Jornada 9. La Ira de Dios (204)


-El rastrillo… no se puede subir por accidente, ¿verdad? –Preguntó Díaz tratándole de quitar importancia a la pregunta, como si se estuviera asegurando de su seguridad.

-Calle, calle, que vaya trabajo que nos ha costado… para nada –respondió otro de los soldados- Resulta que la hemos bajado a mano cuando había un mecanismo automático para ello.

Y el soldado señaló a una caja de mecanismos que parecía bastante sencilla; tenía un mando alargado y dos etiquetas, una a cada lado, que decían subir y bajar. Eso le resolvía un problema.

-¿Y qué hay del puente levadizo? –Preguntó inocentemente.

Los soldados le miraron extrañados como si fuera un extraterrestre y, aunque alguno esbozó una sonrisa, nadie osó reírse por respeto al hábito.

-¿He dicho algo inoportuno? –Preguntó alarmado el sacerdote temiendo que le fueran a detener.

-No tenemos puente levadizo –dijo uno de los soldados diplomáticamente- ¿De dónde ha sacado esa idea?

-Bueno… uno de sus compañeros me comentó que… ¿Cómo no iba a tener un castillo con foso un puente levadizo? Y que por supuesto que éste lo tenía.

-Me temo mucho que ese compañero le gastó una broma. Seguramente sin mala intención padre. Este castillo no tiene puente levadizo.