Jornada 03. El regreso de los muertos vivientes (24)


Las pocas casas que tenían gente en su interior se sorprendieron al principio por ver a tanta gente “extraña” deambulando por sus calles y pensaron que eran los jóvenes de siempre buscando organizar jaleo. Pero con la lección aprendida de años anteriores simplemente los ignoraron y esperaron que se fueran con su música a otra parte. No era extraño esas bromas de mal gusto de vez en cuando, parecía que aterrorizar a la buena gente era un deporte que nunca dejaba de practicarse. Los más, simplemente dieron aviso a las autoridades competentes de que había malcriados paseando por las calles disfrazados de zombis y que deberían de multarles o algún vecino despistado podrían volarles las cabezas.

Los pobres zombis no encontraron puertas ni ventanas que poder atravesar dado que hacía tiempo que sus dueños las habían reforzado… por si acaso; y aunque ellos no lo sabían todavía, el dinero al final había sido bien gastado. Los no-muertos golpeaban las puertas o las ventanas con un cansino ritmo sin que nadie les prestara atención. Salvo algún vecino que cansado de los ruidos disparó un par de veces al aire mientras gritaba desde su jardín que se largaran a dormir la mona.

Las cosas en el centro recreativo fueron más movidas.

Los primeros zombis llegaron poco a poco, en pequeños grupos, y las primeras personas que se encontraron eran jóvenes que estaban comiendo hamburguesas en el exterior del McDonalds de la zona. Los jóvenes al ver aparecer a los zombis sonrieron y se dirigieron hacia ellos.

‑Tío, que disfraz tan currado –dijo uno de ellos mientras daba vueltas alrededor de uno de los zombis‑, aunque la sangre no parece real tío, tendría que ser más líquida y menos viscosa.

El zombi por toda respuesta le clavó los dientes en el cuello arrancándole una parte de la piel mientras dejaba al descubierto parte de la carótida rota que hacía salir la sangre del joven crítico a chorros.

Un amigo del primero, algo pasado de cervezas, dio un pequeño salto hacia atrás ante la sorpresa.

‑Tío… ese efecto sí que mola –dijo más tranquilo mientras veía la sangre salir del cuello de su amigo‑. Aunque no tendrías que meterte tanto en el papel.

Demasiado tarde se dio cuenta de que aquello no era una actuación sino algo real. Y cuando quiso dar el aviso su amigo se lo impidió, ya convertido en zombi, mientras intentaba arrancarle el corazón de su pecho.

El grupo de zombis fue creciendo y poco a poco la gente que estaba dentro de la hamburguesería se dio cuenta de que aquello era peligroso y de que estaban rodeados por todas partes. No habían salido. Y cuando quisieron poner barricadas en las puertas para impedir la entrada de los zombis se dieron cuenta de que estaban rodeados de cristal… como si estuvieran en una pecera. Algunos de los zombis que parecían tener más movilidad se abalanzaron directamente hacia los cristales atravesándolos sin problemas y creando el caos en el interior.

La comida estaba servida.