Jornada 04. Cabalgata de muertos (11)


Cada fuerza y cuerpo de seguridad del estado siempre han tenido sus propios ritos y sus propios códigos internos, ya fueran de conducta, de actuación, de vestimenta, rangos, etc. Pero si algo quedó claro debido a la plaga zombi era que en ese tema todos debían ir de la mano. Un único código. Un único comportamiento. Toda actuación debía ser clara y no llevar a confusión.

Por eso mismo se creó el código de alarma zombi. Iba por colores: El blanco indicaba que la zona estaba libre de zombis, y desde ahí iban avanzando hacia colores cada vez más oscuros, los colores rojos y marrón eran señal de un grupo numeroso de zombis a cientos o miles, la escala iba aumentado hasta llegar al color negro… que representaba el fin del mundo.

Nunca se había tenido que usar el color negro. De hecho nunca se había tenido que usar un color por encima del verde, los grupos de zombis nunca llegaban a la decena como máximo. Pero ahí estaba ese policía de la local que había entrado a lo loco en el cuartel y gritando un código negro.

Durante los siguientes segundos nadie dijo nada mientras sus cerebros procesaban las palabras dichas. Era difícil de creer, era imposible, un brote zombi, sin aviso, y tan numeroso que fuera definido como negro… no podía ser.

Los soldados no dejaban de apuntar al coche patrulla y a sus ocupantes.

-Novato, ni movimientos bruscos, ni sospechosos –le advirtió Castillo mirando seriamente a su compañero- y no abras la boca.

El novato simplemente asintió con la cabeza lentamente.

Uno de los soldados finalmente cogió su radio.

-Mi sargento, tenemos a un policía de la local en la entrada principal declarando un código negro.

-Voy para allá –se escuchó como respuesta.

Otro de los soldados indicó a los policías que salieran del vehículo lentamente.

Castillo miró a su compañero y asintió. Él mismo movió lentamente las manos, dejándolas siempre a la vista, abrió la puerta del vehículo y salió lentamente. No había que causar problemas. Aunque no había tiempo que perder, entendía la gravedad de todo el asunto. Y no quería que un soldado nervioso acabara con su vida. Así que esperó al sargento de guardia.

El mismo no tardó en aparecer. Si alguna vez Castillo había imaginado un sargento típico del ejército español ése era el que venía hacia ellos a la carrera. Un armario de, seguramente, metro noventa y superando los doscientos kilos tranquilamente; pero apostaba a que no habría mucha grasa entre ese peso. Aunque a primera vista más parecía salido de la Legión, dado que llevaba parte de la camisa desabrochada y una generosa mata de pelo en el pecho.

En unos segundos el sargento, que iba acompañado de varios soldados más llegó a donde estaba Castillo rodeado de soldados que no dejaban de apuntarle y esperar un movimiento en falso.

El sargento le examinó de arriba abajo.

-Así que un código negro –dijo finalmente con una voz atronadora.

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