Jornada 7. De policías y militares (6)


Vázquez les indicó con la mano que esperaran dentro del edificio. Se asomó por la puerta y vio que el patio estaba lleno de actividad, pero nadie prestaba atención a la zona en la que estaban. Escobar apareció con el humvee y lo aparcó delante de la puerta mientras le hacía un gesto a su compañero para que se diese prisa. Éste se volvió a los fugados y les indicó de nuevo con la mano que salieran.

El sargento y el policía miraron al patio y cuando se aseguraron que nadie les veía entraron rápidamente en el humvee.

Vázquez subió al asiento del copiloto y le dio un par de palmadas a Escobar.

-Estamos listos –dijo sonreía y se encendía un cigarrillo aprovechando el encendedor del vehículo- Vamos a reunirnos con el resto de vehículos.

-¿Cuál es el plan? –Preguntó Escobar señalando por encima del hombro al policía y al sargento- ¿Salir por la puerta principal?

-Por supuesto –dijo Vázquez sonriendo- Por la puerta principal. Delante de las narices del teniente. Como debe ser.

-Con dos cojones –dijo Escobar conduciendo hacia la fila de vehículos que se aprestaban a salir- Gilipollas, pero con dos cojones.

-¿Y nosotros? –Preguntó Castillo mirando por la ventana y señalando su uniforme.

-Al suelo y una manta por encima –respondió Vázquez señalando una manta de color caqui que había en la parte trasera.

Ambos se escondieron en el suelo entre los asientos y se colocaron la manta por encima guardando silencio.

El vehículo fue avanzando lentamente mientras los demás iban saliendo de la base rumbo a la ciudad. Vázquez observó que el teniente Ibáñez estaba entre los mandos al lado de la puerta despidiendo a los soldados. Se asomó por la ventana.

-¿Quiere que le traiga una ensaimada cuando volvamos teniente? –Dijo Vázquez sonriendo y saludando marcialmente a su superior- Me han dicho que están muy buenas.

El teniente Ibáñez trató de fulminar con la mirada al soldado que se limitó a sonreír. El oficial escupió al suelo tratando de ignorarle y miró para otro lado.

-Usted se lo pierde teniente- dijo Vázquez volviendo a meterse en el vehículo e indicando a Escobar que avanzara- Así es cómo te tratan cuando tratas de ser simpático y amable.

Escobar condujo el humvee a través de la puerta y giró para incorporarse a la carretera. En los alrededores no había ni rastro de los zombis que parecían haberse mudado al centro de la ciudad.

-¿Y ahora qué? –Preguntó Escobar mirando por el retrovisor cómo el cuartel se iba haciendo cada vez más pequeño.

-¿A dónde quieren ir caballeros? –Preguntó Vázquez recogiendo la manta y sonriendo a los fugitivos del ejército español.

Jornada 7. De policías y militares (5)


Nada más salir del edificio Escobar se puso a su lado con cara impaciente.

-Bueno, ¿Qué? ¿Cómo ha ido? –Preguntó mientras ambos caminaban por el patio.

Vázquez sonrió mientras le indicaba a Escobar que le podría invitar a un cigarrillo.

-En un par de horas estarán durmiendo como angelitos –dijo mientras cogía el cigarrillo y lo encendía.

Escobar no las tenía todas consigo y mostraba cara de preocupación.

-¿Seguro que no sospecharán nada? –Preguntó Escobar mirando a su alrededor- ¿No sabrán que has sido tú?

Vázquez hizo un gesto con la mano como desechando la idea.

-Está todo pensado –dijo finalmente dándole un par de palmadas en la espalda a Escobar- Tranquilo.

-Pero no entiendo por qué te arriesgas tanto –dijo Escobar algo más calmado- Vale, te cae bien el sargento, ¿pero tanto?

