Jornada 3: “Vida y milagros de G,” el salvador del mundo (XIV) Por JD


El zombie golpeaba el cristal con las manos y la cabeza, intentando alcanzar a Gerald, que no parecía inmutarse. Mirar a esa cosa ¿viva?, ¿no-muerta? Resultaba fascinante. No se comportaba como la gente normal. No sostenía la mirada, ¿tenía mirada? No parecía seguirle de una forma normal… Y no parpadeaba… Fijó su mirada en su pecho, no parecía moverse, dando a entender que hinchaba los pulmones para respirar.

Gerald era un científico, pero en aquellos momentos… daría lo que fuera para tener los suficientes conocimientos como para poder estudiarlo. Era como un virus informático, cuando Gerald conseguía su código fuente lo estudiaba durante días, fascinado por la fantasía humana, por su capacidad de destrucción incluso en el medio cibernético, el modo en el que algunas personas se saltaban las protecciones para conseguir que sus virus funcionasen en algunos casos era… puro arte, una obra maestra.

-Doc -dijo Gerald dando la espalda al zombie-, tú eres un científico, ayúdanos a combatirles, ayúdanos a sobrevivir

Mientras salía satisfecho por su última frase pudo observar en el reflejo de uno de los cristales a Doc mirando fijamente al zombie… y sonriendo de una forma casi siniestra.

Jornada 3: “Vida y milagros de G,” el salvador del mundo (XIII) Por JD


Un día, más para escapar de sus “alumnos” que otra cosa, Gerald acabó en el laboratorio donde Doc parecía inmerso en la lectura de un libro, “¿Qué hay de nuevo, viejo?” -preguntó Gerald acercándose al cristal que le separaba de la cosa que había al otro lado, “¿Ya ha terminado su transformación?” Gerald prefería el término, zoombificación, pero a Doc parecía molestarle, y era mejor estar de buenas con el doctor, que nunca se sabía cuándo podría necesitarlo.

Doc no se levantó de su silla:
-Sí, ya no es un ser vivo, ¿estás contento? No entiendo porqué debemos dejarle vivir y no liberar su alma y matar a esa criatura del demonio.

Gerald alzó una ceja
-¿Ahora te has vuelto creyente Doc? Mira, ese ser… -y buscó la mejor palabra para definirlo, no era vivo, ni muerto, no era no-vivo, y no-muerto… no sabía quién había decidido llamarlos así, pero este tío no había muerto, había sido infectado según se decía, así que no era un no-muerto… Un fuerte ruido le cortó su línea de pensamiento, se giró instintivamente y vio al zombie pegado al cristal con la boca abierta e intentando morderle, la imagen hizo que involuntariamente diera un paso para atrás, con la mala fortuna de tropezar contra una silla y caer de culo al suelo.

Con el rabillo del ojo captó una breve sonrisa de Doc que desapareció inmediatamente. Gerald señaló al zombie sin levantarse:
-ESO es el enemigo Doc. Y debemos conocer a nuestro enemigo. ¿Qué les impulsa? ¿Qué comen? ¿Pueden sobrevivir sin aire? ¿Sin comida? ¿Les afecta lo mismo que a los humanos? ¿Venenos? ¿Gases letales? ¿Cómo nos localizan? ¿Nos ven? ¿Nos huelen? ¿Qué hacen con la comida? ¿Cómo nos pueden infectar con un mordisco? ¿Podemos contrarrestar la mordedura? ¿Cómo mueren exactamente? ¿Cortándoles la cabeza? ¿Volándoles el cerebro completamente sólo parcialmente? ¿Se regeneran? ¿Procrean?

Gerald hizo una pausa y se levantó mientras se acercaba al cristal y hacía contacto ocular con el zombie:
-¿Qué sabemos de esas cosas Doc? No sabemos nada, salvo que no les gustamos. Pero en ese caso, el sentimiento es mutuo. ¿Qué les impulsa? ¿Cuál es su origen? O descubrimos las respuestas o perderemos esta guerra, porque no se equivoque Doc, estamos en guerra.

