Jornada 8. El fin de los días IV (XX). Ello


El camarlengo se estaba comenzando a cansar de la cerrazón del cardenal que hablaba desde el otro lado del monitor. Seguro que para él era muy sencillo, estando sentado al otro lado del mundo, sin haber visto lo que él, sin tener que lidiar con lo que él había lidiado. ¿Por qué no podía verlo? ¿Cómo era que no lo entendía? Había tenido una visión de una sociedad mejor. Y estaba al alcance de sus manos. Sólo tenían que alargarlas.

-Lo que está diciendo es demagogia –dijo finalmente el cardenal Filippi-. No vamos a hacer ningún trato con el diablo, ni vamos a vender nuestras almas. Vamos a salvar vidas. Y almas. ¿Y qué hay más noble que eso?

-Tratar a todo el mundo como iguales –replicó el otro cardenal-, no seleccionar qué alma es más valiosa y hay que salvar. Nosotros no somos quiénes para decidirlo. Ésa es una elección que debe hacer nuestro Señor. Nuestro deber no es interferir constantemente con lo que hace la sociedad. Deberíamos estar al margen de ello. Nuestro deber es dar a conocer la palabra de Dios, no imponerla de ninguna manera.

-Pero no estamos imponiendo nada a nadie –respondió el camarlengo mostrando la impaciencia en su voz.

-Ahora mismo existen personas de esta Iglesia que están intentando imponer nuestros puntos de vista a base de amenazas a los gobiernos –señaló el otro cardenal-, decimos a nuestros feligreses a quiénes deben votar. Es una locura. Nuestro deber no es meternos en política.

El camarlengo guardó un cauto silencio mientras se mordía el labio inferior. Luego decidió tomar una decisión y acabar con la discusión.

-Me parece que desde el principio esta reunión ha comenzado con mal pie y con una idea que no era la que tocaba. No estamos aquí para decidir lo que vamos a hacer. Esa decisión está tomada. Estamos aquí para decidir cómo informar a nuestros benefactores y qué pasos tomar para asegurarnos su supervivencia.

-¡Eso es intolerable! –dijo gritando el otro cardenal-. ¡No pienso formar parte de esta conspiración!

El camarlengo asintió.

-De acuerdo, sólo le pido que guarde silencio entonces respecto a esta reunión y nos reporte sobre la gente de interés que vivan en su zona para que nosotros les informemos.

-¡Inaceptable! –respondió el otro cardenal-. No pienso guardar silencio sobre… lo que sea que sea esto. Pienso denunciarle. Usted no tiene el poder para tomar esas decisiones por todos nosotros.

-Más le vale guardar silencio –le advirtió el camarlengo transformando su tono de voz-, o podrían aparecer noticias sobre usted en su comunidad. Ya sabe que los medios están ansiosos por publicar cualquier cosa que tenga que ver con escándalos de la Iglesia.

-¿Me está amenazando? –preguntó sorprendido e indignado el otro cardenal-. ¿A eso ha llegado?

-Haré lo que crea necesario por el bien de la Iglesia. Le ruego que guarde silencio sobre este tema hasta que la Santa Sede haga público su comunicado.

-Como usted quiera… camarlengo, pero no pienso seguir formando parte de esta reunión -dijo a modo de respuesta y acto seguido su monitor se apagó.

No fue el único que se apagó dado que varios más lo hicieron, y junto a ellos varios cardenales se pusieron en píe y dejaron la sala visiblemente molestos y contrariados.

-Bien –dijo triunfalmente el camarlengo-, creo que es hora de hablar de lo que tenemos que hacer para salvar a esta sociedad.

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