Jornada 8. El fin de los días IV (XIX). Ello


El camarlengo pareció molestarse con ese último comentario de su hermano.

-¿Debo recordarle que esos indígenas sacrificaban vidas humanas a sus dioses paganos? –empezó a responder el cardenal Filippi-. Gracias a nosotros cambiaron sus costumbres paganas y asesinas.

-Gracias a nosotros murieron a millones –señaló el otro cardenal-. Aniquilamos civilizaciones sin querer entenderlas, no tratamos de conocerlas, de aprender de ellas. Usamos la fuerza para imponer nuestra fe sobre la suya. Y ahora vamos a hacer lo mismo.

-Se equivoca –dijo el camarlengo- Vamos a avisar al mundo entero de lo que se avecina, simplemente quiero que ciertas personas estén informadas con anterioridad para darles tiempo antes de que la sociedad se colapse.

-Ahora decidimos quién vive y quién muere –adujo el otro cardenal de nuevo que parecía llevar la voz cantante de los disidentes-. ¿Qué hicimos con la Inquisición? También decidimos quién vivía y quién moría en base a disputas por tierras, nos vendimos al mejor postor… Y la Iglesia no se ha recuperado todavía de todas esas acciones de las que tampoco hemos mostrado demasiado arrepentimiento y ya estamos de nuevo con otro de nuestros juegos, ¿es que no hemos aprendido de nuestros errores? ¿Vamos a seguir tropezando con la misma piedra una y otra vez?

-¿Entonces por qué Dios nos ha mandado esta señal? –preguntó el camarlengo-. ¿Por qué ha resucitado el Santo Padre?

-Tal vez para darnos la oportunidad de redimirnos. De hacer lo correcto –respondió el otro cardenal-. De demostrar a la sociedad que hemos cambiado. Que tratamos a todos del mismo modo y que aprendemos de nuestros errores.

-Oh, pero aprenderemos de nuestros errores –señaló el camarlengo-, estas acciones no serán públicas, sino privadas. Nadie sabrá nada de nuestra implicación. Pediremos que nuestra intervención se mantenga en secreto.

-Secretismos –dijo el otro cardenal-. Eso hemos aprendido. A conspirar en las sombras como las comadrejas o las ratas. ¿No veis hermanos que esta oportunidad no es para conseguir el poder sino para salvar el alma de la Iglesia? Si aceptamos la idea del camarlengo estaremos vendiéndole el alma al diablo. Tenemos la oportunidad de comenzar de nuevo. De demostrar que podemos ser mejores. Sin recurrir a conspiraciones secretas.

-La Iglesia debe cambiar con los tiempos –dijo el camarlengo- No podemos ayudar a la sociedad si no podemos llegar a ella. Con este movimiento nos aseguramos el agradecimiento de los poderosos. Y su ayuda en el futuro para dar a conocer el mensaje de Dios. Los que mueran serán recordados por su sacrificio para obtener una Iglesia más fuerte que podrá afrontar nuevos retos en el futuro.
>>Estaremos en posición para asegurarnos de decidir qué es lo mejor para la sociedad. Las iglesias se volverán a llenar de feligreses queriendo escuchar lo que tenemos que decir. La palabra de Dios será escuchada en todo el mundo y la gente estará deseosa de ello. Podremos finalmente tener una sola religión en todo el planeta. Demostraremos ser los más fuertes. Los únicos que vimos llegar lo que se avecinaba porque nuestro Dios nos advirtió. El resto de religiones desaparecerán al demostrarse que servían a falsos dioses.

-Y, a cambio, sólo tendremos que vender el alma de la Iglesia al Diablo –repitió el otro cardenal.

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