Jornada 9. El final del principio (XVI)


Mientras pasaban por el primer piso Mara volvió a comprobar la puerta.

No se fiaba nada de los zombies y no quería más sorpresas desagradables. La puerta parecía seguir resistiendo y no tenía aspecto de que fuera a ceder fácilmente. Eso no impedía al zombie de dentro seguir aporreando la puerta incansablemente tratando de atravesarla y dar caza a los que había al otro lado de ella.

Finalmente, llegaron a la escalera que llevaba al sótano y cuyo final no se veía de lo oscuro que estaba. Mara no parecía tener muchas ganas de bajar, tenía un mal presentimiento, confirmado poco después al iluminar con las linternas los laterales de la escalera, cuyas paredes estaban adornadas por manchas de sangre. Suspiró y miró al sacerdote que simplemente asintió con la cabeza.

Ambos comenzaron a bajar las escaleras lentamente haciendo bailar el haz de luz de sus linternas de un lado para otro y atentos a lo que pudiera aguardarles en la oscuridad. Poco a poco la luz comenzó a iluminar el final de las escaleras y les empezó a llegar un olor horrible. A muerte y descomposición. Con cada paso que daban el olor se volvía más fuerte y las ganas de avanzar más débiles.

Además no podían ver el interior del sótano dado que la escalera daba a una esquina de la pared. Mara trató de ignorar el fuerte olor y se giró en la entrada al sótano mientras lo iluminaba con la linterna. El espectáculo que descubrió era dantesco. Había diversos cadáveres en diversos estados de descomposición. La mayoría con la cabeza destrozada. Pero lo peor no eran los cadáveres en sí, sino a quién pertenecían. Claramente varias familias se habían reunido ahí tratando de huir de la matanza que debía de estar llevándose a cabo en las calles. Y habían bajado a sus hijos. Había varios cuerpos más pequeños, de varias edades. Algunos todavía estaban abrazados a lo que debía ser su padre o su madre.

A un costado parecían haber restos de provisiones. Latas de comida vacías y garrafas de agua. Mara no podía evitar tratar de descubrir qué habría pasado ahí. ¿Se habrían transformado? ¿Se habrían suicidado todos a la vez? ¿Alguien les había matado?

-¡Santa Madre de Dios! –dijo el padre Xavier al asomarse a la habitación y ver el terrible espectáculo.

A continuación se acercó a los cuerpos y comenzó a entonar una oración en silencio por ellos mientras Mara trataba de dejar de pensar en ello. Sólo eran cuerpos vacíos, se repetía una y otra vez tratando de quitarle hierro al asunto. El sacerdote hizo la señal de la cruz sobre cada uno de los cadáveres e indicó que había acabado. Mara se aseguró que realmente no había ningún zombie o futuro zombie ahí abajo y salió a paso rápido del sótano.

Durante las siguientes horas, mientras la noche caía y seguía lloviendo fuera, tanto Mara como el padre Xavier no volvieron a hablar.

Cenaron en silencio y sólo hablaron para decidir quién hacía la primera guardia.

Los sueños de Mara fueron terribles pesadillas sobre escenarios en aquel sótano.

Jornada 9. El final del principio (XV)


Avanzaron por el rellano del primer piso y subieron lentamente las escaleras que daban hasta el segundo. Cada cierto tiempo el interior era iluminado por la luz de los relámpagos de la tormenta que se estaba formando fuera, y que parecía que no tenía intención de parar.

Al llegar al rellano del segundo piso quedó claro que allí tampoco encontrarían nada vivo. La puerta estaba destrozada y arrancada de su marco. Había diversas marcas de arañazos y golpes a ambos lados.

Mara echó un vistazo rápido al interior de la vivienda. Estaba igualmente destrozada, había muebles volcados, restos secos de sangre por el suelo y las paredes, y lo único que escuchaba era el ruido de la lluvia y de los golpes de la puerta de la planta de abajo. Revisó rápidamente el piso pero no encontró nada. ¿Habrían entrado los zombies? ¿O saqueadores? ¿O ambas cosas? Era difícil de decir. Había fotos enmarcadas en los muebles y por el suelo, incluso alguna parecía haber estado en la pared, pero ahora yacía con el cristal roto en el suelo.

