Jornada 7. Ella. “El fin de los días Parte III” (XXIV) Por JD


La capitana Grumpy salió aceleradamente del despacho; la tentación de cometer una locura era demasiado grande. ¿Pero acaso no era también una locura lo que acababan de explicarle? Zombies, control de los medios, asesinatos en masa, experimentos con la población… Sin embargo, por desgracia, estaba en la naturaleza humana ser así de mezquinos e hipócritas. Mientras caminaba se seguía preguntando cuánto de lo que le había dicho el doctor era cierto y cuánto inventado; ¿en serio se arriesgaría el doctor a contarle todos sus planes así sin más? ¿O tendría otra carta guardada en la manga?

Cuando salió del edificio se tapó la vista con la mano haciendo de visera ante el sol que brillaba en lo alto del cielo impávido, observando la locura humana. Indicó a varios soldados que se acercaran.
-Nadie entra ni sale de este edificio sin mi autorización, ¿está claro? Tienen permiso para disparar si se resisten a seguir las órdenes -los soldados asintieron, era una orden un poco extraña, pero todo en aquella misión lo era ciertamente.

La militar debía tomar una decisión, o varias en realidad… Indicó a un alférez que estaba ¿haciendo qué? Daba igual, le indicó que se acercara.
-Búsqueme al jefe de zapadores y dígale que se reúna conmigo en la tienda de comunicaciones.
El alférez asintió para después dirigirse ella misma hacia la tienda. Nada más entrar indicó al teniente al cargo que preparara los equipos para conectar con todos los sectores a la vez.
-¿Hemos conseguido contactar con los sectores aislados? -preguntó la militar mientras daba las órdenes. El teniente asintió.

Al cabo de unos minutos el encargado de la unidad de zapadores se presentaba en la tienda tal y como le habían ordenado; la capitana Grumpy le indicó que le siguiera fuera de la tienda.
-Quiero que convierta los edificios que hay a nuestro alrededor en escombros, y que formen una barrera natural.

El zapador no ocultó su sorpresa.
-¿Disculpe? ¿Quiere que derribe edificios civiles y gubernamentales en medio de la ciudad?

La capitana Grumpt asintió.
-Sí, y lo necesito para ayer. Estoy pensando que los escombros formarán una especie de cadena montañosa pequeña, como una muralla, que hará más difícil acceder a este lugar.

El zapador, que no salía de su asombro, se rascó la cabeza mientras pasaba su mirada de su superior a los edificios y de nuevo a su superior.
-No sabría decirle, cada demolición es un mundo en sí. No podría asegurarle esos resultados. Y además me está pidiendo que lo haga de forma urgente… Derribar un edificio no es una tontería, no es cómo se ve en las películas, es un trabajo que lleva días, semanas. Hay que hacer estudios de toda clase. Pero no sólo me está pidiendo urgencia sino que lo haga en medio de la ciudad con el peligro para los civiles y nuestro personal que eso implica. Una carga mal colocada podría hacer que uno de los edificios se desviara y cayera sobre otros edificios o sobre la plaza. No creo que se pueda hacer cómo usted quiere.

Jornada 7. Ella. “El fin de los días Parte III” (XXIII) Por JD


La militar se quedó mirando fijamente al doctor, su cerebro intentaba procesar las palabras que acababa de escuchar.
-No quiero sobre mi conciencia la muerte de miles de personas, o de millones, no podría vivir con ello.

-Si le sirve de consuelo, no lo hará -dijo sonriendo el doctor-, le recomiendo que guarde una bala siempre… supongo que no querrá convertirse en uno de esos zombies y tener sobre su conciencia la muerte de nadie.

El doctor no pudo evitar reír ante su comentario que consideraba gracioso. Aunque la mirada de la militar parecía no estar de acuerdo sobre la gracia del comentario.
-Tal vez tendría que traer un equipo de televisión y hacerles confesar delante de las cámaras todo lo que sabe; avisar a la población, ¿cómo afectaría eso a sus planes de “dominación mundial”? -amenazó la militar.

La risa del doctor aumentó sin parar. Tras unos minutos intensos de risas trató de parar sin mucho éxito; le costó otro par de minutos recuperar la compostura quitándose unas lágrimas que le caían de los ojos.
-Aish, realmente es usted tan divertida como ilusa. Es una pena que no podamos contar con usted. ¿En serio no se ha dado cuenta de que no ha habido noticias desde que usted llegó en esta ciudad? Nada de radio, ni televisión, ni periódicos… ningún tipo de información.

-Pero ha sido por la plaga -señaló la militar.

