Jornada 9. La Ira de Dios (203)


El patio estaba lleno de gente corriendo de un lado a otro sin rumbo fijo ni una misión clara. El caos reinaba y le ayudaba en su objetivo. Se acercó a la puerta principal. Una inmensa puerta de madera cerraba el paso a los enviados del Señor. Al lado había varios soldados hablando entre sí visiblemente nerviosos y sin saber qué hacer. Se acercó a ellos con la excusa de darles una bendición y tratar de tranquilizarles.

Al parecer, el comandante Bonet había desaparecido cuando se había dado la alarma y nadie sabía dónde estaba. La teoría que más circulaba era que había huido nada más aparecer los problemas con sus hombres de confianza dejando a los demás a su suerte. Díaz debía aprovechar todo eso a su favor. Obviamente Dios le estaba ayudando con su tarea.

-¿Creen que resistirá esta puerta? –Preguntó el sacerdote estudiando la puerta y preguntándose si una de esas granadas que le quedaban, o varias, la podrían destrozar.

-No se preocupe padre, mientras el rastrillo esté bajado los zombis no tienen nada que hacer –respondió uno de los soldados dando varios golpes a la puerta para demostrar su firmeza.

Así que su misión consistiría en tratar de subir el rastrillo. Buscó con la vista y encontró la rueda… tal vez sería demasiado pesada para él solo. Y por muchas granadas que tuviera eso no le ayudaría para nada. Debía pensar en algo. Que fueran los soldados los que le ayudaran.