Mara estudió las personas que había en la foto. Parecían una familia feliz. ¿Sería alguno de los componentes el zombie que yacía en el almacén? Era difícil decirlo. El problema de acabar con los zombies era que quedaban irreconocibles. Y aquella no había sido una excepción. Tal vez era mejor así. No pensar que los zombies a los que habían matado habían sido antes personas como ellos, con unas vidas.

-¿Piensas en si uno de ellos era el pobre desgraciado de abajo? –preguntó el padre Xavier rompiendo el silencio-. No pienses en ello, sus almas seguro que están descansando en paz en el cielo. Lo que hemos matado son… simples cascarones… como… una foto. Una fotografía puede representar a una persona, pero no contiene lo que le hace persona. Con estos seres pasa lo mismo. Son una cruel broma de Lucifer.

Mara miró al sacerdote con cierta curiosidad.

-Así que su Dios no tiene nada que ver en todo esto, se lava las manos.

-Hay días en que a mí tampoco me convence mi respuesta, pero… en eso consiste la fe –respondió Xavier señalando el crucifijo que llevaba colgado del cuello-, en tener la esperanza de que todo tiene un propósito.

Durante unos segundos, Mara pareció tener la intención de contestar al sacerdote, pero finalmente simplemente le hizo un gesto para que continuaran la exploración. Se dirigieron hacia el tercer piso. Subieron las escaleras, de nuevo lentamente, y Mara asomó la cabeza. El tercer piso… no estaba. Parecía haber habido un pequeño incendio o algo, pero lo que fuera que había pasado sólo había dejado el suelo intacto y algunos pilares y paredes en píe. Mara miró al sacerdote preguntándole con la mirada si tenía alguna teoría.

El padre Xavier pareció entender la pregunta y negó con la cabeza mientras ambos se mojaban bajo la lluvia. Mara aprovechó para mirar el exterior. Seguía sin ver demasiados zombies. Sólo quedaban unos pocos por las calles. Y no parecían estar molestos con el agua que les caía encima. Mara decidió que ya era suficiente e indicó al sacerdote que volvieran a bajar. Todavía quedaba el sótano.

Jornada 9. El final del principio (XIII)


-¿Una conspiración? Me resulta difícil creer algo así –respondió Mara a las sospechas del sacerdote-. ¿Quién ganaría algo con ello?

El sacerdote sonrió ante la aparente ingenuidad de su interlocutora.

-Te sorprendería saber lo que haría la gente por algo de poder –respondió con tono triste el sacerdote recordando sus desventuras con la Santa Sede-. Ocultar información, retocarla para que sea de su agrado y poder usarla en beneficio propio. El poder es adictivo. Y una vez que lo has probado… no consientes que nadie se interponga en tu camino.

Mara se puso en pie comprobando su herida. Le seguía doliendo pero bastante menos.

-Si el tiempo sigue así tendremos que pasar la noche aquí –dijo mientras cogía de nuevo sus armas y las comprobaba-, y eso implica revisar el resto del edificio.

El sacerdote asintió y se puso en pie mientras echaba mano de su escopeta y comprobaba la recámara.

Lo primero que hizo Mara fue cerrar la puerta reforzada de nuevo, de manera que nadie, ni zombies ni seres humanos pudieran entrar por ella y sorprenderles.

Luego se dirigieron hacia la parte trasera del edificio en la que Mara había visto las escaleras y de donde seguramente había venido el zombie.

En esa ocasión pudo fijarse mejor en todos los detalles. La puerta del almacén, que también estaba reforzada y coincidía con las llaves que Mara tenía, daba a una especie de rellano en el que estaban las escaleras. Al final de las escaleras que subían al primer piso había una puerta que parecía dar a la calle y que estaba trabada con muebles a modo de barricada. Ambos decidieron comenzar por la parte superior del edificio. Por el hueco de las escaleras parecía que éste tenía unas cuatro plantas. Sería una tarea ardua, aunque esperaba terminar antes de que anocheciera, aunque la luz que entraba no era mucha. Comprobó los buzones de la entrada, parecía que sólo había un apartamento por piso, lo cual haría que tuvieran menos problemas. O eso esperaba.

