Jornada 7. Ella. “El fin de los días Parte III” (XXXVIII) Por JD


Oscuridad. ¿Ya había anochecido? No… algo no iba bien. ¿Dónde estaba la luna? ¿Y las estrellas? ¿No estaba en una ciudad? ¿Qué había pasado con las luces?

Había algo… lo tenía en la punta de la lengua… pero cada vez que parecía tener la respuesta se le escapaba. Tenía que recordar… sí, recordar… Su misión… su misión había sido defender a los civiles de un brote violento en una ciudad. Luego había resultado que el enemigo eran zombies. Habían evacuado. Sí, eso era… habían evacuado… entonces… los zombies les perseguían… habían comenzado a apoderarse de las calles de la ciudad. Ella se encontraba dentro de un humvee con algunos soldados. Se iban de la ciudad… pero… ¿qué había pasado? ¿Un accidente? Sí, el humvee… había ¿chocado? No lo recordaba… no había estado mirando la carretera cuando sucedió, estaba inmersa en sus pensamientos de justicia y venganza.

Entonces… ¿se había quedado ciega? No conseguía ver nada… trato de escuchar lo que pasaba a su alrededor. Notaba ruidos como de chasquidos… y notaba su cara húmeda, y algo que le goteaba…

¿Por qué no podía ver? Se pasó las manos por el rostro. Notó que tenía las manos manchadas, y la cara también… Sus dedos recorrieron sus ojos… y entonces lo tuvo claro… recordó lo que se le había olvidado, tenía que abrir los ojos si quería ver.

Levantó los párpados poco a poco. Era de día todavía. ¿Cuánto tiempo había pasado? Miró el reloj en su muñeca… el plazo del doctor se había cumplido ya. Pero seguía viva. Y parecía que la ciudad no estaba en llamas. ¿Habría sido un farol?

Se notaba aturdida. No podía moverse. Miró a su alrededor buscando ayuda. El cuerpo inerte del conductor la miraba con los ojos abiertos como si se hubiera llevado la sorpresa de su vida. Las gotas que notaba eran de la sangre que le recorría el rostro al soldado.

Giró la cabeza y deseó no haberlo hecho. Los chasquidos que notaba eran de los zombies que habían entrado en la parte trasera del vehículo y estaban comiéndose a los soldados de detrás.

Observó que los soldados de la parte de atrás del vehículo habían muerto por el accidente. O eso esperaba. Seguro que alguno lo había hecho dado el ángulo extraño de su cuello y la cabeza. Seguramente con las prisas y el miedo no se habían puesto el cinturón de seguridad y al volcar el vehículo no habían tenido ninguna oportunidad.

Y entonces se acordó. Por eso no podía moverse. Llevaba puesto el cinturón de seguridad. Debía quitárselo y salir del vehículo pero, ¿qué le esperaba fuera? Miró a su alrededor, aparte de los zombies que estaban ocupados en la zona de atrás había varios zombies rondando las cercanías y alguno comenzaba a acercarse con su lento paso.

Se soltó el cinturón y decidió que no podía salir por la parte del conductor, que era la que tenía encima. El conductor se lo impedía. Debía romper el cristal del parabrisas. Afortunadamente tanto su arma de mano como su fusil seguían con ella. Con la culata del fusil golpeó el cristal varias veces hasta conseguir que se separara del chasis del vehículo, luego con la ayuda de sus piernas lo separó más para poder pasar por el hueco y salir del vehículo.

Los zombies se giraron buscando el origen del ruido que rompía el silencio que reinaba en la calle. Y cuando lo localizaron comenzaron a caminar lentamente, como si no tuvieran prisa, hacia la capitana Grumpy.

Jornada 7. Ella. “El fin de los días Parte III” (XXXVII) Por JD


Tan pendientes estaban de salir de ahí que nadie había prestado atención a un grupo de zombies que se había ido acercando por el lateral del humvee. El artillero cubría la parte trasera del vehículo y seguía disparando su ametralladora, por lo que el ruido ocasionado había tapado cualquier posible sonido que pudieran haber hecho los zombies al acercarse.

