Jornada 8. Gerald contra el mundo (73)


Gerald miró su reloj mientras repasaba mentalmente el plan. El helicóptero no tardaría en recogerle, y traerle el uniforme por supuesto. Había tenido suerte de recordar a su contacto entre los militares y poder llamarle para pedirle ese favor. Si no hubiera sido complicado hacerse pasar por un militar español… aunque estuviera oficialmente de vacaciones. No se había complicado la vida demasiado: Era un militar español de vacaciones al que le había pillado todo el lío en su hotel y ahora deseaba ponerse al día hablando con los americanos, que seguramente eran los que manejaban todo lo que estaba pasando en la isla.

Se despidió de sus sobrinos dejándoles a cargo de Sarah y pidiéndole a Pep, el director del hotel que les vigilara y a Carlos, el jefe de seguridad, que no les perdiera de vista por si su ex decidía hacer alguna tontería aprovechando su marcha.

Subió poco a poco las escaleras que le llevaban a la azotea, el lugar donde estaba instalada la zona de aterrizaje para los helicópteros. Aprovechó para mirar al horizonte, donde se recostaba la figura del portaaviones. Y acarició su pequeño portátil. Se había descargado los planos del portaaviones, los turnos de la tripulación y memorizado varias contraseñas por si las necesitaba. Contaba con que el ejército norteamericano querría tener contentos a sus aliados españoles así que no le causarían demasiados problemas si hacía preguntas incómodas, al fin y al cabo eran todos amigos, ¿verdad?

Comenzó a escuchar el sonido del motor del helicóptero antes de poder localizarlo. En unos minutos y viniendo de la zona oeste, desde Porto Pi, pudo observar el helicóptero que se iba acercando. A pesar de la distancia que les separaba parecía un monstruo. Había estudiado los helicópteros que tenían en el ejército español y pudo identificarlo como un NH-90, lo cual le sorprendió dado que se suponía que hasta 2011 no iban a entrar en servicio… oficialmente. En pocos minutos sus más de 15 metros de longitud se posaban en la azotea del hotel mientras un soldado descendía con cuidado de no ser absorbido por la rotación de las aspas y se dirigía corriendo hacia Gerald.

Jornada 8. Gerald contra el mundo (72)


La noche no pudo ser peor para Gerald con pesadillas en las que sus sobrinos se convertían en zombis una y otra vez y él se veía matándolos constantemente o siendo devorado por ellos. Se despertó una y otra vez con un nudo en la garganta y cada vez que volvía a dormir volvía a tener una variación del sueño. Por la mañana apenas había podido descansar y ni una ducha ni su sesión en la piscina pudo relajarle. Ni siquiera el amplio desayuno que tomó.

Al menos el desastre del helicóptero parecía no haber afectado al resto de la ciudad aunque había varios edificios ardiendo. Parecía que las llamas no iban a avanzar más… aunque con el fuego nunca se sabía.

Las noticias que obtenía a través del ordenador tampoco eran esperanzadoras. El mundo ya les había olvidado y no se mencionaba en las noticias oficiales a la isla. Los foros de internet que trataban el tema eran rápidamente cerrados. Al menos los sitios de conspiraciones parecían seguir siendo el mejor lugar para conocer la verdad, por increíble que pareciera, dado que nadie se molestaba en cerrarles sus sitios virtuales para no darles más munición. De todas maneras apenas podían hacer nada, a pesar de que Gerald les proporcionaba información de todo tipo incluyendo videos tomados de las cámaras que había en la ciudad, la mayoría de personas creían que era un montaje y que en Mallorca no pasaba nada. Al fin y al cabo, ¿por qué iba a mentirles el gobierno?

Jornada 8. Gerald contra el mundo (71)


Gerald pudo escuchar más gritos y más disparos a través de los altavoces mientras observaba la pantalla y cerraba los puños resignado. Finalmente, pudo ver cómo el helicóptero parecía volar sin rumbo y perder altura a gran velocidad. Y antes de que pudiera decir nada por el micrófono el aparato se estrellaba contra un edificio de los que había en primera línea del Paseo Marítimo. Parecía un edificio de oficinas, por lo que, en teoría, estaría vacío, pero era lo de menos. Rápidamente comenzó a arder y Gerald sólo podía observar.

