Jornada 03. El regreso de los muertos vivientes (24)


Las pocas casas que tenían gente en su interior se sorprendieron al principio por ver a tanta gente “extraña” deambulando por sus calles y pensaron que eran los jóvenes de siempre buscando organizar jaleo. Pero con la lección aprendida de años anteriores simplemente los ignoraron y esperaron que se fueran con su música a otra parte. No era extraño esas bromas de mal gusto de vez en cuando, parecía que aterrorizar a la buena gente era un deporte que nunca dejaba de practicarse. Los más, simplemente dieron aviso a las autoridades competentes de que había malcriados paseando por las calles disfrazados de zombis y que deberían de multarles o algún vecino despistado podrían volarles las cabezas.

Los pobres zombis no encontraron puertas ni ventanas que poder atravesar dado que hacía tiempo que sus dueños las habían reforzado… por si acaso; y aunque ellos no lo sabían todavía, el dinero al final había sido bien gastado. Los no-muertos golpeaban las puertas o las ventanas con un cansino ritmo sin que nadie les prestara atención. Salvo algún vecino que cansado de los ruidos disparó un par de veces al aire mientras gritaba desde su jardín que se largaran a dormir la mona.

Las cosas en el centro recreativo fueron más movidas.

Los primeros zombis llegaron poco a poco, en pequeños grupos, y las primeras personas que se encontraron eran jóvenes que estaban comiendo hamburguesas en el exterior del McDonalds de la zona. Los jóvenes al ver aparecer a los zombis sonrieron y se dirigieron hacia ellos.

‑Tío, que disfraz tan currado –dijo uno de ellos mientras daba vueltas alrededor de uno de los zombis‑, aunque la sangre no parece real tío, tendría que ser más líquida y menos viscosa.

El zombi por toda respuesta le clavó los dientes en el cuello arrancándole una parte de la piel mientras dejaba al descubierto parte de la carótida rota que hacía salir la sangre del joven crítico a chorros.

Un amigo del primero, algo pasado de cervezas, dio un pequeño salto hacia atrás ante la sorpresa.

‑Tío… ese efecto sí que mola –dijo más tranquilo mientras veía la sangre salir del cuello de su amigo‑. Aunque no tendrías que meterte tanto en el papel.

Demasiado tarde se dio cuenta de que aquello no era una actuación sino algo real. Y cuando quiso dar el aviso su amigo se lo impidió, ya convertido en zombi, mientras intentaba arrancarle el corazón de su pecho.

El grupo de zombis fue creciendo y poco a poco la gente que estaba dentro de la hamburguesería se dio cuenta de que aquello era peligroso y de que estaban rodeados por todas partes. No habían salido. Y cuando quisieron poner barricadas en las puertas para impedir la entrada de los zombis se dieron cuenta de que estaban rodeados de cristal… como si estuvieran en una pecera. Algunos de los zombis que parecían tener más movilidad se abalanzaron directamente hacia los cristales atravesándolos sin problemas y creando el caos en el interior.

La comida estaba servida.

Jornada 03. El regreso de los muertos vivientes (23)


Los zombis, casi todos, se lo tomaban con calma. No parecían tener prisa por salir de la prisión o del aparcamiento que había en la entrada principal. Si hubiera sido un día normal la mayoría de los zombies habrían sido destrozados por los coches que pasaban a toda velocidad por la autovía que circulaba paralela al complejo penitenciario al salir del mismo, pero siendo víspera de Reyes la circulación era prácticamente inexistente, y los zombis, a medida que iban saliendo se iban apoderando de la carretera sin problemas.

Un conductor despistado al ver la gente en medio de la carretera y pensando que era una manifestación se paró para pitar a los zombis e indicarles que se apartaran para dejarle pasar.

Eh, que tengo prisa por llegar a casa –se quejó amargamente mientras seguía apretando el pito del coche . Apartaos de una vez.

Los zombis atraídos por el ruido comenzaron a rodear el coche ante la sorpresa del conductor que no entendía qué estaba pasando. Más bien creía que lo iban a linchar o que le iban a volcar el coche, demasiado tarde se dio cuenta de que eran zombis y cuando quiso reaccionar el coche no se movió al dejarlo calado con los nervios. Los zombis rompieron los cristales de los laterales y el frontal sin problemas mientras alargaban sus brazos para sacar al conductor del interior del coche que comenzó a gritar desesperado pidiendo una ayuda que nunca llegó a tiempo.