-Claro, claro -dijo el doctor complaciente-, la plaga ha hecho que los telediarios dejaran de emitirse antes de saberse de la misma. Que los periódicos no informaran localmente del aumento de la violencia ni de las muertes extrañas. Que las emisoras de radio, todas, estén en silencio desde hace tiempo… que Internet deje de dar servicio a ciertas páginas repentinamente…

-No estará sugiriendo… -dijo la capitana Grumpy tan incrédula ante la idea que era incapaz de terminar la frase.

-Me temo que no sugiero -respondió el médico-, señalo un hecho. ¿Cree que nos habríamos arriesgado a llevar a cabo un experimento de este tipo sin tener el control de los medios? Sería una locura. Ya debería de saber que casi todos los medios están controlados por apenas unas cuantas fortunas familiares, que obviamente están interesadas en formar parte del juego y perpetuarse, qué remedio. Así que me temo que por mucho que quiera sacar a la luz esta conspiración… no podrá. Nadie la escuchará. Nos encargaremos de eso. Todo el mundo creerá que está usted loca, algún síndrome de esos que tienen los militares tan habitualmente… eso si tiene suerte de sobrevivir… me temo que tendrá que ver cómo tenemos éxito en nuestro proyecto.

-Si le meto una bala en la cabeza no verá ese futuro tan brillante que pinta -dijo amenazadoramente la capitana Grumpy.

-Pero no lo hará. Es usted todo honor y culpabilidad, tiene una conciencia demasiado grande -sonrió maliciosamente el médico-, y creo que tampoco nos abandonará a nuestra suerte, ¿verdad? Supongo que hará todo lo que pueda para sacarnos de la ciudad sanos y salvos y poder destapar ante el mundo lo que estamos planeando.

La militar gruño entre dientes sabiendo que aquel desgraciado tenía razón. Hacía tiempo que ella misma era consciente de que ése era en el fondo uno de sus puntos débiles, ni ella misma sabía de dónde había sacado tanta moralina estúpida.

-Están bajo arresto. Luego me ocuparé de ustedes, si alguno de ustedes sale de este edificio sin mi permiso tengan por seguro que lo siguiente que harán será recibir una bala en la cabeza.

El doctor asintió mientras seguía sonriendo.
-Aquí estaremos. Esperándola impacientes.

Jornada 7. Ella. “El fin de los días Parte III” (XXII) Por JD


-¿Entonces de qué sirve su experimento? -preguntó la capitana Grumpy perdiendo la paciencia y alzando la voz.

-Una tabla de tiempo -respondió el científico-. Necesitábamos saber cuánto tardarían en reproducirse, en tomar la ciudad, sus comportamientos y costumbres. Era vital esta información. Verá, nuestro objetivo no es salvar a la raza humana… bueno sí, pero no a todos esos miles de millones de personas que no valen nada. Queremos salvar a los que merezcan la pena. Gente que sabemos que ayudará a que la raza humana alcance su siguiente nivel de evolución. Mire este suceso como un suceso de nivel de extinción como paso con los dinosaurios, sólo que controlado. Mírelo como una oportunidad. Sólo sobrevivirán los más aptos. Y nosotros nos encargaremos de seleccionar a esos supervivientes. Además, necesitaremos montar puestos de vigilancia en las grandes ciudades, para saber cuándo podremos volver a ellas; y asegurar objetivos de vital importancia como centrales nucleares o eléctricas, o fábricas… no queremos dejar que el mundo se acabe de verdad. Para eso ha servido este… experimento.

-¿Y todo eso de salvar a miles de millones de personas? -insistió la capitana.

-Bueno… tal vez exagerara un poco, y adornara las cifras. Ésta es una oportunidad única de volver a empezar, ¿no lo ve? Tenemos el planeta superpoblado, nuestros recursos naturales se agotan rápidamente, ya no da más de si… algo como esto nos da la oportunidad de abandonar un poco de equipaje. De volver a unas cifras aceptables para que el planeta aguante durante un par de siglos más. Aprender de nuestros errores y no volver a repetirlos. Así que… a la larga, sí, salvará miles de millones de vidas… me gusta como suena. Creo que lo usaré para mi próximo informe y para la presentación del proyecto…

-Está usted loco -dijo algo aturdida la militar-, estamos hablando de vidas humanas. No pueden elegir quién vive y quién muere a dedo.

-Pero sí podemos -sonrió el doctor maliciosamente-, por favor, no sea tan inocente. Hay gente muy poderosa detrás de todo este proyecto, ¿en serio cree que no nos saldremos con la nuestra? Usted lo ha dicho, hemos estado jugando con sus comunicaciones, ¿cómo podríamos haberlo conseguido si no tuviéramos el poder para hacerlo?

