Diarios de la Primera Plaga (del diario de Mara). Por J.D. (VII)


El fuego es fascinante. Varias veces, mientras vigilábamos que el fuego no creciera demasiado, me he encontrado mirando hipnotizada las llamas. Con su continuo movimiento. Ese baile caótico que hace que te den ganas de acercar la mano para tocarla.

Al principio, cuando me uní al grupo y veía cómo quemaban los restos de zombies o víctimas de los mismos, no entendía el motivo, ¿por qué no enterrarlos o dejarlos ahí? Ya no representaban un peligro. Pero Doc se sentó un día para explicármelo. Al parecer, es una teoría como tantas otras que hay al respecto, los zombies son algo así como carne infectada, pasada de fecha, no la quiere ni la naturaleza, ni los animales. Entonces me di cuenta de que a los zombies nunca les rodeaban las moscas, que era algo de lo más natural si lo pensabas, ni se les acercaban los animales carroñeros. Doc me siguió explicando que allá donde se enterraba a un zombie o a una de sus víctimas o donde yacía un no-muerto no crecía nada. La naturaleza, que salvo el plástico, aprovecha todo lo que le tiramos, no quería usar la materia prima de esas criaturas. De hecho, posteriormente, pude ver ejemplos de lo que me contó Doc. Hierba que crecía dejando un espacio de medio metro alrededor de los zombies muertos… de verdad, ratas que en cuanto se acercaban se alejaban a una velocidad increíble, ni siquiera los cuervos parecían interesados.

Después de apagar el fuego repasamos los enseres del ¿espía? Poca cosa aparte de una radio que parecía militar, ¿por satélite? Al menos tenía una de esas antenas que alguno reconocía por haberlas visto en películas; cuando intentamos usarla vimos que pedía una contraseña… Además, tenía un mapa de la zona con diversos sitios marcados. Eso nos alarmó. No era la primera vez que nos encontrábamos con carroñeros humanos, ladrones que no tenían ningún problema en matarte para quitarte cualquier cosa que tuvieras, o simplemente te dejaban en medio de la nada sin provisiones ni armas. Afortunadamente habíamos aprendido de la experiencia. Cuando estudiamos el mapa comprobamos que algunas de las marcas se correspondían con los últimos lugares visitados, incluyendo el pueblo donde le habíamos encontrado. Definitivamente la cosa no pintaba bien y había que tomar algunas decisiones.

Diarios de la Primera Plaga (del diario de Mara). Por J.D. (VI)


Mis acompañantes y yo nos miramos y nos pusimos en guardia. Ya no había prisa. Ahora se trataba de no morir. Les indiqué que avanzáramos usando los árboles como escondite para no ser vistos –aunque normalmente, ellos, solían ser más hábiles con otros sentidos como el del olfato. Aunque mi experiencia me decía que tanta precaución no sería necesaria.

En unos minutos estábamos lo suficientemente cerca para ver el atroz espectáculo, un ¿zombie? Estaba arrancando trozos del cadáver. El espectáculo en sí era repugnante. El no-muerto no contaba con la parte inferior de su cuerpo, había un rastro de intestinos que llegaba al píe de un árbol cercano. Parecía que esa diabólica criatura se había quedado ¿hibernando? al pie del árbol, ¿esperando su muerte? cuando el ruido de pisadas le debió de haber llamado la atención. El problema de “correr huyendo” es que no miras lo suficiente hacia delante, y en esta ocasión ese error había sido mortal. Sólo había tenido que alargar los brazos, hacerle caer y el resto… bueno, era una historia conocida.

El zombie parecía llevar mucho tiempo ahí quieto a juzgar por las telarañas que le colgaban de la cabeza. Lo “bueno” de un zombie que ha cazado es que está demasiado ocupado disfrutando de su presa como para darse cuenta que puede haber más, aunque aquel engendro en cuestión, por su incapacidad de moverse superior a la normal, no parecía representar un gran peligro; era más bien el ejemplo perfecto de que nunca te puedes confiar con “ellos” y de que nunca puedes ni debes de bajar la guardia.

Después de asegurarnos de que no había compañeros suyos por las cercanías nos hemos acercado lentamente y le hemos separado la cabeza del tronco. Luego hemos repetido el ritual con su víctima, el ¿espía?

Cuando hemos vuelto a la casa con los restos, el agujero con leña ya estaba siendo preparado. Gracias a los walkies habíamos podido avisarles de lo sucedido para que fueran haciendo los preparativos para disponer de los restos.

Cuando el fuego ha comenzado a crepitar y coger fuerza hemos lanzado los restos “humanos”. Sin ceremonias. Luego más leña. Y a avivar las llamas para deshacernos de cualquier resto que pudiera causarnos problemas. Luego revisaríamos la ropa del “nuevo” y buscaríamos respuestas.

