Jornada 05. Cabalgata de muertos II (24)


Apretó con fuerza la escopeta deseando que apareciera algún zombi. Necesitaba descargar su ira. La rabia que sentía y la impotencia iban creciendo a cada paso que daba, y no se podía quitar la imagen de ese avión que habían derribado. ¿Para que no diera la noticia? ¿Para no dejar testigos? ¿Cómo reaccionaría el resto del país, el resto del mundo cuando se enteraran? ¿Se enterarían? Era irremediable que la noticia se diera. Dejar la isla aislada era una cosa, pero la gente haría preguntas, las compañías aéreas y navieras también, las familias… ¿o tendrían el suficiente poder como para poder ocultar una cosa así?

Debían de ponerse a salvo y entonces daría a conocer al mundo lo que estaba pasando en esa isla. Con pelos y señales. Con videos, con pruebas… gracias a Internet. Daba igual que trataran de desacreditar los videos, o borrarlos. Se había preparado toda la vida para algo así, y ya había vivido una plaga; no más… si salía vivo claro. Lo más inmediato sería salir de la isla. Pero por aire ya estaba descartado, y por mar se temía que la jodida Sexta Flota americana no hubiera ido de vacaciones al fin y al cabo, y estuvieran vigilando las costas. Sólo quedaba un camino, y tampoco sería sencillo, el submarino que había traído a Mara. Pero… los americanos estarían vigilando también las profundidades. Bueno… lo primero llegar al hotel sanos y salvos, luego dar a conocer al mundo lo que estaba pasando. Y después poner a salvo a sus sobrinos.

El grupo que había continuado avanzando en silencio llegaron a la calle Gerreria.

-Los juzgados nuevos se encuentran en esta zona -dijo Jordi preocupado- así como un centro de salud… con lo que eso implica.

-A lo mejor los zombis no han llegado todavía aquí –aventuró Gerald pensativo mientras miraba el mapa y las rutas alternativas.

Jornada 05. Cabalgata de muertos II (23)


Mientras iban caminado por los callejones desiertos y cada vez más oscuros Gerald observaba cómo todas las puertas estaban cerradas y las ventanas parecían aseguradas. Cada vez que se acercaban a una vivienda las luces de la misma se apagaban y las ventanas de los pisos superiores se cerraban rápidamente. Qué rápido había olvidado la gente las lecciones del pasado. Otra vez era sálvese el que pueda. Aunque Gerald pensó que él había hecho lo mismo no hacía ni una hora cuando puso la prioridad de sus sobrinos por delante de los demás. Pero, ¿qué iba a hacer? ¿Avisar a la gente? ¿Provocar el pánico? O aún peor, provocar el ser arrestado por alteración del orden público.

Había perdido la cuenta de los giros que habían realizado, esperaba que Jordi supiera por dónde iban aunque por ahora no se habían cruzado con ningún zombi. Buena noticia al menos. ¿Cómo estaría el resto de la ciudad? Recordaba que en la plaza España estaba la estación intermodal, un sitio en el que la ciudad había aglutinado las paradas de tren, metro y bus que la conectaban con el exterior. Y sin duda llena de gente a esas horas, gente que estaría pensando en volver a sus casas para preparar los regalos de Reyes. Gente, que seguramente a esas alturas, ya estarían convertidas o en proceso de convertirse en muertos andantes.

Y luego estaba el centro comercial, pensó Gerald. El Corte Inglés, lleno de gente haciendo las últimas compras. Seis plantas más los sótanos que seguramente se habían convertido en una ratonera. ¿Cuánta gente quedaría viva después de esta nueva plaga? ¿Cuánta gente se habría salvado de los que habían asistido a la Cabalgata? Seguramente los zombis ya se contarían en miles, tal vez una decena de miles. Pero por más que lo intentaba no conseguía entender el motivo de ese brote. ¿Cómo había sido posible? ¿Por qué lo habían dejado crecer de esa manera? No había duda de que había sido planeado. Las cámaras pirateadas, el fallo de los móviles, la retirada del ejército… eran demasiadas casualidades. Además habían elegido el día más adecuado, cuando más gente había por las calles, un asesinado en masa.