-Un poco alarmista ese comentarios –dijo Doc casi sin mirarle-, no va con tu personalidad.

-Piensa lo que quieras, pero es la supervivencia de la raza humana lo que está en juego, el permanecer en lo alto de la cadena alimenticia y no desaparecer sustituidos por ese remedo de ser indefinible -replicó Gerald, más por llevar la contraria a Doc que otra cosa.

Jornada 3: “Vida y milagros de G,” el salvador del mundo (XII) Por JD


Doc miró alarmado a Gerald.
-¿Cómo? Lo que dices es inhumano. Ese pobre hombre tiene que dejar de sufrir. Es una crueldad dejar que pase por todo esto y… se convierta.

Gerald no pareció hacer caso a Doc y salió del laboratorio, demasiado para un día. Ya arreglaría el tema con Doc en algún otro momento. Quería revisar el resto de la base y comprobar que todo se correspondía con la información que él tenía. Pero antes… todos esos tiros le habían abierto el apetito y no había comido ni dormido desde que dejara el apartamento en la ciudad. Averiguó dónde estaba la cantina y se preparó algo para comer. Era lo que tenía ser soltero, que o aprendías a cocinar o te gastabas el dinero en comida precocinada que no sabías de dónde había salido ni con qué estaba hecha ni por qué manos había pasado.

Ni por un momento se le pasó por la cabeza preparar comida para sus compañeros, o si éstos sabrían cocinar. No era su problema.

Se dirigió a las dependencias que parecían ser del oficial superior, encargado de la base y se dirigió directamente al baño. Se dio una ducha, se metió en la cama y se puso a dormir tranquilamente.

Las horas se convirtieron días y estos en semanas. Gerald andaba ocupado sin un solo momento libre. Parecía que tenía que tomar todas las decisiones. Menos mal que no le pedían también que cocinara. Por lo visto habían tenido suerte, los demás, y uno de los supervivientes era cocinero. De hecho, y según le contaron, sin que él preguntara nada, la mitad del grupo se encontraba en el restaurante donde trabajaba el cocinero cuando comenzaron los disturbios de verdad en la ciudad; gente corriendo, comiéndose entre ellos, así que decidieron salir corriendo y, sin saber cómo, acabaron en la base donde se encontraron con Doc y otras pobres ovejas descarriadas.

El problema para Gerald era que tenía que supervisarlo todo. Había diseñado un plan de estudio para los supervivientes, uso del armamento de la base y ese tipo de cosas. Gracias a Dios que los militares tenían manuales de papel para esas cosas: configuración del sistema de alarmas del cuartel, supervivencia, primeros auxilios, y esas cosas que debían aprender en esta nueva sociedad. Doc se encargaba de dar las clases de primeros auxilios. Además, debían practicar un par de horas en las galerías de tiro, aprender a limpiar las armas, en fin… tantas cosas que Gerald no había tenido tiempo todavía para decidir su siguiente paso. Quedarse en la base no era una opción. Sería una diana permanente. Y no quería estar ahí cuando eso pasase.

Jornada 3: “Vida y milagros de G,” el salvador del mundo (XI) Por JD


-Por supuesto -respondió Gerald-, pero que estén muertos y se muevan no significa que la naturaleza no siga su curso, los zombies no son seres inmortales que si les dejas viven para siempre, su cuerpo sigue siendo… de carne y hueso, si le arrancas un brazo, no le crece otro, vale, no se muere desangrado ni nada por el estilo, lo cual no deja de ser una ventaja, pero aparte de eso…

-¿No sería mejor quemarlos? -preguntó otro.

-Claro, hombre –dijo Gerald algo molesto porque dudaran de sus consejos, parecían niños pequeños-, y de paso indicamos a 100 kilómetros a la redonda que estamos aquí y que por favor se pasen a visitarnos.