Uno de los zombies metió sus brazos por la ventana abierta del conductor y lo agarró ferozmente. Éste gritó al notar las garras de la criatura cerrarse sobre él y sentir cómo intentaba arrastrarlo fuera del vehículo.

La capitana Grumpy rápidamente sacó su arma corta y la acercó a la ventanilla descerrajando un par de tiros en la cabeza del no-muerto que dejó escapar su presa.

El conductor se tapó las orejas para intentar parar el ruido que resonaba en su cabeza debido a los disparos efectuados a la altura de su oído.

-Ponga en marcha este vehículo si no quiere que alguien más trate de convertirle en su comida –gritó apremiante la militar mientras miraba a su alrededor.

-No le oigo –dijo el soldado gritando.

-¡QUE ARRANQUE DE UNA VEZ! –Dijo gritándole al oído bueno la capitana y señalando hacia adelante.

El soldado se quitó las manos de los oídos que todavía le zumbaban y apretó el acelerador dirigiendo el vehículo hacia una de las calles laterales.

El humvee salió rápidamente de la plaza dejando atrás a los zombies que al ver escapar a su presa cambiaron su destino y comenzaron a seguirla lentamente. La capitana Grumpy miró por el retrovisor cómo los zombies se quedaban encallados en la calle al tratar de pasar todos a la vez y se formaba una muchedumbre.

El conductor, que todavía se frotaba una de las orejas apartó la mirada para comprobar que no les seguían. Cuando volvió la mirada a la carretera frenó bruscamente al ver delante del vehículo a alguien. Pero era demasiado tarde. Y le pasaron por delante. El humvee apenas lo notó. Pero el conductor frenó en seco y se quedó mirando la carretera.

La capitana Grumpy no podía creérselo.

-Arranque de nuevo, sólo era un zombie.

-Le he matado, le he matado –no paraba de repetir el soldado.

-Ya estaba muerto -le señaló la capitana furiosa- Y si no quiere acabar igual arranque de una maldita vez y sáquenos de esta condenada ciudad.

Durante los siguientes minutos nadie dijo nada en el interior del vehículo. El conductor había bajado la velocidad temiéndose que se cruzara alguien otra vez. Pero las calles parecían vacías. Salvo algún grupo de zombies que se veía de vez en cuando por medio de las calles, deambulando sin un rumbo claro.

Mientras el humvee avanzaba por la ciudad a capitana Grumpy no podía evitar un sentimiento de derrota. Había perdido la ciudad. Había perdido soldados. Y había dejado que el misterioso doctor escapase y no pagase por sus innumerables crímenes y experimentos. Y además estaba ese grupo que parecía financiarle o al que pertenecía.

Se prometió a sí misma que acabaría tanto con el doctor como con sus amigos. Justo en ese momento el humvee volcó y dio un par de vueltas de campana.

Jornada 7. Ella. “El fin de los días Parte III” (XXXVI) Por JD


El cansancio en la tropa se iba comenzando a notar cada vez más. No sólo en la puntería, dado que cada vez parecían necesitar más disparos para acertar, sino en la posición, en un par de ocasiones varios zombies consiguieron colarse en su perímetro y a punto estuvieron de rodearles. Afortunadamente todo acabó con un par de arañazos en varios soldados y las cabezas de los zombies aplastadas en la calle bajo la culata de los rifles de asalto.

La capitana Grumpy sabía que no podían aguantar más. La tensión se palpaba. Y los zombies parecían notarlo dado que su número había ido aumentando a medida que pasaba el tiempo. Miró su reloj. La hora que había dado el doctor para la destrucción de la ciudad se acercaba. Era el momento de marcharse.

-Nos retiramos –dijo con voz enérgica la militar-. Que las ametralladoras de los humvees nos cubran. Retrocedamos lentamente sin dejar de disparar.

Los soldados obedecieron y se escuchó más de un suspiro de alivio entre la tropa.