Mara iba primero y detrás de ella caminaba el padre Xavier que miraba constantemente hacia atrás. Nada más llegar al rellano del primer piso Mara pudo observar que la puerta estaba en el centro del mismo y apenas se encontraba iluminada por la poca luz que entraba por una ventana.

Se acercó lentamente a la puerta y probó el pomo. Parecía estar firmemente cerrada. Xavier se acercó y se puso al lado de Mara observando la puerta.

-¿Entramos? –preguntó el sacerdote.

-Puerta cerrada, para bien o para mal nada entra ni sale –dijo Mara fríamente-. Puede que alguien no quiera que entremos y nos esté esperando con una escopeta.

En ese momento un fuerte golpe hizo temblar la puerta pillando por sorpresa a ambos que dieron un paso atrás alzando sus armas y apuntando a la puerta mientras esperaban a ver qué pasaba.

Mara se acercó de nuevo a la puerta y volvió a probarla. Parecía lo suficientemente sólida para resistir los embates de lo que fuera que había al otro lado.

-¿Qué hacemos? –preguntó Xavier.

-Dejarlo solo por ahora –respondió Mara-, la puerta aguantará hasta mañana e incluso más. Sigamos explorando el edificio. Ahí dentro no hay nada vivo… ya no.

Jornada 9. El final del principio (XII)


Mara se había limpiado la herida y estaba cosiéndosela en ese momento.

-Digamos que he tenido una educación… fuera de lo normal –respondió Mara ante la queja del sacerdote-, he ido aprendiendo sobre la marcha. Hasta ahora no sabía lo que era una ciudad, por ejemplo.

-Debe haber sido duro –dijo Xavier- me cuesta imaginarme por lo que habrás pasado. Y este mundo no lo debe de haber hecho más fácil.

-Ha sido una experiencia… fascinante… creo –dijo algo pensativa Mara mientras cortaba el hilo y se ponía una gasa sobre la herida-. No tengo con qué compararla. ¿Y cuál es su historia? No sabía que los sacerdotes podían ir por ahí matando gente.

El padre Xavier miró fijamente su escopeta durante unos segundos.

-No son gente. Las almas han abandonado los cuerpos. Son cáscaras vacías –le explicó el sacerdote-. Creo que es mi misión darle el descanso a los cuerpos para que sus almas puedan seguir adelante… por si están atrapadas.

-Así que su misión es volarle la cabeza a todos los zombies que hay sobre la faz de la Tierra –dijo con tono irónico Mara-. Veo que ha hecho un buen trabajo en esta ciudad. Ya apenas quedan criaturas.

El sacerdote se sintió sorprendido ante la afirmación de Mara.

-Me temo que estás equivocada –le corrigió Xavier- la súbita desaparición de los zombies no ha sido cosa mía. Y eso me tiene preocupado. No pueden haber desaparecido así de repente.

-Aparecieron de repente por lo que tengo entendido –señaló Mara.

-Bueno, en realidad no fue así –le volvió a corregir Xavier-. Fue un proceso largo, lento. Te aseguro que sé de lo que hablo. Y si hubieran desaparecido, ¿qué ha pasado con los cuerpos?

-¿Se han convertido en ceniza? –preguntó tentativamente Mara-. ¿A qué se refiere con que sabe de qué está hablando?

Xavier permaneció unos segundos en silencio. Durante esos instantes sólo se escuchaba el viento y la lluvia del exterior.

-Dudo que hayamos tenido esa suerte –dijo entristecido el sacerdote-, nunca he visto un zombie convertirse en ceniza de repente. Además, ¿por qué unos sí y otros no? No, no tiene sentido. Aquí hay algo más que no estamos viendo. Otras fuerzas…

>>En cuanto a la otra pregunta… los muertos no regresaron a la vida todos de repente. De hecho fue más como una plaga. Pocos resucitados, pero que fueron contaminando a los vivos rápidamente. Los nuevos convertidos transformaron a otros, y así progresivamente. Cuando la gente quiso darse cuenta ya era tarde y había demasiados de ellos… y poca gente con ganas de acabar con ellos.