Diarios de la Primera Plaga (del diario de Mara). Por J.D. (V)


Mientras hacía el desayuno es cuando he escuchado los gritos y la agitación. Al principio he supuesto que eran los zombies que nos habían encontrado. He salido corriendo con la pistola en la mano, amartillada y con el seguro quitado, hasta el lugar en el que se originaban los gritos. Al llegar he visto a alguien señalando en dirección al bosque. A lo lejos había una figura corriendo, parecía el nuevo, ¿qué estaba pasando? Rápidamente nos ha puesto al día, al parecer había visto al nuevo con una especie de radio y cuando se ha acercado a preguntarle qué estaba haciendo y si captaba algo el nuevo se ha alarmado y ha salido corriendo.

He señalado a un par más de los que habían llegado para que me siguieran y hemos salido corriendo en persecución del nuevo, que estaba ya bastante cerca del bosque. Cuando nos hemos ido acercando le he indicado a mis compañeros que nos fuéramos separando unos cincuenta metros para cubrir más distancia y a la vez estar cubiertos cuando entráramos en el bosque. Pero nada más entrar hemos escuchado un grito familiar, aterrador, el grito de la muerte.

Ese grito tan familiar, que indicaba que alguien había sido cazado por uno de esas cosas. Ese grito que te indicaba que el cazado era consciente de su muerte inminente. Ese grito que te anticipaba problemas desconocidos, ¿cúantos? ¿dónde? ¿Cómo? Ese grito que te recorría la espina dorsal con un escalofrío, porque te dabas cuenta que había sido otro y no tú el desafortunado.

Diarios de la Primera Plaga (del diario de Mara). Por J.D. (IV)


Desde luego ha sido una noche para olvidar. Lo primero que recuerdo es incorporarme en la cama gritando como si me estuvieran arrancando el corazón, empapada en sudor y con un nudo en el estómago. Eso ha provocado la alarma en la casa y en mis compañeros de cuarto que estaban en el suelo. Durante los primeros segundos no sabía dónde estaba, estaba perdida, el grito saliendo todavía de mi garganta.

Entonces he empezado a escuchar una voz tranquilizadora diciéndome que no pasaba nada, que estaba a salvo. He tardado ¿un minuto? ¿Dos? No lo sé realmente, pero finalmente he reaccionado, mi respiración era todavía agitada, y notaba el regusto a ácido en la garganta. He mirado a mi alrededor y he recordado dónde estaba y al ver la mirada de alarma y consternación en mis compañeros me he enfadado conmigo misma. Mientras trataba de recuperar mi ritmo de respiración he notado que estaba llorando, aunque no sabía el motivo.

He tranquilizado a la gente, les he pedido disculpas y he salido de la habitación. No creo que pueda volver a dormir. Creo que no quiero volver a dormir por ahora. He relevado a uno de los centinelas del tejado para que descansara y he tomado su lugar. Necesitaba relajarme, y supongo que el aire frío de la noche y las estrellas en el firmamento son una buena manera para hacerlo.

Mientras miraba el bosque que se dibujaba a lo lejos he intentando recordar mi sueño. Pero era como intentar atrapar el aire con los dedos. Estaba ahí, al fondo de mi mente, escondido, pero no podía recordarlo, cuando parecía que iba a conseguirlo, que estaba conjurando una imagen… la perdía.

Es algo frustrante. Como tener una canción en la cabeza y su nombre en la punta de la lengua pero que nunca acaba de salir.

Mientras miraba el amanecer he tratado de quitarme la sensación que me acompañaba desde que me desperté. Una sensación como de suciedad, culpabilidad, la sensación de haber hecho algo malo. Y con esa frustración he recibido el relevo y he ido a la cocina a cubrir mi turno para hacer el desayuno.

Diarios de la Primera Plaga (del diario de Mara). Por J.D. (III)


Hoy hemos encontrado una casa en medio del campo. Parece un buen sitio para descansar un par de días. El terreno alrededor es de vegetación baja, y sin árboles a menos de quinientos metros. Tiene dos pisos, una terraza desde donde se puede ver nuestro alrededor y un pozo de agua natural sin contaminar.

El explorar la casa ha sido lo peor, dado que hemos tenido que ir habitación por habitación con el miedo de que de repente nos saltara algo al cuello desde cualquier rincón oscuro. Los armarios son lo peor. Pero no hemos encontrado nada no-muerto ni dentro ni en los alrededores. La casa, aparte de abandonada, parecía estar en buen estado, si obviamos las telarañas y demás fauna habitual de estos sitios.

Hemos dispuesto la vigilancia y hemos tratado de relajarnos un poco. En el piso superior hay dos habitaciones con colchones en buen estado, así que algunos tendrán la suerte de dormir cómodamente un rato.

No hay ni rastro de los dueños. Podría ser el típico chalet de fin de semana. Hay algunas fotos en el estudio, una pareja con un hijo pequeño. ¿Qué habrá sido de ellos? Seguramente estarán muertos, y si fueron afortunados seguirán muertos y no fueron conscientes del aparente fin del mundo como lo conocemos.