Poco a poco el grupo de soldados retrocedía sin dejar de disparar mientras las ametralladoras de los humvees disparaban también sin parar por encima de sus cabezas. Los zombies seguían avanzando. Cerrando el cerco sobre ellos.

Los primeros grupos de soldados se subieron a los vehículos y comenzaron a gritar al conductor que les sacara de ahí. Éste lo hizo sin esperar a las órdenes de su superior y sin avisar al artillero que vio como el movimiento hacía que sus disparos alcanzaran a varios soldados que iban hacia otro humvee.

Ése fue el detonante. El resto de soldados dieron la espalda a los zombies y salieron corriendo hacia los humvees tratando de salvarse sin querer escuchar más órdenes. Desde su punto de vista habían cumplido de sobra con su deber y era el momento de ponerse a salvo.

Nadie parecía querer hacerse cargo de los compañeros caídos por la ráfaga amiga. Además, al comenzar a moverse el resto de vehículos comenzaron a volar las balas libremente sin distinguir entre amigos o enemigos. Y, mientras, los zombies se iban acercando peligrosamente.

Ya casi no quedaban humvees en la plaza. Y la capitana Grumpy miró a los heridos. Quería salvarlos… pero parecía que era la única. Nadie de su unidad parecía dispuesto a arriesgar su vida por sus compañeros. El instinto de supervivencia les había invadido a todos.

Finalmente alzó su rifle y disparó a la cabeza de los heridos. En su mente lo racionalizaba de manera que les estaba poniendo a salvo de posteriores males. Ser atacados y convertidos… seguro que lo comprendían… aunque sabía que todo eso eran un montón de excusas.

Se subió al humvee seguida por las miradas de varios de sus soldados que habían asistido a la escena.

-¿Tal vez hubiera sido mejor dejarles vivos a merced de esas criaturas?

Nadie respondió y la mayoría desviaron su mirada.

-Pon en marcha el vehículo y sácanos de este maldito infierno –dijo con tono furioso.

Jornada 7. Ella. “El fin de los días Parte III” (XXXV) Por JD


La capitana Grumpy ordenó a varios soldados que cambiaran sus posiciones y usaran las ametralladoras de los humvees que quedaban en la plaza para evacuar al último grupo. Nada más llegar comenzaron a disparar sin apuntar, tratando de formar una barrera de balas que los zombies no pudieran atravesar: saturar la zona de manera que el calibre de las armas sustituyera a la puntería.

El espectáculo que se formó a partir del momento en el que comenzaron a disparar era dantesco y algunos soldados no pudieron evitar vomitar al ver cómo los cuerpos humanos de los no-muertos eran desmembrados inmisericordemente y la plaza se llenaba de miembros amputados, cadáveres destrozados y otros que se arrastraban por los suelos a pesar de la falta de piernas o brazos o parte del torso.

La propia capitana Grumpy tuvo que cerrar unos segundos los ojos para calmarse mentalmente. Aquello no era una batalla, era una carnicería en toda regla. Y lo peor era que no tenía trazas de terminar. Los zombies parecían haber quedado de acuerdo en ir todos a la plaza a por ellos.

Las últimas ráfagas hicieron que por un momento no quedara ningún zombie en pie en la plaza y pudieran tomarse un breve respiro. Seguían habiendo algunos no-muertos que se arrastraban miserablemente por el suelo o que al menos lo trataban, en busca de los vivos que quedaban en la plaza sin mucho éxito; los soldados veían el patético espectáculo pero no se atrevían a disparar y acabar con el ¿sufrimiento? de esas criaturas.

Fue en ese momento de tranquilidad que a la capitana Grumpy le vino a la cabeza una terrorífica teoría. ¿Y sí el doctor no estuviera en la ciudad para acabar con los zombies? ¿Y si fuera todo lo contrario? ¿Y si la misión del doctor y su organización era formar un ejército de zombies? Eran lo más parecido a carne de cañón que nadie podía encontrar sobre la faz de la tierra. Sin miedo, sin misericordia, sin dudas… eran como una plaga bíblica. No ganaban por su inteligencia. Ganaban por su número.