Gerald no dio tiempo a más preguntas, se alejó del grupo y volvió al laboratorio donde Doc parecía hacer inventario de lo que ahí había. Se acercó al paciente que estaba al otro lado del cristal y le señaló:
-¿Cómo está tu paciente, doc?

Doc miró los monitores para asegurarse:
-Sus signos vitales están cayendo poco a poco, al igual que su temperatura corporal; le he dado antibióticos pero no estoy seguro de lo que le está pasando.

-Se está convirtiendo -dijo Gerald-, las mordeduras de esas cosas son mortales, al menos por lo que sé, así que no esperes un milagro.

-A lo mejor tenías razón -dijo Doc algo alicaído-. lo mejor sería matarle.

-Me temo que perdiste esa oportunidad Doc, no vamos a matarlo –dijo Gerald sonriendo.

Jornada 3: “Vida y milagros de G,” el salvador del mundo (X) Por JD


Un instante el silencio sólo se rompía con el ruido de los zombies, su arrastrar de píes, sus gruñidos, el siguiente un

sonido atronador lo reemplazó. Gerald vio cómo comenzaban a caer trozos de zombies por todo el suelo. Se pisaban unos a otros, sin importarles que les estuvieran masacrando. Seguían avanzando inexorablemente hacia los tiradores, bueno, lo intentaban, pero se encontraban con una barrera de balas implacable que les destrozaba partes del cuerpo que se iban cayendo.

Era el primer tiroteo de Gerald. Y aparte del ruido, atenuado por los cascos que llevaban todos, parecía que la cosa funcionaba. En un par de minutos no parecían quedar zombies en píe e indicó a los hombres de las ametralladoras que dejaran de disparar, mientras analizaba lo que acaba de suceder e iba reflexionando sobre qué armas habían sido más útiles y cuáles menos; en aquel nuevo escenario, aprender todo lo posible podía acabar siendo la diferencia entre morir, seguir vivo o convertirte en uno de aquellos esperpentos.

Ahora era el turno de un toque personal. Indicó a dos hombres que le acompañaran:
-Disparad a todas las cabezas que veías, sólo a las cabezas, una bala, una cabeza, y cuidado que salpica –les dijo.

Metódicamente el trío recorrió el amasijo de trozos de carne y dispararon contra toda cabeza que vieron. Tardaron más de la cuenta, dado que a veces debían separar trozos acumulados de cuerpos, con cuidado para comprobar si había una cabeza escondida. Era una tarea realmente desagradable; Gerald parecía ensimismado en sus pensamientos y sus cálculos, pero sus dos acompañantes acabaron vomitando en un par de ocasiones, ya que a la escena en sí y la montonera de huesos, carne y casquería varia, había que juntar el ambiente opresor de aquel lugar cerrado y el fuerte olor que parecía dominarlo todo.

Cuando Gerald se dio por satisfecho se alejó unos metros de la ensalada de carne:
-Bueno, ahora haced limpieza, recoged los restos, guardadlos en bolsas y buscad algún sitio donde enterrarlos bien profundamente”.

Los otros se quedaron mirándole sorprendidos. Gerald suspiró, tenía que explicarlo todo:
-A ver, esos restos, si los dejamos aquí, al sol, comenzarán a pudrirse y a oler, y no queremos tener ese olor todo el día, ¿verdad? Y los de ahí dentro acabarán por formar un tufo realmente inaguantable.

Se miraron entre ellos indecisos:
-¿Pero no están ya muertos? Quiero decir, ¿seguro que se pudren? –dijo uno, interrumpiendo a Gerald en sus pensamientos, ensimismado como estaba en aquel momentos intentando recordar si a los zombies les había afectado el contraste lumínico quedándose deslumbrados o no.

Jornada 3: “Vida y milagros de G,” el salvador del mundo (IX) Por JD


Gerald se había agenciado una escopeta automática con cargador de tambor. Para las distancias medias o largas no servía para nada, pero para las distancias cortas… no hacía falta apuntar realmente, disparabas y casi se podía decir que todo lo que estaba delante del arma se volatilizaba. Bueno, eso decían los libros.

