Jornada 8. El fin de los días IV (XXVII). Ello


El padre Xavier observaba desde la ventana los zombies que parecían pasear por las calles como si fueran unos monstruos sino unos peatones confundidos. Iban caminando lentamente, sin rumbo fijo. Y sin mirar de un lado para otro salvo cuando se producía algún ruido, entonces giraban su cabeza rápidamente esperando encontrar a un ser vivo del que obtener ¿comida?

Antes de salir del país, el sacerdote había pasado buscando refugio por casa de un antiguo amigo, o lo más parecido a un amigo que tenía en el país. Le había advertido mínimamente sobre el peligro que se avecinaba y le había aconsejado que cogiera a su hermana y a la familia de ésta y se refugiaran en una cabaña que tenían en las montañas cerca de un lago, con suficiente comida para aguantar durante un tiempo muy largo. Después de eso y de conseguir no ser detenido, se había dedicado a ir de un lado para otro sin rumbo fijo limpiando la faz de la tierra de esas criaturas infernales.

Y ahora se encontraba en esa ciudad. Había llegado hacía una semana y se había dedicado a buscar provisiones, munición y un refugio desde el que poder observar a esas criaturas del averno, y descansar cuando no estaba haciendo la obra de Dios. Aunque viendo el número de estos se preguntaba si realmente estaba haciendo la obra de Dios o si más bien la plaga que se había desatado sobre el mundo era un castigo divino.

Había días en los que su fe se debilitaba. Pero entonces recordaba el amor de Dios por los seres humanos hasta el punto de mandar a su hijo para salvarles… y sabía en ese momento que Dios no había mandado a estas criaturas. El suyo no era un Dios vengativo, sino bondadoso.

Además, si quería eliminar a los seres humanos no necesitaba hacerlo de una manera tan cruel.

Aunque lo cierto era que estaba cansado. Matar a aquellas criaturas era una labor tediosa y peligrosa. Parecían no acabarse nunca. Y, aunque confiaba en su Señor, lo cierto era que existía la posibilidad de acabar como ellos. Y eso le aterraba. Sabía que al convertirse por su mano moriría gente si los encontraba. Y eso era algo que no estaba dispuesto a permitir. Metió la mano en un bolsillo y acarició la bala que llevaba en ella. Su destino si las cosas no salían bien.

Subió a la azotea y pasó entre varios edificios antes de encontrar un sitio que parecía tranquilo y por el que podría bajar a la calle sin problemas. Una vez en la misma salió a la calle principal, los zombies no tardaron en detectar su presencia. Y el padre Xavier reanudó la tarea para la que Dios parecía haberle elegido. Darle el descanso eterno a esos pobres cuerpos que habían sido desecrados.

Jornada 8. El fin de los días IV (XXVI). Ello


En la actualidad

Mara llevaba un par de días estudiando la ciudad desde la lejanía.

Estaba tumbada mirando a través de los prismáticos y estudiaba lo que tenía delante con fascinación. Mientras habían estado con el grupo siempre habían evitado las ciudades. Cuando había preguntado sobre el tema, le habían explicado que las ciudades eran como los pueblos pero más grande. Y por tanto tenían más zombies.

Pero se habían quedado cortos. Nunca había visto nada igual. Los edificios eran inmensos, algunos parecían tocar el cielo, además la arquitectura de la misma era completamente diferente a la de los pueblos. Mientras que en los pueblos existía cierta armonía en los edificios y mantenían cierto parecido unos con otros, la ciudad tenía una mezcla de estilos tremenda e ilógica. Largos edificios rodeados por edificios más pequeños de distintos tamaños y colores. Zonas que parecían abandonadas y un poco más lejos casas que contaban con lo que antes había sido un jardín…

Y no se cansaba de mirar. Era la primera ciudad que veía… que recordara claro. Y nunca había estado en ninguna. Lo que era natural viendo lo que le esperaba en la misma. A través de los prismáticos podía observar a los zombies. Deambulaban por las calles de un lado para el otro.

