Jornada 04. Cabalgata de muertos (07)


Mientras el coche patrulla giraba a la derecha, Castillo no podía creer su mala suerte. Le tenía que tocar a él, y además yendo acompañado de un novato en la patrulla.

-Lo siento novato –dijo a modo de disculpa a su copiloto todo parte del servicio. Para lo bueno y para lo malo, el uniforme manda.

No tuvieron que avanzar mucho para ver grupos poco numerosos de zombis avanzando por la carretera de Soller por el puente que pasaba por encima de la autopista. Castillo apagó las luces del vehículo para no llamar la atención más de la cuenta. Cuando llegaron a la mitad del puente el espectáculo que pudieron ver era terrible. Coches cruzados por todos los carriles, zombis mordiendo y arrastrando cadáveres, y un gotear de no-muertos saliendo por la puerta principal de la prisión.

Y la radio seguía sin dar señales de vida. No se podía hacer nada por los dueños de los coches, ya no quedaba nadie vivo en aquella zona. Giró el coche rápidamente esperando que la infección no se hubiera extendido demasiado. Pisó el acelerador y encendió de nuevo las luces, ahora ya daba igual llamar la atención, tenían que ir lo más rápidamente posible al centro de ocio que había al otro lado de la antigua prisión. Había que sacar a todo el mundo de las calles antes de que fuera tarde.

Cuando giró a la izquierda para entrar en la calle principal en la que estaba el centro de ocio el alma se le cayó al suelo. El novato hizo una mueca de sorpresa y se santiguó rápidamente. Había zombis por todas partes. Pero lo que más extrañaba a Castillo era que mezclados con los uniformes de la prisión también había gente con ropa civil. Y pudo ver, cuando pasó lentamente por el McDonalds, que varias de las personas que parecían haber muerto a manos de los zombis estaban volviendo a la vida ‘convertidos’, rompiendo todos los records conocidos oficialmente de tiempos de transformación.

El espectáculo al pasar por los locales más cercanos a los cines era igual de dantesco. Muertos por todas partes y cadáveres moviéndose libremente sin que nadie se lo impidiera. ¿Cómo había podido pasar aquello? Había medidas para que eso no pasara, se habían preparado para un día así… y nada había funcionado.

Tampoco podían hacer nada en aquella zona.

-¿Qué hacemos ahora? –Preguntó el novato en susurros, como temiendo hablar en voz alta y llamar la atención de los zombis.

-¿Ahora? Ahora le pasamos el marrón al ejército –dijo Castillo dándole de nuevo velocidad al coche y poniendo la sirena . Y se lo vamos a servir en persona, para que no se quejen.

Las ruedas chirriaron mezclándose el ruido con el de la sirena. Ya no valía la pena no llamar la atención. Si iban a entrar en el cuartel del ejército tenían que hacerlo con el mayor ruido posible. Para que se dieran cuenta desde el primer momento de que algo grave ocurría.

Jornada 04. Cabalgata de muertos (06)


Debido al frío que hacía, las terrazas de los restaurantes del centro comercial Ocimax estaban cubiertas por unas lonas opacas para conservar el calor proporcionado por unos aparatos eléctricos que no dejaban ver el exterior, por lo que los comensales que habían ido a cenar tranquilamente no llegaron a ver en ningún momento lo que se les acercaba.

Los primeros zombis entraron tanto en el restaurante como en las terrazas. El ruido de platos rotos y los primeros gritos llamaron la atención en los locales vecinos, pero la mayoría supuso que simplemente era un jefe dando la bronca a su empleado o un problema con algún cliente dado que el ruido de conversaciones del interior apagaba los gritos pidiendo ayuda.

Poco a poco las lonas se fueron tiñendo de rojo una por una mientras los zombis se iban multiplicando sin que nadie les pudiera parar.

La gente se quedada con la boca abierta literalmente cuando veían aparecer por la entrada de las lonas a los zombis en vez de a los camareros. Los gritos de terror se fueron creciendo inundando los locales sin que nadie pudiera hacer nada y los cadáveres se fueron acumulando en espera de que se volvieran a levantar convertidos en zombis y dispuestos a seguir el camino de sus futuros compañeros, lo cual dependería del tiempo de latencia de cada uno, tal y como Marc, el científico balear que trabajaba en los USA, había descubierto años atrás.

