Jornada 7. De policías y militares (55)


La radio cobró vida y la voz entrecortada del comisario se escuchó a través de la misma.

-Los zombis han entrado al interior del castillo –estaba diciendo- Esto es una puta masacre. Ya han llenado completamente el patio interior y están comenzando a invadir el primer piso .No podremos detenerles.

-¡Comisario! –gritó Alex a través de la radio- ¿Qué ha pasado? ¿Pueden huir? ¿Cómo podemos ayudar?

-El rastrillo se ha subido de repente y en un abrir y cerrar de ojos los zombis que habían estado esperando han entrado en masa arrasando con todo y todos. Estamos resistiendo, pero no podemos escapar, estamos completamente rodeados. Creo que tu hermano ha conseguido ponerse a salvo si eso sirve de algo.

-Hemos visto vehículos salir del castillo.

-Eso explicaría por qué no hay rastro de Bonet y sus hombres –respondió el comisario- Vete a proteger a tu hermano. Aquí no hay nada que puedas hacer. Estamos muertos.

La mente de Alex no podía darse por vencida y trataba de encontrar una salida a aquella trampa mortal que era el castillo. Finalmente los ojos se le iluminaron.

-La Torre del homenaje –dijo gritando por el micrófono- Está en lo más alto, aislada del resto del edificio, y sólo tiene una entrada o salida. Seguro que deben de haber suministros en la misma. Diríjanse todos a esa zona y luego vuelen el puente.

-¿Con qué coño quieres que volemos nada? –Preguntó el comisario mientras comenzaba a gritar órdenes a su alrededor- Si apenas podíamos conservar nuestras armas.

Alex miró a su alrededor en el interior del humve… debía haber algo, comenzó a abrir cajas.

-Bendito seas Vázquez por lo cabrón que eres –Dijo mientras abría una caja- Diríjanse a la Torre comisario y déjeme el resto a mí. Eso sí, cierre la puerta y tápese los oídos.

El sargento giro la cabeza para ver lo que había encontrado el policía y silbó al verlo mientras sonreía.

-¿Sabrás usar uno de esos? –Preguntó concierto sarcasmo en su voz.

-No –respondió el policía desempaquetando el contenido- Pero conozco a un sargento que seguro que sabe usarlo con las manos atadas y los ojos cerrados.

-De acuerdo, pues vamos a matar a unos cuantos zombis –dijo el sargento mientras volvía a poner en marcha el vehículo y lo conducía hacia lo alto de la montaña.

Siguieron la carretera en silencio y a oscuras. A lo lejos podían seguir escuchando los disparos aislados de los defensores del castillo. En un minuto se encontraban viendo la carretera principal que llevaba a la fortaleza. Y el panorama era todavía peor de lo que podían haberse imaginado.

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