Jornada 7. Ella. “El fin de los días Parte III” (VI) Por JD


La capitana Grumpy se mordió la lengua dado que no tenía claro si había sido un chiste o el comentario había ido en serio. Recordó las órdenes del general Smith, nada de disparar a los civiles indiscriminadamente y menos si llevaban traje.
-Tanta amabilidad me apabulla -respondió finalmente.

-Si me sigue le llevaré hasta el alcalde -continuó el joven-, está deseando hablar con usted e intercambiar estrategias.

-Estrategias -repitió la militar con tono neutro mirando con preocupación a su teniente.

-Sí -dijo el joven mientras avanzaba y les indicaba que le siguieran-, el alcalde quiere comentarle el mejor modo de usar sus tropas y dónde estacionarlas, así como su plan de actuación.

-Plan de actuación -volvió a repetir la capitana mirando al teniente como preguntando que qué demonios hacían allí. El teniente siguió en silencio y no hizo ningún gesto delatador.

En el segundo piso dos armarios de traje negro y armados con subfusiles miraron a los militares que acababan de llegar como si no tuvieran que estar ahí y fueran una molestia. Los militares simplemente les ignoraron como si no estuvieran ahí. Finalmente una mujer de mediana edad abrió una puerta situada detrás de los guardaespaldas y se acercó a los militares.
-El alcalde les recibirá ahora.

La capitana Grumpy se giró hacia su teniente y en voz baja le hizo un comentario para que sólo él lo pudiera escuchar.
-Menuda suerte hemos tenido.

El alcalde resultó ser una mujer menuda, de cierta edad, a la que las arrugas le habían invadido la cara casi completamente. Llevaba su pelo rubio corto hasta los hombros y vestía con un traje entre femenino antiguo y formal. Estaba sentada detrás de una gran mesa, y a sus lados tenía otro par de guardaespaldas que estudiaron con detenimiento a las personas que acababan de atravesar la puerta.

La mujer indicó a la capitana Grumpy que se acercara y se sentara, cosa que la militar rechazó, prefería seguir de pie.
-Supongo que estará extrañada de que todo el mundo se refiera a mí como alcalde y no como alcaldesa. La verdad es que todas esas tonterías de hacer femeninos los títulos lo encuentro estúpido y una pérdida de tiempo. El título no me da el poder, pero bueno, supongo que usted lo sabrá comandante.

-Capitana -le corrigió Grumpy.

-Disculpe -se excusó la mujer-, no soy buena con esto de las graduaciones militares, y fíjese, el claro ejemplo de lo que decía, ¿qué más da que sea capitán o capitana? Seguirá teniendo el rango, y seguro que las… ¿marcas? Esas que lleva en su uniforme no entienden de sexo.

-Nunca me lo he planteado señora -le aclaró la militar.

El alcalde hizo un gesto con la mano.
-Supongo que no les enseñan a pensar en esas cosas -dijo para dar por cerrado ese tema, “bueno, vamos a hablar de lo que la ha traído aquí-. Señaló a un hombre que estaba de espaldas mirando a través de una ventana, que parecía ajeno a lo que estaba ocurriendo en aquella habitación-. Es el doctor Rodríguez, de la OMS, la organización mundial de la salud.

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