Jornada 9. La Ira de Dios (148)


Los niños parecieron alegrarse, y su padre también. Xavier desconectó la radio. No preguntó por los detalles de lo que había pasado en la plaza en su ausencia; ya habría tiempo para ello. Y el día había sido demasiado largo como para tener que escuchar más detalles de muertes.

El dueño de la casa preparó una cena rápida pero abundante que los niños al principio no parecían querer comer, pero al ver cómo Xavier la comía sin problemas comenzaron a devorarla como si llevaran días sin llevarse nada a la boca. El miedo tenía esas cosas. Aquellos niños habían sido afortunados… dentro de la desgracia. Habían perdido a su madre para siempre, pero al menos seguían vivos y con un padre que era más de lo que muchos podían decir.

Todos cenaron en silencio sin decir nada. Cuando terminaron Xavier acompañó al padre a acostar a los niños por petición de estos. Parecían sentirse seguros con aquel desconocido que les había salvado la vida. Inocentes. Dejaron una luz del cuarto encendida y salieron afuera.

-Puede dormir si lo desea –dijo el hombre- Yo me quedaré a vigilar. Le aseguro que esta vez no me separaré de mi escopeta. Y por lo que parece a usted le espera un día muy largo y le conviene descansar. Además, tampoco podría dormir, seguro que mis hijos… se despiertan en medio de la noche… y me necesitarán. No creo que me mueva de la puerta de su habitación.

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