Jornada 3: “Vida y milagros de G,” el salvador del mundo (IV) Por JD


Miró a su alrededor sopesando las posibilidades. Durante muchos días, mientras preparaba su plan de huida, había ido pensando el mejor lugar para refugiarse. Sin dudarlo el más seguro era una base de prospección petrolera en medio del mar. Pero tenía unos riesgos muy altos. La maquinaria era complicada. Y era estar encima de un charco de gasolina con un mechero que no sabías cuándo se encendería.

Se dirigió a lo que creía que era el corazón de la base militar que escogió finalmente y respiró profundamente y con cierta tranquilidad por primera vez en algún tiempo. Fue entonces cuando su gesto se tornó de la sonrisa a la preocupación. Fuera del edificio ¡había gente!… ¿o no? Se acercó con prudencia. No quería llamar la atención, ni ser visto antes de tiempo. Respiró aliviado al ver que eran seres vivos. Estaban hablando entre ellos. Casi discutiendo. Se aseguró que no iban armados, bueno… todo lo que podía desde la distancia. Se acercó lentamente, con las manos levantadas, y cuando se dieron cuenta de su presencia dijo en voz alta y segura, “Vengo en son de paz”.

Estaba a unos metros del grupo y pudo comprobar que no parecían haberlo pasado bien, alguno estaba manchado de sangre, otro tenía media cara tapada por unas gasas y cinta, y otro tenía un vendaje al final del brazo en lo que parecía un muñón en ausencia de la mano correspondiente. Había alguien que parecía estar cuidándolo hasta que se acercó; se puso en píe y le miró con curiosidad.

¿Problemas? -preguntó G con tono inocente, no las tenía todas consigo, así que era mejor ir sobre seguro y tratar de ser simpático.

-Creíamos que aquí encontraríamos ayuda -dijo el que parecía haber estado – cuidando del manco- pero esto está desierto, y no hay manera de acceder al interior de los edificios.

Gerald sonrió y dijo:
-Son instalaciones militares, tienen sistemas de seguridad para impedir que entre cualquiera a robarles.

Miró al manco con atención, y señaló las heridas.
-¿Se las has curado tú?

La otra persona asintió. Gerald siguió hablando,
-Bien doc, si esas heridas se has ha hecho una de esas cosas, está listo.

El doctor parecía incómodo con esa familiaridad y replicó:
-No estoy de acuerdo, son sólo rumores, no hay pruebas de que lo que sea que está pasando sea contagioso”.

Gerald no pudo evitar soltar una carcajada:
-Por supuesto, y los peces vuelan, doc.

El herido habló por primera vez:
-Han sido esos malditos inmigrantes, seguro. Alguna enfermedad rara que han traído de sus países de origen.

Ambos se giraron al escuchar eso, Gerald no pudo evitar sentir cierta sensación de asqueo ante aquel comentario:
-Por supuesto, los inmigrantes, que también han sido afectados por lo mismo, seguro.

El herido siguió hablando:
-Eso es lo que nos quieren hacer creer, seguro que están escondidos a buen recaudo esperando a que nos matemos entre nosotros. Algunos lo llaman “vabu” o algo así, es magia negra que practican o se les habrá escapado de las manos. Ni siquiera saben lo que hacen.

Doc negó con la cabeza:
-Esas teorías son ridículas, seguro que todo tiene su explicación, y su cura, es sólo cuestión de tiempo que el gobierno o los científicos la descubran y acaben con esta pesadilla.

-A menos que lo hayan creado ellos -dijo Gerald-, a alguna compañía se le puede haber escapado algún virus experimental encargado por el gobierno, o alguien creyendo tener la cura para todas las enfermedades lo probó sin las medidas de seguridad adecuadas, o quién sabe, a lo mejor es un experimento del gobierno para probarlo en otros lugares.

Doc volvió a negar con la cabeza:
-Lo que me faltaba, la teoría de la conspiración judeo-masónica -luego señaló a otra persona que estaba apoyado contra una pared medio dormido-. Ése cree que han sido los extraterrestres, que nos están usando de conejillos de indias para sus armas biológicas que quieren usar contra sus enemigos. Irracional, tanto lo uno como lo otro.

Gerald no quiso continuar con ese tema:
-Mira, Doc, me da igual quién o qué haya provocado esto. Pero es peligroso tenerle suelto -dijo señalando al herido.

-¿Y qué propones? ¿Matarlo? -preguntó Doc escandalizado.

-Tranquilo, aunque sería una solución piadosa -dijo Gerald levantando las manos en señal de paz-. Mira, seguro que estas instalaciones tienen salas herméticas para tratar enfermedades infecciosas y cosas de esas, ¿estarías de acuerdo en meterlo en una de ellas y tratarlo desde ahí?