Tanto él como sus acompañantes estuvieron un rato comprobando que no había problemas. Les indicó que se pusieran las gafas protectoras para que las vainas que despedían las armas no pudieran ocasionarles daños en los ojos. Volvió a repetirles la advertencia sobre el peligro y les volvió a indicar que después de disparar, pusieran el seguro, quitaran el cargador y comprobaran que la recámara estaba vacía.

Todos se prepararon a la señal de Gerald:
-Voy a hacer subir las puertas metálicas de la morgue. No disparéis hasta que estén completamente subidas. Si dañáis las puertas no se volverán a cerrar seguramente. Y eso sería malo. Los zombies, si actúan como no-muertos saldrán lentamente, al escuchar el ruido de la puerta, tranquilos, no disparéis. Esperad a mi señal. Los de las ametralladoras, apuntad bajo, eso hará más fácil el trabajo e impedirá que hagamos grandes daños a la sala. Además, que empiece uno, el otro cuente hasta diez y comience a disparar, de esta manera cuando uno esté recargado, el otro estará disparando. Los de los fusiles de asalto, no disparéis salvo que veáis que algún zombie se acerca demasiado o las dos ametralladoras dejan de disparar en el mismo momento. Bien, voy a abrir las puertas, respirad hondo. No hay nada que temer, todo está controlado.

Comprobó una vez más el portátil y seleccionó el mecanismo de la puerta. Ésta comenzó a subir. No había encendido las luces para que los zombies quedaran ¿deslumbrados? Por la diferencia de luz con el exterior. Bueno, era una teoría, incluso los zombies debían de tener problemas si les apuntabas con un haz de luz directamente a los ojos, al menos prefería pensar, qué demonios iba a saber él de zombies, lo suyo eran los ordenadores y algunos otros tejemanejes.

La puerta estaba medio subida cuando le empezó a llegar el murmullo. No era ruido de conversación. Ni siquiera creía que fueran palabras. Los no-muertos parecían emitir un ruido característico y a la vez terrorífico. Algún zombie, que se arrastraba, comenzó a cruzar el umbral. Todos parecían haber dejado de respirar y miraban nerviosos a Gerald y de nuevo a las puertas.

Gerald no dijo nada. Esperó. La puerta estaba casi completamente subida, y los zombies comenzaban a arrastrar sus pies hacia ellos. Alguno comenzaba a bajar por la pendiente que unía el suelo con el piso de la morgue. Cuando la puerta hizo un ruido seco indicando que se había parado Gerald respiró hondo y gritó, “¡¡Fuego!!”

Jornada 3: “Vida y milagros de G,” el salvador del mundo (VIII) Por JD


Gerard salió del laboratorio e indicó a los presentes que esperaran. Unas puertas más abajo encontró lo que necesitaba. Lo recogió y volvió con los demás. Le entregó un walkie a Doc y le indicó cómo usarlo:
-Te he dejado en la pantalla las vistas de las tres cámaras, si hay algún cambio me avisas por el walkie.

Luego indicó a seis de los acompañantes de Doc que le siguieran. Mientras caminaba por los pasillos en busca del almacén comenzó a hablarles:
-Un arma no es un juguete, caballeros, nada de apuntarse entre ustedes, más de una broma ha acabado con un nuevo zombie o un compañero sin sesos en su cabeza -iba diciendo Gerald con tono enérgico y seguro, como si fuera algo que llevara toda la vida haciendo-. Un arma no mata por sí sola, necesita a alguien para ello. Ese alguien serán ustedes. Cuando acabe de hablar serán ustedes unos expertos en disparar armas. Pero no se lleven a engaño, eso no les hará ser Rambo, y cuando sean conscientes del peligro de un arma desearán no haber usado nunca una ni saber que existen.

Gerard pasó por la ranura la tarjeta blanca e introdujo un código en el panel, la puerta hizo el ruido característico de apertura, todos entraron siguiendo a Gerald que iba mirando las etiquetas de las cajas. Señaló un par de ellas que debían llevar de dos en dos personas, a los dos restantes les indicó otras cajas más pequeñas para que las cogieran y cargaran con ellas.