Jornada 05. Cabalgata de muertos II (22)


-¿No lo entiendes? Para protegerse –dijo Gerald haciendo grandes aspavientos-. Esa zona contiene los palacetes de los ricos de la ciudad, y a los políticos que nos manipulan… se han aislado en cuando han visto el peligro y lo que les pase a los demás no les importa mientras ellos sigan vivos. Si mi suposición es correcta el ayuntamiento, el parlamento, seguramente toda la zona del Jardín del Rey y la Almudaina estará aislada. Protegida por policías y militares. Y si no recuerdo mal esa zona tiene sus restaurantes abastecidos por almacenes propios creados tras el desastre del 85, así que no se morirán de hambre. Aparte de tener acceso al mar… todo si no estoy equivocado.

-Pero eso es… mezquino –señaló ingenuamente Jordi que no dejaba de vigilar la calle.

-¿Y cómo te crees que hemos llegado a esta situación? –Preguntó Gerald-. Una sociedad casi fascista, en la que la corrupción está a la orden del día y se señala a los políticos honrados como una lacra. Donde la religión toma más decisiones que el ciudadano. ¿O cómo te crees que la ciudad ha acabado infectada de zombis? ¿O por qué nos han abandonado los del ejército? Porque no les importamos y saben que sus actos no tendrán consecuencias.

-Estás planteando como si lo de los zombis hubiera sido planeado –señaló Jordi entre intranquilo e incrédulo.

-Te aseguro que no sería la primera vez –respondió Gerald que no dejaba de vigilar a sus sobrinos-. El ejército no se ha retirado por casualidad o por no poder contra esos zombis. Hay algo detrás de todo esto. No sé el qué. Y no creo que nunca salga a la luz.

Jornada 05. Cabalgata de muertos II (21)


Comenzaron a caminar y entraron por una calle lateral desde la que podían coger hacia arriba, una calle que transcurría paralela a la plaza Mayor, llamada Sindicato y otra que se alejaba de las anteriores llamada Galera.

Jordi miró a ambas calles e indicó la calle Galera.

-¿No es más rápido la otra? Son menos de quinientos metros en línea recta –señaló Gerald mirando un mapa en su portátil.

-Hay dos problemas –señaló Jordi con paciencia-. Es una calle comercial, por lo que estará llena de gente que puede que sepa lo de los zombis o puede que no. El caso es que podemos estar atrapados. Y por otra parte está el problema de que la calle da al centro comercial principal de la ciudad: El Corte Inglés. ¿Te imaginas la matanza que eso será o habrá sido y cómo estará la zona?

Gerald asintió mientras comenzaba a caminar con aire preocupado.

-¿Me vas a contar qué demonios era eso con lo que nos hemos encontrado? –Preguntó Jordi mientras vigilaba la calle y los portales.

-Una pared muy sofisticada –comenzó a explicarle Gerald-. Por lo que he podido deducir debe de estar compuesto por un muro de metal, acero supongo, una pantalla 3D y un cristal antibalas de manera que proteja la pantalla 3D.

-¿No necesitas gafas para poder ver una imagen en 3D? –Preguntó Jordi algo sorprendido.

-Eso es lo que quieren hacer creer a la gente –respondió Gerald-. Verás, resulta que es posible ver imágenes en 3D sin necesidad de gafas. Pero las grandes multinacionales enterraron dicha investigación dado que no les salía a cuenta. Quiero decir… piénsalo, por un lado una pantalla que emite en 3D y listos. Por el otro, una pantalla que emite con un 3D de tecnología inferior pero que se vende como si fuera punta, acompañada de unas gafas especiales que además deben de usar pilas, nada de baterías recargables. ¿Cuál crees que reporta más beneficios? Además, ten en cuenta que cuantos más componentes tengas en juego más posibilidades de que se estropeen. Si se estropean las gafas, necesitas unas nuevas; si quieres que otra persona vea la tele necesitas un nuevo par de gafas, además debes gastar en pilas… Ya te digo, una conspiración para ganar más dinero.

-Así que una pantalla 3D, ¿para qué? –Preguntó Jordi con curiosidad.

-Sólo puedo especular al respecto pero diría que para no llamar la atención de los zombis –respondió Gerald pensativo-. Supongo que algún estudio habrá indicado que se ven atraídos más hacia un muro cuando recordaban que había una calle que si ven la calle… además vacía, sin movimiento. Sabemos que los zombis reaccionan ante el movimiento, si emiten una imagen familiar sin movimiento es posible que ignoren la zona… Aunque hay estudios encubiertos acerca de la posible existencia en esos seres de un primitivo radar interno y poco efectivo en ciudades al estilo del que tienen los murciélagos.

