Jornada 9. La Ira de Dios (198)


-Los caminos del Señor son inescrutables –recitó Díaz- Yo también pensé que mi tiempo en la Tierra se había acabado y que mi destino era ser elevado al Cielo. Pero al parecer Dios tenía otros planes para mí. Yo mismo tropecé y caí en un foso interior del castillo. Cualquier otra persona seguramente se habría matado rompiéndose el cuello o abriéndose la cabeza. Yo fui afortunado y no me pasó nada. Algunos rasguños…

-Qué… afortunado –dijo simplemente Xavier.

-Desde el foso pude observar cómo algunos soldados trataban de impedir el paso a la armada enviada por Dios para salvar a la Humanidad. Pero no podía hacer nada. Estaba desesperado pero… me volvió a sonreír la fortuna. Verá, los soldados habían bajado un rastrillo y cerrado las puertas para impedir el paso de lo que ellos creían su enemigo. Era obvio que se creían a salvo. La verdad es que yo no sabía qué pasaba en el interior del castillo pero tenía claro que los zombis no iban a poder cumplir con su misión sin mi ayuda. No sabía qué hacer. Levanté la mirada al cielo, buscando una respuesta en la noche estrellada.

-Por lo que me cuenta le llegó la inspiración–Señaló Xavier.

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El padre Díaz se encontraba en el interior del segundo foso. Todo había pasado bastante rápido. Habían abierto las puertas a los enviados de Dios; pero ése sólo había sido el primer paso. El castillo tenía un doble foso y los zombis sólo habían superado el primero. Debían conseguir que atravesaran el segundo y así penetrar al interior del patio y reclamar a todos sus habitantes.

Pero mientras iba hacia el segundo portón se había despistado, algo inevitable ante el bello espectáculo que estaba teniendo lugar, y había acabado en el fondo del segundo foso, cuya profundidad era considerable, unos cinco o siete metros, por lo que parecía imposible salir de ahí. Mientras el sacerdote pensaba en su siguiente paso pudo escuchar cómo se bajaba el rastrillo del segundo portón y se cerraban sus puertas con el ruido de fondo de los disparos de los soldados que todavía luchaban contra su destino. Parecía que su plan había fracasado. Los enviados del Señor no habían conseguido penetrar en el interior para dar a conocer el mensaje divino.

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