Jornada 9. La Ira de Dios (41)


-Por el bosque del oeste, cerca del camino privado. Están descendiendo de las montañas –dijo alguien por la radio.

Xavier miró al prior interrogativo. No tenía ni idea dónde estaba el oeste y los árboles rodeaban toda la zona del santuario. El prior hizo señales a alguien que se acercó corriendo.

-Acompaña a esta persona al bosque del oeste –le dijo de forma calmada- Y luego vuelve corriendo.

La persona asintió y Xavier pudo observar lo joven que era. Debía ser un seminarista. No tenía muy claro que fuera la persona indicada para acompañarle. Pero no tenía tiempo para discutir. Debía ir hacia donde los zombis habían aparecido. Le indicó a su acompañante que abriera el camino, y comenzaron a correr, primero por los pasillos y luego por el patio del santuario ante la mirada de sorpresa de la gente. En unos minutos se encontraba corriendo por una carretera lateral del santuario que transcurría entre los árboles. Era bastante estrecha y en lugar de los típicos quitamiedos metálicos en los laterales tenía muros de piedras de medio metro de alto. En un pequeño cruce había una persona que nada más verles comenzó a señalar hacia el monte.

-¡Vienen los zombis! –Dijo bastante nervioso- ¡Tenemos que huir!

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Jornada 9. La Ira de Dios (40)


-¿Está seguro? –Preguntó Xavier haciendo de abogado del diablo- No sabemos cómo se ha extendido la plaga tan rápido si lo que dicen es cierto. Ni cómo se contagia. Tal vez lo mejor sería no comunicar nada al exterior hasta estar seguros de que todo está bien.

El prior se quedó mirando a Xavier de forma sospechosa.

-¿Usted tiene algo que ver con todo esto? –Preguntó de forma directa- En la tele hablan de un grupo de defensa de esas criaturas. Y usted…

-No tengo muy buena fama y soy un conocido amigo de terroristas –acabó la frase Xavier que sonrió- Pero sin embargo soy el único que va armado y se ha ofrecido a proteger el lugar en vez de coger mi mochila e irme y dejarles aquí tirados.

-A lo mejor tiene un complejo de mesías o de salvador –señaló receloso el prior-O espera su oportunidad para matarnos a todos.

-Si lo desea puedo irme y dejarles tranquilos –se ofreció Xavier- O me puede poner una escolta. O encerrarme y quedarse con mi arma.

El prior se quedó pensativo mirando al techo. Durante unos minutos ninguno de los dos dijo nada. Xavier no sabía qué hacer para recuperar la confianza en el prior. Lo cierto es que tampoco sabía qué haría en su situación. La seguridad de sus huéspedes debía ser lo primero, y tener a un bala perdida como él armado no era la mejor manera de asegurar esa seguridad. Se quedó expectante, esperando la respuesta de su compañero de fe.

-Zombis –dijo alguien por la radio interrumpiendo la conversación y acabando con cualquier debate que pudiera haber.

Jornada 9. La Ira de Dios (39)


Los zombis parecían estar más furiosos que nunca. El salvajismo de su ataque la noche de Reyes no parecía tener precedente, al menos que Xavier recordara. Pero decir que sólo habían sobrevivido diez mil personas era ridículo. ¿Cómo podían saber el grado de infección en los pueblos de la isla? ¿Cómo se habían contagiado las otras islas? ¿Y la gente que no había ido a la cabalgata por ser ateos, agnósticos o simplemente por no tener hijos? Xavier estudió el rostro del prior en el que la preocupación y lo terrible de los sucesos parecían estar comenzando a asomar y calar en su cerebro. Se acercó a él lentamente tratando de pillarle en un momento en el que no estuviera rodeado de personas.

-¿Se encuentra bien? –Le preguntó mientras le apartaba a un rincón de la estancia lejos de la vista de la mayoría de la gente.

-Tanta gente muerta… -dijo despacio el prior- Y no hace ni una hora que yo estaba hablando de esperanza…

-No haga caso a lo que dicen los medios de comunicación –le aconsejó Xavier- Ya sabe que les gusta el morbo y tienden a exagerar las cosas.

-Pero si sólo quedamos unos pocos… -el prior se quedó en silencio unos segundos- Deberíamos hacer algo. Hablar con alguien para que nos rescaten. No estamos infectados.

Jornada 9. La Ira de Dios (38)


Las radios ardían en debates sobre cómo había podido ocurrir algo así y quién tenía la culpa. La mayoría insistía en culpar a algún grupo radical de defensa de no-personas que había obtenido ayuda por parte de algún científico de la isla para reactivar la plaga. Lo único en lo que todos los medios de comunicación estaban de acuerdo era en la rapidez de la actuación de los gobiernos del mundo para atajar el contagio. Los americanos y los españoles habían enviado barcos de guerra para rodear la isla e impedir la expansión, y franceses e italianos se habían ofrecido a mandar sus fragatas y al portaaviones France De Gaulle para ayudar. En la televisión se veían imágenes de un gigantesco portaaviones norteamericano en medio de la bahía de Palma con aviones despegando para vigilar el espacio aéreo y marines preparándose para ir a la guerra. Y más allá, a lo lejos las cámaras filmaban barcos de escolta americanos y fragatas españolas patrullando las aguas alrededor de la isla, vigilantes, para que ninguna embarcación rompiera el cerco.