Otros conductores más despiertos y más afortunados al ver el resto de coches y escuchar los gritos, trataban de salir corriendo descubriendo que alguno de los zombis, muy pocos por suerte, de repente eran fenómenos de los 100 metros lisos de los que no podían escapar y que acababan alcanzando a su presa para desesperación de las personas que trataban de escapar.

Alguno se defendió hasta el último momento disparando a todo lo que se le acercara al coche y pidiendo ayuda a gritos, pero las casas más cercanas estaban demasiado lejos de la zona como para que nadie se percatara de lo que sucedía. A pesar de todo a alguien se le ocurrió cumplir con su deber ciudadano y llamar a emergencias para dar parte de la fuga en masa de zombis.

Joder, que no estoy bromeando –decía desesperado rezando para que la ayuda llegara a tiempo . La entrada de la prisión está repleta de zombis, ostias. Están tratando de entrar en mi coche. Dense prisa. Hay cientos de esos cabrones y están hambrientos.

Pero por desgracia para él, antes de que llegara la ayuda acabó hecho pedazos en las distintas gargantas de los no-muertos que le habían sacado del coche.

La mayoría de los zombis siguieron su camino por la carretera en dirección al centro recreativo y al complejo residencial que había siguiendo el camino.

Jornada 03. El regreso de los muertos vivientes (22)


Se pegó más al suelo mojado con lo que la cara se le llenó de barro mientras maldecía su suerte. Al menos con esa lluvia si tenía que correr sería más sencillo evadir a sus perseguidores. Cuando estaba a punto de ponerse en pie y salir corriendo observó cómo el helicóptero seguía adelante sin prestarle la más mínima atención, dirigiéndose hacia el portaaviones que se había puesto en movimiento con rumbo hacia el viento.

Las luces intermitentes del helicóptero se fueron alejando mientras en la cubierta de la aeronave un marinero comenzaba a hacer señales con unos enormes conos de luz indicando al helicóptero cómo debía acercarse. El marinero estaba sujeto por una cuerda y además otro compañero le ayudaba a no perder pie. El viento que se había levantado casi de repente azotaba la cubierta de aterrizaje e impedía a los operarios actuar con normalidad.

El helicóptero enfiló hacia la parte trasera del portaaviones tratando de ponerse a su altura ganando velocidad. Mara comprobaba cómo el helicóptero iba dando bandazos de izquierda a derecha y en más de una ocasión parecía que iba a estrellarse contra la cubierta pero el piloto parecía controlar bastante bien el aparato dado que a pesar del viento y de la lluvia consiguió posar finalmente el helicóptero en la cubierta mientras los operarios lo aseguraban rápidamente para que no saliera volando por culpa del viento o volcara.

Finalmente el helicóptero apagó los motores y las puertas se abrieron. Mara esperaba con impaciencia ver salir del mismo a Doc pero fuera quien fuera el que había salido del helicóptero no era él. Su decepción fue grande. Volvió su atención a las personas que a pesar del mal tiempo salían a cubierta ahora que la aeronave estaba asegurada. Parecían ser la plana mayor del portaaviones. Al parecer el visitante era alguien importante.

Y entonces le vio. Detrás de toda esa gente. Caminando con una ligera cojera cortesía de una bala en la rótula que le había metido en Alemania Occidental hacía unos años. Doc. Reconocería ese caminar en cualquier parte. Aunque apenas podía verle la cara a ninguno de los presentes sabía que era él. Ahí estaba. A bordo del barco. A su alcance. Pero demasiado lejos. Aunque tuviera un rifle lo suficientemente potente con aquel tiempo resultaría imposible cualquier intento por rellenar de plomo el cerebro del científico. Pero ahora que sabía que estaba cerca… sólo tenía que subir a bordo del portaaviones y servir a domicilio una ración de plomo. Lo que fuera por Doc.

¿Pero cuándo sería el mejor momento para asaltar esa enorme ciudad flotante? Desde luego no era cosa de entrar ahí disparando. Seguro que los marines de a bordo no se lo tomarían bien. También estaba descartado entrar por la puerta principal haciéndose pasar por otra persona… habría que entrar en secreto.