-Ya, otra de esas conspiraciones que nos rodean. ¿Pero para qué todo eso? –Insistió Jordi.

Jornada 05. Cabalgata de muertos II (20)


Gerald pasó la mano suavemente por lo que fuera que había delante de ellos que les impedía pasar. Se paseó unos pasos hacia un lado, luego hacia el otro, retrocedió, siempre sin perder de vista lo que tenía delante.

-Que hijos de puta –dijo finalmente mirando a su alrededor . No me puedo creer lo que han hecho.

Se dio cuenta que durante el tiempo que había estado estudiando aquello no había escuchado el ruido de los disparos y los gritos de los más desafortunados. A veces era un peligro desconectar de la realidad de esa manera. Y a veces un alivio.

Jordi se acercó para comprobar de qué estaba hablando Gerald.

-¿A qué te refieres? –Preguntó mientras pasaba la mano por la superficie.

-Te lo explicaré mientras continuamos la marcha –dijo señalando la calle a la izquierda-. Debemos salir de aquí o esto será una ratonera llena de zombis.

-¿Cómo que mientras salimos de aquí? –Preguntó Jordi sorprendido-. ¿No íbamos a ir hacia el ayuntamiento?

-Te lo explicaré mientras vamos hacia las Avenidas –respondió Gerald-. No debemos quedarnos aquí parados. En cualquier momento los zombis de la Plaza Mayor pueden decidir venir hacia aquí.

Luego se agachó y abrió de nuevo su mochila. Sacó varias piezas y en menos de un minuto montó una escopeta y la cargó con un cargador en forma de tambor.

-¿Pero que tienes en esa maldita mochila? –Preguntó Jordi viendo cómo Gerald montaba la escopeta automática.

-Nunca salgas de casa…

… sin estar preparado para cualquier cosa.

Dijeron a dúo los sobrinos con cierto brillo en sus ojos.

-Nada importante, el portátil, cuerda, botiquín de primeros auxilios –comenzó a recitar Gerald-. Un cargador solar con manivela por si acaso, raciones de emergencia, una botella de agua. Y lo más importante, papel higiénico. Nunca sabes cuándo te va a dar un apretón.

Jordi indicó a uno de los suyos que fuera abriendo camino. El casco antiguo de la ciudad era muy traicionero. Los antiguos edificios se habían construido sin ninguna lógica ni siguiendo un plan. Eso hacía que pudieras estar dando vueltas horas sin poder salir de ese entramado. Además el espacio entre los edificios era agobiante, apenas dos metros entre fachada y fachada, que unido a la altura media de las casas, entre dos y tres pisos antiguos que eran casi diez metros o más daban una sensación de claustrofobia al más valiente. Por no contar lo mal iluminada que estaban esos corredores y las esquinas ciegas que hacían que cualquier cosa pudiera salir de una calle lateral sin previo aviso.

Y como Gerald había dicho, debían darse prisa o esas calles estarían atestadas de zombis enseguida. El problema era que no sabían cuantas calles más estarían bloqueadas como la que se habían encontrado.

Jornada 05. Cabalgata de muertos II (19)


La gente corría por la Vía Roma hacia todos lados tratando de esquivar el ataque de los zombis. Pero la confianza en que eran lentos se convertía en mortal fallo cuando se encontraban con alguno de los nuevos zombis, más rápidos y ágiles y que sorprendían a la gente.

Las calles adyacentes se llenaron de gente corriendo tratando de escapar de una muerte casi segura de manera que la vía principal se quedó casi completamente llena de zombis que se iban expandiendo a las calles llenas de aterradas familias que se veían atrapadas por antiguas callejuelas que no llevaban a ninguna parte y que en su mayoría estaban repletas de edificios abandonados y cerrados en los que no se podía encontrar cobijo alguno.

Gerald miraba la calle y se le revolvía el estómago. ¿Cuántos niños habrían muerto en aquel lugar? ¿Cuántas familias destrozadas? Nunca había creído en Dios por motivos como ése. ¿Cómo podía nadie dejar que algo así pasara? Era cruel. Trató de centrarse en sus sobrinos. Todavía debían salir de ahí vivos. Miró a Jordi y asintió. El grupo continuó subiendo las escaleras mientras esquivaban vivos y no-muertos por igual así como los cadáveres que se iban acumulando en los escalones.