Algunos clientes trataron de defenderse con las armas que llevaban, pero los zombis eran demasiados y además no podían huir dado que éstos habían copado las posibles salidas. Más de uno decidió pegarse un tiro en la cabeza pensando que era mejor acabar con su vida y no volver a levantarse que poder ser responsable de una matanza parecida. Esos fueron los más afortunados.

Los espectadores de los cines, que habían ido a ver tranquilamente una primera sesión estaban aislados del exterior debido a los sistemas de sonido de las salas. Y si algún grito o disparo llegó a escucharse los espectadores supusieron que era de alguna película que debían de estar haciendo en alguna de las otras salas.

Cuando los zombis comenzaron a entrar en las salas, los espectadores, en la oscuridad, no supieron qué les estaba atacando y no tuvieron tiempo para reaccionar y acabaron siendo también víctimas de las mandíbulas y la violencia de los zombis que no tuvieron compasión con nadie. Sin prisas y metódicamente se fueron repartiendo por las salas y los locales de ocio expandiendo el terror y la muerte a su paso, convirtiendo cada sala en una auténtica ratonera.

La gente no sabía qué hacer cuando veía aparecer a los zombis. Tras la sorpresa inicial surgía el pánico. El ‘sálvese quien pueda’. Y eso hacía el trabajo de caza de los zombis más sencillo dado que los vivos se estorbaban entre ellos, se tiraban al suelo unos a otros y se apelotonaban en las salidas impidiendo que nadie pudiera salir. Y los zombis sólo tenían que alargar sus brazos, agarrar a su víctima y destrozarla.

Jornada 04. Cabalgata de muertos (05)


Había visto zombis romper cristales, incluso puertas de madera o paredes de yeso… pero eso que estaban agrietando era un cristal que detenía balas. ¡Balas! Se necesitaba una gran fuerza para que el cristal se viera afectado y por lo que estaba viendo esos ¿nuevos? zombis tenían la suficiente fuerza como para atravesarlos si se les daba tiempo. ¿Qué demonios estaba pasando? ¿Toda la población carcelaria había sido convertida? ¿Cómo demonios había pasado eso? ¿Y cómo era posible que desde la central aseguraran que no había pasado nada? Una fuga zombi masiva de la cárcel… un desastre para la ciudad, y más en esas fechas festivas con prácticamente todo el mundo en las calles; además las comunicaciones habían fallado de repente; los zombis habían comenzado a correr y mostrar más fuerza de la que se conocía… ¿Qué sería lo siguiente? ¿Vampiros? ¿Hombres lobo?

Castillo volvió a mirar el cristal, los no-muertos seguían golpeándolo pacientes y violentamente, si esperaba mucho les daría el tiempo necesario para acceder al interior del vehículo y lanzarse a sus cuellos, pero no estaba dispuesto a darles ese tiempo.

-Novato, agárrate –dijo a modo de advertencia mientras encendía el motor y daba marcha atrás de repente. El movimiento del vehículo tomó ‘desprevenidos’ a los zombis que se cayeron al suelo delante del coche patrulla, movimiento que aprovechó Castillo para poner primera y pasarles por encima con la esperanza de aplastarles las cabezas con las ruedas y el peso del coche. O dejarles el cuerpo destrozado para que no representaran más problemas a corto plazo.

No se detuvo a ver el resultado de su maniobra. Giró por la primera calle que encontró que parecía estar libre de zombis. No era cosa de lanzarse contra esos bichos cuando estaban agrupados. Lo primero era lo primero. Debían salir de esa zona infestada, sobrevivir y dar el aviso. Y si los civiles eran lo suficientemente inteligentes se quedarían en sus casas y esperarían la ayuda de los militares.

-Novato, sigue probando la radio –dijo Castillo mientras trataba de orientarse en aquella zona. El problema era que todas esas malditas calles parecían iguales. Afortunadamente parecía que podía tomárselo con cierta calma dado que el grupo de zombis se había quedado atrás y no parecían haber más grupos vagando por esas calles.

Unos minutos después el coche patrulla salía a la carretera de Sóller. Ahora tenía que tomar una decisión. A la izquierda y volver a la ciudad, o a la derecha y comprobar qué estaba pasando en la cárcel.