Simplemente… caminando de un lado para otro. Sin rumbo, sin objetivo, a veces se quedaban quietos y no se movían en horas, con la mirada perdida en algún punto. Otras chocaban unos con otros durante varios minutos hasta que uno o ambos cambiaban de rumbo por el golpe. Era patético. ¿Cómo era posible que un ser tan… estúpido fuera a la vez tan peligroso? No parecían tener ni rastro de inteligencia. Había varios zombies dentro del jardín de una casa de la que no podían salir porque no sabían abrir la puerta de rejas. En los alrededores de los edificios más altos había zombies que se arrastraban, con las piernas visiblemente destrozadas, seguramente por haberse tirado desde alguno de los pisos sin pensar en las consecuencias.

No había ni rastro de vida humana. No había rastro de ningún tipo de vida. No veía animales, ni aves, nada. Las calles que podía ver estaban intransitables. Había vehículos volcados, quemados, cruzados… o todo a la vez. Pero aún así… sabía que acabaría bajando a visitar la ciudad. Quería verla más de cerca. Pero tenía que ser cuidadosa. No llamar la atención. Y todavía no sabía cómo. Pero algo se le ocurriría. Se levantó y comenzó a caminar rodeando la ciudad desde la distancia. Era obvio que desde ese punto no se podía acceder a la ciudad. Debía buscar una entrada mejor.

Había una pregunta que le corroía, ¿debía haber supervivientes en aquella inmensa masa de edificios que llamaban ciudad o los únicos seres que la poblaban serían los zombies?

Debía averiguarlo.

Jornada 8. El fin de los días IV (XXV). Ello


Al cabo de un cierto tiempo les llegó la comida. El padre Xavier bendijo la mesa y comenzó a comer en silencio. Sus compañeros parecían al principio reluctantes pero a medida que circuló el vino y la comida entraba en el estómago comenzaron a relajarse y hablar entre ellos de la vida en general. El padre Xavier apenas intervenía en la conversación para no enfriar el ambiente.

Mientras comía en silencio pensó en la mirada que habían intercambiado sus acompañantes cuando había hecho el comentario de la comida del condenado. Había visto antes esa mirada. Y no sólo en África. Era la mirada de aquellos que ocultaban algo y a los que les habían descubierto. La habían ocultado rápidamente, les tenía que conceder su pronta reacción, verdaderos profesionales. Pero aún así… ¿podría ser que el camarlengo hubiera ordenado su muerte? Le resultaba difícil imaginar algo así. Sí, el camarlengo era un hombre ambicioso, pero ordenar que le mataran… parecía demasiado exagerado. Claro que ver a un Papa resucitado como zombie no era precisamente algo que pasara todos los días.

No podía imaginar que estos hombres que habían dedicado su vida a proteger al Santo Padre y al Vaticano hubieran aceptado quitarle la vida a un sacerdote… Claro que lo cierto era que los fanáticos eran los más fáciles de convencer a la hora de cometer los más atroces crímenes. Y desgraciadamente también había conocido demasiados a lo largo de su vida. Era algo enfermizo ver cómo excusaban su comportamiento de una manera casi irreal. Sus ojos irradiando una fe en sus ideas… que en cierta medida entendía. Él no se consideraba un radical, ni un fanático, le gustaba tener discusiones con la gente sobre Dios y su religión, pero admitía sin problemas que la Iglesia había cometido su ración de crímenes sin justificación real.

Y tal vez ése era el problema. Que admitía pertenecer a una organización que no era perfecta. Y eso no gustaba a todos los miembros. Tendría que recordar en sus oraciones al misterioso benefactor que le había avisado por teléfono y seguramente le había salvado la vida.

La comida dio paso al café, y ése fue el momento que aprovechó para poner sus planes en marcha. Los dos hombres se encontraban fumando, aunque seguían manteniendo ese aire de profesionalidad que irradiaba que si algo fuera a pasar estaban preparados para saltar a la acción.

El padre Xavier se levantó de la mesa y se excusó para ir de nuevo al baño. Su escolta hizo acto de ponerse en píe para acompañarle.

-Por favor, no hace falta –se excusó el sacerdote-. Conozco el camino, además, no creo que nadie ahí dentro quiera hacerme nada, soy un simple cura, le aseguro que si tuviera enemigos estarían todos en África. Por favor, no quiero ser una molestia.

