Jornada 9. La Ira de Dios (206)


Díaz negó con la cabeza y cruzando las manos. No necesitaba más armas y no era cosa de levantar sospechas. Los soldados parecieron darse por contentos y cada uno salió corriendo en distintas direcciones; por las escaleras hacia el primer piso, o hacia el patio central dejando al sacerdote sólo… ante su destino.

Espero unos eternos minutos mirando a su alrededor y esperando a cada momento que apareciera alguien para preguntar qué estaba haciendo ahí o para vigilar la puerta. Pero Dios estaba de su lado y nadie apareció para ponerle en problemas. Miró de nuevo a su alrededor. Había soldados en el patio hablando alrededor del pozo que había en el patio y cada uno señalando hacia un lado diferente del castillo. Era un caos. Respiró hondo y se acercó a la palanca. Al principio temió que no tuviera suficientes fuerzas para girarla o que estuviera estropeada o… pero no pasó nada. Escuchó el ruido de los motores poniéndose en marcha y levantar el rastrillo que los militares habían instalado.

En su cabeza se imaginaba a los zombis asombrados, si podían estarlo, de ver cómo la última defensa del castillo desaparecía sin explicación aparente y les dejaba el camino libre para continuar con su misión. Las puertas no serían un problema. Caerían sin problemas. Ahora sólo quedaba salir de aquel castillo para poder continuar con su misión sagrada. Todavía tenía cosas que hacer y no podía entregarse a los enviados del Señor.

Puso otra granada entre la palanca y la pared y le quitó el seguro. Luego salió corriendo hacia el patio. Sabía perfectamente cómo salir del castillo sin problemas. Pero debía darse prisa no fuera que le dejaran en tierra.

Mientras se alejaba podía escuchar a los zombis que comenzaban a golpear el portón y éste comenzaba a temblar. No tardarían demasiado en atravesarlo. La explosión esta vez fue más sonora pero a Díaz no le preocupó, ya estaba a mitad del patio y veía su objetivo. Bajó corriendo las escaleras hacia el sótano en el que habían creado un aparcamiento. Sabía que había un grupo de personas que tenía previsto salir del castillo con destino al interior de la isla. Y él debía acompañarles para que el mensaje de Dios se expandiera por toda la isla.

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