Pero eso sería en otro momento. Ahora tocaba relajarse. Resguardarse en la tienda. Calentarse y secarse y escuchar el ruido de la lluvia golpear el exterior de la tienda. Sabiendo que Doc estaba cerca. Muy cerca.

Jornada 03. El regreso de los muertos vivientes (21)


El día había amanecido nublado, como el estado de ánimo de Mara, y el aire traía olor de lluvia. Y seguía sin haber ni rastro del científico loco. Una vez más se preguntó si valía la pena todo aquel sacrificio. A lo mejor el buen doctor al enterarse que ella estaba en la isla, algo que no dudaba que había llegado a sus oídos, había recapacitado y abandonado su proyecto. A lo mejor por una vez tendría suerte.

Se acercaba la noche de Reyes, y decidió que ese día era tan bueno como otro cualquiera para poner un límite a su estupidez. Si para ese día no había habido noticias de Doc dejaría la vigilancia y la isla. Y se iría a climas más cálidos y menos húmedos.

Una gota cayó sobre su cuello y blasfemó durante unos minutos mientras se preparaba para la lluvia sin tener que abandonar su vigilancia. Era algo estúpido pero… ¿y sí casualmente Doc aparecía en cubierta para ver llover? A lo mejor la lluvia era un componente crítico para sus experimentos… o una dificultad. Lo que fuera daba igual. Debía estar atenta al portaaviones y no perderlo de vista.

Observó cómo la cubierta del portaaviones se llenaba de actividad mientras la tripulación se preparaba para la lluvia. Siempre resultaba peligrosa una tormenta en una aeronave y no era cuestión de dejar sueltos los aviones o los helicópteros… o su armamento. Comenzaron a asegurar los aviones que había en la cubierta y a bajar los helicópteros mientras comprobaban también que los cables de sujeción de la cubierta estuvieran sujetos correctamente y que las redes de seguridad estuvieran puestas y sin problemas.

Todo muy profesional. Y fue entonces cuando notó que había más actividad de la normal en la cubierta de aterrizaje. No sólo por la llegada de la lluvia. Parecían estar preparándose para algo. ¿Habría comenzado la operación de la que Gerald le había hablado? No, el movimiento no parecía ir encaminado hacia eso. Miró el horizonte a su alrededor y no detectó nada extraño. Claro que el horizonte estaba muy cercano por las nubes grises y la visibilidad era muy limitada.

Pero parecían estar esperando a algo. Los rayos comenzaron a caer sobre el mar y la lluvia empezó a caer de forma fuerte y continua de manera que cada vez era más difícil no perder visualmente el contacto con el portaaviones. Y para colmo comenzaba a levantarse un viento frío que la estaba dejando helada. A ese paso acabría cogiendo un buen constipado.

Entre el ruido de los truenos y el silbido del viento comenzó a llegarle otro ruido. El de un motor bastante potente. Pero sonaba por todas partes y no tenía manera de saber de dónde procedía realmente. Continuó agachada esperando acontecimientos cuando un helicóptero pasó por encima de su posición casi rozando las puntas de los árboles. Mara se alarmó pensando que la habrían descubierto y se preparó para huir.

Jornada 03. El regreso de los muertos vivientes (20)


Para Mara estaban siendo unas malas semanas. Algún gracioso había filtrado que estaba por la isla y ahora la policía y los militares estaban alerta y buscándola. De nada había servido cambiar de hoteles constantemente, los policías recorrían los hoteles con su foto en mano mostrándola continuamente. Así que ahora se encontraba acampada en el bosque disfrutando de las estrellas cuando era de noche y sin mucho que hacer, salvo estudiar el portaaviones en el cual, supuestamente, se encontraba Doc a bordo.

Y por ahora no había tenido mucho éxito. Los primeros días habían sido entretenidos. Ver los aviones aterrizar y despegar, los helicópteros en movimiento. El constante ir y venir del personal de a bordo por la pista… Pero se había acabado convirtiendo en algo tedioso y repetitivo. Y no había ni rastro de Doc. Era posible que se encontrara a bordo, pero por más que lo había buscado con los prismáticos no lo había divisado.