Les indicó que le siguieran de nuevo. De vez en cuando Gerald iba consultando el mapa en su portátil para comprobar que iba por el buen camino y contactaba con Doc para asegurarse que todo iba bien.

Salieron al exterior, y Gerald siguió caminando.
-La morgue tiene dos entradas, una que da al exterior, que es la zona de carga y descarga de los féretros y los muertos, y otra que comunica la sala con el interior del complejo. Nosotros usaremos la entrada del exterior que es más grande y nos permite más movimiento.

Gerard indicó un punto para que dejaran las cajas, las abrió e indicó a sus acompañantes que le ayudaran. Dentro de cada una de las dos cajas grandes había unos trípodes acompañados de unas ametralladoras que parecían gigantes a los ojos de los acompañantes de Gerald. Éste les indicó cómo debían colocarlas, cómo debían cargar la munición, cómo debían disparar y cómo debían recargar. Les dejó que hicieran unas pruebas apuntando al cielo para que se familiarizasen con el retroceso y el comportamiento de las mismas y mientras tanto habló con las otras dos personas, enseñándoles rápidamente cómo cargar, quitar el seguro, seleccionar el ratio de disparo y disparar los fusiles de asalto que habían en las cajas pequeñas.

Y todo eso sin haber hecho el servicio militar ni haber tocado nunca un arma de verdad.

Jornada 3: “Vida y milagros de G,” el salvador del mundo (VII) Por JD


-¡Joder! -dijo Gerald poniéndose en píe-. ¡Soy gilipollas… soy gilipollas! -repetía mientras se acercaba a una términal que había en el laboratorio sin querer gastar la batería del portátil inútilmente. Se conectó a la red de seguridad del edificio y accedió a las cámaras de seguridad.

Doc se acercó a ver qué estaba haciendo.
-¿Qué sucede?

-Soy gilipollas -repitió una vez más Gerald mientras iba pasando de cámara en cámara, hasta que se detuvo en una y la amplió a toda la pantalla-. La morgue, no pensé en la puta morgue, joder. Seguro que en los primeros días no sabían qué coño estaba pasando y dejaron a los soldados muertos en el depósito. Joder, y no he caído, ni siquiera se me había ocurrido hasta ahora…

En la pantalla una enorme sala estaba repleta de zombies vestidos con el tradicional traje de camuflaje del ejercito, a algunos les faltaban alguna parte del cuerpo, pero los que estaban de píe, estaban caminando por la sala sin rumbo, chocándose entre ellos, o contra las paredes.

Doc miró alarmado la pantalla, “tenemos que salir de aquí,” dijo con tono urgente.

Gerald no podía apartar la mirada de la pantalla, era casi hipnotizador ver esa especie de danza macabra, buscarle un sentido, un patrón a lo que sólo era caos.

-Tranquilo Doc -dijo Gerald sin apartar la mirada-, están encerrados, no pueden salir.

Observó que había algún muerto que no llevaba el traje militar de camuflaje, sino batas blancas. Seguramente los pobres desgraciados serían auxiliares a los que les sorprendió la resurrección de los muertos sin poder avisar a nadie. Y menos mal. Dado que entonces a lo mejor estarían diseminados por la base… Sería mejor asegurarse. Gerald comenzó a comprobar todas las cámaras.

Mientras hacía eso comprobaba en una segunda pantalla el diagrama del edificio buscando su objetivo. Estaba comenzando a tejer un plan en su cabeza. Sonrió. Un plan que sería divertido y entretenido.

Doc le observaba sin decir nada, tampoco tenía muy claro qué hacer. Sus compañeros se miraban unos a otros asustados, buscándole con la mirada. Preguntándole sin decirlo qué hacer.

Gerald finalmente apartó la mirada de las pantallas.
-¿Alguno de vosotros sabe usar un arma?

