Jornada 9. La Ira de Dios (205)


El sacerdote asintió aliviado de ver que nadie había descubierto el verdadero motivo de sus preguntas. Además, saber todo aquello le ayudaba en su misión. Un problema menos del que preocuparse. Ahora sólo quedaba deshacerse de los soldados. Lo cual, conociéndoles, sería sencillo.

-Si este lado está asegurado deberían acudir al tejado o a buscar a su superior –sugirió Díaz. Si lo desean yo me puedo quedar aquí vigilando. Me pueden dar uno de esas radios suyas y si sucede algo doy la voz de alarma. Es lo menos que puedo hacer por ayudarles después de todo este tiempo protegiéndome. Es mi deber para con ustedes.

Los soldados se miraron entre sí preguntándose con la mirada qué hacer. Lo cierto era que aquella zona era una de las más seguras del castillo gracias al rastrillo de metal. No se sabía de ningún zombi que pudiera doblar el metal y menos arrancarlo de juago. Y su deber era organizar la defensa del castillo y asegurarse que los civiles estuvieran a salvo… por mucho que los superiores no creyeran que fuera necesario como habían dejado demasiado claro para su incomodidad.

-De acuerdo padre –dijo uno de ellos acercándole una radio- Si necesita ayuda grite, la radio se activa dándole a este botón. ¿Necesita un arma?

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