Jornada 9. La Ira de Dios (156)


Negó con la cabeza. No tenía claro si era la gente en general o los mallorquines en particular que estaban locos… claro que él no era precisamente un ejemplo de cordura. Ahí estaba, paseando por pueblos y ciudades infectadas de zombis como si no existieran.

Se adentró más en la ciudad y de vez en cuando veía a algún curioso aparecer detrás de una ventana o encima de un balcón. Y gracias a ellos pudo llegar al ayuntamiento, aunque la paciencia se le iba agotando debido a los variados comentarios y gracias que escuchaba de cada habitante. Y no había dos iguales.

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