-¿Qué quiere decir? –preguntó confusa Mara.

-Sólo son conjeturas pero creo que hubo gente que pudo hacer más… y no lo hizo –le intentó explicar Xavier-. A lo largo de este tiempo he podido hablar con otra gente, supervivientes, y casi todos coincidían en lo mismo, la policía se vio desbordada y el ejercito apenas intervino. Y si intervinieron… fueron exterminados salvajemente.

Jornada 9. El final del principio (XI)


Mara no podía creerse lo que estaba escuchando.

-¿Qué usted es mi padre? –preguntó la amnésica Mara confusa- ¿Y tengo un hermano llamado Xavier?

Ahora era el turno del sacerdote para parecer confuso.

-Me temo que no te entiendo… -dijo algo confuso el padre Xavier-. No soy tu padre y no sé si tienes un hermano llamado Xavier.

-Pero usted ha dicho que era el padre de Xavier y se ha referido a mí como hija suya… -señaló Mara desde lo alto del falso techo.

-Me temo que ha habido una confusión –dijo intentando explicarse el sacerdote-. Yo me llamo Xavier, padre es el título que me ha otorgado la Iglesia romana, y mi ofrecimiento era una forma de hablar. Dado que todos los sacerdotes consideramos a los seres humanos nuestro rebaño, nuestros hijos…

-¿Un sacerdote? –preguntó Mara, que no sabía si bajar o no-. ¿Qué clase de lunático va por ahí llamando hijos suyos a la gente que no conoce?

El sacerdote hizo una mueca.

-Te doy mi palabra que no soy peligroso –dijo tratando de tranquilizar a Mara-. Puedes bajar, ahora no hay peligro alguno y así podremos continuar con esta conversación.

Mara se lo pensó durante unos segundos, aunque lo cierto es que tampoco estaba en posición de poder elegir. Finalmente se arrastró como pudo y entre gesto y gesto de dolor giró su cuerpo para dejarse caer por el agujero cuidando de no volver a pincharse.

El sacerdote vio la herida en el abdomen de Mara.

-¿Te ha herido el zombie? –preguntó preocupado el sacerdote.

-No, no, no –se apresuró a responder Mara–, me he herido cuando subía por el agujero para escapar del zombie. Es una herida… natural. No me convertiré en uno de esos seres… al menos por ahora.

El sacerdote levantó la mirada hacia donde Mara señalaba y vio que efectivamente había una parte de la madera que estaba manchada de sangre.

-¿Puedo saber qué tienes en contra de los sacerdotes? –preguntó finalmente mientras ayudaba a Mara a recoger sus cosas.

-Que yo sepa… bueno… es que… en realidad… verá tengo amnesia, no recuerdo nada de antes de que los zombies caminaran sobre la tierra –le explicó Mara- por lo que no tengo muy claro algunos conceptos… como el de los sacerdotes. Aunque Gerald no habla muy bien de ellos… Algo sobre que son unos anticuados y que causan más problemas de los que resuelven…

-Ah, amnesia –dijo algo sorprendido el sacerdote e ignorando el otro comentario-, entonces es posible que eso explique muchas cosas. Me temo que no soy médico por lo que no puedo curarte la herida.

-Tranquilo –dijo Mara mientras sacaba varias cosas de su mochila-, yo ya tengo experiencia en heridas y siempre voy preparada. Como una girl-scout.

-¿Sabes lo que es una girl-scout pero no lo que es un sacerdote? -preguntó algo contrariado el sacerdote.

Jornada 9. El final del principio (X)


Mara, que todavía no era consciente del peligro que se cernía sobre ella se acercó a otra caja que parecía estar intacta. La etiqueta indicaba que contenía cajas de munición. La abrió y se le iluminó el rostro. Efectivamente, la caja contenía a su vez una gran cantidad de cajas de cartuchos. No era la munición que ella necesitaba para sus armas, pero seguramente más de uno se alegraría por su descubrimiento, entre ellos Doc que siempre iba con su escopeta a todas partes.