Doc miró a Gerald entre reacio y sorprendido.
-Bueno, si consigues que entremos, claro.

Gerald sonrió y se descolgó la mochila que llevaba a la espalda.

-Eso no será un problema -dijo sonriendo mientras sacaba un portátil de dentro de la mochila y lo encendía. Luego giró la pantalla, sacó un puntero y convirtió el portátil en una tablet-pc.

Jornada 3: “Vida y milagros de G,” el salvador del mundo (III) Por JD


Zombies, ¿Cómo demonios había pasado? Gerald recorría la ciudad hacia alguna de sus salidas sobre una de sus motos mientras miraba con miedo a su alrededor. Los zombies intentaban alcanzarlo a su paso pero cuando se giraban él ya estaba lejos. Se había decidido por una moto pesada, que pudiera pasar por encima de una de esas cosas sin perder el equilibrio o atropellarla sin miramientos. Al principio había pensado en usar uno de los coches, pero… cuando estudió el estado de las calles tuvo que quitarse la idea de la cabeza. Había multitud de coches abandonados en medio de las mismas y esquivarlos con otro coche era complicado y peligroso. Había sido testigo de un pobre diablo que lo había intentado; su coche se había quedado calado en medio de la calle y los zombies lo habían sacado a través de la ventana rota sin miramientos. Había estado escuchando sus terribles gritos durante cinco minutos, al cabo de los cuales suponía que o bien había fallecido o bien se había desmayado. El caso es que nunca había vuelto a despertarse y los zombies habían dado buena cuenta del mismo.

Durante los días previos había ido preparando su plan de forma intensiva y detallada. Lo primero era salir de la ciudad. Ahí estaban los zombies y seguramente seguirían durante un tiempo mientras tuvieran comida. Y en esa ciudad tendrían para rato. Una vez fuera de la ciudad lo principal era evitar lugares públicos como los hospitales. Era lógico imaginar que la mayoría de la gente se dirigiría a esos lugares en busca de seguridad y los zombies les seguirían. Tarde o temprano. Había estudiado los mapas de las afueras de la ciudad; la zona industrial era interesante pero no contaba con víveres. Había encontrado el lugar ideal a unos 200 kilómetros de la ciudad. Alejado de la misma pero seguro. O eso esperaba.

Cuando salió de la ciudad un grupo de zombies comenzó a seguirle, pero su paso lento y aburrido no era rival para el potente motor de su vehículo. Fue poniendo distancia rápidamente. Miraba el GPS de forma regular mientras evitaba los vehículos que estaban abandonados en las carreteras. De vez en cuando veía algún zombie que parecía perdido o se alejaba de la carretera. Pero no había corrido ningún peligro real desde que salió de la ciudad.

Abandonó la carretera y dejó atrás los carteles de prohibido el paso y los avisos de que los infractores podrían ser disparados. Atravesó un par de lo que habían sido anteriormente controles de acceso y paró la moto orgulloso de sí mismo y de que su plan hubiera salido bien. Estaba dentro de uno de las instalaciones más seguras de la zona. Una base militar abandonada y vacía.

Jornada 3: “Vida y milagros de G,” el salvador del mundo (II) Por JD


Gerald paseaba nervioso por el salón de su ático de lujo, colgado al móvil. Ya llevaba dos semanas encerrado en el mismo sin salir al exterior. Las noticias no eran demasiado buenas. Bueno, apenas había noticias. La televisión había dejado de emitir casi desde el principio, y la radio hacía unos días que había dejado también de escucharse. El móvil todavía funcionaba, y ninguno de sus contactos sabía qué estaba pasando exactamente. La única información que le había servido era la que le había permitido almacenar víveres antes de que el mundo se volviera loco.

Colgó el móvil al ver que era inútil. Encendió un cigarrillo y salió a la amplia terraza de su ático. Estaba anocheciendo. En el horizonte podía ver un resplandor, ¿un incendio? ¿Por qué no hacían nada los bomberos? No escuchaba los aviones dirigirse al lugar para arrojar sus cargas de agua. Miró a su alrededor, algunas zonas de la ciudad se habían quedado ya sin electricidad. En su edificio todavía contarían con electricidad durante un tiempo. Era una de las más modernas edificaciones que cumplía todas las normas de construcción, Internet en todas las habitaciones y paneles solares para ayudar a la reducción del uso de la electricidad de consumo. Pero no duraría.

