Jornada 10. El final del principio (18)


Cuando el científico estuvo lo suficientemente cerca para estudiar sus lecturas levantó el brazo consiguiendo romper sus ataduras y agarrar por el cuello al sorprendido hombre que no pudo articular ni palabra cuando sintió como en un instante Mara le hundía la tráquea de forma rápida y eficiente. Se quitó lo más rápido que pudo el resto de ataduras y agarró uno de los bisturís que había en la bandeja y lo lanzó contra el otro científico que estaba de espaldas y no se había dado cuenta de nada.

Mara miró a su alrededor. No parecía haber saltado ninguna alarma y parecía estar sola. Cogió una de las batas y se la puso rápidamente cuando escuchó voces que provenían de una de las puertas que daba al pasillo. Cogió todos los bisturís que encontró y se los metió en los bolsillos a excepción de un par que se quedaron en sus manos. Salió por otra puerta y dio a un pasillo estrecho y que daba a varias cabinas. Ahora sólo le quedaba llegar hasta la cabina en la que se encontraba Doc sin ser descubierta y matarle. La única duda era saber si lo haría rápida y eficientemente o de forma lenta y tomándose su tiempo.

Giró una esquina y de repente se encontró con varios marines tan sorprendidos como ella. Pero la reacción de Mara fue más rápida. Con un movimiento certero de su mano le cortó limpiamente el cuello a uno de ellos mientras el otro reaccionando finalmente comenzaba a mover la mano para desenfundar su pistola y antes de que pudiera hacerlo Mara le había clavado el otro bisturí en la garganta para impedir que gritara y lo había retorcido para hacerle una nueva vía aérea.

Para Mara todo aquello parecía haber discurrido a cámara lenta. Cómo si los soldados no se hubieran casi movido. Supuso que entre su adrenalina y la sorpresa del mundo habían estado demasiado sorprendidos. Buscó con la mirada y al no ver más movimiento cogió las pistolas y los cargadores así como uno de los chalecos de los soldados que se puso para guardar la munición y lo que fuera que llevaran en esa parte del uniforme. Después continuó su camino. Al cabo de varios interminables minutos se encontraba delante de la cabina de Doc. Respiró hondo y abrió la puerta lentamente. La luz iluminó débilmente el camarote pero no pareció despertar al científico que estaba tendido en su litera ajeno a la entrada de su paciente.

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