Jornada 9. La Ira de Dios (186)


El sacerdote recién llegado observó con más atención a Xavier y se le acercó.

-No, no es eso… ya me acordaré. ¿Dónde está el sacerdote responsable de esta casa de Dios? Tengo negocios que atender con él sobre el destino de este pueblo.

-Me temo que está de retiro espiritual en el santuario de Lluc, con su mujer –añadió de forma casual Xavier.

Díaz pareció indignarse al escuchar la parte de la mujer.

-¿Su mujer? ¿Qué clase de hombre de Dios se abandona al pecado carnal? –Se quejó Díaz- Si alguien goza con una mujer no tiene tiempo para dedicarlo a Dios y a sus feligreses.

-El Papa no parece opinar lo mismo –señaló Xavier sonriendo- Tengo entendido que fue el que autorizó los matrimonios para acercar la Iglesia a los católicos y para repoblar el planeta. Y acercarles a los primeros apóstoles.

Jornada 9. La Ira de Dios (185)


No tuvo mucho tiempo para ello dado que de repente apareció alguien entrando en la iglesia como si fuera una estampida y portara la ira de Dios.

-¿Dónde está el responsable de este santo lugar? –Gritó al aire el desconocido.

Xavier se puso en pie y se acercó lentamente. Por suerte con el tiempo que había ido pasando había conseguido entender el suficiente español como para poder defenderse. Eso y que gracias a Dios el castellano se parecía al italiano y al francés.

-Me temo que en estos momentos no está aquí –dijo con voz calmada- ¿Puedo ayudarle en algo señor…?

-Padre Díaz –dijo el desconocido a modo de presentación de forma seca mientras estudiaba a Xavier- ¿Nos conocemos? Su cara me suena de algo.

-Seguramente creerá haberme visto en algún documental –respondió rápidamente Xavier- Tengo una cara muy fotogénica y me parezco a un presentador que se junta con animales… de forma católica.

Jornada 9. La Ira de Dios (184)


Después de los postres se despidió ante la sorpresa de Joan y sus hijos dado que habitualmente se quedaba a jugar con ellos un rato.

Xavier caminó por las calles del pueblo durante un rato disfrutando del aire frío y tratando de aclarar sus ideas y planear su futuro. Aunque tenía claro que no le iban a colgar o quemar en el pueblo era posible que le pidieran que lo abandonara si se descubría la verdad. Era cierto que el prior de Lluc había hecho de protector pero la mentira sobre su pertenencia a la Iglesia era una mentira por mucho que se tratara de negar lo evidente. Como siempre su pasado volvía con fuerza para buscarle y recordarle que estaba ahí.

Decidió volver a la iglesia en la que dormía habitualmente desde que su ocupante oficial había decidido, junto a su mujer, vivir en el santuario. Había prometido cuidar del recinto religioso y hasta ese momento había cumplido la sorpresa.

La habitación estaba austeramente decorada. Habitualmente, ahí no vivía nadie dado que el pueblo había asignado una casa al sacerdote original cuando se había casado. Y Xavier la mantenía limpia y sin signos de que él vivía ahí salvo alguna caja de munición extra que mantenía a mano para coger rápidamente si se daba el caso. Dejó su bolsa de viaje y su escopeta y se dirigió al altar para rezar y buscar algo de inspiración divina.

Jornada 9. La Ira de Dios (183)


Llegó cuando el sol comenzaba a ocultarse y pasó por debajo de la entrada vigilada, ante la atenta mirada de los centinelas que le saludaron cortésmente.

-¿Cómo le ha ido por Inca? –Le preguntó uno de ellos con cierta curiosidad acercándose al coche.

-Todavía hay gente que está viva… pero no parecen muy interesados en acabar con los zombis –respondió Xavier mientras se dejaba examinar para comprobar que no estaba herido.

-Pues hoy tenemos invitados –le anunció el centinela- Un grupo de cuatro personas que vienen de Palma.

-¿Qué cuentan? –Preguntó con interés Xavier.

-Ni idea, les ha recibido el alcalde en la plaza. Ya nos enteraremos.

Xavier asintió mientras se despedía del centinela y entraba en el pueblo para ir a cenar con Joan y su familia. Éste tampoco le pudo decir mucho más sobre los recién llegados; por lo que había podido enterarse había un policía local y un sacerdote en el grupo además de dos personas que no parecían ser militares ni nada por el estilo.

Inicialmente, al escuchar que uno de ellos era un sacerdote, Xavier se alarmó un poco. Él no era precisamente miembro del clero y dentro del mismo había miembros que le tenían por un terrorista o algo por el estilo. Un peligro para su fe. Eso hizo que pasara el resto de la cena preocupado por lo que podía suceder en el futuro cercano.