¿Podría estar siendo éste el experimento del doctor? ¿Los estaría controlando en ese preciso momento para que los atacaran y así no dejarles salir de la ciudad vivos? No había manera de saberlo. Pero aquel momento de duda se acabó cuando una nueva oleada de zombies comenzó a rodearles. Salían de todas partes. Y los soldados miraban continuamente a su superior esperando la orden para retirarse.

Ella también quería irse cuanto antes de ahí. Pero debía ganar tiempo para que el resto de sectores y el último convoy de la plaza tuvieran tiempo de evacuar. Mientras los zombies se centraran en ellos no estarían atacando a los evacuados. ¿Pero cuánto tiempo más podrían resistir?

Jornada 7. Ella. “El fin de los días Parte III” (XXXIV) Por JD


El ruido de los disparos se iba acercando a la plaza del ayuntamiento. Las comunicaciones con las unidades que estaban combatiendo a los zombies se iban cortando demasiado rápidamente. La capitana Grumpy había ordenado la retirada de las tropas del sector hacia la plaza del ayuntamiento.

La unidad de comunicaciones ya había partido y los camiones con los soldados comenzaban a marcharse por una de las calles. La capitana Grumpy estaba de píe casi en medio de la plaza mientras veía al resto de unidades del sector aparecer de entre los edificios corriendo y mirando hacia atrás continuamente. Había juntado varios grupos de soldados para cubrir la retirada de los demás. La mayoría iban equipados con armamento pesado y se habían movido las ametralladoras pesadas a posiciones más cercanas para poder cubrir mejor la retirada.

Los primeros zombies comenzaron a aparecer por la cima de los escombros del edificio derrumbado. No duraron mucho.

A la capitana Grumpy se le ocurrió al verlos que hasta aquel momento no había tenido contacto con el enemigo. No los había visto hasta que habían aparecido encima de los escombros. No pudo tener una primera impresión de los mismos dada la rapidez de los soldados en acabar con ellos.

Durante la siguiente hora los zombies fueron apareciendo en grupos pequeños de tres o cuatro. El problema era que cada vez que acababan con un grupo a continuación aparecía otro. Y luego otro. Y otro. A medida que disparaban y los zombies caían otros aparecían de entre detrás de los escombros para seguir avanzando.

Debido a lo numeroso del enemigo y su frecuencia la militar pudo estudiarlos mejor. Eran lentos, torpes, y se lanzaban frontalmente contra ellos. No eran un peligro real… si trataban con uno o dos y no se tenía en cuenta que anteriormente habían sido mujeres, niños, ancianos… pero estaban tratando con un número creciente de los mismos. Y los disparos tenían que ser certeros, y por mucho entrenamiento que tuviera un soldado disparar a gente desarmada provocaba un momento de duda que podía ser aprovechado por los zombies para acabar con su enemigo. Y eso por no hablar del cansancio, los nervios y el estrés de la situación; mientras que los soldados comenzaban a sentir los efectos de la fatiga y a errar disparos con mayor frecuencia, aquellos seres parecían carentes de sentimientos, no parecían caer desmoralizados y seguían llegando inasequibles al desaliento, avanzando poco a poco sin importarles las bajas.

De las calles laterales comenzaron a aparecer los últimos soldados. O eso se deducía de los gritos de los mismos. Las unidades de la plaza iban disparando con cuidado de no herir a sus compañeros en retirada, pero siempre con esa duda del que dispara porque no tiene más remedio y cuenta con ese segundo para racionalizar sus acciones.

Durante la siguiente hora el número de zombies fue aumentando así como su frecuencia. Y comenzaban a aparecer también por las calles laterales y la situación parecía tornarse en un nuevo Little Big Horn. La capitana Grumpy veía irse a los camiones con los soldados que observaban cómo cada vez quedaban menos compañeros para cubrirles la retirada y se veía en sus ojos la mirada de alivio por no tener que ser ellos los que se quedaran.

