Jornada 03. El regreso de los muertos vivientes (18)


El comisario Montejano miró una vez más el fax que les había llegado. Seguramente también habría llegado a su correo electrónico, pero antes se congelaría el infierno que él aprendería a usar el maldito lector de correo electrónico. Normalmente era su ayudante quien abría los correos y seleccionaba los más importantes para imprimirlos y dárselos al comisario, pero había tenido que darle vacaciones si quería contar con él para Reyes.

Maldita la hora en la que llegó aquel fax. Una alerta sobre una terrorista internacional que parecía encontrarse en la isla… ¿de vacaciones? Por el amor de Dios, ¿es que no se podía haber ido a otra parte a pasar las Navidades? No tenía ni tiempo ni efectivos para montar una puñetera caza del hombre, bueno, de la mujer, que en esos días había que ser políticamente correctos.

Que se ocupe la policía nacional y la guardia civil –dijo para sí mismo en el interior de su despacho mientras dejaba el fax tirado en la mesa.

Las Navidades eran uno de los peores momentos de aquel trabajo. Las denuncias se multiplicaban, al igual que los accidentes, y en vez de ser una época de paz y amor era una época de violencia doméstica y accidentes de tráfico, sin olvidar a los listillos de turno que aprovechaban esas fechas para entrar en casas ajenas y conseguir sus regalos de Navidad. Y todo eso con la mitad de la plantilla habitual. Porque todo el mundo quería estar con la familia y celebrar las fiestas en paz y no en un coche patrulla llevando a cabo controles de alcoholemia.

Y la plantilla de la policía no había aumentado precisamente con los años. El gobierno local no consideraba oportuno gastarse dinero en plazas que luego no serían ocupadas. Lo cual era cierto, hasta ese momento que se había revitalizado, o eso parecía, el turismo, y con ello había aumentado la delincuencia, los accidentes… esperaba convencer al concejal de turno que era necesario poner nuevas plazas para el año siguiente. Pero al menos, en lo que los políticos sí se gastaban dinero, era en el equipamiento de la policía.

Había recibido hacía nada unos nuevos walkies que ni siquiera se ponían llamar así; eran una cosa pequeña, nada aparatosa y que permitía moverse con libertad. Además de contar con chalecos antibalas, nuevo armamento, nuevos vehículos…

¡¡Zafra!! –gritó el comisario para hacerse escuchar.

En unos segundos un policía tocó en la puerta y entró acelerado pero con cara de no haber roto un plato.

Cuelgue esto en el tablón de anuncios –dijo el comisario mientras le pasaba el fax- Cuando vuelva Joan le pide el cartel a color, que seguro que está en mi correo.

Zafra cogió el papel y lo miró con algo de asco pensando en que él no era un puñetero mensajero. En vez de decir eso simplemente asintió.

-¿Algo más? preguntó Zafra diligente.

Sí –respondió el comisario , recuerde que estará a cargo del destacamento que vigile la cabalgata.

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