-Nah –dijo Vázquez dándole una calada al cigarrillo- No lo hago por el sargento. Ni por el poli. Lo hago por ver la cara que pondrá el teniente Ibáñez cuando se entere. Y lo cabreado que estará durante muuuucho tiempo. Y yo me encargaré de recordárselo cuando parezca que lo tenga olvidado. Y lo mejor de todo es que no podrá acusarme de nada. Será delicioso. Lo único que no me gustará es que no podré filmarlo para poder verle el careto que pondrá siempre que quiera… aunque tal vez con el móvil.

Vázquez y Escobar volvieron al comedor por insistencia del primero que decía tener hambre después de hacer planes tan elaborados como aquél. Además, deberían de estar de patrulla, así que más les valía tener el estómago lleno… por si acaso.

Mientras que Escobar miraba su reloj constantemente Vázquez no dejaba de comer, beber y bromear con los soldados que había en el comedor como si no pasase nada. Al cabo de varias horas y cuando se acercaba la hora para salir de patrulla Vázquez se levantó y se despidió de los presentes después de hacer una recolecta de cigarrillos.

Mientras Escobar iba a por el equipo y el todoterreno Vázquez entró tranquilamente en la zona de las celdas, comprobó que los soldados estaban dormidos, cogió la llave de la celda y se dirigió a la misma. La abrió y saludó al sorprendido sargento.

-Bueno, ¿Qué? ¿Piensan quedarse ahí a que venga el pelotón de fusilamiento? –Preguntó Vázquez teatralmente- Venga, vamos, que seguro que no se duerme tan bien ni se come como para querer quedarse.

El sargento y el policía salieron cautelosamente mirando al exterior como si esperaran que fuera una trampa.

-Vamos, vamos, que no tenemos todo el día –dijo Vázquez apremiándoles- El taxi está esperando y tiene prisa.

Jornada 7. De policías y militares (4)


Vázquez caminó con paso firme hacia el interior de la zona de las celdas. Dos soldados le siguieron con la mirada en cuando entró.

¿Qué quieres Vázquez? –Le preguntó uno en tono amenazador.

-Tranquilos –respondió en tono amable- No he venido a armar jaleo ni buscarme problemas.

Se acercó a ellos tratando de no mostrarse amenazador y con una sonrisa en el rostro.

-Sólo he venido para… despedirme del sargento –dijo bajando el tono de su voz como si estuviera intercambiando confidencias- Supongo que ya os han llegado las órdenes del teniente Ibáñez.

Los dos soldados asintieron pero siguieron mirando de mala manera a Vázquez.

-El caso es que en breve tengo que salir a patrullar por la ciudad –siguió hablando- y seguramente no estaré por aquí cuando se lleven a cabo las órdenes del teniente… o si volveré, que esos malditos zombis son peligrosos, joder.

-No podemos dejarte pasar –respondió el soldado- Han de permanecer incomunicados.

-Venga, venga, que sólo quiere despedirme –insistió- ¿Qué tenéis que temer del tito Vázquez?

A continuación asomó sus brazos que había llevado hasta ese momento ocultos detrás de sus espaldas. En cada mano llevaba una cerveza y las mostró a los soldados mientras las dejaba encima de una mesa.

-¿Esperas que te dejemos pasar por un par de cervezas? –Preguntó con voz incrédula el soldado.

-Sólo es un adelanto –respondió Vázquez- Hay un pack para cada uno esperándoos en vuestras taquillas.

Los dos soldados se quedaron mirándose durante unos segundos mientras Vázquez esperaba tranquilamente sin decir nada y mirando a su alrededor con aire distraído. Finalmente los soldados parecieron llegar a un entendimiento silencioso.

-Está bien, pero sólo un minuto –dijo el soldado tajante.

-Sin problemas –dijo Vázquez sonriendo- Por cierto… ¿puedo robaros un poco de agua? Tengo la boca seca.

Y señaló un depósito de agua que había en la estancia. El soldado asintió.