La capitana no sabía qué responder, estaba algo aturdida ante lo que había descubierto, no podía creérselo. ¿Una conspiración mundial? ¿Qué demonios hacía ella ahí en medio? ¿Cómo podía parar algo así de grande?

-Es una lástima que su perfil psicológico no fuera el adecuado -continuó hablando el doctor-, cuando supimos que había sido asignada a la defensa de la ciudad la estudiamos, e intentamos averiguar si aceptaría la oferta de unirse a nosotros, pero nuestros psicólogos opinaron que no daba el perfil. Supongo que les gustará saber que no se equivocaron. Es una lástima, de verdad, tiene potencial… supongo que sería perder el tiempo hacerle esa oferta ahora, ¿verdad?

Jornada 7. Ella. “El fin de los días Parte III” (XXI) Por JD


-Nunca he conocido a ningún doctor de la Organización Mundial de la Salud que se quede encerrado en un despacho sin ver a sus pacientes ni intervenir en las investigaciones… su comportamiento era sospechoso, así que pedí sus antecedentes, y no había ningún doctor Rodríguez en la OMS ni tenían conocimiento de ninguna pandemia en esta ciudad, ni… por supuesto, habían mandado a nadie a investigarla.

El doctor asintió.
-El problema de las prisas, no pudimos preparar adecuadamente mi coartada. Pero si le sirve de algo, sí, soy médico. Tengo título y todo, y he salvado a gente.

-Y a pesar de eso aquí está, viendo morir gente, ayudando a ello -señaló la militar irritada.

El médico permaneció unos segundos en silencio estudiando a la militar.
-Supongo que le resulta complicado aceptar el concepto de no poder salvar a todo el mundo. Es una suerte que el mundo no esté poblado por más gente como usted.

-O podríamos arruinar sus malvados planes -respondió la capitana ante el comentario-, pero nos hemos desviado del tema, ¿cómo se acaba con esos condenados zombies?

-Eso es sencillo -respondió el médico-, un disparo a la cabeza. Sí, lo sé, parece tradicional, casi anticlimático, pero es así de sencillo, bueno, para ustedes los militares. Se destroza su cerebro y dejan de funcionar. Bien pensado por mucha leyenda que exista estoy seguro de que también funcionaría con los hombres lobo y los vampiro… si existieran, debo decir que sería fascinante probar mi teoría…

-Está divagando doctor, -señaló la militar-, pero si están usando esta ciudad como campo de pruebas seguro que tienen algún modo de acabar con ellos en masa.

-Bueno, los experimentos con llamas y altas temperaturas han sido un éxito -respondió el científico-, aunque sinceramente no se lo recomiendo; esos bichos no son humanos, así que no reaccionan como humanos cuando les quemas, no se retuercen de dolor, no se quedan parados en estado de shock. No, siguen avanzando y las llamas tienden a saltar a otros objetos y… bueno… tiene un incendio y zombies en llamas, un descontrol. Si tuviéramos un arma de microondas seguramente funcionaría, licuaríamos su cerebro. Mmm… debo mencionárselo a los chicos del laboratorio…

La capitana se quedó unos segundos en silencio sin poder creer lo que estaba escuchando, escuchando el discurso de lo que parecía un verdadero freaky de laboratorio. Sin duda era la persona ideal para el puesto que le habían concedido.

-¿Cómo puedo acabar con ellos en masa? -volvió a repetir.

-Oh… se refiere a armas químicas o algo por el estilo… -dijo pensativo el doctor-, como el gas nervioso, el mostaza o alguno de esos logros tan significativos… me temo que no tenemos ningún método de asesinato de zombies en masa que esté en su mano.

-Pero han dicho que esta ciudad era un experimento -insistió la capitana-. Obviamente no iban a dejar que esta plaga se propagase… ¿verdad?

-Por supuesto que no -respondió el doctor-, aunque si le digo la verdad, no importa, esta… plaga, como usted la ha llamado, ya está arraigada. No hay nada que hacer. Aunque destruyamos a todos los zombies de esta ciudad, en unos meses otros como ellos habrán invadido el resto del planeta.

Jornada 7. Ella. “El fin de los días Parte III” (XX) Por JD


La capitana no le soltó, podía ser una treta para ganar tiempo.
–Comience a hablar, primero, ¿quién está detrás de los problemas de comunicación de mis tropas?

–Nosotros -dijo el doctor asustado-, bueno, sus superiores… bueno, no todos… sólo unos pocos, pero los suficientes para ayudarnos.