Dejó su fusil de asalto en el suelo para comprobar el interior de las cajas de cartuchos y asegurarse de que ni estaban vacías ni estaba estropeado el material del interior. Cogió una de las cajas al azar y la abrió cogiendo un par de los cartuchos. Los miró y revisó. No parecían estar rotos ni en mal estado. Bueno, al menos este viaje habría servido de algo.

Fue entonces cuando escuchó un ruido detrás de ella. Demasiado cerca de ella. Cuando quiso darse cuenta tenía un zombie detrás suya y sin tiempo para coger su fusil de asalto y disparar; optó por su arma de mano pero cuando la alzó para disparar el zombie ya estaba encima de ella y a pesar de apretar el gatillo varias veces sólo consiguió agujerearle el estómago.

Trató de apuntar más alto pero el zombie ya estaba alargando un brazo para alcanzarla. No tenía tiempo. Lo esquivó a duras penas perdiendo el equilibrio en el proceso y golpeándose la mano contra una columna, el golpe la obligó a soltar la pistola.

El zombie se giró para tratar de cogerla de nuevo. El arma había resbalado por el suelo unos metros y estaba fuera de su alcance. Miró rápidamente a su alrededor y vio que su única opción era retroceder hasta el pequeño armario que había en la sala. Retrocedió sin darle la espalda al no-muerto que trataba una y otra vez de alcanzarla con sus brazos aunque sin demasiado éxito. Demasiado lento ahora que ella estaba preparada. El problema era que estaba desarmada y entraba en un callejón muy pequeño sin salida.

Y ahí seguía. Dentro del hueco entre un falso techo y el techo de verdad que parecía demasiado duro como abrirse paso. Mara ahogó un grito de dolor al volver a mover el cuerpo. Había podido parar temporalmente la hemorragia. Pero no sabía por cuánto tiempo. Ni cuánta sangre habría perdido. El zombie seguía debajo de ella alzando los brazos tratando de alcanzarla. Sin mucho éxito por suerte. ¿No se podría aburrir e irse?

Fue entonces cuando vio cómo el zombie de repente parecía perder todo interés por ella.

Éste se giró y bajó los brazos. Parecía que algo le había llamado la atención. Unos segundos después escuchaba un atronador ruido y la cabeza del zombie había desaparecido de encima de sus hombros. El cuerpo cayó primero sobre sus rodillas y luego al suelo. Alguien lo había matado.

-Hola, ¿hay alguien ahí? –preguntó una voz con tono amable.

Mara se asomó por el agujero lentamente para estudiar el recién llegado.

-Soy el padre Xavier, ¿puedo ayudarte en algo hija mía? –preguntó el sacerdote con un tono más alegre al ver una persona viva.

Jornada 9. El final del principio (IX)


Mara entró lentamente en la armería, sin prisas, tenía todo el tiempo del mundo. Y no quería ser sorprendida por un zombie que saliera de repente de alguna esquina oscura. Intentó escuchar pero el viento que se había levantado en la calle creaba falsos ruidos y no había manera de saber si estaba sola o no.

Avanzó lentamente por la tienda. La mayoría de los estantes estaban vacíos. Algo lógico en realidad. Tampoco tenía muchas esperanzas de encontrar algo de utilidad, pero siempre podía tener suerte. Miró detrás del mostrador. Nada. Lo más curioso era ver cómo alguien había abierto la caja registradora que estaba vacía, y lo mismo pasaba con una caja fuerte que había debajo de la misma. A pesar de todo, mirando entre papeles que había por el suelo encontró unas llaves que se guardó. Podrían ser de utilidad. Los estantes detrás del mostrador tenían los cristales rotos y aparte de cajas vacías de munición no había nada de interés.

Miró hacia una puerta que había en la parte de atrás de la tienda.

Parecía estar intacta. Se acercó a ella lentamente, con todo el cuidado del mundo. Trato de abrirla sin suerte. Pasó la mano por encima de la superficie de la misma y la tocó con sus nudillos en varios sitios. La puerta parecía estar reforzada. Definitivamente ahí detrás podría haber algo. El marco de la puerta parecía haber recibido intentos de ser forzada pero quien fuera que lo había intentado no había tenido mucho éxito.