-Ya que estás tráenos agua a nosotros también –le pidió el soldado.

Vázquez asintió y se dirigió hacia el depósito cogiendo tres vasos y llenándolos uno a uno. Miró hacia los carceleros que estaban entretenidos mirando la televisión y sin que le vieran echó en los vasos una pequeña pastilla que en segundos había desaparecido mezclada con el agua.

Les entregó el agua y mientras bebía su vaso se dirigió hacia la celda en la que estaba encerrado el sargento y el policía. Abrió la compuerta para poder hablar con ellos.

-Mi sargento, soy el Vázquez, que en breve saldremos a patrullar por la ciudad y quería despedirme de usted… por si acaso –dijo en tono amistoso sabiendo que los otros soldados estarían escuchando.

-¿Vázquez? –Preguntó incrédulo el sargento- Joder, nunca me imagine que estaríamos teniendo esta conversación… contigo fuera de la celda y yo dentro.

-Ya le dije, mi sargento, que todo estaba en su imaginación –respondió Vázquez sonriendo- Y mire cómo hemos acabado. Yo saliendo en breve a patrullar y usted… bueno, la de vueltas que da la vida. Un día estamos aquí y al siguiente…

Movió las manos de forma teatral como para dar a entender algo que desaparecía en el aire. Y dándose por satisfecho salió del edificio despidiéndose del sargento y de los soldados que hacían guardia y que habían acabado de beberse el agua tirando los vasos a la papelera.

Jornada 07. De policías y militares (3)


Vázquez y Escobar se miraron alarmados. El teniente Ibáñez se había vuelto loco. Y no parecía que nadie fuera a pararle. Los dos soldados se acercaron al grupo.

-Disculpe teniente –dijo Vázquez con una gran sonrisa conciliadora- ¿He escuchado bien? ¿Quiere fusilar al sargento? ¿No es un poco drástico?

-Vázquez –dijo Ibáñez sin ocultar su malestar al verle- ¿Está poniendo en duda las órdenes de un superior? Porque seguro que encuentro alguna bala más para usted.

-En absoluto –respondió Vázquez borrando la sonrisa de su rostro- Sólo creo que mi deber como soldado es asegurarme de que las órdenes son legítimas. No queremos matar a la gente así como así, ¿verdad?

-Estamos en estado de guerra –respondió Ibáñez algo impaciente- Y tengo la autoridad para tomar ese tipo de decisiones. Si un soldado en tiempos de guerra se niega a obedecer una orden de su superior le puedo fusilar o meter una bala yo mismo. No es un buen ejemplo para la tropa.

-¿Y los zombis? –Preguntó Escobar interviniendo antes de darse cuenta de su error.

-Podemos acabar con ellos cuando queramos –respondió Ibáñez en tono altivo- Pero mientras el mando diga que no intervenimos, les dejaremos en paz. Y el que se ponga a disparar a los zombis será arrestado y fusilado.

-Sí señor –respondió Vázquez dando una palmada- Ése es el espíritu. Y ahora, vamos a prepararnos para la patrulla teniente, si nos disculpa.

Y sin darle tiempo a decir nada agarró del brazo a Escobar y salieron casi corriendo en dirección contraria. Cuando estuvieron a una distancia suficiente segura Vázquez comenzó a hablar con Escobar.

-Tenemos que hacer algo –le dijo en voz baja- No podemos dejar que maten al sargento.

-¿Y qué propones? –Le preguntó Escobar mirando a todos lados esperando que nadie le escuchara- ¿Que escribamos al mando quejándonos? Acabaremos delante del mismo pelotón de fusilamiento. Creo que a Ibáñez le ha afectado el golpe que le dio el policía. Se ha vuelto más loco de lo que ya estaba.

-Algo se me ocurrirá –dijo pensativo Vázquez mirando a su alrededor buscando la inspiración- Mientras tanto tendríamos que avisar al sargento para ver si se le ocurre algo. Pero antes, tendremos que comer algo, noto mi estómago vacío, y eso nunca es bueno.