Sin tener nada más que hacer en la sala de operaciones salió andando a paso apresurado sin dejar tiempo a Pep a decir nada. ¿Qué podía decir? ¿Que lo sentía? Su piloto y su aparato habían muerto en una operación de rescate que no había servido de nada salvo para causar más muertos y problemas. Y ahora tenía un medio de transporte menos que poder usar para escapar de aquel infierno. Tendría que haber dicho que no desde el principio. Eso era lo que pasaba cuando pensaba con el corazón y no la cabeza, que todo se iba a hacer puñetas.

Se encerró en su habitación para acabar de preparar el nuevo rescate. El de Mara. Al menos ése lo había planeado él completamente y sabía que las posibilidades de éxito eran mayores. Escribió las órdenes oportunas, las instaló en los servidores y esperó a que se hicieran oficiales mientras tomaba un trago. Ahora no paraba de pensar que lo que había pasado era un mal augurio. Que su misión estaba condenada al fracaso.

Tal vez sería mejor dejar a Sarah con sus sobrinos después de todo. Por si algo salía mal. Sabía que los defendería con su propia vida. Y sin el helicóptero a mano… Tal vez habría que comenzar a pensar en internarse en la isla y pensar sólo en él y los suyos… ¿y si la plaga llegaba al hotel? No había manera de saber qué estaba pasando. Recordaba que el piloto había dicho que uno de ellos se había transformado delante de sus ojos. No entendía nada.

Jornada 8. Gerald contra el mundo (70)


-Eso intento jefe, ¡joder!

-¿Qué sucede? –Preguntó Gerald alarmado.

-Una bala ha alcanzado los instrumentos y otra mi brazo derecho –le comunicó el piloto- Y el zombi sigue vivo. ¡Dele en la cabeza, carajo! ¡Y no disparen al piloto!

Gerald seguía buscando al helicóptero con las cámaras pero no tenía suerte. Ahora había otro peligro y era que si el aparato no aterrizaba seguramente se estrellaría en la ciudad con lo que eso implicaba.

-Sabía que tenía que haber puesto una cámara en el helicóptero –dijo Gerald entre dientes.

Finalmente una de las cámaras que había para controlar el tráfico en el Paseo Marítimo le permitió ver cómo el helicóptero se zarandeaba de un lado para otro. La cámara no le permitía ver mucho más. Su zoom no estaba diseñado para acercarse tanto.

-Déjate de tonterías y aterriza –repitió Gerald a través del micrófono de la radio- Como te estrelles en medio de la ciudad vas a causar una buena.

-La culpa es del imbécil último que ha subido que no deja de pegar gritos y disparar a ciegas –respondió el piloto gritando a su vez.

-Pon el aparato en automático y usa tu pistola –le grito Gerald.

-Joder, le acaba de morder en el cuello al compañero –relató el piloto- y está llenando todo de sangre. La leche, no puedo ver nada.

Jornada 8. Gerald contra el mundo (69)


-Ten cuidado el último que ha subido lo ha hecho armado y ha abandonado a otros supervivientes a su suerte. Puede que trate de secuestrar el helicóptero.

Pep no parecía nada contento con lo que estaba pasando. El plan para rescatar a la gente había sido suyo después de mucho esfuerzo. No había sido fácil convencer a Gerald y había empeñado su palabra. Y ahora se encontraba con que ese desgraciado estaba poniendo a todo el mundo en peligro.

-Las cosas están algo agitadas –dijo el piloto- Parece que uno de los pasajeros no se encuentra bien.

Gerald miró alarmado a los demás.

-Trata de aterrizar inmediatamente –le ordenó el informático- Puede que esté infectado.