Y, además, el tiempo no acompañaba. No es que lloviera, o nevara, era la maldita humedad. Estaba acostumbrada al frío, pero lo de aquella isla… era diabólico. La humedad se colaba por todas partes. Por muy abrigada que estuviera siempre sentía frío. Por muchas mantas que se pusiera la humedad se dejaba sentir. Y en las montañas, cerca del mar era todavía peor.

Eso hacía que su estado de ánimo hubiera ido a peor. A lo largo de los años había ido a peor, tenía etapas malas, etapas buenas, y etapas… normales, si se podían denominar así. Pero las malas se habían ido volviendo más frecuentes. Y ahora, ahí estaba, en medio de la nada, espiando un portaaviones, tratando de encontrar una aguja en un pajar gigante y sin calefacción. Eran los días como ese en los que se preguntaba de qué servía todo aquel esfuerzo. Todo aquel sacrificio. Lo mejor sería quedarse dentro del saco de dormir y no sacar la cabeza. Que vinieran otros a resolver los problemas. ¿Para qué esforzarse si no serviría de nada? ¿Qué más daba que matara a Doc? No serviría para limpiar su nombre, no dejaría de estar buscada en todo el mundo, de hecho seguramente la cosa iría a peor. ¿Entonces por qué levantarse todas las mañanas? ¿Por qué estar hora tras hora estudiando el maldito portaaviones? Sabía que no tenía ninguna posibilidad de vencer. Moriría, eso era lo único que tenía claro, y no sería de vieja. Y no habría conseguido nada en su vida.

Suspiró una vez más. Una parte de su cabeza le decía que todo aquello tenía un sentido. Que debía seguir adelante. Pero la otra parte… que esos días tenía más fuerza, era más negativa, ¿para qué seguir luchando? ¿Contra qué? ¿Un conglomerado de empresas? ¿Niños ricos? ¿Empresarios poderosos que querían aún más? ¿Un científico loco que tenía todos los recursos que quisiera en sus manos y podía destruir ciudades impunemente?

Era demasiado para ella. Tal vez debería abandonarlo todo y perderse por algún lugar y dejarse caer muerta.

Jornada 03. El regreso de los muertos vivientes (19)


¿Cómo? –preguntó haciéndose el sorprendido Zafra . ¿La jodida cabalgata? Pero si es marrón del quince.

Cuide su vocabulario Zafra –le advirtió el comisario . Y no se haga el olvidadizo. A cambio de disfrutar todo agosto de vacaciones usted se encargaba de los preparativos de seguridad de Reyes.

Zafra se rascó la cabeza pensativo.

Pues no consigo recordar esa conversación, comisario –dijo Zafra intentado zafarse de tener que vigilar la cabalgata.

Zafra, por el amor de Dios, no me sea mezquino –respondió el comisario subiendo algo el tono de su voz . Y no me obligue a recurrir a otros métodos para hacer recordarle.

Finalmente Zafra suspiró. Sabía que el comisario Montejano le tenía cogido por los mismísimos y tampoco era cosa de cabrear al viejo, no demasiado.

Bien, bien, usted gana, organizaré el dispositivo de vigilancia –dijo como si estuviera haciéndole un favor al comisario . Pero como algún crío se me acerque o me tiren un caramelo y me dé en los ojos… no respondo de mí.

Bueno, bueno, no será para tanto –respondió el comisario moviendo la mano en señal de que eso no pasaría.

Y si no es indiscreción, ¿cómo es que este año no se ocupa usted del dispositivo? –preguntó con cierta mala idea en el tono de su voz Zafra.

Mi mujer me ofreció voluntario para llevar a mis nietos a la cabalgata –dijo Montejano encogiéndose de brazos . Y ya sabe que dónde hay mujer no manda marinero. Así que estaré en la cabalgata, pero con mis nietos. Así que espero la mejor protección posible este año o rodarán cabezas.

Zafra tragó saliva. Ahora sí que tenía un marrón encima. No sólo tenía que vigilar la cabalgata sino que tenía que salir todo perfecto, jodidos niños… con razón había seguido soltero y se había alejado de los críos todo lo posible. Sólo hacían que dormir, cagar, y comer. Un agujero de tiempo, dinero y vida. No, mejor seguir soltero y no complicarse las cosas.

