Jornada 8. El fin de los días I. Ello


Roma. Ciudad del Vaticano. Durante el principio del primer Apocalipsis.

El Papa había muerto. El cardenal Filippi no se lo acababa de creer. Pero era así. Sentado en su escritorio negaba con la cabeza. Era el peor momento para que la Iglesia Católica se quedara sin su Pastor Supremo, estaba decapitada. Hacía unas semanas que habían comenzado a llegar noticias de todo el mundo de un brote de violencia nunca visto. Y la sociedad católica se giraba hacia Roma en busca de consejo y guía espiritual. Eran el centro de las miradas del mundo… Y el Papa había muerto.

No había sido una conspiración, como los periódicos de izquierdas no dejaban de rumorear. Simplemente se había ido a dormir una noche y no se había vuelto a despertar. Había sido una muerte apacible. Pero había sido en el peor momento.

Como camarlengo, había sido su deber ser testigo de la muerte del Papa y certificarla. Mientras era observado por otros cardenales pronunció el nombre completo del Santo Padre con el que fue bautizado. Espero tres minutos una respuesta. Y luego volvió a repetir el proceso dos veces más. No hubo respuesta. Cogió de una bandeja un pequeño martillo de plata y golpeó tres veces la frente del muerto. No hubo reacción alguna. Se aclaró la garganta y le declaró muerto oficialmente. Luego cogió el anillo del Pescador del dedo del fallecido y rompió éste y el sello del Papa con ayuda de un martillo y un cincel. Todos parecieron retener la respiración mientras lo hacía. Ya era oficial. La Santa Madre Iglesia se había quedado sin guía espiritual.

Observado por los cardenales prefectos y por el secretario de Estado había procedido a clausurar las habitaciones papales. Después había tenido que comunicar la noticia a los principales dignatarios de la Curia romana, al Decano del Colegio de Cardenales y al Vicario General de Roma, el cual, para alivio del camarlengo había sido el encargado de comunicar la mala noticia al resto del mundo.

Ahora se encontraba en su despacho haciendo los preparativos para el cónclave en el que se nombraría a un nuevo Santo Padre. Observó la larga lista de nombres mientras estudiaba cuáles tenían alguna posibilidad. Descartó a los cardenales de América. La verdad es que los sudamericanos no eran muy apreciados dentro del núcleo clásico de la Iglesia y los norteamericanos… bueno, lo cierto es que tenían demasiados problemas de cara a la opinión pública y eran censurados duramente en privado por el colegio cardenalicio. Los cardenales de color también los descartó rápidamente. No era su momento. Ni los cardenales orientales. Al final, como casi siempre sería elegido un cardenal italiano, o de alguno de los grandes países católicos. ¿Un español? Lo cierto es que tampoco sería de extrañar. Poco a poco habían ido recuperando el poder que habían cedido durante la dictadura. La lista de cardenales parecía interminable. Cualquier cardenal que tuviera menos de 80 años antes del fallecimiento del Papa debía ser invitado y podía ser elegido… el problema era conseguir desplazar a todos esos cardenales. Obtener permisos, preparar viajes, estancias… para sus acompañantes.

La Iglesia se había convertido en un gran circo donde cada cardenal se rodeaba de aduladores en sus círculos más cercanos. Afortunadamente a la hora de elegir al nuevo Papa esos aduladores se quedarían fuera del cónclave y no tendrían ni voz ni voto.

Estaba pasando la lista a limpio cuando un sacerdote entró corriendo en su despacho abriendo las puertas de par en par sin anunciarse ni nada. El cardenal iba a llamarle la atención pero no tuvo tiempo.

-El Santo Padre ha vuelto –dijo entrecortadamente el sacerdote- Es un milagro. El Papa ha resucitado.