Jornada 9. La Ira de Dios (182)


Xavier iba pensando en lo que había visto y escuchado. El espíritu de la gente parecía roto mientras caminaba entre las solitarias calles de Inca. No sólo sucedía en aquella ciudad, en los pueblos de alrededor y entre los mallorquines el sentimiento era el mismo: les habían abandonado a su suerte. Y las noticias que se podían ver en la televisión no eran esperanzadoras. El mundo les había abandonado y no parecían dispuestos a ayudarles. Era cierto que la teoría de la conspiración era la que más estaba arraigando entre la gente… algo de sentido tenía. Demasiados zombis de repente en un día tan señalado en el que la gente estaba en las calles; el ejército que no parecía tener prisa por intervenir; falsas informaciones sobre que la ciudad estaba en cuarentena y el resto de la isla no corría peligro… Demasiadas casualidades. Pero el mundo estaba lleno de ellas y tal vez sólo fueran eso, casualidades.

Y lo cierto es que él tampoco tenía fuerzas para pensar en una solución… y mucho menos liderar una revolución. Pero si todo el mundo en la isla estaba como él… estaban condenados. Tal vez después de una noche de sueño y de pasar un rato con los más jóvenes en Caimari se le ocurriera algo. Los niños parecían vivir al margen del desastre, siempre alegres y sin preocupaciones. Verles jugar y escucharles reír era una bendición para el alma.

Llegó al coche y volvió al pueblo sin más complicaciones pero todavía dándole vueltas en la cabeza a lo que estaba pasando. Si la gente se rendía, ¿cuál sería el futuro de la isla? Y seguía sin entender el comportamiento de las autoridades.

Jornada 9. La Ira de Dios (181)


-No, no, nada, una broma privada que no entendería –respondió Monty entre sonrisas.

-Bueno, creo que va siendo hora de que vuelva –señaló Xavier- No quiero causarles más problemas.

-¿Está seguro? –Preguntó Cati- Pronto anochecerá.

-Tranquila, he dejado el coche a las afueras –reveló Xavier- me lo han prestado en el pueblo para mis exploraciones pero como no conocía la ciudad no he querido entrar con el mismo por si me quedaba bloqueado. Al final parece que ha sido una idea acertada.

-De todas maneras tenga cuidado –señaló Cati- No todo el mundo es tan amable en esta ciudad. Y no hable con desconocidos.

Xavier sonrió ante ese último comentario.

-Trataré de no hacerme notar –respondió Xavier despidiéndose de ambos y ofreciendo un número de contacto en Caimari por si querían localizarle o informarse de la situación.

Jornada 9. La Ira de Dios (180)


-A mí no me meta. No sé nada de la idiosincrasia de esta isla o sus habitantes. No sabría qué recomendarles –se excusó Xavier.

-Ya está, usted es un trekkie –le señaló Monty- Le encanta hablar y hablar… pero a la hora de la verdad no se moja… como era… ¿la primera directriz le impide intervenir?

Xavier se quedó mirando a Monty tratando de dar a entender que no tenía ni idea a qué ese estaba refiriendo.

-Ya sabe… Star Trek… gente en pijama explorando nuevos y desconocidos mundos –dijo tentativamente Monty- Buscando nuevas vidas y nuevas civilizaciones… yendo a dónde nadie ha ido antes… ¿jamás?

Xavier negó con la cabeza.

-La verdad es que le perdí un poco de respeto a la franquicia cuando convirtieron a ¿Spot? En un zombi durante una película… pero bueno… seguro que es usted un trekkie aunque no lo sepa.

-Espero que sea algo bueno –dijo Xavier tentativamente.

-Bueno, según el gobierno actual serían hippies en el espacio y una pandilla de rojos comunistas separatistas pacifistas. E intelectuales.

-Fascinante –dijo Xavier que se sorprendió ante la repentina carcajada de Monty- ¿He dicho algo divertido?

Jornada 9. La Ira de Dios (179)


-¿Entonces? ¿Cuál es su solución? ¿No hacer nada? –Preguntó con cierto interés Xavier.

-Y yo que sé –refunfuño Monty- La gente está cansada. No salimos de una que nos vemos en otra. Vale, acabamos con los zombis, ¿y entonces qué? ¿Ha visto las noticias? El mundo nos ha olvidado. Nadie se va a creer que esta isla es segura. O puede que ni les interese. Seguro que hay otros intereses por medio.