El escolta se quedó a medio levantar y finalmente se volvió a sentar pareciendo darse por satisfecho.

El sacerdote entró en el local y se dirigió rápidamente a la cocina. Durante su anterior visita había visto su objetivo. Una puerta que daba al callejón del restaurante. Afortunadamente para él estaba lo suficientemente oculta al público para que el escolta la hubiera podido ver. Además, él se había encargado de moverse de manera que no estuviera a la vista de su acompañante la puerta.

No se paró a decir nada a los cocineros y pinches que estaban demasiado ocupados cocinando. Y que parecían no prestarle mucha atención dado que ya había estado antes.

Abrió la puerta y salió al callejón. En unos minutos estaba rodeado de gente y lejos del restaurante. Y cada minuto le alejaba más de sus escoltas que no podían imaginarse que su presa se hubiera escapado.

Jornada 8. El fin de los días IV (XXIV). Ello


El padre Xavier permaneció en silencio el resto del trayecto. Escaparse de sus “captores” iba a ser un problema. Pero seguro que estarían con la guardia baja. No esperaban que él supiera que debía escapar. Además les había dejado elegir el lugar para comer, lo cual implicaría, o eso esperaba, que estuvieran más relajados todavía. Siempre era más complicado escapar de un lugar desconocido y más si era público.

Al cabo de un tiempo indeterminado llegaron al restaurante; el sacerdote no llevaba reloj dado que en África el tiempo no era precisamente importante y además podría causarle algún desencuentro con los locales, aunque fuera un reloj barato. El restaurante era un pequeño local rodeado de casas antiguas y que tenía un pequeño patio cerrado por una elevada pared de piedra. Bastante pintoresco, pero algo habitual en Roma.

Primero salió el escolta que miró a ambos lados de la calle pareciendo buscar alguna desconocida amenaza para él o para su pasajero; deformación profesional, pensó el padre Xavier mientras salía del coche. Finalmente salió el conductor que también pareció comprobar su alrededor antes de cerrar el coche y conectar la alarma. Los tres entraron en el patio del restaurante donde les recibió un alegre maître.

-Buenos días señores, padre –dijo saludando especialmente al sacerdote- ¿mesa para tres?

El escolta asintió mirando a su alrededor pareciendo buscar la mesa ideal. Señaló una que estaba en una de las esquinas del patio desde la que se veía tanto el acceso a la calle como al interior del restaurante.

El maître asintió con la cabeza y volvió a estudiar al sacerdote no dando crédito a que alguien como él fuera acompañado de una escolta de dos hombres. Les acompañó a la mesa y la preparó quitando uno de los cubiertos. Cada uno de los hombres se sentó a un lado del sacerdote que quedó en medio de ambos.

Enseguida les trajeron la carta. Después de estudiarla unos minutos el padre Xavier eligió unos tradicionales espaguetis a la boloñesa. No le importaba comer antes de escapar. Eso haría que sus guardaespaldas estuvieran más relajados y le daría a él fuerzas por si no volvía a comer en un largo periodo de tiempo.

Se excusó para ir al baño a lavarse las manos y hacer otras cosas. Uno de sus escoltas se levantó para acompañarle. El sacerdote no dijo nada. Todavía no tenía planeado escaparse. Aprovechó el camino para ir al baño para estudiar el local. Al volver del baño se excusó unos minutos con la excusa de querer ver cómo hacían la pasta. De vez en cuando le hacía alguna pregunta al maître que servicialmente había acudido para ver si necesitaban algo. La verdad es que al padre Xavier no le costó nada mostrarse interesado por el proceso por el que cocinaban la pasta. La cantidad que hacían y cómo la elaboraban. Era un proceso complejo pero fascinante.

Acabadas las explicaciones y dándose por satisfecho volvió a la mesa bajo la atenta mirada de su escolta que no parecía perderle de vista. Aprovechó la espera hasta que llegara la comida para comentar todo lo que había visto con sus dos comensales que no parecían querer socializar demasiado con él. Daba igual, lo importante era conseguir que creyeran que no sabía nada y que no era un peligro.

