Jornada 8. El fin de los días IV (XVIII). Ello


El camarlengo hizo una pausa y se volvió a aclarar la garganta.

-Debemos salvar a nuestros máximos benefactores. A la gente que, cuando esta plaga pase, ayudará a la sociedad a recuperarse. La construirá de nuevo, y estarán en deuda con nosotros. Volveremos a ser consultados y tenidos en cuenta. Los supervivientes nos tomarán en serio y viviremos una época dorada de la fe cristiana.

Uno de los cardenales le interrumpió.

-¿Qué quiere decir con que debemos salvar a nuestros máximos benefactores?

-Estoy hablando de los católicos con poder dentro de la sociedad. Gente que tiene dinero, medios y contactos. El tipo de gente que creará trabajo de nuevo, que re-construirá los edificios caídos, que ostentará el poder en el futuro.

-¿Y qué hay de la gente de a pie sin ese poder? –interrumpió un cardenal desde uno de los monitores- ¿Debemos dejarles morir?

-Estoy diciendo que debemos avisar primero a nuestros contribuyentes más fuertes. La gente que nos estará agradecida cuando vean que les hemos salvado las vidas. El resto… si son dignos, Dios les ayudará.

-Eso es intolerable –replicó el mismo cardenal del monitor-. ¿Hemos de vendernos a los ricos y poderosos? ¿Nos queremos convertir en los mercaderes del templo que fueron expulsados por Jesucristo? ¿Vendiendo nuestros servicios al mejor postor?

El camarlengo asintió comprensiblemente.

-Entiendo sus reticencias, pero debemos ser pragmáticos en este asunto. ¿Quién nos beneficia más que sobreviva? ¿La beata de ochenta años que viene todos los días a la iglesia o el constructor que dona parte de sus bienes y ayuda a arreglar iglesias?

Los murmullos crecieron hasta convertirse en discusiones por grupos. El cardenal Filippi se quedó en silencio esperando a que el clima se calmara.

-Por favor hermanos, calma. Entiendo que esta decisión es complicada. Pero hagamos lo que hagamos y decidamos lo que decidamos la plaga ya está aquí. Se trata de conseguir que la fe cristiana sobreviva.

-Usted habla de traicionar nuestra fe. De aliarnos con los poderosos y olvidarnos de los pobres –adujo desde el monitor uno de los cardenales-. Y todo por un trozo de poder. Es por cosas así que tenemos tan mala imagen.

-Tenemos mala imagen porque hemos dejado que nos pisoteen –replico el camarlengo-, una y otra vez nos hemos dejado pisotear porque éramos débiles. Ahora se nos ha presentado la oportunidad de decir ‘Nunca Más’.

-Eso es una blasfemia –continuó hablando desde uno de los monitores el otro cardenal-. ¿No hemos aprendido nada del pasado? La gente ha matado en nuestro nombre y nos ha usado de excusa para sus cruzadas. Y siempre hemos acabado pagando nosotros. ¿Es que nos hemos olvidado de las matanzas de indígenas en nombre de la FE en las Indias Orientales? ¿Y las Cruzadas? ¿Nos hemos olvidado de los juegos políticos realizados por cardenales como Richelieu? ¿O debo recordarles la Santa Inquisición? Todo siempre en nombre de la FE.

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