Miró al novato que seguía tratando de hacer funcionar la radio sin mucho éxito. El novato se sintió observado y miró alarmado a los lados del vehículo. Cuando pareció entender qué estaba pasando por la cabeza de su superior su mirada casi era clara. Implorando irse por el camino de la izquierda. Dejar atrás todos los problemas y ponerse a salvo. Que se encargaran otros de esos problemas.

Activó el intermitente y mientras pisaba el acelerador comenzó a girar el coche.

Jornada 04. Cabalgata de muertos (04)


Había algo en esa escena que no acababa de ser correcta. Mientras veía adelantarse a esos zombis su cerebro trataba de explicarle qué era lo que estaba mal.

Había un par de ellos que… ¡¡ESTABAN CORRIENDO!!

Pero eso no era posible. Todo el mundo sabía que los zombis sólo podían andar casi arrastrando los pies debido a que los músculos de sus cuerpos estaban bastante atrofiados. Eran torpes. Pero esos zombis que se estaban lanzando contra ellos… esos zombis parecían ágiles, rápidos… vivos…

Unos segundo más fue lo que tardó en darse cuenta de que se había quedado paralizado mirando hacia adelante y que estaba fuera del coche. Castillo movió la cabeza tratando de despertarse de esa pesadilla, pero sin éxito. Fue entonces cuando se dio cuenta que su vida corría peligro y se metió en el coche en un movimiento cerrando la puerta de un golpazo. De repente se notó respirando rápidamente. ¿Había mantenido la respiración todo ese tiempo?

Un fuerte golpe le sacó de su letargo. Los zombis habían llegado a la altura del coche patrulla y se habían subido al capó para, a continuación, comenzar a golpear con fuerza el parabrisas.

Castillo respiró hondo. Debía recuperar la compostura. El cristal, blindado, parecía resistir sin problemas los golpes de estos nuevos zombis, pero no era cuestión de quedarse sentado viendo cómo se rompían las manos tratando de entrar. Activó la radio que tenía encima de su hombro.

-Central, tenemos una plaga. Repito, tenemos una plaga. –Trató de calmarse Parecen ser funcionarios de prisiones y presos, convertidos todos en zombis, salidos de la nueva prisión. Avisen al ejército y a los cuerpos especiales.

La radio sólo devolvió estática.

-Central, aquí coche 17, responda –insistió Castillo sin éxito.

Encendió la radio del coche patrulla.

-Central, hay una plaga originada en la nueva cárcel. Respondan.

La radio parecía seguir muerta y no se escuchaba nada a través de la misma. Se giró hacia el novato que parecía estar temblando y acurrucado en su asiento tratando de mantenerse lo más alejado posible del parabrisas.

-Novato, prueba tu radio –le ordenó Castillo mientras cambiaba la frecuencia de la radio del coche tratando de encontrar alguna señal.

El novato no reaccionó al principio. Castillo tuvo que darle un golpe en la cabeza para que éste reaccionara y probara su radio.
-Central… responda… p-por favor… dijo casi en modo de súplica.

Pero la radio permanecía muerta. Y por más que tratara distintas frecuencias Castillo no conseguía obtener ninguna respuesta. Sacó su móvil y miró la pantalla. Sin señal. ¿Cómo podía ser que no hubiera cobertura? Era imposible. Trató de marcar igualmente el número de emergencias. No entendía cómo, pero al parecer las empresas aseguraban que aunque no se tuviera cobertura las llamadas a emergencias seguían funcionando… lo cual no tenía sentido, pero bueno…

No hubo suerte. El móvil estaba tan muerto como el resto de aparatos de comunicación. Y precisamente en ese momento.

Debían salir de ahí y dar el aviso. Volvió su atención de nuevo a los zombis que seguían golpeando el parabrisas. Y para su sorpresa habían aparecido un par de diminutas grietas en la zona golpeada. Algo iba mal, pero que muy mal.

Jornada 04. Cabalgata de muertos (03)


Castillo indicó al novato que se quedara dentro del coche mientras él abría lentamente la puerta y salía del vehículo sin apartarse del mismo. Se quedó mirando durante unos instantes al zombi y activó su radio.

-Central, aquí coche 17, tenemos un zombi rondando una zona habitada.