Jornada 8. El fin de los días IV (XXIII). Ello


El padre Xavier veía avanzar lentamente el coche por las congestionadas carreteras mientras por su cabeza pasaban ideas sobre lo que el camarlengo le tenía preparado y cómo escapar de ese destino.

Seguramente le tenía preparada una cómoda celda en alguna cárcel, o tal vez alguna cabaña apartada en las montañas en la que siempre estaría vigilado. O encerrado en algún monasterio. Prisionero y alejado de los planes del camarlengo.

No dudaba de lo que le habían dicho por teléfono. El camarlengo siempre había sido una persona ávida de poder, y como secretario personal del Papa estaba a un paso del poder absoluto… o puede que incluso más cerca, dado que se rumoreaba que era el titiritero detrás de la mayoría de decisiones del fallecido Santo Padre. Pero sacrificar a muchos para salvar a unos pocos… era pecaminoso completamente. Entendía sin problemas el plan. Al deberle la vida la gente haría lo que le pidiera. Y la Iglesia… bueno… tendría voz y voto en todo lo que se decidiera.

¿Debería aprovechar para saltar del coche en uno de esos parones que provocaba el tráfico? Sonrió. No tenía muchos problemas en cambiar de tema de pensamiento en un instante. Eso le había servido para salvar la vida en África varias veces. Negó mentalmente. Seguramente sus guardianes le atraparían enseguida, sabían moverse entre las multitudes y estaban especializados en no perder de vista a sus sospechosos. Debía ser más sutil.

Realmente lo que tenía preparado el camarlengo, si hacía lo que Xavier estaba pensando, era terrorífico. No sólo estaba sacrificando a los más débiles, yendo contra las Santas Escrituras, estaba vendiendo su alma al Diablo. Y no parecía importarle. ¿Pero qué podía hacer él? ¿Ir a la prensa? ¿Hablar con los periodistas y desvelar sus diabólicos planes? Seguramente le tacharían de loco, además, su pasado no era ciertamente el mejor para poder refutar sus palabras, y la Iglesia tenía el poder para desacreditarle sin problemas. Pero tenía que hacer algo.

Tal vez podía aprovecharse de la situación y de uno de los pecados capitales. Su mente estaba tejiendo un plan de escapada.

-Disculpen, ¿sería posible parar a comer? –preguntó inocentemente el padre Xavier-. No he comido desde hace… bueno… antes del viaje. Además, no puedo decir justamente que esté deseando volver a África. Sería un pecado estar en Roma y no aprovechar para comer alguno de sus deliciosos platos.

-No sé padre, tenemos nuestras órdenes –respondió el escolta que se encontraba a su lado-. No sé si al camarlengo le parecería bien.

-Piensen que es algo así como la última comida del condenado –dijo sonriendo, aunque su sonrisa se congeló al ver la rápida mirada que intercambiaron conductor y escolta. Fue breve, pero peligrosamente significativa; aquellos cenutrios parecían no tener la habilidad de mostrar cara de poker-. Piensen que en el continente negro no hay restaurantes italianos, a saber cuándo será la última vez que podré comer un plato de verdadera pasta italiana. Seguro que el camarlengo estaría de acuerdo. Sería piedad cristiana.
>>Miren, hace tiempo que no estoy por la ciudad –continuó hablando al tiempo que pensaba que era lamentable tener que pedir permiso de aquella manera para comer-, así que podemos ir a dónde ustedes elijan. Pero que sea un sitio que sirvan buena pasta italiana. Sólo les pido eso.

El conductor y el escolta intercambiaron miradas como si estuvieran hablando en silencio. Finalmente ambos parecieron llegar a un consenso dado que el conductor le respondió.

-Conozco un lugar cerca de aquí, hacen una pasta diaria que está muy buena pero es algo caro.

-Que le pasen la cuenta al camarlengo –dijo sonriendo falsamente el sacerdote-, seguro que no le importa alimentar al hambriento. Al fin y al cabo ésa es la política de la Iglesia.

Jornada 8. El fin de los días IV (XXII). Ello


El padre Xavier siguió con la mirada el coche que se acercaba hasta parar frente a ellos. Su escolta le indicó que subiera atrás con él.