Gerald esperó contestación mientras buscaba alguna cámara de la ciudad que pudiera usar para vigilar los movimientos del helicóptero.

Por los altavoces se comenzaron a escuchar gritos primero y disparos después. En la sala nadie decía nada.

-Joder se ha transformado jefe –escuchó Gerald que decía el piloto- delante de nuestras narices. Y el desgraciado que iba armado está disparando a ciegas.

-Aterriza el aparato –le gritó Gerald- ¡YA!

Jornada 8. Gerald contra el mundo (68)


No recordaba haber leído informes sobre una mutación del virus, ni pruebas de ese tipo. Ni siquiera sabía qué planes tenía la organización realmente a medio o largo plazo. Todo lo que tenía eran especulaciones. Y odiaba no tener respuestas.

Carlos le sacó de sus funestos pensamientos al señalar una de las cámaras en la que se veía el helicóptero acercarse a su primer objetivo. La pista parecía despejada y los dos supervivientes ya estaban esperando. Por ahora todo iba bien.

El helicóptero aterrizó, estuvo unos segundos en tierra, el tiempo suficiente para que sus pasajeros subieran a bordo y emprendió la marcha de nuevo sin perder tiempo. Por ahora todo seguía yendo bien. Y eso sólo podía indicar que las cosas sólo podían empeorar.

El segundo objetivo era el Palace. En la pista ya estaba esperando el director que tan buenas migas había hecho con Gerald por teléfono. La recogida fue de nuevo sin problemas. Pero cuando estaba despegando Gerald observó las cámaras del Palace.

-Será cabrón –dijo señalando a una pantalla- Todavía queda gente viva en el hotel. Los ha abandonado el muy miserable.

Gerald movió la imagen a una pantalla central en la que se podía ver mejor cómo todavía quedaban personas vivas dentro del Palace luchando por sus vidas.

-El muy miserable les ha abandonado –dijo furioso Gerald mirando a Pep- Esto no era parte del plan. No dejamos a gente viva detrás de esa manera.

-No puedo explicármelo –dijo Pep que no entendía lo sucedido- Me aseguró que no quedaba nadie más.

-Y además está todavía armado –interrumpió Carlos mientras jugueteaba con un teclado y un video y lo ponía en la pantalla principal.

En la misma se podía ver cómo el director había cogido una pistola de uno de los supervivientes y se la había ocultado en la espalda antes de abandonarles y subir a recibir al helicóptero.

Gerald cogió el micro de la radio para comunicarse con su piloto.

Jornada 8. Gerald contra el mundo (67)


-Es lo que decían los directores, no parece una epidemia normal –dijo Pep preocupado- Hay algunos que han sido… convertidos pero… la mayoría parecen que se acostaron vivos y se levantaron de sus ‘tumbas’.

Gerald observó las imágenes con más detenimiento. No tenía sentido alguno. ¿Cómo podías infectar a tal cantidad de gente sin ponerla en contacto con los monstruos? Aquel misterio tenía un nombre y un responsable: Doc. De alguna manera había conseguido infectar a la población sin necesidad de los zombis. Pero lo que no entendía era el motivo de aquel experimento, podía entender las razones para dejar sueltos a varios centenares de zombis; un simulacro de invasión a gran escala y así comprobar la reacción de la gente. Sólo un enfermo podía desarrollar un experimento así, y sólo la organización podía dar luz verde a algo así. Pero ¿para qué infectar a la población normal? A menos que… ¿había conseguido transformar en un arma biológica el virus zombi? ¿Era aquello un experimento para algo mayor? ¿La Unión Soviética? Pero por más que lo pensaba no tenía sentido.