Jornada 7. Ella. “El fin de los días Parte III” (XXXIII) Por JD


La capitana Grumpy tuvo que volver a entrar en la tienda rápidamente para impedir quedar cegada por la nube de polvo. Durante los siguientes minutos las paredes de la tienda temblaron ante el acoso del polvo que parecía querer derribarla o en su defecto, ocupar su espacio.

El teniente encargado de las comunicaciones se acercó a ella.
-En cuanto la nube de polvo se asiente los soldados empezarán las tareas de desescombro, aunque según el jefe de ingenieros… no prevé encontrar a nadie con vida.

La militar asintió.

-Que evacuen el resto de edificios. Nos vamos de este maldito lugar.

El teniente no le indicó que ya había dado la orden. Él tampoco se sentía del todo bien, la mayor parte de gente que conocía de la unidad se encontraba en la tienda pero… no quería pensar en lo que pasaría de perder a alguien bajo su mando.

Finalmente las paredes de la tienda dejaron de temblar. Uno de los soldados sacó la cabeza tentativamente para comprobar cómo estaba fuera.

-La nube de polvo casi ha desaparecido –Anunció.

La capitana Grumpy se apresuró a salir de la tienda y a acercarse al edificio que se había derrumbado. Ya había un grupo numeroso de soldados sobre los escombros que los estaban retirando poco a poco, esperando escuchar alguna petición de auxilio de entre los mismos.

Pasaron los minutos sin que se escuchara ningún grito de ayuda. La capitana Grumpy los dio por perdidos. Pero no ordenó a sus hombres que dejaran la tarea. No hasta que tuvieran que irse de ese maldito lugar.

Un policía militar se acercó corriendo a la militar.

-El doctor ha desaparecido. Hemos encontrado el cadáver del soldado que le vigilaba. Le ha cortado el cuello.

La mirada de disgusto de la capitana era evidente. Indicó al soldado que podía retirarse mientras en su cabeza bullía una culpa inmensa por no haber sucumbido a la tentación y haberle metido una bala en la cabeza al maldito científico. Y ahora tenía otro muerto sobre sus espaldas por sus escrúpulos.

Comenzaron a escucharse disparos de las calles cercanas. La capitana Grumpy se comunicó con su radio con el centro de comunicaciones.

-¿Qué está pasando?

-Al parecer la explosión ha llamado la atención de los zombies de la zona y están saliendo de los edificios cercanos y se aproximan hacia aquí.

Se acababa el tiempo.

Miró a los soldados que había parado sus tareas de desescombro. La capitana Grumpy los miró con tristeza.

-Dejadlo. Nos retiramos. Cojan las armas. Regresaremos más adelante a por nuestros compañeros caídos.

Sabía que si lo que el doctor había dicho era cierto lo que acababa de decir era una mentira. Pero no quería más muertes inútiles sobre su conciencia.

-Que las unidades preparen un corredor de salida a través del sector 2. Deprisa.

Miró al cielo buscando una señal de que todo iba a acabar bien. Las nubes se habían retirado y el sol la cegó durante unos instantes. Tan buen tiempo arriba y tanta muerte abajo.

Jornada 7. Ella. “El fin de los días Parte III” (XXXII) Por JD


El doctor cogió una toalla y la plegó cuidadosamente. Luego se acercó al cristal que había sobre el lavabo y apoyó la toalla contra el mismo. Golpeó fuertemente con su codo la toalla y vio cómo el cristal se rescrebajaba sin hacer ruido ni caerse. Con cuidado retiró la toalla y estudió los trozos de cristal. Cogió uno que le pareció adecuado. Lo rodeó en parte del mismo con la toalla a modo de empuñadura y se acercó a la puerta.

A continuación golpeó el marco del cristal haciendo que los cristales cayeran al suelo provocando un gran ruido.