El coche se puso en marcha saliendo de la ciudad del Vaticano y comenzando a recorrer las congestionadas calles de Roma. Nadie parecía tener ganas de hablar dentro del coche y el sacerdote se conformó con mirar cómo paseaba la gente por la calle mientras seguía repasando lo que había ido pasando.

Nadie en el exterior parecía ser consciente de lo que implicaba la vuelta a la no-vida del Papa. Todos paseaban siguiendo con sus vidas diarias. Sí, seguramente tendrían curiosidad por lo que ellos considerarían un milagro, pero que podía bien ser el comienzo del Apocalipsis.

Aunque tal vez ese Apocalipsis arreglara los problemas de tráfico de Roma. El coche permanecía más tiempo parado que en marcha y parecía que iban a pasarse medio día en el mismo antes de llegar al aeropuerto. El teléfono del coche sonó y todos parecieron sorprenderse. El escolta cogió el teléfono y habló durante unos segundos. Luego le tendió el teléfono al sacerdote.

-Es para usted padre.

Xavier miró sorprendido el teléfono y lo cogió. Una voz que no reconocía comenzó a hablar.

-Antes de nada, si aprecia su vida y la mía no muestre sorpresa ni reacción alguna ante lo que le tengo que decir. Escuche con atención y no repita nada de lo que yo le diga.

-De acuerdo –respondió neutramente el sacerdote.

-El camarlengo tiene planes… grandes planes… nos ha reunido a un grupo de nosotros para contárnoslos. Quiere usar la resurrección del Santo Padre para reforzar la cristiandad, y además pretende salvar sólo a los más ricos y poderosos para poder usarlos.

El padre Xavier estuvo a punto de decir algo pero se mordió la lengua recordando lo que le había advertido.

-Entiendo, siga –dijo simplemente como respuesta.

-No piensa advertir de la amenaza en sí. No piensa informar de que el Santo Padre es un… bueno, que no ha resucitado realmente. Pretende usarlo en beneficio propio. No ha entrado en detalles, pero dudo que, sabiendo como sabe usted la verdad, le deje tranquilo. No estoy de acuerdo con algunas de sus afirmaciones padre, son demasiado drásticas, pero no le deseo ningún mal. Y la actuación del camarlengo está siendo… vergonzosa.

-Comprendo, le daré el mensaje al gobierno africano –respondió el padre Xavier a modo de excusa para justiciar la llamada.

-Vaya con Dios, y tenga cuidado –dijo a modo de despedida la voz.

El padre Xavier colgó. El escolta le miraba con cierto recelo.

-Asuntos políticos –respondió el sacerdote- el mejor modo de que la iglesia se comunique con algunos funcionarios de forma discreta es a través de sacerdotes como yo. Mensajeros de Cristo.

El escolta pareció darse por satisfecho. Y el padre Xavier volvió su vista de nuevo a las calles llenas de gente. ¿Qué le tendría preparado el camarlengo?

Jornada 8. El fin de los días IV (XXI). Ello


El padre Xavier se encontraba esperando en la entrada del edificio. A unos metros estaba el guardia suiza que parecía iba a ser su escolta. Se encontraba fumando un cigarrillo mientras esperaban al coche que les llevaría al aeropuerto.

Lo cierto es que todo este viaje había sido algo… extraño. El camarlengo no había sido nunca un gran fan de su trabajo, y mucho menos de sus ideas innovadoras y aperturistas. Había chocado contra gran parte del clero que seguía viviendo en un mundo fantástico alejado de la realidad y de la sociedad que se suponía que tenían que guiar. ¿Pero cómo querían hacerlo si estaban encerrados en sus torres de marfil añorando los buenos viejos tiempos?

Esos pensamientos le habían llevado a acabar su carrera en el continente africano como misionero. Lo cual, al contrario de lo que seguramente esperaban, no le había importando, siempre había tenido en cuenta que Dios era omnipotente y estaba en todas partes. Así que el continente africano era tan buen lugar como otro cualquiera para estar hablando de Dios e intentar ayudar a otros a descubrirlo.

