Jornada 03. El regreso de los muertos vivientes (20)


Para Mara estaban siendo unas malas semanas. Algún gracioso había filtrado que estaba por la isla y ahora la policía y los militares estaban alerta y buscándola. De nada había servido cambiar de hoteles constantemente, los policías recorrían los hoteles con su foto en mano mostrándola continuamente. Así que ahora se encontraba acampada en el bosque disfrutando de las estrellas cuando era de noche y sin mucho que hacer, salvo estudiar el portaaviones en el cual, supuestamente, se encontraba Doc a bordo.

Y por ahora no había tenido mucho éxito. Los primeros días habían sido entretenidos. Ver los aviones aterrizar y despegar, los helicópteros en movimiento. El constante ir y venir del personal de a bordo por la pista… Pero se había acabado convirtiendo en algo tedioso y repetitivo. Y no había ni rastro de Doc. Era posible que se encontrara a bordo, pero por más que lo había buscado con los prismáticos no lo había divisado.

Y, además, el tiempo no acompañaba. No es que lloviera, o nevara, era la maldita humedad. Estaba acostumbrada al frío, pero lo de aquella isla… era diabólico. La humedad se colaba por todas partes. Por muy abrigada que estuviera siempre sentía frío. Por muchas mantas que se pusiera la humedad se dejaba sentir. Y en las montañas, cerca del mar era todavía peor.

Eso hacía que su estado de ánimo hubiera ido a peor. A lo largo de los años había ido a peor, tenía etapas malas, etapas buenas, y etapas… normales, si se podían denominar así. Pero las malas se habían ido volviendo más frecuentes. Y ahora, ahí estaba, en medio de la nada, espiando un portaaviones, tratando de encontrar una aguja en un pajar gigante y sin calefacción. Eran los días como ese en los que se preguntaba de qué servía todo aquel esfuerzo. Todo aquel sacrificio. Lo mejor sería quedarse dentro del saco de dormir y no sacar la cabeza. Que vinieran otros a resolver los problemas. ¿Para qué esforzarse si no serviría de nada? ¿Qué más daba que matara a Doc? No serviría para limpiar su nombre, no dejaría de estar buscada en todo el mundo, de hecho seguramente la cosa iría a peor. ¿Entonces por qué levantarse todas las mañanas? ¿Por qué estar hora tras hora estudiando el maldito portaaviones? Sabía que no tenía ninguna posibilidad de vencer. Moriría, eso era lo único que tenía claro, y no sería de vieja. Y no habría conseguido nada en su vida.

Suspiró una vez más. Una parte de su cabeza le decía que todo aquello tenía un sentido. Que debía seguir adelante. Pero la otra parte… que esos días tenía más fuerza, era más negativa, ¿para qué seguir luchando? ¿Contra qué? ¿Un conglomerado de empresas? ¿Niños ricos? ¿Empresarios poderosos que querían aún más? ¿Un científico loco que tenía todos los recursos que quisiera en sus manos y podía destruir ciudades impunemente?

Era demasiado para ella. Tal vez debería abandonarlo todo y perderse por algún lugar y dejarse caer muerta.

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