¿Desea algo más? –preguntó Zafra esperando que la respuesta fuera negativa y no hubieran más sorpresas a la vuelta de la esquina.

El comisario se quedó pensativo durante unos segundos mientras parecía hacer memoria.

Ah sí, averígüeme cómo es que no había ninguna patrulla en el Parc de la Mar el otro día cuando apareció un grupo de zombis –le ordenó el comisario Montejano . La alcaldesa no está muy contenta de que los militares se estén poniendo medallas.

Zafra volvió a tragar saliva. Menos mal que el comisario estaba peleado con la tecnología dado que sino seguro que habría averiguado que le tocaba a él estar por la zona… y el caso es que lo estaba… pero en el bar tomándose una cervecita tranquilamente disfrutando de las turistas que paseaban por las calles.

El comisario Montejano siguió hablando.

Y no suspenda vacaciones a nadie para lo de la cabalgata –le advirtió el comisario- que nos conocemos y a usted le encanta joder a sus compañeros.

No sé de dónde ha sacado esa idea –se defendió Zafra.

Que nos conocemos Zafra, que nos conocemos. Y su fama es bien merecida.

Jornada 03. El regreso de los muertos vivientes (18)


El comisario Montejano miró una vez más el fax que les había llegado. Seguramente también habría llegado a su correo electrónico, pero antes se congelaría el infierno que él aprendería a usar el maldito lector de correo electrónico. Normalmente era su ayudante quien abría los correos y seleccionaba los más importantes para imprimirlos y dárselos al comisario, pero había tenido que darle vacaciones si quería contar con él para Reyes.

Maldita la hora en la que llegó aquel fax. Una alerta sobre una terrorista internacional que parecía encontrarse en la isla… ¿de vacaciones? Por el amor de Dios, ¿es que no se podía haber ido a otra parte a pasar las Navidades? No tenía ni tiempo ni efectivos para montar una puñetera caza del hombre, bueno, de la mujer, que en esos días había que ser políticamente correctos.

Que se ocupe la policía nacional y la guardia civil –dijo para sí mismo en el interior de su despacho mientras dejaba el fax tirado en la mesa.

Las Navidades eran uno de los peores momentos de aquel trabajo. Las denuncias se multiplicaban, al igual que los accidentes, y en vez de ser una época de paz y amor era una época de violencia doméstica y accidentes de tráfico, sin olvidar a los listillos de turno que aprovechaban esas fechas para entrar en casas ajenas y conseguir sus regalos de Navidad. Y todo eso con la mitad de la plantilla habitual. Porque todo el mundo quería estar con la familia y celebrar las fiestas en paz y no en un coche patrulla llevando a cabo controles de alcoholemia.

Y la plantilla de la policía no había aumentado precisamente con los años. El gobierno local no consideraba oportuno gastarse dinero en plazas que luego no serían ocupadas. Lo cual era cierto, hasta ese momento que se había revitalizado, o eso parecía, el turismo, y con ello había aumentado la delincuencia, los accidentes… esperaba convencer al concejal de turno que era necesario poner nuevas plazas para el año siguiente. Pero al menos, en lo que los políticos sí se gastaban dinero, era en el equipamiento de la policía.

Había recibido hacía nada unos nuevos walkies que ni siquiera se ponían llamar así; eran una cosa pequeña, nada aparatosa y que permitía moverse con libertad. Además de contar con chalecos antibalas, nuevo armamento, nuevos vehículos…

¡¡Zafra!! –gritó el comisario para hacerse escuchar.

En unos segundos un policía tocó en la puerta y entró acelerado pero con cara de no haber roto un plato.

Cuelgue esto en el tablón de anuncios –dijo el comisario mientras le pasaba el fax- Cuando vuelva Joan le pide el cartel a color, que seguro que está en mi correo.

Zafra cogió el papel y lo miró con algo de asco pensando en que él no era un puñetero mensajero. En vez de decir eso simplemente asintió.

-¿Algo más? preguntó Zafra diligente.

Sí –respondió el comisario , recuerde que estará a cargo del destacamento que vigile la cabalgata.

