Jornada 9. La Ira de Dios (116)


-Pude obtener el teléfono del hotel en el que se suponía que debían de estar y tuve suerte. Gerald, que así se llama el ilustre personaje que paga mis estipendios, me recomendó, casi me ordenó, que no me acercara por la ciudad. Que la cosa era muy grave. Zombis por las calles, el ejército en sus cuarteles, y nadie parecía querer hacer nada para solucionar el problema. Me digo que lejos de Palma estaría más seguro.

-Famosas últimas palabras –señaló Joan sonriendo mientras llegaban a lo alto de la colina desde la que se podía ver la entrada a la mina y el patio de la misma. Era una zona amplia. Rodeada por un muro bastante alto de piedra, seguramente para impedir a los ladrones entrar en el reciento. Y por todas partes había zombis caminando de un lado para otro sin dirección aparente.

-Creo que tengo una idea –dijo Joan mirando a su alrededor- El recinto está completamente rodeado por el muro excepto en la entrada… que alguien parece haber dejado abierta. Si la cerramos tendremos un problema menos.

-¿Qué impedirá a los zombis derribar la puerta? –Preguntó Xavier estudiando la zona.

-Cerramos la puerta, que es metálica de rejas, y ponemos delante el coche, de esa manera podremos concentrarnos en los zombis de la ciudad y no perderemos tanto tiempo aquí.

-Pero… ¿cómo lo hacemos para cerrar la puerta? Toda la zona está rodeada de zombis.

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