Pero este viaje de vuelta… y su rápido regreso de nuevo… Seguramente estar tanto tiempo rodeado de señores de la guerra y gente que no apreciaba su color de piel o su misión le había hecho ser un poco paranoico, pero no entendía nada. ¿Para qué le habían llamado? ¿Para certificar algo que el camarlengo decía ya saber? ¿Para así recordarle quién mandaba? ¿Una prueba? Se hacía todas estas preguntas mientras miraba al cielo buscando una señal. Lo único que vio fue la estela de un avión comercial que se dirigía a algún sitio.

De vez en cuando su escolta le dirigía una mirada rápida. Como para asegurarse de que seguía estando ahí. ¿Dónde más iba a estar? ¿Y por qué no paraba de vigilarle? La seguía dando vueltas a su extraña reunión. El Santo Padre era un zombie. ¿Una ironía de la situación actual de la Iglesia? Sonrió ante la idea a la vez que se asustaba ante lo que parecía avecinarse. Y las palabras del camarlengo no le habían tranquilizado. Si conocía algo bien al viejo zorro sabía que tenía algo entre manos. ¿Pero el qué?

Repasó mentalmente una vez más lo que había pasado desde que había recibido la orden de regreso. No sabía ni cómo le habían encontrado. Estaba visitando una pequeña aldea cercana a otra que había sido arrasada y de la que no quedaba rastro alguno salvo una enorme mancha negra. Nadie parecía saber nada sobre el tema. O tenían miedo de ser los siguientes en desaparecer sin dejar rastro. Estaba hablando con uno de los jefes de la tribu cuando un jeep apareció casi sin avisar y un hombre negro fornido le había indicado que tenía que acompañarle hasta un claro cercano. Ahí le esperaba un helicóptero que le transportó a un aeropuerto. Su sorpresa fue grande al ver el símbolo del Vaticano en el avión que le estaba esperando. Nadie le dijo nada, nadie se molestó en dirigirle la palabra para darle alguna explicación. En unas horas estaba de vuelta en Roma delante del cadáver no-muerto del Santo Padre.

Jornada 8. El fin de los días IV (XX). Ello


El camarlengo se estaba comenzando a cansar de la cerrazón del cardenal que hablaba desde el otro lado del monitor. Seguro que para él era muy sencillo, estando sentado al otro lado del mundo, sin haber visto lo que él, sin tener que lidiar con lo que él había lidiado. ¿Por qué no podía verlo? ¿Cómo era que no lo entendía? Había tenido una visión de una sociedad mejor. Y estaba al alcance de sus manos. Sólo tenían que alargarlas.

-Lo que está diciendo es demagogia –dijo finalmente el cardenal Filippi-. No vamos a hacer ningún trato con el diablo, ni vamos a vender nuestras almas. Vamos a salvar vidas. Y almas. ¿Y qué hay más noble que eso?

-Tratar a todo el mundo como iguales –replicó el otro cardenal-, no seleccionar qué alma es más valiosa y hay que salvar. Nosotros no somos quiénes para decidirlo. Ésa es una elección que debe hacer nuestro Señor. Nuestro deber no es interferir constantemente con lo que hace la sociedad. Deberíamos estar al margen de ello. Nuestro deber es dar a conocer la palabra de Dios, no imponerla de ninguna manera.

-Pero no estamos imponiendo nada a nadie –respondió el camarlengo mostrando la impaciencia en su voz.

-Ahora mismo existen personas de esta Iglesia que están intentando imponer nuestros puntos de vista a base de amenazas a los gobiernos –señaló el otro cardenal-, decimos a nuestros feligreses a quiénes deben votar. Es una locura. Nuestro deber no es meternos en política.

El camarlengo guardó un cauto silencio mientras se mordía el labio inferior. Luego decidió tomar una decisión y acabar con la discusión.

-Me parece que desde el principio esta reunión ha comenzado con mal pie y con una idea que no era la que tocaba. No estamos aquí para decidir lo que vamos a hacer. Esa decisión está tomada. Estamos aquí para decidir cómo informar a nuestros benefactores y qué pasos tomar para asegurarnos su supervivencia.

-¡Eso es intolerable! –dijo gritando el otro cardenal-. ¡No pienso formar parte de esta conspiración!

El camarlengo asintió.