Doc negó con la cabeza, el resto hizo lo mismo. Doc carraspeó:
-No tenemos armas, y por lo que sé , no creo que ninguno de ellos sepa usarlas.

Gerald se puso en píe.
-Muy bien, pues van a recibir un curso acelerado.

Jornada 3: “Vida y milagros de G,” el salvador del mundo (VI) Por JD


Gerald consultó en su portátil el mapa de aquellas instalaciones, “Sígame, por favor, el botones vendrá enseguida a recoger sus maletas”.

Las luces del edificio parecieron ir cobrando vida a medida que Gerald iba avanzando por los pasillos. En realidad era un efecto que controlaba con el portátil, que iba haciendo que la electricidad se recobrara por el camino que estaba siguiendo. Su camino triunfal.

Al cabo de unos minutos llegaron a una sala amplia y blanca. Había diversos armarios con puertas de cristal en las paredes que parecían contener medicinas o cosas por el estilo. Gerald se sentó en una de las mesas de examen y señaló al fondo de la sala, “Por ahí se puede acceder a la sala estéril. Hay trajes para entrar directamente o también conectados a un tubo para poder acceder desde aquí sin tener que estar en contacto con el paciente”.

Doc pareció estar conforme. Comprobó los mandos de control de la sala, la habilitó y cuando se dio por satisfecho entró con el paciente y le dejó en una camilla. Luego, y después de pasar por la sala de descontaminación, volvió a salir, “Creo que todo esto es exagerado”.

-Doc –comenzó a decir Gerald-, hay muertos caminando por las calles y las autopistas, ¿de dónde crees que han salido? ¿De los cementerios?

Al no tener una respuesta satisfactoria Doc permaneció en silencio mientras comprobaba las provisiones médicas que había en la sala.

Gerald giró la cabeza:
-¿Alguien ha escuchado ese ruido?

Todos le miraron como si estuviera bromeando y no les hiciera gracia, se quedaron un segundo callados, pero no pareció pasar nada. Gerald rompió el silencio, -Estoy seguro de haber escuchado algo.

-A lo mejor es un superviviente –aventuró Doc.

-No creo –respondió Gerald-, comprobé la actividad de la base mediante el uso de las tarjetas y los códigos, nada en la última semana. Y esas cosas no se pueden haber colado aquí… -entonces se calló en seco.

-¿Qué? –dijo algo alarmado Doc.

Jornada 3: “Vida y milagros de G,” el salvador del mundo (V) Por JD


El médico pareció sorprendido de la seguridad de Gerald. Lo que no sabía era que éste había venido preparado. Un plan no era un plan sino se preparaba contra todas las contingencias.

-Esto será sencillo, Doc -dijo Gerald mientras manipulaba el portátil-. Verás, en situaciones de emergencia nacional el ejército deja vacíos algunos cuarteles para defender a la población, o controlarla. Salvo un retén, por si acaso. Pero cuando se acaba el mundo, ni los más patrióticos soldados se quedarán en el cuartel sin asegurarse que su familia está bien.

-¿Y los que no tienen familia? -preguntó Doc con cierta sorna.

No piensan que éste sea el lugar más seguro -sonrió Gerald-, todo lo contrario, estamos hablando de una situación de caos, no te entrenan para estas cosas, y más si tus mandos desaparecen, porque éstos sí suelen tener familia.

Cogió una tarjeta blanca con una cinta negra de su mochila y se acercó a la puerta. Pasó la tarjeta, y luego tecleó un código en el panel numérico. La luz pasó de roja a verde con un agradable sonido musical y la puerta pareció liberarse de sus cerraduras. Gerald la empujó levemente y alargó el brazo teatralmente, “Voila, la cueva de Ali Babá está abierta”.

Doc no parecía poder creerse lo que veían sus ojos. Y el resto del grupo que le acompañaba que se había puesto en pie, tampoco. Enseguida salió de su sorpresa e indicó a un par de sus acompañantes que le ayudaran con el herido, preguntando “¿Dónde está esa famosa sala hermética de aislamiento?”