Tras unos largos minutos llegaron al tramo final de las escaleras y a la plaza que había tras ellas. La plaza Mayor era un espacio rectangular rodeado de edificios que se sostenían sobre una estructura en forma de arco además de sus pilares correspondientes. Ahora el espacio estaba ocupado por zombis y cadáveres esperando a que su nueva vida les ayudara a levantarse. Todavía no había demasiados pero Gerald optó por coger el camino largo, ir por debajo de los edificios en vez de entrar directamente en el espacio abierto al cielo que había. Algún zombi trató de interponerse en su camino sin éxito ante los certeros disparos del grupo.

Durante los siguientes minutos el grupo avanzó más rápidamente de lo que esperaban por los laterales. Gerald pudo ver como diversos grupos de personas que habían optado por el camino recto para atravesar la plaza eran cazados por los zombis y exterminados sin compasión ni pasión alguna.

Con un respiro salieron de la plaza rumbo a la calle que les llevaría a la plaza del ayuntamiento. Con suerte ese espacio estaría más protegido y desde ahí les sería más sencillo acceder a ayuda y a una ruta hacia el hotel más segura. El grupo comenzó a correr aprovechando que no había zombis a la vista calle abajo.

Y ante la sorpresa de Gerald de repente uno de los guardaespaldas se cayó de espaldas como si le hubieran golpeado. Todos se quedaron alerta intentando averiguar qué había pasado pero no había nada a la vista que pudiera explicar el golpe. Gerald avanzó lentamente mirando el suelo buscando algo cuando notó un golpe en la cabeza. Afortunadamente para él estaba caminando muy lentamente por lo que fue más el susto que el golpe lo que le sorprendió.

Tocó con las manos el espacio que parecía vacío y notó una especie de muro frío. La calle estaba cerrada por un muro y no se podía atravesar.

Jornada 05. Cabalgata de muertos II (18)


La cara de Gerald se quedó blanca. Estaba atrapado en una isla en la que los zombis estaban creciendo en número por minuto de forma alarmante. Seguro que era el maldito experimento de Doc. Había conseguido de alguna manera acelerar la conversión. Maldito cabrón. A ver si había suerte y Mara cumplía con su misión y acababa con ese cabrón.
Pero ahora no era tiempo de pensar en venganzas. Sino de salir vivo de aquello. Y la cosa no pintaba bien. Las calles estaban cada vez más llenas de cadáveres que se iban levantando poco a poco y la policía comenzaba a estar acorralada. Debían salir de ahí. Miró a Jordi que le devolvió la mirada preguntándole qué hacer.
-Vamos a subir por las escaleras –dijo Gerald señalando las mismas-, en fila india y pegados a las barandillas. Con suerte no nos aplastarán y podremos defendernos adecuadamente de los zombis que aparezcan. Mis sobrinos irán a hombros tuyos y míos. Así estarán más seguros.
Jordi asintió cogiendo en brazos a uno de los sobrinos y poniéndoselo sobre los hombros mientras indicaba a sus compañeros el plan. Él iría en segunda posición y Gerald en tercera. Esperaron un par de minutos y cuando vieron que había un hueco comenzaron a subir por las escaleras pegados a la barandilla que era una construcción de piedra sólida por lo que no se podría colar nadie por la misma a sus espaldas y no correrían peligro de escurrirse por algún riel.
Comenzaron a subir poco a poco. Apartando a la gente para no ser aplastados. Un zombi apareció al otro lado de la escalera y uno de los sobrinos disparó fallando el tiro. Su segundo disparo le voló parte del cuello y el tercero reventó la cabeza del zombi que se derrumbó en el suelo sin no-vida.
-Primo, cuidado con la pistola, que no está bien calibrada –avisó a su primo que lo tenía al lado-. Y cuidado con el retroceso que también es mortal.
-Los compensadores están en el hotel –dijo Gerald sin mirar hacia arriba-. No esperaba que tuvierais que usar el regalo tan pronto.
Otro zombi hizo intención de levantarse del suelo y agarrar con sus manos las piernas de Gerald pero dos disparos directos de su sobrino, que le dejaron algo sordo, acabaron con la amenaza.
El número de zombis fue creciendo en las escaleras pero la mayoría cuando se acercaban al grupo iban cayendo a manos de los disparos cada vez más certeros de los sobrinos o de los de los guardaespaldas que también tenían que disparar casi sin parar.
Llegaron al tercer tramo de las escaleras y tuvieron que detenerse varios minutos para poder limpiar el tramo que debían coger. Para sorpresa de Gerald, le dio la sensación de que los zombis comenzaban a rehuirles individualmente intencionadamente para posteriormente atacarles en grupo; ¿paranoia o alguna broma macabra del experimento de Doc? Seguramente lo primeros. El caso es que la cosa cada vez pintaba peor. Al menos no debían preocuparse por la munición por el momento.