Jornada 03. El regreso de los muertos vivientes (17)


Doc no sabía si sonreír o gritar… La escena mostraba a una pareja con sus hijos poco después de un ataque zombi… pero no había duda, la mujer era Mara Grumpy, ¡y una vez más le había localizado! Maldita mujer y maldito el día que se le ocurrió jugar con ella subestimándola. Pero de todas maneras… ¿Qué podía hacer ella esta vez? No tenía ningún ejército bajo su mando, no tenía ayuda alguna… no se podía considerar a ese imbécil de Gerald como ayuda, más bien un estorbo. No podían hacer nada para impedir sus planes. Tal vez sería mejor así. No saldrían vivos de esa ciudad.

Pero aún así… había que ser precavido. Se acabaron los viajes; de todas maneras el plan en la prisión ya estaba en marcha, y la base militar estaba acabada y a pleno rendimiento. Su presencia no era necesaria. Lástima no poder enviar a nadie para acabar con ella. Pero no era cuestión de llamar la atención antes de tiempo. Los zombis harían el trabajo. Y si no… bueno, habría tiempo para lidiar con ella cuando la ciudad estuviera en poder zombi y las llamas invadieran todo.

Volvió a mirar la pantalla fijamente. ¿Quiénes serían esos críos que estaban con la pareja? Siempre había odiado a los niños, pequeños, sucios, estúpidos, indisciplinados, inútiles… Sólo de pensar que alguna vez había sido niño le producía arcadas. Daba igual, seguro que también morirían junto a Gerald y Mara. Quién sabe, tal vez incluso acabarían vagando por las calles como no-muertos y si se daba ese caso habría que acabar con su miseria, pensó sonriendo.

Miró el calendario que colgaba en una pared, un recuerdo de un tiempo menos digital, todavía quedaban unas semanas para lanzar el proyecto oficialmente. Semanas que se harían largas ahora que sabía que sus enemigos estaban en la ciudad. Había pasado por su cabeza adelantar los planes pero sería complicado, todo estaba planeado al más mínimo detalle, y cambiar ahora podría afectar a los resultados. Respiró hondo, esperaría, cultivaría su paciencia pensando en lo que Mara sufriría cuando sus planes se pusieran en marcha. Ver morir a toda esa gente de nuevo, y no poder hacer nada… quién sabe, a lo mejor volvía a perder la memoria.

Lo que sí llevaría a cabo, para hacer más emocionante el juego, sería pasar la foto de la exmilitar a los soldados y a las autoridades locales. Eso no afectaría realmente a la seguridad de la ciudad o la isla, pero sí que haría que Mara tuviera que esconderse y andar con más cuidado. Y haría que no tuviera tiempo para tratar de cazarle. No sería un problema, sino un entretenimiento y, lo mejor de todo, es que no podría escapar. ¿Cómo podría abandonar una isla rodeada de agua? ¿A nado? No pudo evitar reírse en voz alta ante su ocurrencia. Por fin estaba a punto de acabar el juego que había comenzado hacía tanto tiempo.

Jornada 03. El regreso de los muertos vivientes (16)


Sí respondió uno de los sobrinos aunque parece que te has oxidado. Se notaba que ese grupo eran zombis. Si tenían comida media cara por los peces. Has tardado demasiado, y además… ¿Un disparo de aviso primero…?

Mara se mordió la lengua mientras trataba de calmarse buscando algo en su mente que redujera su enfado.

Aunque cuando te has puesto a disparar en serio lo has hecho muy bien –dijo otro de los sobrinos mientras todos asentían con la cabeza , así que supongo que no estás tan mal.

Los soldados iban bajando los cadáveres zombis por las escaleras y Mara les seguía con la mirada tratando de prestar la menor atención posible a los sobrinos de Gerald. Si seguían hablando…

Bueno chicos –dijo Gerald interviniendo finalmente- mejor que vayamos poniendo en marcha que seguro que Mara tiene cosas que hacer.

Los sobrinos no parecían muy contentos con su tío y se lo hicieron saber mediante lamentos y peticiones de ‘un minuto más’. pero Gerald se mostró severo… sabiendo que su vida podía correr peligro.

Mientras los sobrinos recogían sus mochilas y guardaban varios juguetes Mara volvió a mirar fijamente a Gerald.

¿Cuánto tiempo más estarás por aquí? –preguntó Mara resistiendo la tentación de estrangularle ahí mismo.

