Jornada 03. El regreso de los muertos vivientes (4)


Mara negó con la cabeza claramente molesta.

-Ese sitio es una enorme ratonera de piedra –dijo señalando la catedral-. No seas imprudente.

Xavier negó con la cabeza.

-Es suelo sagrado, territorio neutral y protegido –señaló Xavier-. Y dudo que el propio obispo quiera romper esa tradición.

Mara miró otra vez el enorme edificio y se encogió de brazos.

-Es tu vida Xavier –dijo finalmente Mara-. Mientras no pongas en peligro las de los demás… tú verás lo que quieres hacer con ella.

Xavier asintió y sonrió.

-Aprovecha para dar una vuelta por la zona. Seguro que encuentras algo que te guste. Cuando acabe me pondré en contacto contigo.

Mara asintió y siguió con la mirada a Xavier mientras éste entraba en la catedral acompañado de un numeroso grupo de turistas… y un par de personas que se encargarían de vigilar al sacerdote discretamente. Si el cura se creía seguro en suelo sagrado mejor no quitarle la ilusión y ayudar a Dios con esa tarea de protección.

Xavier respiró hondo. No era precisamente tonto. Y entendía que Mara no comprendiera cómo podía poner tanta confianza en otra persona. Pero así era su religión, la fe era algo que no podía explicarse, existían dentro de la Iglesia los llamados dogmas de fe; cosas que sólo se podían creer, y no demostrar. Y aunque él buscaba explicaciones científicas, o más bien acercar religión y ciencia, no negaba que había cosas que por el motivo que fuera no se podían explicar. Y por eso había puesto su vida en manos del obispo de Mallorca. Porque creía que no sería capaz de hacerle nada dentro de tierra santa… otra cosa sería cuando pusiera un pie fuera de la catedral; pero no era cuestión de preocuparse por eso.

Se separó del grupo de turistas y caminó lentamente hasta el altar central de la Catedral. A lo largo de su camino pudo observar los lienzos, las estatuas y los adornos que había a lo largo de la misma. Toda la catedral se había engalanado en vísperas de la celebración del nacimiento del salvador. Y brillaba casi con luz propia.

Se acercó al altar y no pudo evitar sorprenderse al ver el baldaquino. Una enorme construcción que, normalmente, servía de techo del altar y se encontraba sujeto por varias columnas que rodeaban dicho altar. Pero éste… éste parecía flotar en el aire como por arte de magia. No había columnas que lo sostuvieran.

-Fue uno de los locos, o geniales diseños de Gaudí –dijo una voz desde detrás de él-. Es un milagro que se aguante en el aire. Supongo que el mejor sitio para un objeto así y un comportamiento así es éste.

Xavier se giró para identificar la voz que le estaba hablando. A su lado se había situado el obispo, vestido de calle como él, y simplemente identificado como miembro del clero por el collar blanco. Y sonreía.