-Coche 17, ¿es un peligro inminente? –Preguntó alguien al otro lado de la radio . ¿Y está seguro que es una no-persona?

-Central, está claramente muerto y trata de acceder a una vivienda, por ahora sin éxito –respondió Castillo mientras estudiaba mejor al zombi.

Fue entonces cuando se fijó en que iba vestido como un presidiario.

-Central, creía que teníamos a todos los convictos de la cárcel contados de cuando la plaga –preguntó desconcertado mientras trataba de encontrar un significado a esa extraña sensación que tenía que le decía que algo se le escapaba.

-Todos contados y quemados, coche 17. ¿Cuál es el problema?

Fue entonces cuando le golpeó la realidad. Llevaba tanto tiempo viendo ese uniforme que no se le había ocurrido que era el nuevo. Con el cambio de prisión se renovó el vestuario carcelario. Y el no-muerto que tenía delante de él vestía ese traje.

-Central, ¿qué hay sobre esas llamadas diciendo que había zombis por la zona de la cárcel?

-Las cámaras de circulación de la zona no muestran nada extraño. Todo está en calma. Y desde la cárcel dicen que no han tenido problemas de zombis.

-¿Señor? –Dijo el novato con miedo en su voz.

-Ahora no, novato –dijo Castillo mientras trataba de poner en orden sus ideas.

Claramente el cadáver andante estaba vestido con un traje de presidiario. De la nueva cárcel. ¿Cómo podía ser? No se sabía de ningún fugado de la prisión que siguiera libre.

-¿Señor? –Volvió a insistir el novato.

-¿Qué pasa novato? ¿Tienes ganas de ir al baño? –Preguntó molesto Castillo mientras introducía su cabeza en el coche patrulla para gritarle algún improperio más a su compañero.

El novato no respondió. Únicamente levantó levemente su mano temblorosa señalando al final de la calle que estaba enfrente del vehículo.

Castillo miró en la dirección que la temblorosa mano señalaba y se quedó sin palabras mientras notaba cómo la boca se le secaba y el corazón se le aceleraba como no lo había hecho en la vida.

Enfrente, a unos centenares de metros había un grupo numeroso de zombis deambulando de un lado a otro de la calle. La mayoría vestía con el mismo traje de presidiario que había visto en el otro zombi, pero también había otros zombis que no llevaban el traje de presidiario… sino el de guardia. Y algunos civiles. Tal vez visitantes que había en la cárcel… ¿pero cómo podía ser? La central había dicho que todo iba bien. ¿Qué clase de broma macabra era aquella?

Sus ojos estaban estudiando el grupo que tenía enfrente cuando un par de zombis del grupo se adelantaron y se lanzaron corriendo hacia el coche.

Jornada 04. Cabalgata de muertos (02)


-Mal, novato, muy mal –Le reprendió Castillo . Acabas de costarle a la ciudad varios millones de pesetas.

El coche patrulla entró en la zona del Amanecer, un barrio de casas con jardín que podría considerarse el final de la ciudad. Más allá sólo quedaba la cárcel y uno de los polígonos que estaban ya en las afueras de Palma. La zona parecía estar tranquila a pesar de las llamadas recibidas quejándose de actos vandálicos.

Castillo siguió instruyendo a su compañero.

-¿Es que no te has leído el manual de supervivencia zombi que te dieron con la pistola? –Preguntó Castillo mientras ralentizaba la velocidad del vehículo policial y comenzaba a mirar a su alrededor.

El novato le miró como si no subiera de qué le estaban hablando.

-La vista en la calle, novato –le indicó Castillo . Vamos a ver, cuando te dieron la placa te debieron dar una serie de libros, con los códigos de llamada, cómo acotar una zona… y un libro en el cual te explicaban cómo tratar con zombis.

Castillo suspiró.

-A ver, hace tiempo, mientras la sociedad se recuperaba del fin del mundo, la cantidad de zombis por las calles se iba ‘decrementando’ y cuando te encontrabas uno le disparabas en la cabeza, se lo llevaban al depósito, se le trataba de identificar y notificar a su familia. El caso es que algún abogado listillo, basándose en bastantes casos similares en lo que quedaba de los EE.UU., decidió que hacer que la familia del muerto no-muerto tuviera que identificar algo con la cabeza volada era cruel, por lo que demandó al ayuntamiento… y ganó.