Ambos caminaron hacia el comedor para comer algo. Vázquez siempre tenía la opinión de que se pensaba mejor con el estómago lleno. Además, que en el ejército no se comía mal precisamente así que le gustaba aprovechar cualquier ocasión que tenía para comer.

Jornada 07. De policías y militares (2)


Vázquez estaba bostezando mientras paseaba por el patio de la base en busca de alguien que le pudiera dar un cigarrillo. Miró al fondo, donde los mecánicos estaban poniendo a punto los vehículos blindados y los todoterreno. Así que ése era el motivo por el que no podía dormir. Vio a lo lejos a su amigo Escobar, seguro que él tenía un cigarrillo.

Al llegar a su altura y antes de que pudiera decir nada Escobar ya había sacado un cigarrillo y se lo estaba pasando a Vázquez que sonrió, qué bien le conocía su amigo.

-¿Qué es todo este jaleo?-Preguntó Vázquez mientras señalaba con la cabeza a los mecánicos- Creía que las órdenes eran las de no armar jaleo.

-Al parecer eso ha cambiado –le respondió Escobar mientras le pasaba el mechero- Los rumores dicen que Ibáñez ya ha salido del hospital y tiene nuevas órdenes.

-Qué poco ha durado la paz –dijo Vázquez mientras comenzaba a paladear el cigarrillo- Me hubiera gustado estar cuando el policía ése le partió la cara.

-Conociendo a Ibáñez seguro que se la tiene jurada y le tiene preparado algo –dijo algo sombrío Escobar.

-Ese cabrón… Y encima se ha llevado por delante también al sargento –dijo Vázquez dándole otra calada a su cigarrillo- Con lo simpático que es el buen hombre, joder.

-Lo dices porque es uno de los pocos que todavía te habla –le señaló Escobar- Y hacía la vista gorda ante tus tonterías siempre que no afectara a la base.

-Él sabía que todo lo hacía para subir la moral de la base –respondió Vázquez que miró a la puerta de la base que se comenzaba a abrir.

Ambos siguieron con la vista el vehículo que entraba y aparcaba cerca de las oficinas de la base. Del mismo, bajó el teniente Ibáñez que todavía tenía muestras de los golpes que le había dado el policía. Se miraron sorprendidos y se acercaron con cautela tratando de no ser vistos ni notados.

El teniente estaba hablando con varios oficiales y un grupo de policías militares que se habían acercado al verle bajar del vehículo.

-Tengo nuevas órdenes del cuartel general –decía con ciertas dificultades el teniente al que le costaba hablar- Debemos patrullar la ciudad sin enfrentarnos a los zombis.

-¿Qué hay de los prisioneros? –Preguntó uno de los policías militares- ¿Debemos trasladarlos al cuartel general?

Ibáñez hizo algo parecido a una sonrisa antes de descubrir que le dolía demasiado el gesto.

-Serán ejecutados en breve –respondió fríamente- Fusilados en el patio para que sirvan de ejemplo.

Jornada 07. De policías y militares (1)


Castillo estaba tumbado en el bloque de piedra que hacía de litera mirando al techo mientras silbaba la banda sonora de ‘La gran evasión’. Había sido una semana bastante aburrida, ciertamente. Comer, dormir, comer, dormir y poco más. Las pocas veces que un soldado decía algo era para comentarle al sargento que el teniente Ibáñez seguía en la enfermería. El policía le había dado bien al militar y había tenido que ser trasladado para curarle las heridas.

Pero sus órdenes habían sido cumplidas y tanto él como el sargento habían permanecido en los calabozos, aunque no a pan y agua. Y lo cierto es que había sido muy aburrido. No es que su compañero de celda no fuera una buena compañía, pero después de una semana sin poder salir y sólo con su compañía la cosa se hacía eterna.