–¿Por qué? Preguntó la militar sin desviar la mirada ni soltar al doctor en ningún momento.

–Habíamos descubierto que por algún motivo desconocido los muertos resucitaban -continuó el doctor-. No sabíamos por qué ni cómo; pero llegamos a la conclusión de que era algo muy peligrosos, y también una oportunidad única.

–¿Una oportunidad única? -preguntó incrédula la militar.

–Por supuesto -respondió exaltado el doctor-. ¿Se imagina lo que podríamos conseguir si desentrañamos el secreto de lo que devuelve a la vida a la gente? ¿La vida eterna? ¿La cura a todas las enfermedades? Sería el descubrimiento de la nueva rueda de la humanidad.

–¿Y qué tiene que ver eso con la ciudad? -preguntó la capitana.

–Obviamente el resurgir de los muertos es un tema serio y peligrosos, -continuó explicándose el doctor-, por lo que necesitábamos números de control, experimentar con la propagación del virus antes de que se extendiera sin control. Debíamos obtener toda la información posible.

El doctor hizo una pausa.
–Por eso elegimos un par de ciudades que aislamos y dejamos que la naturaleza siguiera su curso. Necesitábamos saber cuál era el comportamiento del contagio, cómo se extendía, cuánto tiempo de incubación necesitaba…

–Conejillos de indias -dijo incrédula la militar-, han convertido a los ciudadanos de esta ciudad en conejillos de indias… ¿cómo han podido?

–¿Qué son unas cuantas decenas de miles de personas comparadas con miles de millones -preguntó algo ofendido el doctor-. Es el sacrificio de unos pocos por un bien mayor. Los datos que estábamos obteniendo eran de valor incalculable… hasta que intervino usted.

–¿Hasta qué intervine yo? -la incredulidad de la capitana Grumpy iba creciendo sin parar.

–Nosotros no le pedimos ayuda al ejercito -le explicó el doctor-, pero por lo visto alguien lo hizo y paso por encima de los canales habituales, cuando nos enteramos era tarde, así que decidimos hacer que sus tareas fueran más difíciles. Dificultarle en lo posible su labor. Pero ha demostrado ser demasiado eficiente y lo ha echado todo a perde”.

–Así que ahora es culpa mía -señaló la militar-. Están ustedes locos, jugar con las vidas de la gente de esta manera; tendría que matarles aquí y ahora.

–Hay algo que no entiendo, -dijo el doctor ignorando el último comentario de Grumpy-. ¿Cómo sabía que era un impostor? Quiero decir, sí, soy científico pero…

–¿Pero cómo sé que está en el ajo? -acabó la frase la militar.

Jornada 7. Ella. “El fin de los días Parte III” (XIX) Por JD


En el centro de comunicaciones se había generado un pequeño caos debido a la caída de comunicaciones. Por más que lo intentaran no había manera de conectar con ciertos sectores y la capitana Grumpy temía que eso sólo fuera el principio.
-¿Qué hay de las líneas terrestres?

Uno de los ingenieros pestañeó rápidamente.
-Son independientes, se tendrían que cortar individualmente por zonas, pero no tenemos conexión con los sectores mediante dichas líneas.

-Simplemente llame a todos los teléfonos públicos de esos sectores y espere a que alguien responda -señaló la militar-, e informe al resto de sectores de que en caso de pasar lo mismo consigan un par de líneas terrestres y nos informes de sus números.

Se dirigió hacia la salida de la tienda, pero antes se giró hacia los soldados de comunicaciones.
-E informe a las tropas que mantengan los ojos abiertos, puede que esto sea el preludio de algo peor.

Nada más salir se dirigió hacia el ayuntamiento. Y sin perder tiempo entró en el despacho del alcalde que levantó la cabeza al verla entrar y se mostró sorprendida. La capitana Grumpy la ignoró y se dirigió hacia donde estaba el doctor Rodríguez, delante de una sección de ventanales del despacho, desde la que observaba lo que sucedía a su alrededor. El doctor vio dirigirse hacia él a la militar y mostró su sorpresa, y más cuando ésta le cogió de los hombros.
-Se ha acabado mi paciencia, quiero saber quién es usted y qué está pasando en esta ciudad -dijo gravemente la militar.

-¿Se puede saber qué está haciendo? -preguntó aún sorprendida el alcalde que se había puesto en píe-, deje a ese hombre inmediatamente.