En unos segundos el soldado entraba corriendo en el baño y se encontraba con un trozo de cristal clavado en su estómago cortesía del doctor que le había pillado por sorpresa. El doctor sin perder tiempo sacó rápidamente el cristal y mientras el soldado se echaba las manos al estómago le rebanó el cuello de vena a vena. En unos segundos el soldado se encontraba muerto tirado en el suelo rodeado de un charco de su propia sangre. El doctor miró la imagen.

-Piensa positivamente, te he librado de una muerte lenta y dolorosa.

Salió rápidamente del despacho y se acercó a uno de los jarrones que había en la antesala. Dentro se encontraba el teléfono vía satélite que había escondido antes. Sabía que los militares lo buscarían en la habitación. Y apostó a que no pensarían en hacerlo fuera del despacho. Afortunadamente para él, acertó.

Mientras bajaba unas escaleras laterales activó el teléfono.

-¿Cuál es el estatus del protocolo Infierno?

Una voz al otro lado del aparato le respondió.

-Se ha retraso debido al tiempo. Está nublado por la zona y no podemos ver con exactitud el objetivo.

-No estamos hablando de un ataque quirúrgico –se quejó el doctor amargamente– calculen mediante el GPS y lancen tres o cuatro bombas. Da igual que se equivoquen por un par de kilómetros de más.

-Pasaré la orden.

-De acuerdo –respondió el doctor dándose por satisfecho– necesitaré extracción en el punto de encuentro Omega.

-Le estaremos esperando.

El doctor apagó el teléfono y recordó mentalmente su ruta de escape. Bajó hasta los sótanos del ayuntamiento y pasó por delante de la puerta del bunker de la alcaldesa y sonrió. Lo que la arpía no sabía era que seguramente ella no sobreviviría. Y si lo hacía no podría salir nunca de su refugio. Al contrario que los refugios nucleares militares, el de la alcaldesa no estaba preparado para lo que se iba a lanzar sobre la ciudad.

Pensó en la ironía. Ahí estaba la alcaldesa que había vendido a toda su ciudad sin pestañear, creyéndose a salvo. Obviamente, él podría haber dicho algo… pero de alguna manera no quería que esa persona sobreviviera. No se lo merecía. No había sacrificado nada para conseguirlo… además, no era justo que alguien como ella sin ningún valor moral sobreviviese y alguien que podría haber sido tan útil como la capitana Grumpy muriese. Sabía que su pensamiento era retórica pura, dado que él tampoco era un santo. Sí, había sacrificado cosas por la causa, había arriesgado su vida… su vida tenía un valor muy superior al de la alcaldesa.

Enfiló un par de puertas más y se encontró delante de su objetivo. Una puerta de metal que le llevaba al sistema de alcantarillado desde el que podría salir de la ciudad sin problemas y sin encontrarse con zombies. Al fin y al cabo, ¿qué se les había perdido a los zombies en las cloacas?

Jornada 7. Ella. “El fin de los días Parte III” (XXXI) Por JD


El doctor había observado con atención al policía militar que le habían puesto de escolta durante las siguientes horas. Al principio había tratado de entablar conversación con el mismo, pero el militar le había ordenado callarse y dejar de molestarle.

Militares. Tercos y estúpidos como ellos solos. Menos mal que no todos eran como aquellos con los que le había tocado lidiar. Claro que si lo pensaba era natural. Cuanto más ambicioso y más lejos llegaras menos conciencia tenías. Era ley de vida. Sólo los fuertes sobrevivían o escalaban en la pirámide social.

Se paseó varias veces por el despacho de la alcaldesa mirando de vez en cuando por los ventanales del mismo. Observando cómo los militares se movían como hormigas bajo las órdenes de la reina. El militar le seguía con la mirada continuamente.

Sonrió para dentro. Debía dejar que al militar le invadiera una falsa sensación de seguridad. Que no tenía nada que temer del pobre doctor. Que se confiara. Esperar su ocasión.