Lo que peor le sabía era la muerte del novato. Se suponía que era su responsabilidad. Pero se habían encontrado en un escenario imposible de controlar y los militares no se habían mostrado compasivos… y ese maldito Ibáñez… Ojala se le infectaran las heridas y tuviera una muerte lenta y dolorosa.

-Espero que por tu mente no esté pasando tratar de escapar –le señaló el sargento que seguía leyendo la novela escrita por Castillo.

-Bueno, la verdad es que no sabría por dónde empezar –respondió Castillo- Está claro que no tenemos materiales para hacer un túnel o un agujero en la pared, nos falta un poster de alguna famosa.

El sargento no pareció captar el guiño cinéfilo.

-Piensa que más seguros que aquí no podemos estar –señaló el sargento dejando a un lado la novela- Estamos protegidos por lo mejor del ejército español. Profesionales con armas que saben cómo usarlas.

Castillo torció el gesto.

-Cuando les conviene –respondió algo huraño el policía que seguía recordando cómo no habían movido un dedo para detener a los zombis.

-Órdenes son órdenes –dijo el sargento mientras se ponía en pie y se acercaba a la puerta de la celda- Y si tienes la mala fortuna de tener un superior como el mío… las tienes que obedecer aunque sean ilegales.

Castillo no dijo nada durante unos segundos mientras seguía estudiando las manchas de humedad del techo.

-¿Hasta cuándo crees que dejarán a los zombis rondar por las calles? –Preguntó finalmente tratando de cambiar de tema.

El sargento miró a través de la pequeña ventana que tenía la puerta. Desde la misma apenas se veía nada. Pero le servía para escuchar los ruidos de la base. Y parecía que el ritmo de trabajo había ido en aumento en las últimas horas.

-Puede que no mucho tiempo más –dijo el sargento volviendo la cabeza y mirando sonriendo al policía.

Jornada 06. En la boca del lobo (25)


Mara no pudo ocultar el terror que sintió cuando Doc le había comentado lo que le tenía preparado. Delicioso. Por unos segundos había conseguido quitarle esa máscara de valentía. La cabeza del paciente estaba bien asegurada. Los tornillos en su lugar para impedir que ocurriera algún accidente. Puso en marcha el taladro y comenzó a agujerearle la cabeza en una zona determinada. El ruido que hacía el taladro aumentó cuando encontró la resistencia en el cráneo que comenzó a agujerear sin problemas. Salió un poco de sangre que Doc secó rápidamente con unas gasas y se centró en comprobar que el taladro no agujereaba más de la cuenta. El sonido que hacía era delicioso para sus oídos. Aunque seguro que para su paciente era una tortura.

El taladro acabó su trabajo y Doc se dispuso a coger el minúsculo trozo de cerebro, pero antes de eso se acercó al oído de Mara para susurrarle algo.

-Si notas mareos o que dejas de recordar cosas… otra vez, avísame –le dijo divertido Doc- Claro que es difícil que recuerdes que has olvidado algo… En fin, cruza los dedos para que no te quite la parte del cerebro que te permite hablar.

Dicho lo cual se alejó de ella pausadamente mientras extraía un tubo y lo comenzaba a introducir en la cavidad que había hecho el taladro. En unos segundos tendría lo que deseaba. A través de un espejo podía ver la cara de Mara, mezcla de rabia y de terror. No pudo evitar sonreír y sentir cierto placer. El poder que tenía sobre ella en ese momento era absoluto. Tenía en su mano la decisión de su vida o de su muerte. Y ella lo sabía. Pero aún estaba lejos de dejarse derrotar. Y Doc lo sabía. Y tenía preparados diversos experimentos para conseguirlo. No sería un problema. Ella moriría derrotada y a sus manos. Sería su rostro el último que vería y con esos pensamientos comenzó a preparar más instrumental quirúrgico.