Jornada 9. La Ira de Dios (158)


Una persona salió al balcón del ayuntamiento.

-Así que usted es el turista que tiene revoluciona la ciudad con su presencia. ¿Qué se le ofrece? Espero que no sea un vendedor ambulante en realidad. Sería una lástima tener que dispararle.

Dos personas uniformadas que parecían ser policías locales aparecieron en el balcón con escopetas con mira telescópica.

-Estamos hasta las narices de remedios milagrosos para acabar con los zombis. Sinceramente prefiero a los muertos ambulantes. No son tan pesados. Y sabes a qué atenerte. Un disparo en la cabeza y se acaba el problema.

-Me temo que no traigo la solución a sus problemas –señaló Xavier- Sólo soy un caminante… vivo, que respira y siente curiosidad por los alrededores en los que vive. No tengo intención de venderle nada. No tengo nada para ofrecerle me temo.
-Dios, un filósofo, peor que un vendedor –dijo el desconocido rascándose la cabeza- Supongo que ha visto nuestra bella ciudad, conocido a nuestros amables ciudadanos… ya puede marcharse pues. No hay nada más que ver. No tenemos un museo de zombis, ni un zoo en el que exhibirlos… pero que conste que esos desgraciados de compañeros de partido me robaron la idea. Originalmente el zoo tendría que haber estado aquí ubicado.

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