Miró su reloj. Se acercaba la hora que le habían dado para que se cumpliera el plazo y comenzara a llover fuego sobre la ciudad. Un fuego que purgaría parte de los pecados del grupo para el que trabajaba. Estudió su reflejo tratando de buscar una señal de arrepentimiento o duda. No la encontró. Creía en su causa. No sólo en el dinero que obtendría en el futuro y la buena vida que le esperaba. Sabía que podrían controlar el alzamiento zombie. Sólo se requería tiempo, paciencia y material. Y todo eso se lo habían prometido. Él y su equipo llevaban tiempo estudiando a los zombies. Sus métodos de “reproducción” y de exterminio. Sólo había que encontrar el componente químico adecuado para neutralizar lo que fuera que les daba vida a los muertos.

Una fuerte explosión le sacó de su cadena de pensamientos. Un edificio se estaba derrumbando casi enfrente de ellos. ¿Todavía tenía esperanzas de parar a los zombies? Aunque tenía que reconocer que la idea de usar los escombros de los edificios como barrera contra los mismos era interesante. Mientras observaba la nube de polvo cubrir casi toda la plaza vio que algo no iba bien… veía soldados correr hacia el edificio derrumbado arma en mano… y no sólo hacia ese edificio… también hacia el resto… ¿podría ser? Volvió a sonreír. Parecía que los zombies habían estropeado los planes de la capitana después de todo. Esas criaturas tenían un instinto de naturaleza increíble… ¿sería posible que hubieran intuido el peligro? ¿O sería una más de tantas casualidades? Vio al soldado que estaba recibiendo órdenes. Parecía que había llegado la hora.

-Debe acompañarme doctor –dijo mientras ponía una de las manos en la cadera a la altura de la empuñadura de su arma de mano.

-¿Le importa si voy al baño antes? Parece que me espera un largo viaje antes de que vuelva a poder… aliviarme.

El soldado asintió con gesto de disgusto y de enfado. El doctor se dirigió hacia el baño. Había llegado la hora de despedirse de la capitana Grumpy para siempre.

Jornada 7. Ella. “El fin de los días Parte III” (XXX) Por JD


Durante las siguientes horas la capitana Grumpy se dedicó a ir y venir de su tienda a la tienda de comunicaciones, pensando que con su presencia la evacuación sería más rápida. Pero no era así. Se había acelerado. Pero las cifras no encajaban. ¿Qué debía hacer? ¿Salvar a sus soldados a costa de la muerte de civiles inocentes? ¿Sacrificarlos?

La ira que sentía por la posición en la que la habían colocado aumentaba cada hora. Y no conseguía tener una respuesta preparada. ¿Quién era ella para decidir quién vivía o quién moría? ¿Quién era más importante? ¿Un soldado o un civil? Por un lado, si al final había una guerra contra los zombies todos los soldados serían necesarios. Pero, ¿y si entre los civiles que abandonaba se encontraba aquel que podría descubrir un método para matar a los zombies?

Miró su reloj, quedaban unas tres horas y media para el límite que ella había marcado basado en su conversación con el doctor. Entró una vez más en la tienda. Los soldados, ya acostumbrados a sus idas y venidas, no le hicieron caso y continuaron con su trabajo, tratando de coordinar el desplazamiento de miles de personas.

Cuando se acercó al teniente para solicitarle el último informe de la situación se empezaron a escuchar disparos cercanos. Todos levantaron las cabezas al escuchar los tiros. La capitana Grumpy mirando al teniente esperó una respuesta.

-Que alguien informe –ordenó el teniente. Uno de los operadores apretó un botón y se empezó a escuchar por los altavoces la conversación con una de las unidades.

-Hay zombies en el edificio, repito, hay zombies en el edificio, nos están atacando.

-¿Dónde está la unidad? –preguntó la capitana acercándose al operador de radio.

-En uno de los edificios que debían ser demolidos –respondió rápidamente el soldado.

-Que evacuen el edificio –ordenó la capitana-. Manden una unidad adicional para cubrirles la retirada. Y prepare unidades adicionales para el resto de edificios.

-Están atacando a uno de los zapadores -se continuó escuchando por los altavoces–. Dios mío, tiene uno de los detonadores en la mano.