-No puedo decirle que no –dijo Xavier sinceramente recordando las diversas conspiraciones que había visto a lo largo de su vida- Pero no creo que rendirse sea la solución.

-Deberíamos independizarnos –respondió Monty poniéndose en píe- Si el mundo no nos quiere pues que así sea… esta isla ya sobrevivió a un apocalipsis… a los visigodos… a los moros… Pero dudo que sea posible.

Monty se dejó caer en su asiento.

-El problema son los políticos –continuó Monty- Deberíamos poder elegir a gente honrada y que conozcamos y no nombres en una papeleta. Y que trabajaran como los demás mortales y no vivieran del cuento. Pero para eso necesitamos… demasiados cambios que no nos dejarán hacer. Además, los políticos sólo son una parte del problema. Es demasiado complicado cambiar el sistema. A lo mejor lo que está ocurriendo es una prueba por si algún país trata de cambiar las reglas del juego.

-Toda revolución comenzó con un primer paso –señaló Xavier.

-¿Y usted qué haría? –Preguntó Monty reclinándose hacia delante.

Jornada 9. La Ira de Dios (178)


-Había un equilibrio. Al menos en la isla –tomó el relevo Cati- Si la gente trabajaba y cobraba cada mes eso hacía que la comunidad cobrara dinero por cada trabajador por duplicado. Además la gente compraba y a través de esos impuestos se recaudaba más dinero. Por ponérselo en un ejemplo: si la comunidad tenía 100 trabajadores que pagaban 10 euros cada uno más otros diez que pagaba la empresa la recaudación era de 2000 euros. Pero no todos los trabajadores se ponían enfermos, así que no les costaba tanto dinero mantenerles. Además si cada trabajador tenía una hipoteca, o un coche que pagar, o simplemente compraba comida de ahí también se conseguía dinero. Pero si de repente pasas de tener 100 trabajadores a tener sólo 20… y los políticos deciden que ellos han de cobrar todavía más de lo que están cobrando… como puede imaginar no resulta sencillo mantener a los otros 80 trabajadores desempleados. Y los políticos no iban a bajarse los sueldos dado que tenían un tren de vida del que no se querían bajar.

-Y sin embargo… ahí siguen gobernando –señaló Xavier que no entendía que los políticos todavía tuvieran trabajo.

-¿Qué pasaría si de esos 80 trabajadores que están en el paro en realidad sólo lo estuvieran 20? –Preguntó en tono misterioso Monty- Es decir, que oficialmente están en el paro, no tienen dinero y todo el drama; pero en realidad cobran bajo mano de sus jefes y… ayudas de la comunidad. Y por eso los políticos no están colgados de las farolas del alumbrado público porque en realidad la culpa es de todos.

Xavier se quedó en silencio pensativo. Había visitado decenas de países, hablado con centenares, tal vez incluso miles, de personas… pero siempre se asombraba de lo capaz que era la gente de sorprenderle.

Jornada 9. La Ira de Dios (177)


-El objetivo de los políticos siempre ha sido embolsarse la mayor cantidad de dinero posible –respondió Monty con tono indignado- Daba igual al partido que votaras, al final todos acababan robando impunemente y si les pillabas con las manos en la masa todavía se reían de ti. Su pensamiento era que revitalizando la isla se abrían nuevas puertas para conseguir ellos más dinero.

-¿Y qué tiene que ver eso con el recorte de derechos? –Preguntó Xavier extrañado.

-Mantener a los muertos y a los políticos cuesta dinero –le explicó amablemente Cati- Así que subieron todos los impuestos que pudieron, cerraron servicios esenciales como hospitales, o colegios. O los privatizaron. Los ciudadanos tenemos que pagar si nos ponemos enfermos por la ambulancia, por la visita al médico, por las medicinas que nos mandan… por no hablar de si nos tienen que hacer pruebas u hospitalizarnos.

-¿No hacen eso en los Estados Unidos? –Señaló Xavier.

-Pero nuestra Constitución dice que no deberíamos pagar por esos servicios dado que están incluidos en los impuestos que pagamos habitualmente –respondió Monty- El Estado cada mes se queda una parte de nuestros sueldos por duplicado para pagar esos servicios. El trabajador paga y la empresa para por cada trabajador que tiene también. Ahora nos retienen todavía más dinero pero a cambio… recibimos menos y peores servicios. Como se puede imaginar eso es completamente ilógico.

-Algo de razón lleva… aunque lo cierto es que nunca acabé de entender esa leyenda de que en España casi todos los servicios esenciales como la sanidad eran gratuitos. Eso sólo puedo llevar a un estado ruinoso.