Con ese sistema se seguían creando zombis y, si el objetivo era la URSS, se manejaban cifras de millones de zombis sueltos por Europa. ¿Cómo pretendían vencer a una fuerza de la naturaleza que no habían conseguido vencer en África y Sudamérica? O tal vez… ¿podría ser una nueva cepa con fecha de caducidad? Había leído estudios que señalaban que se podía poner una bomba de tiempo biológica en un virus, de manera que se neutralizara pasado un tiempo. ¿Habrían conseguido controlar hasta ese punto el virus? Pero seguía sin ver claro el objetivo. ¿Y si fallaba? ¿Y si el virus mutaba? ¿Se estaba usando Mallorca como laboratorio de pruebas para ver si todo funcionaba? Desde luego era un lugar seguro. Nadie podía salir de la isla… salvo que fueras un zombi. Un ser que todo el mundo consideraba estúpido pero que seguro que hubiera sido capaz de escaparse de Alcatraz si lo hubieran encerrado en esa isla.

Jornada 8. Gerald contra el mundo (66)


-Inmediatamente, dame una lista de destinos y se la pasaré. No, esperará. Si no están en la pista cuando llegue no aterrizará. Si hay zombis a la vista pasará de largo. El aparato no se pondrá en peligro.

Pep asintió mientras comenzaba a coger el teléfono y a escribir una lista en un papel de forma apresurada. Le pasó el papel a Gerald que lo estudió. Luego cogió su móvil y marcó el número de su piloto para darle las instrucciones. En unos minutos el dispositivo de rescate estaba montado y el helicóptero despegaba del yate camino a su primer destino.

Y a pesar de todo, a Gerald no le gustaba el plan. El grupo bajó a la sala de seguridad desde la que podrían observar el rescate.

Gerald consiguió colarse en los sistemas de seguridad de los otros hoteles sin grandes problemas y conectó con las cámaras. El espectáculo era dantesco. La mayoría de las cámaras estaban orientadas al interior de los establecimientos y sólo se podía ver zombis en las mismas. Muertos vivientes por todas partes. Fue Carlos el que se fijó en un detalle.

-Fijaos en la mayoría de zombis, no parecen tener ninguna señal de infección… más allá de estar muertos. Ni ropas rasgadas, ni heridas aparentes…

Dos años de entradas de J.D.


Hoy se cumplen dos años desde que JD comenzó su publicación a diario ininterrumpidamente en el blog.
Cinco entradas semanales por 52 semanas por dos años… unas 520 entradas… que a unas 250 palabras por entrada son 130.000 palabras… cuánta palabra para acabar diciendo que los zombis son víctimas de la usura de los banqueros.
De toda esa palabrería ya se ha publicado un libro y el segundo recopilando el material que se está añadiendo a diario actualmente está en la cola de publicación.
Muchas felicidades y a ver que nuevas sorpresas nos depara.

Jornada 8. Gerald contra el mundo (65)


-No lo sé –respondió Pep- Quisiera poder dejarles entrar en el hotel, pero como has señalado antes podría ser peligroso mientras no sepamos qué ha pasado. Lo ideal sería poder vigilarles y comprobar si lo que sea que ha infectado a los demás lo tienen ellos o no.

A Gerald no le gustaba todo eso. Se le había pasado por la cabeza una solución pero era igual de peligrosa e implicaba poner más medios en peligro. Se odiaba a sí mismo pero…

-Está bien, es posible que tenga una solución –dijo finalmente enfadado consigo mismo.

Pep y Carlos le miraron expectante uno y con curiosidad el otro.

-El helicóptero está aparcado en el yate en el puerto –dijo- Y podría ubicar ahí a los supervivientes a la espera de ver qué ocurre con ellos.

-Eso sería fantástico –dijo Pep más animado.

-Permanecerán encerrados en distintos camarotes. Incomunicados. Hasta que comprobemos que no hay peligro –comenzó a enumerar Gerald- No irán armados y si sale algo sale mal no dudaré en ordenar sus muertes. ¿De acuerdo?

Pep no tuvo que pensárselo. Sabía que las condiciones de Gerald eran leoninas cuanto menos, e injustas pero comprendía sus motivos y además, no se le ocurría otra solución en aquel momento.

-Muy bien, ¿cuándo puede estar listo tu piloto? –Respondió Pep.