Unas dos semanas –respondió Gerald dudando . Mínimo hasta Reyes, y tal vez un par de días más para que disfruten de sus regalos. Luego supongo que se los devolveré a sus padres.

Conoces los antecedentes de Doc –señaló Mara . No sé si es seguro tener a tus sobrinos por aquí.

Gerald suspiró. Sabía que Mara tenía razón. Por lo que había podido averiguar de Doc su foto debería ilustrar la definición de psicópata, y la de científico loco, pero a pesar de que estaban en plena era tecnológica, la información a veces había que ir a buscarla.

Sea lo que sea lo que tenga planeado Doc –dijo finalmente Gerald poniéndose serio , tengo preparados planes de contingencia. No pasa nada en esta isla de lo que yo no esté enterado. A la menor señal de problemas mis sobrinos estarán en el aire a bordo de mi jet sanos y salvos.

Confías mucho en poder llegar hasta el aeropuerto –señaló Mara mirando al cielo.

Si no es posible entonces hay un yate atracado prácticamente enfrente del hotel –dijo sonriendo Gerald , con un helicóptero por si acaso a bordo. Y si todo falla…

Siempre te queda el submarino –dijo Mara asintiendo . Parece que tienes muchos planes de fuga previstos. Claro, que ya sabes lo que pasa con los planes.

¿Qué siempre salen bien? –preguntó Gerald con tono irónico . Sea lo que sea lo que Doc prepara mis sobrinos estarán lejos cuando lo lleve a cabo.

Jornada 03. El regreso de los muertos vivientes (15)


Los sobrinos de Gerald que habían estado observando la escena al ver al teniente irse llegaron corriendo a la altura de la pareja justo en el momento en el que Gerald recuperaba la voz.

¿Cariñito? ¿Que no soy agraciado? –Gerald estaba indignado.

Mara observó que los sobrinos se habían acercado a ellos y la estudiaban con detenimiento. Cosa que estaba comenzando a resultarle incómoda.

¿Sucede algo con mi cara? preguntó Mara finalmente.

Ante la pregunta los sobrinos retrocedieron un paso como si estuvieran asustados a pesar de que sus ojos no dejaban de estudiarla. Se giraron para mirar con cierta sorpresa a su tío.

¿Es ella tío G? –preguntó uno de ellos.

Gerald parecía incómodo ante la pregunta y guardó silencio. Mara no tenía claro lo que estaba pasando pero había algo que no le gustaba… Se acercó a los sobrinos.

¿Quién se supone que tengo que ser? –preguntó con cierto tono de amabilidad en su voz.

La asesina –respondió otro de los sobrinos entre emocionado y algo tímido.

La cazadora de zombies –añadió otro de los sobrinos . La que salvará el mundo como dice la leyenda.

Mara miró con cierto disgusto a Gerald sin acabar de entender a qué se estaban refiriendo. Pero fuera lo que fuera, que la llamaran tan alegremente asesina no era algo que le gustara.

Tío Gerald nos contó que en cada generación nace una mujer con habilidades superiores –continuó uno de los sobrinos , que debe ser entrenada para así poder combatir el mal que invade el mundo a pesar de ser perseguida y odiada. Y que para conseguir triunfar sobre el mal necesita de la guía de un vigilante. Alguien que la entrena y le guía en los momentos más difíciles.

El enfado de Mara era visible. ¿Pero en qué estaba pensando Gerald contando semejantes tonterías a sus sobrinos? ¿Quién se pensaba que… era?

Un segundo –dijo en voz alta Mara . Vuestro tío se supone que es… mi vigilante, la persona que me ha entrenado y preparado para… ser la asesina.

Los sobrinos asintieron moviendo la cabeza rápidamente.

Tío Gerald nos contó que te encontró vagando sin memoria –respondió un sobrino y que reconoció enseguida tu potencial. Te entrenó en todas las artes para combatir a los zombis y te dio un propósito en la vida. Incluso con el tiempo consiguió que recuperaras la memoria.

Mara miraba indignada a Gerald que se limitaba a sonreír tímidamente como diciendo que lo que estaban contando los niños eran… invenciones.

Así que le debo todo a vuestro tío –dijo Mara sin saber si dispararle o ahorrar la bala y tirarle muralla abajo al lago a ver si todavía quedaba algún zombi.