Jornada 05. Cabalgata de muertos II (17)


-Jefe, ¿cómo va todo? –Respondió una voz ronca al otro lado del teléfono-. Espero que se esté divirtiendo en la Cabalgata dichosa con sus sobrinos. Aunque no le veo el sentido a ver una serie de carrozas, por llamarlas de alguna manera, realizadas de forma chapucera, y que no tienen nada que ver con los Reyes Magos. Eso sin contar que la mayoría suelen tener publicidad y no motivos festivos. En fin, jefe, que los sacrificios que tiene que hacer por la familia son terribles. Por eso yo sigo soltero, y no quiero saber nada de mi familia. Si es que la tengo. Que ya sabe que mis raíces son muy oscuras. Más que el petróleo… porque es negro, ¿no? Pero bueno, como le decía jefe, que ahora entiendo porqué la llaman la Isla de la Calma. Aquí nunca pasa nada. Y no te puedes divertir como Dios manda… bueno, justamente como Dios manda no, dado que es culpa de sus pobres seguidores que no me pueda divertir. Desde que prohibieron la prostitución y poder emborracharte, esta isla ha perdido mucho. ¿Pero quién es el gobierno para decirme cuántos vasos de vino o de whisky me puedo beber? Esto es de locos. Estoy deseando volver al castillo. Por cierto, ¿llamaba por alguna razón?

Si algún problema tenía Frank era que le costaba centrarse y ser breve. Y si no le cortabas te podía contar su vida con pelos y señales… o alguna vida pasada… o alguna que se inventaba a medida que iba hablando. Pero bueno, era fiel y eso era lo importante. Y lo más importante, podía pilotar cualquier cosa que volara y conducir cualquier cosa que tuviera motor. Era un genio. Algo difícil de encontrar. Y además le gustaba la ciencia ficción. No se podía pedir más en un empleado. Bueno, que no hablara tanto tal vez.

-Quiero que prepares el jet inmediatamente –repitió Gerald-. Nos vamos en cuanto lleguemos.

-No le oigo bien jefe –respondió Frank-. Hay mucho ruido de fondo. Si llama para decirme lo bien que se lo está pasando se lo puede ahorrar. Además, tengo malas noticias, los militares han ocupado el aeropuerto y lo han paralizado. Nada ni nadie puede entrar o salir. Despegar o aterrizar. Parece que lo han puesto en cuarentena. Y digo parece porque nadie ha dicho nada. Todo esto es muy raro, jefe. En serio. Hay jeeps y tanques en la carretera y están vigilando las pistas. Un segundo, jefe, parece que han abierto de nuevo la pista… Un avión de hélices está despegando. Ostias… coño, joder, cabrones… ¡Lo han derribado jefe! Los militares han derribado el jodido avión con un misil. Por Dios, ¿qué coño está pasando jefe? ¿Desde cuándo los militares disparan y derriban sin dar aviso a los aviones civiles? Jefe, va a ser imposible despegar, los tanques acaban de tomar las pistas y están en medio… y hay cazas volando por encima de mi cabeza. Jefe, esto pinta mal. Y vaya con cuidado que parece que va a llover mierda.

Jornada 05. Cabalgata de muertos II (16)


Lo que Gerald se había temido estaba ocurriendo. La gente comenzaba a correr presa del miedo; la policía estaba desbordada y las personas que había en las escaleras asistían al espectáculo macabro sin moverse de su sitio con lo que su grupo no podía salir de donde estaban.

Podía ver los zombis a lo lejos llenando a lo ancho la calle, dividiendo a la gente en dos y comenzando su matanza. Además se daba la circunstancia de que al haber tantas personas en la calle los que se intentaban abrir paso a menudo tiraban al suelo a otros que acababan muertos y, ante la sorpresa de los presentes, muchos no tardaban apenas minutos en alzarse para cobrar su venganza más allá de la muerte con lo que los no-muertos se iban multiplicando rápidamente.

La policía intentaba controlar a la masa, pero era imposible; y los que trataban de enfrentarse a los zombis eran molestados por la gente corriendo no pudiendo disparar cómodamente. Y lo peor fue cuando la gente trató de meterse en los aparcamientos situados debajo de la Plaza Mayor. A pesar de saber que era una ratonera, la gente entraba buscando su coche para salir huyendo o buscando refugio, la policía trataba de impedirles la entrada pero no había manera de razonar con ellos.