-De acuerdo, sólo le pido que guarde silencio entonces respecto a esta reunión y nos reporte sobre la gente de interés que vivan en su zona para que nosotros les informemos.

-¡Inaceptable! –respondió el otro cardenal-. No pienso guardar silencio sobre… lo que sea que sea esto. Pienso denunciarle. Usted no tiene el poder para tomar esas decisiones por todos nosotros.

-Más le vale guardar silencio –le advirtió el camarlengo transformando su tono de voz-, o podrían aparecer noticias sobre usted en su comunidad. Ya sabe que los medios están ansiosos por publicar cualquier cosa que tenga que ver con escándalos de la Iglesia.

-¿Me está amenazando? –preguntó sorprendido e indignado el otro cardenal-. ¿A eso ha llegado?

-Haré lo que crea necesario por el bien de la Iglesia. Le ruego que guarde silencio sobre este tema hasta que la Santa Sede haga público su comunicado.

-Como usted quiera… camarlengo, pero no pienso seguir formando parte de esta reunión -dijo a modo de respuesta y acto seguido su monitor se apagó.

No fue el único que se apagó dado que varios más lo hicieron, y junto a ellos varios cardenales se pusieron en píe y dejaron la sala visiblemente molestos y contrariados.

-Bien –dijo triunfalmente el camarlengo-, creo que es hora de hablar de lo que tenemos que hacer para salvar a esta sociedad.

Jornada 8. El fin de los días IV (XIX). Ello


El camarlengo pareció molestarse con ese último comentario de su hermano.

-¿Debo recordarle que esos indígenas sacrificaban vidas humanas a sus dioses paganos? –empezó a responder el cardenal Filippi-. Gracias a nosotros cambiaron sus costumbres paganas y asesinas.

-Gracias a nosotros murieron a millones –señaló el otro cardenal-. Aniquilamos civilizaciones sin querer entenderlas, no tratamos de conocerlas, de aprender de ellas. Usamos la fuerza para imponer nuestra fe sobre la suya. Y ahora vamos a hacer lo mismo.

-Se equivoca –dijo el camarlengo- Vamos a avisar al mundo entero de lo que se avecina, simplemente quiero que ciertas personas estén informadas con anterioridad para darles tiempo antes de que la sociedad se colapse.

-Ahora decidimos quién vive y quién muere –adujo el otro cardenal de nuevo que parecía llevar la voz cantante de los disidentes-. ¿Qué hicimos con la Inquisición? También decidimos quién vivía y quién moría en base a disputas por tierras, nos vendimos al mejor postor… Y la Iglesia no se ha recuperado todavía de todas esas acciones de las que tampoco hemos mostrado demasiado arrepentimiento y ya estamos de nuevo con otro de nuestros juegos, ¿es que no hemos aprendido de nuestros errores? ¿Vamos a seguir tropezando con la misma piedra una y otra vez?

-¿Entonces por qué Dios nos ha mandado esta señal? –preguntó el camarlengo-. ¿Por qué ha resucitado el Santo Padre?

-Tal vez para darnos la oportunidad de redimirnos. De hacer lo correcto –respondió el otro cardenal-. De demostrar a la sociedad que hemos cambiado. Que tratamos a todos del mismo modo y que aprendemos de nuestros errores.

-Oh, pero aprenderemos de nuestros errores –señaló el camarlengo-, estas acciones no serán públicas, sino privadas. Nadie sabrá nada de nuestra implicación. Pediremos que nuestra intervención se mantenga en secreto.

-Secretismos –dijo el otro cardenal-. Eso hemos aprendido. A conspirar en las sombras como las comadrejas o las ratas. ¿No veis hermanos que esta oportunidad no es para conseguir el poder sino para salvar el alma de la Iglesia? Si aceptamos la idea del camarlengo estaremos vendiéndole el alma al diablo. Tenemos la oportunidad de comenzar de nuevo. De demostrar que podemos ser mejores. Sin recurrir a conspiraciones secretas.