Las calles estaban vacías y no se veía nada. Era natural, seguramente la mayoría de gente se habría ido al centro de la ciudad para hacer las últimas compras o ver la cabalgata.

-Desde entonces nuestro deber es dar parte si vemos a un zombi, y otros se encargan de controlarlo y llevárselo. La familia le identifica mientras tiene la cabeza intacta y entonces se procede a volver a matarle. Ya sea volándole los sesos o quemándole. Pero sin que la familia sufra. Por eso no puedes ir volando cabezas de buenas a primeras.

-Entonces nada de volarles la tapa de los sesos –dijo el novato con cierto tono de enfado.

-Salvo que presenten un peligro real para otras personas –respondió Castillo . En serio, ¿tu generación sabe lo que es un libro?

Castillo frenó en seco provocando la alarma del novato que puso instintivamente las dos manos hacia delante para frenarse.

-¡Joder! –dijo el policía veterano mientras miraba por su lado del coche . Maldita suerte la mía.

Tratando de entrar en los jardines de una de las casas había un zombi que no paraba de dar golpes a la verja como si quisiera derribarla.

Jornada 04. Cabalgata de muertos (01)


Castillo llevaba cerca de una década perteneciendo a la policía local de Palma de Mallorca. No era un trabajo que le gustara ni le dejara de gustar. Para él simplemente era un sueldo a final de mes. No tenía especial aprecio como otra gente por poder ir armado, ni se sentía más poderoso, ni más sabio, ni lo hacía por ayudar a la gente. Simplemente había salido así y dado que no le molestaba pues siguió ejerciendo de policía.

Pero hoy… Había algo que no le acababa de gustar. Ahí estaba, el día anterior a Reyes, en el coche patrulla acompañado de un novato respondiendo a una llamada de un vecino que decía haber visto jóvenes disfrazados como zombis. Qué locura. Malditos niñatos.

-Escucha bien, novato –iba diciendo mientras conducía el coche por las calles semidesiertas de la ciudad, con las luces encendidas, pero sin las sirenas, por aquello de la contaminación acústica . Quítate las ideas románticas o de aventuras que hayas podido ver por la tele. Ni salvamos al mundo, ni nos enfrentamos a terroristas a diario para salvar la ciudad, ni cosas por el estilo. Lo más arriesgado que te puede ocurrir es que tengas que bajar un gato de un árbol… claro que eso es tarea de los bomberos, así que no tendrías que intentarlo siquiera salvo que quieras meterte en líos y pasarte una semana rellenando papeleo.

-¿Y las ‘no-personas’? –Preguntó el novato mientras se volvía a colocar la radio en el hombro . Son un peligro, ¿verdad?

-Zombis novato, zombis –le corrigió Castillo . Eso de no-personas lo inventaron unos abogados para poder sacar dinero a la ciudad, tratando de darles una cierta personalidad y dar a entender que debíamos tener lástima de ellos. Pero no te lleves a engaño, si ves a una de esas cosas das parte a la central, no te pones en su camino ni llamas su atención y esperas a que otros se encarguen, que para algo está el protocolo.

-No lo entiendo –respondió el novato con tono nervioso en su voz.

Castillo suspiró.

-¿Pero es que no os enseñan nada en la academia? –Preguntó Castillo.

-No vamos a ninguna academia… señor –le señaló el novato , pasé unas oposiciones para entrar.

-Era una pregunta retórica novato –respondió Castillo negando con la cabeza . En serio, cada vez salís más gilipollas del colegio. A ver cómo te lo explico. Estás patrullando, ves a un zombi en un callejón… no es que en esta ciudad tengamos callejones pero bueno… hazte a la idea. ¿Qué haces?

-Le doy el alto –comenzó a explicar dubitativo el novato , luego hago un disparo de advertencia, le disparo a una zona no vital y si es un zombi le reviento los sesos.

Esto último lo dijo sonriendo de una forma que incomodó a Castillo.