Las noticias sobre la ciudad en sí eran escasas. Al parecer, se había perdido la comunicación con la isla poco después del comienzo de la plaga, no funcionaban los teléfonos móviles, ni internet… y los medios de comunicación tampoco podían conectar con sus filiales. Durante las primeras horas se había conseguido contactar mediante teléfonos fijos pero poco después incluso esa comunicación había fallado y ahora sólo se contaba con la información que daba el gobierno.

La preocupación en el santuario iba en aumento al escuchar esas noticias dado que aseguraban que sólo el dos por ciento de la población de las islas había sobrevivido. Porque ésa era otra noticia, nueva, que la plaga había afectado al parecer a todas las islas a la vez. Xavier sabía que esa cifra era completamente falsa. ¿Cómo podían estimar en menos de 24 horas que sólo un dos por ciento de la población había sobrevivido? ¿De cuántas personas se estaba hablando? ¿Diez mil supervivientes? Si hubieran dado una cifra de un veinte por ciento tal vez se lo habría creído y más después de ver esas terroríficas escenas en la televisión.

Jornada 9. La Ira de Dios (37)


Después del frugal almuerzo se acercó a la sala común. La televisión mostraba todavía imágenes del día anterior y en el resto de canales la noticia del día era la plaga de no-muertos que había surgido de repente en Mallorca. Todo el mundo se había puesto en alerta pero parecía que el brote se había limitado a aquella pequeña isla del Mediterráneo y que el resto del mundo estaba relativamente a salvo.

Todos los gobiernos lo aseguraban. Lo pasado en la Cabalgata no se podía repetir en sus países porque estaban preparados para lo peor. Todo había sido culpa de las autoridades locales que no habían tomado las medidas necesarias y no habían sabido seguir las sencillas instrucciones para ese tipo de casos. El gobierno español aseguraba que todo estaba bajo control y que la isla estaba en cuarentena de manera que nadie podía entrar o salir de la misma. Estaba todo controlado.

Pero Xavier sabía que algo no iba bien. El número de zombis presentes en el ataque a la población era inusualmente alto. Y en el centro de la ciudad. Todo era muy sospechoso. Y la rapidez para poner la isla en cuarentena pero sin evacuarla ni una intervención militar rápida señalaba que había algo más detrás de todo el incidente.

Negó con la cabeza. Se estaba volviendo tan paranoico como Mara. ¿Qué motivo tendría nadie para hacer algo así? Por las imágenes que había visto la cantidad de víctimas era numerosa. Muy numerosa. ¿Quién querría provocar algo así a propósito? No tenía sentido. Y se negaba a creer en las teorías de la conspiración que alentaban la sed de venganza de Mara.

Jornada 9. La Ira de Dios (36)


-Además, esto podría ser el Apocalipsis –señaló Mara encogiéndose de brazos- No es que haya muchas religiones que te metan el miedo en el cuerpo como la cristiana con respecto al fin del mundo.

-Así que estamos ante el fin del mundo –repitió Xavier cabizbajo.

Xavier regresó al presente y pasó su mirada por los asistentes a la misa. Todos parecían estar rezando para impedir otro fin del mundo, o su continuación. El prior trataba de darles ánimos explicándoles que Dios no les había abandonado y que simplemente era otra prueba más. Citaba a las escrituras, al ejército y al gobierno como su salvación. Todo iba a salir bien.

Pero esa gente no había visto lo que él había visto. Y era preocupante. No había estado en los inicios de la plaga. Tenía otras preocupaciones. Pero sí estuvo cuando las ciudades fueron abandonadas. Era cierto que el número de muertos vivientes que había dentro de las ciudades era numeroso, pero también lo era que no iban en grupos y que nunca había visto a más de una docena juntos. Era verdad que en una calle podía llegar a ver varias docenas de zombis. Pero la gente no parecía entender que eso no era nada. Les costaba visualizar un centenar de zombis juntos. ¿Cómo explicarles que no estarían seguros?

¿Cómo decirles que si lo de la isla era sólo un primer paso no tenían ninguna esperanza? ¿Cómo decirles que se imaginaran un campo de futbol lleno de 50.000 personas? Y que luego se imaginaran el equivalente a cientos de campos de fútbol llenos de cadáveres ambulantes deseosos de hincarles el diente a los vivos. Era un número que no se podía imaginar. Una imagen de pesadilla que él había visto en África.

Por algún motivo, Xavier dudaba de la afirmación del prior de que todo iba a salir bien. No, al mundo sólo le esperaba su final. Sólo que los vivos se negaban a verlo. Y dudaba que los más creyentes estuvieran a salvo de ese genocidio. Bueno, los más ricos seguramente estarían a salvo en sus refugios, ¿habrían construido esas famosas ciudades subterráneas que los más apocalípticos describían? ¿Cómo iban a librarse de la plaga igualmente? Xavier no pudo evitar sonreír. Era el fin del mundo, pero nadie quería verlo y todos tenían la esperanza de que al final vendría un ángel desde los cielos para llevarles al cielo y salvarles.

La misa acabó y todos se dirigieron a desayunar tratando de olvidar la tragedia que otros estaban viviendo. Porque al fin y al cabo, mientras los zombis no llegaran al santuario el problema sería de otros.

Jornada 9. La Ira de Dios (35)


Mara señaló a los trenes que habían descarrilado.

-Imagina que estamos hablando de una misión militar –continuó Mara- Que el Alto Mando ha ordenado descarrilar esos trenes. