Jornada 9. La Ira de Dios (91)


-¿Le han adjudicado o se ha adjudicado? –Preguntó con cierta sorna Xavier.

-Más bien lo segundo –respondió Joan sonriendo- Así son los políticos. Si no es mala persona, o le colgaríamos en el centro de la plaza, sólo que a veces es algo… visionario. Por decirlo sencillo. Siempre tiene grandes planes que luego se quedan en nada. Que si una fuente de colores, que si un hotel cinco estrellas, que si un campo de golf… Seguramente se lo quisieron quitar de encima en Selva y nos lo colaron.

-Así suelen ser los políticos –señaló Xavier- Grandes visionarios… en pequeños espacios.

-Deje, deje, que en Palma es todavía peor –dijo Joan- Aún recuerdo a una que prometió soterrar el Paseo Marítimo, la carretera que pega con el mar, sin tener en cuenta que ese espacio se había ganado precisamente al agua con los años y era imposible.

-Entraron en un salón decorado con varios cuadros y presidido por una bandera del municipio, o eso le dijo Joan en voz baja a Xavier. Detrás de una enorme mesa de madera había un hombre de cierta edad y poco pelo que estaba hablando por teléfono. Al verles entrar les señaló unas sillas y les indicó que se sentaran.

Joan sonrió y volvió a murmurar algo en el oído de Xavier.

-Seguro que no está hablando con nadie, pero le gusta hacerle el interesante –le dijo- Si sirve de algo, yo no voté por su jefe, pero bueno…

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