-La Iglesia debe cambiar con los tiempos –dijo el camarlengo- No podemos ayudar a la sociedad si no podemos llegar a ella. Con este movimiento nos aseguramos el agradecimiento de los poderosos. Y su ayuda en el futuro para dar a conocer el mensaje de Dios. Los que mueran serán recordados por su sacrificio para obtener una Iglesia más fuerte que podrá afrontar nuevos retos en el futuro.
>>Estaremos en posición para asegurarnos de decidir qué es lo mejor para la sociedad. Las iglesias se volverán a llenar de feligreses queriendo escuchar lo que tenemos que decir. La palabra de Dios será escuchada en todo el mundo y la gente estará deseosa de ello. Podremos finalmente tener una sola religión en todo el planeta. Demostraremos ser los más fuertes. Los únicos que vimos llegar lo que se avecinaba porque nuestro Dios nos advirtió. El resto de religiones desaparecerán al demostrarse que servían a falsos dioses.

-Y, a cambio, sólo tendremos que vender el alma de la Iglesia al Diablo –repitió el otro cardenal.

Jornada 8. El fin de los días IV (XVIII). Ello


El camarlengo hizo una pausa y se volvió a aclarar la garganta.

-Debemos salvar a nuestros máximos benefactores. A la gente que, cuando esta plaga pase, ayudará a la sociedad a recuperarse. La construirá de nuevo, y estarán en deuda con nosotros. Volveremos a ser consultados y tenidos en cuenta. Los supervivientes nos tomarán en serio y viviremos una época dorada de la fe cristiana.

Uno de los cardenales le interrumpió.

-¿Qué quiere decir con que debemos salvar a nuestros máximos benefactores?

-Estoy hablando de los católicos con poder dentro de la sociedad. Gente que tiene dinero, medios y contactos. El tipo de gente que creará trabajo de nuevo, que re-construirá los edificios caídos, que ostentará el poder en el futuro.

-¿Y qué hay de la gente de a pie sin ese poder? –interrumpió un cardenal desde uno de los monitores- ¿Debemos dejarles morir?

-Estoy diciendo que debemos avisar primero a nuestros contribuyentes más fuertes. La gente que nos estará agradecida cuando vean que les hemos salvado las vidas. El resto… si son dignos, Dios les ayudará.

-Eso es intolerable –replicó el mismo cardenal del monitor-. ¿Hemos de vendernos a los ricos y poderosos? ¿Nos queremos convertir en los mercaderes del templo que fueron expulsados por Jesucristo? ¿Vendiendo nuestros servicios al mejor postor?

El camarlengo asintió comprensiblemente.

-Entiendo sus reticencias, pero debemos ser pragmáticos en este asunto. ¿Quién nos beneficia más que sobreviva? ¿La beata de ochenta años que viene todos los días a la iglesia o el constructor que dona parte de sus bienes y ayuda a arreglar iglesias?

Los murmullos crecieron hasta convertirse en discusiones por grupos. El cardenal Filippi se quedó en silencio esperando a que el clima se calmara.

-Por favor hermanos, calma. Entiendo que esta decisión es complicada. Pero hagamos lo que hagamos y decidamos lo que decidamos la plaga ya está aquí. Se trata de conseguir que la fe cristiana sobreviva.

-Usted habla de traicionar nuestra fe. De aliarnos con los poderosos y olvidarnos de los pobres –adujo desde el monitor uno de los cardenales-. Y todo por un trozo de poder. Es por cosas así que tenemos tan mala imagen.

-Tenemos mala imagen porque hemos dejado que nos pisoteen –replico el camarlengo-, una y otra vez nos hemos dejado pisotear porque éramos débiles. Ahora se nos ha presentado la oportunidad de decir ‘Nunca Más’.

-Eso es una blasfemia –continuó hablando desde uno de los monitores el otro cardenal-. ¿No hemos aprendido nada del pasado? La gente ha matado en nuestro nombre y nos ha usado de excusa para sus cruzadas. Y siempre hemos acabado pagando nosotros. ¿Es que nos hemos olvidado de las matanzas de indígenas en nombre de la FE en las Indias Orientales? ¿Y las Cruzadas? ¿Nos hemos olvidado de los juegos políticos realizados por cardenales como Richelieu? ¿O debo recordarles la Santa Inquisición? Todo siempre en nombre de la FE.