Jornada 9. La Ira de Dios (154)


Y luego estaba la ciudad de Inca.

Situada casi geográficamente en medio de la isla, era la segunda o tercera ciudad más grande importante de Mallorca. Y el lugar de origen de las pequeñas galletas que tan a menudo había visto en las mesas de Caimari y el santuario. Estaba situada a menos de diez kilómetros del pueblo y Xavier se había acercado un día por curiosidad como explorador voluntario y como mensajero. Dar a conocer la situación tanto de Caimari como del santuario y ver cómo estaba la zona de zombis.

Al entrar en la ciudad las calles estaban completamente desiertas de gente. Ni vivos ni muertos. Por si acaso dio a conocer su presencia con el tradicional ‘Estoy vivo, no me disparen’ que se había acostumbrado a usar durante sus viajes para que no hubieran desagradables incidentes de balas volando. Los coches, en un panorama muy familiar, se encontraban abandonados por las calles, dejados a todo correr mal aparcados y con las puertas abiertas. El instinto de supervivencia.

Una persona se asomó al balcón de su vivienda y le observó con curiosidad.

-Si estás buscando alojamiento deberías pasarte por la plaza del ayuntamiento para que te asignen una casa.

-Vengo de Caimari –respondió amablemente Xavier- Para ver cómo estaban las cosas por aquí e informar e cómo estaban por ahí… si están interesados.

-Oh tranquilo. Sabemos cómo están las cosas por ahí. Tenemos unas cosas llamadas teléfonos que sirven para hablar entre largas distancias… o no tan largas.

Xavier se tomó ese comentario con paciencia a pesar de que el tono que se había usado era ciertamente irritante cuanto menos.