Jornada 9. La Ira de Dios (201)


-Dé unas vueltas sobre sí mismo y muéstrenos los brazos y las piernas –le dijo la voz.

El padre Díaz obedeció. Sabía que no había sido mordido. Y ahora, además, estaba relativamente a salvo, dado que aunque cayera algún zombi, éste no podría atravesar la puerta de metal a sus espaldas… claro que eso tendría que solucionarlo cuando entrara de nuevo en el castillo. Tras unos interminables minutos la puerta de metal delante suya se abrió y apareció un soldado apuntándole con un arma.

-No se mueva –le advirtió- Quiero comprobar más de cerca que realmente no le han mordido.

El sacerdote no se movió y alzó las manos al aire. Lo único por lo que rezaba era para que el soldado no encontrara el material que había escondido dentro de la sotana. Claro que… miró alrededor y vio que sólo estaban ellos dos. Seguramente, si tenía un compañero, éste habría ido arriba para defender la entrada.

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