Sacó las llaves que había recogido con anterioridad y las fue probando. Una de ellas se introdujo sin problemas en la cerradura y la giró. Ya sólo le quedaba abrir dos cerraduras más.

Tras muchos intentos consiguió descubrir las dos llaves que abrían las cerraduras. El interior parecía estar oscuro y olía a humedad. No había manera de saber si ahí había muerto alguien. Iluminó la estancia con su linterna. Pasó la luz por cada rincón de la habitación pero no parecía haber problemas a la vista. Entró lentamente esperando que detrás de cada sombra saltara una amenaza. Pero éstas parecían haberse tomado unas vacaciones.

Miró a su alrededor. En la habitación vio un de puertas más y diversas cajas de cartón que mostraban signos de humedad. Abrió la primera puerta que conducía a una mini habitación que seguramente se usaba para guardar los trastos de la limpieza aunque en aquel momento no contenía nada.

La otra puerta llevaba a unas escaleras que subían al piso superior y al inferior. Seguramente un sótano. Decidió quedarse en la planta abaja por ahora. El viento comenzaba a soplar realmente fuerte dado que escuchaba ventanas en la calle dar golpes contra la fachada.

Miró las cajas pero la mayoría estaban vacías. Las etiquetas indicaban que contenían chalecos de cazador, utensilios de camping y cosas por el estilo, una de las cajas contenía diversas latas de carne envasada.

Dejó la mochila en el suelo y cogió un par de latas para ponerlas dentro. Ya volvería otro día a por el resto.

El ruido de las ventanas golpeando contra las fachadas de los edificios y el que hacía el aire al colarse comenzaba a ser estresante. Ese ruido fue el que impidió que Mara escuchara al zombie que acababa de entrar por la puerta de las escaleras.

Jornada 9. El final del principio (VIII)


Cuando se movió para acomodar su cuerpo notó un dolor en el estómago y se llevó la mano a la barriga. Cuando volvió a mirar la mano comprobó que la tenía manchada de sangre.

-Genial –dijo para sí misma-, ahora moriré desangrada en este apestoso agujero y seré la pareja del zombie de abajo.

No se podía creer su mala suerte. Maldita la hora que se le ocurrió meter la nariz en aquel sitio. Volvió a recordar sus últimos pasos que le habían llevado a esa desagradable situación.

Las calles parecían estar muy tranquilas. Demasiado. Casi desiertas.

No había tenido problemas hasta ese momento, dado que los pocos zombies que quedaban eran incapaces de cogerla. De vez en cuando se asomaba a algún escaparate para ver qué tenía en su interior. No le vendría mal conseguir algo de comida y munición. Más munición que comida. La comida enlatada se podría acabar pero la comida en sí… eso era más difícil; en cambio la munición… las balas iban a ser un problema. No crecían en los árboles.

Lo que más veía eran tiendas de ropa. Le sorprendía ver los vestidos que llevaban algunos maniquíes que estaban tirados por los escaparates o por la calle. Eran tan… tan… inseguros… ¿de verdad que alguien se ponía eso como ropa? Era natural que todos hubieran muerto. Sobre todo las mujeres, esos trozos de tela no daban mucha protección… ni tapaban en exceso. Se miró en un reflejo y pensó que no le vendría nada mal conseguir algo de ropa y unas botas nuevas. Aunque la primera vez que estuvo de compras su experiencia no fue muy agradable.

Uno de los carteles de la calle por la que paseaba señaló su objetivo.

Armería. Con suerte ahí podría encontrar munición o repuestos para las armas, que eso también iban muy bien.

A su alrededor no parecía haber ningún zombie.

Jornada 9. El final del principio (VII)


Dio un rápido salto usando los estantes de apoyo y sus manos alcanzaron el agujero que había hecho. Hizo fuerza con las manos para comenzar a alzarse. No miraba hacia abajo. No debía. Tenía que concentrarse en subir. Lo demás daba igual.

Tenía medio cuerpo por encima del agujero. Parecía un falso techo o algo así. Daba igual. Había sitio para refugiarse. Fue entonces cuando notó un tirón hacia abajo. El zombie parecía haberle cogido del pie.

