Jornada 8. El fin de los días IV (IX). Ello


El camarlengo miró a Xavier como si acabara de revelar el tercer secreto de Fátima.

-¿Está usted loco? ¿Un zombie? ¿Con quién se cree que está hablando? Lo que acaba de decir es una locura.

-Me temo que no –respondió Xavier serio-. Las pruebas son irrefutables. Comportamiento violento e irracional, el mal olor del cuerpo, la falta de señales de vida… Ese cuerpo está muerto y sólo traerá una plaga de proporciones apocalípticas si dejamos que siga… moviéndose.

-Lo que está sugiriendo es una locura, y un pecado mortal. Estamos hablando del Santo Padre. La guía de la iglesia.

-Y sin embargo se mueve… -dijo el padre Xavier recordando a Galileo Galilei-. Sé que le parecerá una locura pero… ya he visto esto y oído hablar de ello antes. En África.

El camarlengo le miró más calmado.

-¿Qué quiere decir?

-Al principio creía que eran leyendas tribales. Habladurías y supersticiones de gente sin educar. Hablaban de muertos que se levantaban y se comían a sus semejantes que a su vez luego se levantaban también después de muertos. Como se puede imaginar ese continente está lleno de misterios pero… muertos que caminan…
>>No les hice mucho caso. Pero luego mientras visitaba distintos poblados el espectáculo que vi era… horripilante. Cuerpos con la cabeza separada, aldeas enteras quemadas o… que simplemente habían desaparecido y en su lugar sólo quedaba un inmenso cráter negro.

El camarlengo prestaba atención sin interrumpir, de vez en cuando asentía al escuchar el relato de Xavier, y en su cabeza trataba de imaginar qué debía hacer con esa información. En malas manos podía ser el final de la Iglesia… pero en unas manos adecuadas podía ser la salvación de ésta y volver a los antiguos tiempos en los que todo el mundo miraba al Vaticano en busca de consejo.

-¿Sabe? –continuó hablando Xavier-, puede que esto sea lo que está pasando en el resto del mundo. He escuchado que ha habido brotes de violencia en todo el planeta… y ahora esto –dijo señalando al cuerpo sobre la cama-. Es posible… que lo del continente africano esté sucediendo a gran escala aquí o esté a punto de suceder.

Filippi asintió mientras indicaba al padre Xavier que salieran de la habitación.

-Su opinión es… pintoresca. Tengo que informar al colegio cardenalicio de la misma y a partir de ahí tomaremos una decisión. Le agradezco que haya venido hasta aquí tan repentinamente. Creo que ha cumplido su parte. Y es hora de que vuelva a su misión original.

-Pero… me necesita camarlengo –dijo Xavier sorprendido-, he visto de primera mano lo que esas cosas pueden hacer.

El camarlengo le indicó que no continuara.

-La decisión no le corresponde ni a usted ni a mí. Sólo somos parte de una inmensa maquinaria. Y usted debe volver al continente africano para seguir con su labor que le ha sido encomendaba en el nombre de Dios.

El padre Xavier asintió apesadumbrado.

El camarlengo indicó a uno de los Guardias Suizos que acompañara al sacerdote al aeropuerto para que cogiera su vuelo de vuelta. Cuando Xavier había girado una esquina y el cardenal comprobó que no podía escucharle cogió del brazo al Guardia y le susurró al oído.

-No quiero que llegue a su destino, ¿entendido?

El Guardia Suizo asintió con la cabeza sin titubear.