Unos segundos después se escuchó una explosión y una fuerte ráfaga de viento hizo temblar la tienda, mientras la capitana Grumpy se dirigía a la salida comenzó a dar órdenes.

-Que el resto de unidades abandonen los edificios, ordenen la evacuación. Nos marchamos. Que alguien vaya a buscar al doctor.

La capitana Grumpy salió de la tienda y dirigió su mirada al origen de la explosión. Una nube de polvo impedía ver el estado del edificio y comenzaba a acercarse a su posición.

Jornada 7. Ella. “El fin de los días Parte III” (XXIX) Por JD


-La alcaldesa se mostró muy enfadada cuando le conté lo que sabía -continuaba contando el doctor su particular relato-, y me amenazó con matarme. Después estuvimos discutiendo sobre lo siguiente que hacer. Pero no parecía escucharme, parece que le ha tocado la moral, capitana.

La capitana Grumpy escuchaba con atención el relato del doctor, ¿cuánto era verdad? ¿Cuánto era mentira? No había manera de saber si el puñetero doctor se lo estaba inventando todo.

-Así que cogió un teléfono vía satélite que tenía en uno de los cajones y ordenó acabar con el experimento -seguía diciendo el doctor.

-¿Cómo? -preguntó la militar recordando que la vez anterior no había tenido una respuesta a su pregunta.

-Va a arrasar la ciudad -respondió entre apenado y atemorizado el doctor-, llamó a sus contactos y les indicó que era imperativo. Parecía histérica, creo que usted le ha hecho perder la paciencia.

-Pero, ¿cómo lo hará? -insistió la capitana Grumpy.

-Bueno, no lo sé exactamente -dijo vagamente el doctor-, creo que tiene algo que ver con plasma termita, o fósforo blanco, es usted la militar, yo no tengo mucha idea de esas cosas. Pero creo que la idea es cargarlo en misiles y lanzarlo sobre la ciudad para que las llamas lo devoren todo.

Los ojos de la militar se abrieron como platos.
-¿Termita? ¿fósforo blanco?

-Bueno, supongo -respondió el doctor, si para usted quiere decir algo…

-Explosivos que arden a tales temperaturas que hacen que pueda derretirse el metal -dijo la militar sombría-. El ‘willie peter’ hace arder lo que toca, tela, combustible, munición… mientras que la termita… bueno, el agua no puede con ella, de hecho si la toca provoca una explosión que hace que se expanda más todavía… ya se usaban en la Segunda Guerra Mundial para incendiar ciudades… pero lo que está diciendo…

-Haría desaparecer la ciudad y todo lo que esté en ella -acabó la frase el doctor-, tengo que reconocer que es un buen método de control de población zombie.
-¿Y dónde se ha metido el alcalde? -preguntó la militar mirando a su alrededor-, seguramente la pueda convencer para que revoque la orden.

-Está escondida en su bunker -respondió el doctor casi con una sonrisa. Antes de que nadie pudiera preguntarle él siguió hablando-. Sí, supongo que se estará preguntando qué hace un bunker en la alcaldía. Bueno, resulta que cuando la Segunda Guerra Mundial la ciudad sufrió bombardeos y el edificio original fue destruido, se usaron los cimientos para crear un refugio anti-aéreo. Luego vino la Guerra Fría y se aprovechó el refugio para construir un bunker y encima el nuevo ayuntamiento. Con los años se ha ido modernizando y ahora es algo así como una habitación del pánico. Aislada de todo, con su propia energía, sus reservas de aire, agua y comida… Bueno, ya se lo puede imaginar. Así que me temo que no podrá obligarla a nada que no sea morirse de aburrimiento.

-¿Cuándo llevarán a cabo el ataque? -preguntó rápidamente la capitana Grumpy mirando su reloj.

-Parece que tenían ciertos problemas para prepararlo todo -respondió vagamente el doctor-. Creo que dijeron que necesitaban cierto tiempo para preparar el avión, su carga y los permisos de vuelo para encubrir la acción. Entre doce y veinticuatro horas si no escuché mal.

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