Jornada 03. El regreso de los muertos vivientes (24)


Las pocas casas que tenían gente en su interior se sorprendieron al principio por ver a tanta gente “extraña” deambulando por sus calles y pensaron que eran los jóvenes de siempre buscando organizar jaleo. Pero con la lección aprendida de años anteriores simplemente los ignoraron y esperaron que se fueran con su música a otra parte. No era extraño esas bromas de mal gusto de vez en cuando, parecía que aterrorizar a la buena gente era un deporte que nunca dejaba de practicarse. Los más, simplemente dieron aviso a las autoridades competentes de que había malcriados paseando por las calles disfrazados de zombis y que deberían de multarles o algún vecino despistado podrían volarles las cabezas.

Los pobres zombis no encontraron puertas ni ventanas que poder atravesar dado que hacía tiempo que sus dueños las habían reforzado… por si acaso; y aunque ellos no lo sabían todavía, el dinero al final había sido bien gastado. Los no-muertos golpeaban las puertas o las ventanas con un cansino ritmo sin que nadie les prestara atención. Salvo algún vecino que cansado de los ruidos disparó un par de veces al aire mientras gritaba desde su jardín que se largaran a dormir la mona.

Las cosas en el centro recreativo fueron más movidas.

Los primeros zombis llegaron poco a poco, en pequeños grupos, y las primeras personas que se encontraron eran jóvenes que estaban comiendo hamburguesas en el exterior del McDonalds de la zona. Los jóvenes al ver aparecer a los zombis sonrieron y se dirigieron hacia ellos.

‑Tío, que disfraz tan currado –dijo uno de ellos mientras daba vueltas alrededor de uno de los zombis‑, aunque la sangre no parece real tío, tendría que ser más líquida y menos viscosa.

El zombi por toda respuesta le clavó los dientes en el cuello arrancándole una parte de la piel mientras dejaba al descubierto parte de la carótida rota que hacía salir la sangre del joven crítico a chorros.

Un amigo del primero, algo pasado de cervezas, dio un pequeño salto hacia atrás ante la sorpresa.

‑Tío… ese efecto sí que mola –dijo más tranquilo mientras veía la sangre salir del cuello de su amigo‑. Aunque no tendrías que meterte tanto en el papel.

Demasiado tarde se dio cuenta de que aquello no era una actuación sino algo real. Y cuando quiso dar el aviso su amigo se lo impidió, ya convertido en zombi, mientras intentaba arrancarle el corazón de su pecho.

El grupo de zombis fue creciendo y poco a poco la gente que estaba dentro de la hamburguesería se dio cuenta de que aquello era peligroso y de que estaban rodeados por todas partes. No habían salido. Y cuando quisieron poner barricadas en las puertas para impedir la entrada de los zombis se dieron cuenta de que estaban rodeados de cristal… como si estuvieran en una pecera. Algunos de los zombis que parecían tener más movilidad se abalanzaron directamente hacia los cristales atravesándolos sin problemas y creando el caos en el interior.

La comida estaba servida.

Jornada 03. El regreso de los muertos vivientes (23)


Los zombis, casi todos, se lo tomaban con calma. No parecían tener prisa por salir de la prisión o del aparcamiento que había en la entrada principal. Si hubiera sido un día normal la mayoría de los zombies habrían sido destrozados por los coches que pasaban a toda velocidad por la autovía que circulaba paralela al complejo penitenciario al salir del mismo, pero siendo víspera de Reyes la circulación era prácticamente inexistente, y los zombis, a medida que iban saliendo se iban apoderando de la carretera sin problemas.

Un conductor despistado al ver la gente en medio de la carretera y pensando que era una manifestación se paró para pitar a los zombis e indicarles que se apartaran para dejarle pasar.

Eh, que tengo prisa por llegar a casa –se quejó amargamente mientras seguía apretando el pito del coche . Apartaos de una vez.

Los zombis atraídos por el ruido comenzaron a rodear el coche ante la sorpresa del conductor que no entendía qué estaba pasando. Más bien creía que lo iban a linchar o que le iban a volcar el coche, demasiado tarde se dio cuenta de que eran zombis y cuando quiso reaccionar el coche no se movió al dejarlo calado con los nervios. Los zombis rompieron los cristales de los laterales y el frontal sin problemas mientras alargaban sus brazos para sacar al conductor del interior del coche que comenzó a gritar desesperado pidiendo una ayuda que nunca llegó a tiempo.