En pocos minutos aquello se convirtió en un caos y la gente de las escaleras comenzó a ver a los zombis acercarse y se dio cuenta de que su vida corría peligro; eso unido a que la algunos grupos trataban de huir subiendo las escaleras hizo que de nuevo se diera la circunstancia de gente aplastada sin que la cordura imperara. Gerald cogió a sus sobrinos y les impidió ver cómo los más débiles eran aplastados. Mientras, su escolta se había puesto a modo de barrera delante de ellos impidiendo que la gente les aplastara; no era muy complicado dado que se habían retirado a una esquina lejos de las escaleras por las que la gente se llegaba a arrastrar.

Comenzaron a escucharse tiros cada vez de forma más frecuente y los miembros de la escolta quitaron el seguro de sus armas mientras comenzaban a eliminar a los primeros zombis que se formaban, que resultaban ser los aplastados por la masa.

Ni Gerald ni nadie de su grupo dijo nada al ver cómo muchos de los muertos se convertían en zombis en meros minutos. Daba igual. Eran un peligro y había que acabar con ellos como fuera. El informático cogió su teléfono móvil y se conectó a una red personal que había preparado hacía años al mismo estilo que las comunicaciones del grupo.

-Frank, soy Gerald, prepara el jet, en cuanto salga de este lío nos largamos de la isla –dijo al teléfono gritando para poderse escuchar entre el griterío que se estaba produciendo-. ¿Me has escuchado Frank?

Jornada 05. Cabalgata de muertos II (15)


Miró hacia la calle. Era una larga travesía con sólo dos carriles para el tráfico rodado por cada sentido; uno a cada lado de la calle, y en medio había un espacio denominable como una isla rectangular en la que los laterales eran ocupados por inmensos árboles y diversos kioscos que habitualmente vendían flores. Y comenzó a ver a más gente corriendo y señalando hacia lo que para él era el final de la calle. Los gritos comenzaban a escucharse por encima del griterío y el ruido de la Cabalgata y la gente giraba sus cabezas para ver qué estaba pasando.

Se les acababa el tiempo, pero no podían subir las escaleras. Estaban llenas de gente. Y en cualquier momento podían aparecer zombis por encima de ellos o por alguna calle lateral de la Vía Roma. Suspiró y se agachó junto a sus sobrinos mientras abría uno de los bolsillos de la mochila y sacaba sendas cajas pequeñas de madera.

-Bien chicos, quería esperar a mañana para daros el regalo pero… -hizo una pausa abriendo una de las cajas y mostrando su contenido-. Glock 39, munición del .45 especial para vosotros de parte de industrias GGG. ¿Recordáis lo que os enseñé?

-No apuntar a la gente que esté viva –dijeron al unísono-, y volarles la cabeza a los que estén muertos pero se muevan.

-Correcto -dijo Gerald sacando una de las pistolas de su caja que en sus manos parecía un arma de juguete por sus apenas 16 centímetros de longitud-. Hay una para cada uno, pero dado que no tenemos cargadores suficientes os recomiendo que uno dispare y el otro vaya rellenando los cargadores.

Mostró que en la mochila también había dos cajas de munición para las pistolas con el sello de su compañía mientras pensaba en lo que los padres de las criaturas pensarían si lo vieran. Situaciones desesperadas, soluciones desesperadas.

-Es munición anti-zombi –les explicó mientras los sobrinos asentían con los ojos bien abiertos-, así que tratad de disparar antes de que se acerquen ya que salpica. Y recordad: Ni una palabra de esto a vuestros padres.

Los sobrinos asintieron mientras cogían la pistola con cuidado y la examinaban asintiendo como si estuvieran dando su visto bueno. Gerald no pudo evitar sentirse orgulloso de su comportamiento, si sus padres supieran que en vacaciones les enseñaba a sobrevivir en su castillo con clases de tiro, defensa personal… y que les esperaban sendos ponies cuando salieran de la isla como regalo… Pero prefería que sus sobrinos estuvieran preparados a no que tuvieran que depender de sus padres… o de las autoridades.

Se levantó después de darles las cajas de munición, 100 balas en cada una de ellas. Sabía que no era suficiente si los zombis llegaban en masa, pero al menos esperaba que les diera una oportunidad para defenderse mientras salían de ahí.