El científico no había dicho nada todavía, por lo que la capitana Grumpy le golpeó en el abdomen, el doctor se retorció del dolor.
-Éste ha sido para demostrarle que no tengo tiempo para bromas, el próximo aviso será con la pistola. Quiero saber quién es usted en realidad, para quién trabaja, y qué están haciendo en la ciudad.

El alcalde seguía gritando a la militar.
-Quiero que deje a ese hombre inmediatamente; no sé dónde se ha pensado que está, pero no puede actuar como si fuera un vaquero o entrar aquí por la fuerza y amenazar a mis ayudantes.

La militar se giró durante unos segundos hacia la mujer que le estaba gritando.
-Cállese de una vez, viaja cacatúa; ahora no tengo tiempo para sus tonterías, esto es algo serio… claro, que posiblemente usted ya lo sepa…

El alcalde se quedó en silencio y desvió la mirada sin saber qué decir o qué hacer. La militar hizo el gesto de coger su pistola.
-El tiempo corre doctor…

La mirada de la militar delataba que no parecía estar mintiendo, el científico levantó ambas manos en señal de rendición.
-De acuerdo, de acuerdo, se lo contaré todo.

Jornada 7. Ella. “El fin de los días Parte III” (XVIII) Por JD


Cuando acabó de comer volvió a su tienda y cogió la última carpeta que le habían dejado; el informe de comunicaciones era poco claro, todo eran especulaciones, pero leyendo entre líneas se podía entender que había demasiados fallos en las comunicaciones para ser casuales; cogió una serie de informes para llevarse con ella y se dirigió a la tienda de comunicaciones.

La cara del teniente al verla entrar no era precisamente de alegría.
-Capitana Grumpy, ¿qué puedo hacer por usted?

La militar sonrió.
-Su informe es un tanto flojo, vago, poco conciso; me preocupa que no quiera entrar en el fondo de la cuestión.

-Señora… -el teniente dudó-, permiso para hablar libremente.

Su superior asintió, el teniente se acercó y habló casi en un susurro.
-He estado revisando los informes, los diarios de comunicaciones, y sólo hay una explicación posible, es un trabajo desde dentro, estamos siendo saboteados por los nuestros -hizo una pausa-, y como comprenderá no puedo poner eso por escrito, las consecuencias serían…

La capitana Grumpy asintió.
-Póngame con el sector nueve -dijo mientras revisaba uno de los informes que había cogido; al cabo de unos minutos el teniente le pasó un teléfono de campaña.
-El responsable del sector nueve, señora.

-Soy la capitana Grumpy –dijo ésta tras coger el teléfono-. El informe de bajas ha aumentado dramáticamente; no tiene sentido; los informes anteriores indicaban que las calles estaban tranquilas y que no habían apenas disturbios… pero estamos teniendo más bajas ahora que al principio de la misión.

Hizo una pausa y siguió.
-Los informes de los supervivientes y heridos mencionan el fenómeno de que las balas no parecen tener efecto en la gente; además de actos de canibalismo y… ¿muertos resucitando? -preguntó leyendo del informe que tenía en la mano-. ¿Qué es esto de muertos caminando de nuevo? ¿Una broma?

La voz al otro lado de la comunicación parecía tensa.
-No señora –respondió-. Algunos de los soldados juran que es así, gente que debería estar muerta se vuelve a alzar.

La capitana volvió a coger el informe.
-¿Qué dicen los psiquiatras de estas… observaciones?

-Según ellos los testimonios son… reales, los soldados creen en ellos, la mayoría se encuentran en estado de shock, decían que las balas no les hacían nada, que debían destrozarlos para conseguir que parasen. Si fuesen uno o dos soldados no lo habría mencionado señora, pero los testimonios provienen de distintas unidades del sector.

Entonces, de repente sólo escuchó estática por el teléfono. Un soldado levantó la vista de su pantalla.
-Teniente, hemos perdido las comunicaciones con los sectores siete y nueve.

La capitana Grumpy miró al soldado, y luego al teniente.
-¿Cómo que hemos perdido las comunicaciones?

No podemos entrar en contacto con las unidades de esos sectores -se explicó el soldado.

La militar asintió con la cabeza.
-¿Es un problema técnico?

-No señora -continuó el soldado, estábamos haciendo pruebas como nos ordenó para intentar que nadie manipulara nuestras comunicaciones y… simplemente acaban de dejar de funcionar.

-¿Otro tipo de comunicaciones? -preguntó la capitana.

-Los teléfonos móviles han dejado de tener cobertura -informó el soldado-. No hay manera de comunicarnos con esos sectores.

La capitana Grumpy asintió.
-Demasiada casualidad que sea justamente cuando estábamos hablando de… muertos vivientes.