Lo que más le ponía nervioso era el silencio. Durante los primeros días, durante la primera semana, había escuchado cada día llorar a los niños de los vecinos. Eran ruidosos. Pero en los últimos días había dejado de escucharlos. Bueno, seguramente los vecinos habían tenido la brillante idea de largarse. Era algo que tenía que hacer él mismo, pero… no las tenía todas consigo. Había visto cosas raras cuando se asomaba para ver la calle. Todavía no tenía claro qué estaba pasando. Y era mejor tener toda la información posible antes de salir de su refugio.

Esta última semana se había caracterizado por los disparos. Al principio no se escuchaban más que aisladamente entre todos los ruidos de la urbe. Coches, aviones, los silbidos de los trenes de fondo… Pero a medida que los ruidos de la ciudad habían ido desapareciendo, los disparos se habían ido aumentando. Hasta hacerse continuos y desaparecer hacía unas horas.

Podía ver de nuevo esas oscuras figuras vagando por las calles, al principio había pensado que eran heridos conmocionados, pero había algo raro en ellos. No sabía el qué.

Se acercó a su ordenador. Internet como la había conocido ya no funcionaba. Ahora para conectarse tenía que usar directamente la dirección numérica del servidor. Nada de letras. Menos mal que un hacker como él había ido recogiendo a lo largo de los años información suficiente como para no tener que preocuparse de esos detalles.

Las páginas privadas ya no existían. Los servidores de las grandes compañías seguían existiendo, pero seguramente gracias a instalaciones previstas para apagones, pero tampoco durarían indefinidamente. Aunque tenía un plan para poder guardar toda esa información y poder acceder a ella cuando la necesitara. Sabía que tendría que dejar su ático en algún momento. Pero no lo haría sin tener un plan.

Jornada 3: “Vida y milagros de G,” el salvador del mundo (I) Por JD


Un castillo para dominarlos a todos

G miraba la pantalla con cierta preocupación. Los encuentros con los zombies en los últimos meses se habían espaciado. El encuentro en la granja era el más grave reportado en los últimos tiempos. Y había sido a dos días más o menos de camino, tal vez cuatro en movimiento zombie. Además, casualmente, estaba ese espía…

Miró las paredes recordando los primeros días después de encontrar el castillo. Primero había habido que limpiar la zona. Parecía un buen refugio temporal donde esconder a las mujeres y a los niños mientras se decidía qué hacer de cara al futuro. Tenía una visión del valle estupenda, un acceso muy complicado y estaba recién remodelado. Por lo que pudo descubrir posteriormente, el castillo había sido remodelado para ser usado como atracción turística, como parador y lugar de vacaciones para turistas de lujo. Nunca llegó a inaugurarse. Los comienzos en el sitio habían sido difíciles. Había que limpiarlo… y no de polvo justamente, pensó sonriendo. El sentido de orientación de los zombies es terrible por no decir inexistente. No sabrían seguir una línea recta en un pasillo. Así que los zombies, que simplemente vagaban de un lado para otro buscando comida, a veces te los encontrabas perdidos en sitios remotos y de difícil acceso. Simplemente no encontraban la salida. Malditos no-muertos. Mortalmente estúpidos, pensó G sonriendo de forma cínica.

Pero nadie habría pensado que se quedarían ahí. Hasta que comenzaron a ver sus posibilidades. G no podía evitar pensar en que había sido el que más había luchado para quedarse en ese sitio. Veía su potencial. Sólo había tenido que vencer sus reticencias hacia su persona más que hacia el lugar. El lugar estaba acondicionado para vivir en él. Tenía un manantial propio, y también estaba la lluvia que llenaba los depósitos para casos de emergencias. Habitaciones acondicionadas. Salas de reuniones. ¡¡Baños!! (para los que tuvieron que habilitar un pozo negro). Aunque no contaba con electricidad. No se podía tener todo en esta vida.

Pero la solución era sencilla, placas solares. “Sólo” había que cogerlas e instalarlas y tendrían su propia energía eléctrica (por suerte entre ellos había gente que se dedicaba a todo tipo de cosas).

Se había habituado a vivir en ese sitio. Apenas salía fuera. Aunque los zombies no habían sido vistos por la zona en un tiempo, él se consideraba demasiado valioso como para arriesgar su vida. ¿Qué haría el grupo de supervivientes sin él? Le necesitaban.

Sabía que estaba evitando coger el teléfono, pero avisar al otro refugio de que a lo mejor tenían que volver al mismo y del encuentro con el espía no era precisamente lo que más le gustaba. No tragaba al encargado de la misma. Se creía que el mundo giraba a su alrededor y que le debían pleitesía. No sabía cómo le aguantaban los demás.