Lo zarandeó varias veces. Notó un fuerte pinchazo en el estómago y luego sintió que tenía el pie libre. Hizo un nuevo esfuerzo con sus brazos y se arrastró dentro del pequeño refugio. Estaba mojado.

Parecía tener goteras y el agua se colaba por algún sitio. Miró buscando una salida. No la había. Maldita sea. Otra vez atrapada. Giró su cuerpo y se asomó levemente por el agujero. El zombie la miraba desde abajo y parecía estar rugiendo o algo por el estilo. El brazo que se había pillado en la puerta lo tenía colgando y amenazaba caerse. Un espectáculo lamentable.

Jornada 9. El final del principio (VI)


Mara se dio unos cachetes en los mofletes de su cara. Debía reaccionar. No podía morir ahí. No podía rendirse. No sin saber quién era o cómo había perdido la memoria. Debía sobrevivir para descubrir su historia. Fuera cual fuera.

Respiró hondo tratando de ignorar el ruido a madera quebrada que hacía la puerta. Debía escapar de ahí, encontrar una salida. Miró a su alrededor. Nada. Era un espacio demasiado pequeño para defenderse cuerpo a cuerpo. Miró la pared con las estanterías, eran simplemente unas cuantas tablas colgadas. Tal vez podría arrancar una y usarla como estaca… No era mala idea del todo. Un rayo de luz entró en la estancia. La puerta no resistiría mucho más. Arrancó una de las tablas golpeándola rápidamente desde abajo para separarla de sus soportes. La luz cada vez entraba por más zonas de la puerta. Y la tabla no parecía que fuera a servir de mucho.

Miró de nuevo. Buscaba un milagro, algo que la ayudara en esa hora de necesidad. Pero no se había materializado nada en el pequeño espacio desde la última vez que había mirado. Algo cayó sobre su cabeza. Algo húmedo. ¿Podría ser que tuviera otro zombie encima? Sería el colmo de la mala suerte. Se apartó un poco y puso la mano. En un instante algo húmedo cayó sobre su palma. Aprovechando la luz que entraba miró el color. Transparente. Recordó que cuando había entrado en la ciudad estaba nublado y amenazaba lluvia…

Usó las estanterías para escalar algo y acercarse al techo. Y lo golpeó tentativamente. Madera. No había pensado que el techo fuera de madera.

Había imaginado que sería más duro… como los edificios que había visto en ciudades más pequeñas o en casas. Tal vez… Apoyada en una estantería desde la que golpeaba el techo con la tabla, vio asomar un brazo por una de las rendijas que se habían abierto en la puerta. De repente, Mara saltó al suelo agarrando con ambas manos el brazo del zombie que asomaba, insertándolo con fuerza en la maltrecha puerta, clavándose, ensartado, atravesado por parte de la madera, y salpicando sangre por toda la estancia. Asqueroso, sí, pero eso le ayudaría a ganar algo de tiempo.

Cogió el trozo de madera que había arrancado antes y comenzó a golpear con fuerza el techo que tenía por encima de su cabeza. El zombie parecía haberse enfadado al ver cómo uno de sus brazos quedaba atrapado en la puerta y sus golpes comenzaron a tener más fuerza y frecuencia.

Mara aceleró también sus golpes mientras miraba de reojo el brazo del zombie que se movía hacia delante y atrás y quedaba cada vez más maltrecho. Si imaginarlo era suficiente para revolverle el estómago, verlo en primera fila no ayudaba demasiado. Debía olvidarse de ello y seguir golpeando el techo. Ahí estaba su esperanza de fuga. Comenzaron a caer trozos de madera. Sí. Eso era bueno. Golpeó con más fuerza.

Notaba el cansancio. Pero daba igual. Ya tendría tiempo de descansar cuando estuviera muerta.

Miró de nuevo hacia arriba. El agujero que estaba haciendo cada vez era más ancho. Pero le preocupaban las puntas de las maderas… No quería acabar como el brazo del zombie. La puerta cedió finalmente. Se le acabó el tiempo. Debía subir sí o sí.