El nuevo parece adaptarse bien, tal vez demasiado. Sí, lo sé, es algo paranoico, me pasa a menudo, Doc me dice que un poco de paranoia no está mal, pero que hay que encontrar el equilibrio, dado que ser demasiado paranoico te lleva a sospechar de tus propios compañeros y a morir de forma estúpida.

He recorrido una vez más la casa, tratándome de hacerme una idea de cómo era vivir en ella cuando no había nada que temer salvo la contaminación, los políticos corruptos, el paro y esas cosas tan mundanas que ahora no tenemos. Supongo que está en la naturaleza humana no darte cuenta de lo que tienes y apreciarlo en su medida hasta que lo pierdes. Obviamente no defiendo todo eso, pero… ¿no sería bonito tener esas preocupaciones y no si seguirás vivo al día siguiente y si tendrás munición cuando la necesites?

El ser humano se adapta, ¿y los no-muertos? Parecen más animales que otra cosa, se mueven diría que por instinto, sin planear las cosas, no preparan emboscadas, simplemente se esconden en la oscuridad porque están más cómodos. Y aún así… siguen dando guerra.

Diarios de la Primera Plaga. Por J.D. (II)


Hoy hemos encontrado a un superviviente. Aunque un poco más y lo que encontramos es un hombre sin cabeza. A quién se le ocurre esconderse en un contenedor sin poner un aviso de “humano vivo dentro,” nunca he visto a un zombie leer ni escribir, así que…

Todo ha comenzado cuando hemos hecho una incursión en un pueblo en busca de comida en buen estado y material que pudiese ayudarnos a sobrevivir como pilas, munición y abrelatas. Mientras salíamos de una casa sin mucha suerte hemos escuchado un ruido en uno de los contenedores. Hemos pensado que era una de esas cosas, por lo visto les gusta más la oscuridad, será porque así no han de verse los pellejos colgando en los reflejos. El caso es que nos hemos preparado para volarle la tapa de los sesos en cuando asomara la cabeza y nos hemos encontrado con un pobre hombre aterrorizado que salía con las manos en alto pidiendo que no le matáramos, que no era una de aquellas cosas come-cerebros.

Después de recuperarnos de la sorpresa, hacía tiempo que no encontrábamos nadie vivo, nos hemos ido presentando y le hemos indicado dónde podía lavarse. Lo cierto es que apestaba. Según a él eso le ha ayudado a seguir vivo. Según nuestra experiencia ha sido la simple suerte del tonto. Esas cosas tienen un sentido del olfato extraordinario y no se dejan engañar por un poco de mal olor. Nos reconocen por muy bien que intentemos camuflar nuestro olor.

Le hemos explicado al nuevo las reglas: No robar, No mentir, y guardarse siempre una bala con su nombre, los problemas se hablan entre todos cuando estemos alrededor de la hoguera y no se permiten rencillas personales que puedan costar vidas.

Diarios de la Primera Plaga. Por J.D. (I)


Hoy tenemos con nosotros a un nuevo escritor que nos acompañará durante algunos días y que aportará su grano de arena a Apocalipsis Island. Se trata de JD, un habitual de Dolmen, para donde ha escrito artículos, columnas, reseñas, supervisiones, informes de lectura entre otras muchas, muchas cosas. Sin poder evitarlo, ha caído en el para algunos recurrente pero siempre entretenido sistema del diario.

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“Hola, me llamo Mara, y mi mayor deseo es la paz en el mundo.” Je, recuerdo cuando escribía esas cosas en el diario. Era pequeña, y para mí cada cosa que escribía era superimportante. Cada cosa que me pasaba era una novedad. Un nuevo descubrimiento. Así era yo, sin preocupaciones y llena de sueños.

No recuerdo mucho de mi vida y mucho menos de los primeros días o semanas de lo que pasó. Ni cómo acabé con la gente que acabé. Doc dice que es algo post traumático, y que tal vez es mejor así. Que hay cosas que más vale que no recuerde.

Me acuerdo de la primera vez que en el grupo comenzamos a hablar de llevar diarios. Al principio nos pareció una locura, pero a medida que íbamos hablándolo la idea no parecía tan tonta al fin y al cabo. Para comenzar era una forma de reconocer que lo que estaba ocurriendo era real y no una locura o una alucinación, para mantener la cordura, pero mientras discutíamos del tema alguien sacó el tema de las futuras y presentes generaciones. Estos diarios podían servir de testimonio de lo que sucedió para que no se vuelva a repetir y además, si alguien los encuentra, como una lección que les mantenga vivos. Parecía un poco macabro, dado que si alguien leía el diario significaba que el dueño había muerto en la mayoría de los casos a manos de los zombies. Pero tal vez quién lo encontrara pudiera aprender de nuestros errores y sobrevivir ahí donde nosotros no lo habíamos podido hacer.

Ahora preferiría estar respondiendo a por qué quiero ser Miss Mundo a tener que lidiar con mi vida real. Pero supongo que como dicen, hemos de jugar con las cartas que nos reparten, no con las que nosotros queremos.