Jornada 04. Cabalgata de muertos (06)


Debido al frío que hacía, las terrazas de los restaurantes del centro comercial Ocimax estaban cubiertas por unas lonas opacas para conservar el calor proporcionado por unos aparatos eléctricos que no dejaban ver el exterior, por lo que los comensales que habían ido a cenar tranquilamente no llegaron a ver en ningún momento lo que se les acercaba.

Los primeros zombis entraron tanto en el restaurante como en las terrazas. El ruido de platos rotos y los primeros gritos llamaron la atención en los locales vecinos, pero la mayoría supuso que simplemente era un jefe dando la bronca a su empleado o un problema con algún cliente dado que el ruido de conversaciones del interior apagaba los gritos pidiendo ayuda.

Poco a poco las lonas se fueron tiñendo de rojo una por una mientras los zombis se iban multiplicando sin que nadie les pudiera parar.

La gente se quedada con la boca abierta literalmente cuando veían aparecer por la entrada de las lonas a los zombis en vez de a los camareros. Los gritos de terror se fueron creciendo inundando los locales sin que nadie pudiera hacer nada y los cadáveres se fueron acumulando en espera de que se volvieran a levantar convertidos en zombis y dispuestos a seguir el camino de sus futuros compañeros, lo cual dependería del tiempo de latencia de cada uno, tal y como Marc, el científico balear que trabajaba en los USA, había descubierto años atrás.

Algunos clientes trataron de defenderse con las armas que llevaban, pero los zombis eran demasiados y además no podían huir dado que éstos habían copado las posibles salidas. Más de uno decidió pegarse un tiro en la cabeza pensando que era mejor acabar con su vida y no volver a levantarse que poder ser responsable de una matanza parecida. Esos fueron los más afortunados.

Los espectadores de los cines, que habían ido a ver tranquilamente una primera sesión estaban aislados del exterior debido a los sistemas de sonido de las salas. Y si algún grito o disparo llegó a escucharse los espectadores supusieron que era de alguna película que debían de estar haciendo en alguna de las otras salas.

Cuando los zombis comenzaron a entrar en las salas, los espectadores, en la oscuridad, no supieron qué les estaba atacando y no tuvieron tiempo para reaccionar y acabaron siendo también víctimas de las mandíbulas y la violencia de los zombis que no tuvieron compasión con nadie. Sin prisas y metódicamente se fueron repartiendo por las salas y los locales de ocio expandiendo el terror y la muerte a su paso, convirtiendo cada sala en una auténtica ratonera.

La gente no sabía qué hacer cuando veía aparecer a los zombis. Tras la sorpresa inicial surgía el pánico. El ‘sálvese quien pueda’. Y eso hacía el trabajo de caza de los zombis más sencillo dado que los vivos se estorbaban entre ellos, se tiraban al suelo unos a otros y se apelotonaban en las salidas impidiendo que nadie pudiera salir. Y los zombis sólo tenían que alargar sus brazos, agarrar a su víctima y destrozarla.