Muralla China y que también podían observarse desde el espacio. Nadie preguntaba. Porque nadie quería saber la respuesta. Que no habían sido eliminados. Que todavía estaban ahí; respirando, retóricamente, el mismo aire que ellos.

En el colegio no enseñaban ya qué había al sur de Norteamérica. O de Europa. La gran vergüenza que nadie quería explicar. Miles, millones de personas abandonadas a su suerte en aquellos continentes porque no eran útiles. Porque no estaban desarrollados. Alguien había decidido que no eran dignos de sobrevivir y había decidido erradicarlos de la memoria de la Humanidad. Como si nunca hubieran existido. La Historia vuelta a escribir acorde con los acontecimientos. Y los mapas vueltos a dibujar en muchas ocasiones con un gran espacio de mar al Sur de Europa, a pesar de las protestas iniciales de algunos grupos en defensa de la verdad y los derechos civiles. Si no existía, no pasaba nada y las conciencias de los vivos estaban calmadas y así podían dormir por la noche.

Jornada 9. La Ira de Dios (02)


A Xavier le gustaba pensar en todo aquello. En la vida. En lo que el ser humano tan a menudo ignoraba e incluso despreciaba. Un amanecer, o un anochecer que en aquella sociedad podía ser perfectamente el último. Una cena acompañado de personas que a lo mejor no volvías a ver nunca más… vivas. Todo aquello se había ido olvidando de nuevo con el paso del tiempo. Parecía que la humanidad había apartado en gran medida de su memoria lo que había pasado a mediados de los Ochenta.

Todavía quedaban pruebas de ello pero… sus egos eran tales que habían considerado que habían ganado la guerra a tan temido enemigo. Y no sabían lo equivocados que estaban. Ese enemigo no había sido derrotado. La humanidad simplemente había ganado una batalla, y se había crecido. Y no había aprendido de sus errores. Y tarde o temprano el enemigo resurgiría. No lo dudaba.

Había pasado casi media vida viajando por el mundo y sabía que la situación no era tan buena como los dirigentes querían hacer creer. ¿No se preguntaba la gente a dónde había ido a parar la mitad de la Humanidad que había sido víctima de los zombis? Tres mil millones de zombis… tal vez menos gracias a los soviéticos y su limpieza de China pero… ¿Mil millones de zombis? Esa era la cantidad que debía de quedar entre Sudamérica y África. Mil millones de muertos vivientes esperando su oportunidad a que la humanidad bajara la guardia… otra vez… y cuándo lo hiciera, ahí estarían ellos. Tocando a la puerta para recordar a sus vecinos que debían de haberles exterminado cuando habían tenido la posibilidad y que ya era tarde.

Jornada 9. La Ira de Dios (01)


Santuario de Lluc, 5 de enero de 2010

El padre Xavier se encontraba paseando por el patio interior del monasterio mientras escuchaba el sonido del amanecer. A lo lejos los gallos hacían saber que estaba saliendo el sol, otro día más. Los pájaros se desperezaban y comenzaban a aterrizar en el patio siempre a una distancia prudente de cualquiera que no tuviera alas y fuera más grande que ellos.

El sol comenzaba a asomar por las montañas. El sacerdote se sentó en uno de los bancos de piedra. Hacía frío. Pero si algo había descubierto en aquella isla es que el frío era lo de menos. La humedad era lo importante. Y en un sitio rodeado de agua era inevitable. Se había tratado de abrigar lo mejor que sabía, guantes, bufanda, incluso una gorra de lana y un abrigo grueso. Todo eso le había servido para sobrevivir cuando había estado de visita en la Unión Soviética. Pero en aquella isla todo eso no servía para nada. El frío descubría siempre cómo adentrarse entre todas esas capas protectoras y entrar hasta el hueso. Era algo que parecía salido de una novela de terror.

Al menos, ahí, en el interior de la isla y a una altura superior a la del mar en un millar de metros, bueno, a lo mejor no tanto, pero tampoco se había detenido a preguntar o averiguar a qué altura estaba el monasterio en el que se encontraba. El caso es que la humedad se notaba algo menos. Pero no el frío. Todos los edificios estaban construidos con piedra, elemento que retenía a la perfección el calor en verano y el frío en invierno. Al menos habían tenido la delicadeza de instalar calefacción central.

Veía a algunos monjes aparecer por el patio camino de la primera misa. También podía ver a un grupo de visitantes que les acompañaban. Todo en perfecto silencio. No era por ser respetuosos con el sitio, más bien era por el frío que hacía y que todavía no habían desayunado. Seguro que otros turistas estarían todavía durmiendo tranquilitos y calentitos en sus camas.

Jornada 8. Gerald contra el mundo (93)


Gerald se quedó en silencio durante unos segundos. ¿Cómo demostrar que no era cierta esa afirmación? ¿O lo era? La verdad es que tampoco es que le importara demasiado lo que los demás pensaran de él mientras pudiera sobrevivir. Así que para qué complicarse la vida.

-Lo que tú digas, Pep –dijo quitándole importancia.

-¿Qué planes tienes ahora? –Preguntó Pep que no parecía tener intención de dejarle tranquilo.

-Dado que el portaaviones se ha ido a pique –hizo una pausa esperando que Pep captara el chiste, no le pareció hacerle gracia- Su vigilancia marítima y aérea se resentirá. Así que o bien esperaré tranquilamente en el hotel a que todo esto se acabe o bien trazaré planes para abandonar en breve la isla. Depende del tiempo y del humor del que esté cuando salga de aquí.

¿Y estás seguro que la situación del portaaviones es estable? –Insistió Pep- ¿Qué no hay ningún peligro?

-Seguro, seguro no hay nada en esta vida, fíjate que ya ni el morirte es seguro –respondió Gerald- Pero si veo que hay algún peligro ya te avisaré. No hicimos el hotel a prueba de radiación, ¿verdad?

-No, no lo hicimos –respondió Pep algo molesto por el tono que estaba usando Gerald, tan casual que parecía que no le importara nada.

-Eso pensaba, en fin, nadie es perfecto. Quién se iba a esperar que los muertos resucitaran así que…

-¿Tienes alguna noticia más que me arruine el día? –Preguntó Pep que parecía darse por vencido finalmente.

-Si pienso en algo ya te lo comunicaré –respondió Gerald sonriendo.

Luego siguió con la vista a Pep mientras abandonaba la estancia. Podría haber ido mejor la verdad. Esperó pacientemente a que las enfermeras vinieran a hacerle las primeras pruebas de la larga semana que debería pasar ahí encerrado. Daba igual. Al estar aislado todo el mundo le dejaría tranquilo y podría trabajar en sus próximos proyectos: Salir de la isla y tratar de averiguar qué había pasado en el portaaviones, con Mara y con Doc.