Otros conductores más despiertos y más afortunados al ver el resto de coches y escuchar los gritos, trataban de salir corriendo descubriendo que alguno de los zombis, muy pocos por suerte, de repente eran fenómenos de los 100 metros lisos de los que no podían escapar y que acababan alcanzando a su presa para desesperación de las personas que trataban de escapar.

Alguno se defendió hasta el último momento disparando a todo lo que se le acercara al coche y pidiendo ayuda a gritos, pero las casas más cercanas estaban demasiado lejos de la zona como para que nadie se percatara de lo que sucedía. A pesar de todo a alguien se le ocurrió cumplir con su deber ciudadano y llamar a emergencias para dar parte de la fuga en masa de zombis.

Joder, que no estoy bromeando –decía desesperado rezando para que la ayuda llegara a tiempo . La entrada de la prisión está repleta de zombis, ostias. Están tratando de entrar en mi coche. Dense prisa. Hay cientos de esos cabrones y están hambrientos.

Pero por desgracia para él, antes de que llegara la ayuda acabó hecho pedazos en las distintas gargantas de los no-muertos que le habían sacado del coche.

La mayoría de los zombis siguieron su camino por la carretera en dirección al centro recreativo y al complejo residencial que había siguiendo el camino.

Jornada 03. El regreso de los muertos vivientes (22)


Se pegó más al suelo mojado con lo que la cara se le llenó de barro mientras maldecía su suerte. Al menos con esa lluvia si tenía que correr sería más sencillo evadir a sus perseguidores. Cuando estaba a punto de ponerse en pie y salir corriendo observó cómo el helicóptero seguía adelante sin prestarle la más mínima atención, dirigiéndose hacia el portaaviones que se había puesto en movimiento con rumbo hacia el viento.

Las luces intermitentes del helicóptero se fueron alejando mientras en la cubierta de la aeronave un marinero comenzaba a hacer señales con unos enormes conos de luz indicando al helicóptero cómo debía acercarse. El marinero estaba sujeto por una cuerda y además otro compañero le ayudaba a no perder pie. El viento que se había levantado casi de repente azotaba la cubierta de aterrizaje e impedía a los operarios actuar con normalidad.

El helicóptero enfiló hacia la parte trasera del portaaviones tratando de ponerse a su altura ganando velocidad. Mara comprobaba cómo el helicóptero iba dando bandazos de izquierda a derecha y en más de una ocasión parecía que iba a estrellarse contra la cubierta pero el piloto parecía controlar bastante bien el aparato dado que a pesar del viento y de la lluvia consiguió posar finalmente el helicóptero en la cubierta mientras los operarios lo aseguraban rápidamente para que no saliera volando por culpa del viento o volcara.

Finalmente el helicóptero apagó los motores y las puertas se abrieron. Mara esperaba con impaciencia ver salir del mismo a Doc pero fuera quien fuera el que había salido del helicóptero no era él. Su decepción fue grande. Volvió su atención a las personas que a pesar del mal tiempo salían a cubierta ahora que la aeronave estaba asegurada. Parecían ser la plana mayor del portaaviones. Al parecer el visitante era alguien importante.

Y entonces le vio. Detrás de toda esa gente. Caminando con una ligera cojera cortesía de una bala en la rótula que le había metido en Alemania Occidental hacía unos años. Doc. Reconocería ese caminar en cualquier parte. Aunque apenas podía verle la cara a ninguno de los presentes sabía que era él. Ahí estaba. A bordo del barco. A su alcance. Pero demasiado lejos. Aunque tuviera un rifle lo suficientemente potente con aquel tiempo resultaría imposible cualquier intento por rellenar de plomo el cerebro del científico. Pero ahora que sabía que estaba cerca… sólo tenía que subir a bordo del portaaviones y servir a domicilio una ración de plomo. Lo que fuera por Doc.

¿Pero cuándo sería el mejor momento para asaltar esa enorme ciudad flotante? Desde luego no era cosa de entrar ahí disparando. Seguro que los marines de a bordo no se lo tomarían bien. También estaba descartado entrar por la puerta principal haciéndose pasar por otra persona… habría que entrar en secreto.

Pero eso sería en otro momento. Ahora tocaba relajarse. Resguardarse en la tienda. Calentarse y secarse y escuchar el ruido de la lluvia golpear el exterior de la tienda. Sabiendo que Doc estaba cerca. Muy cerca.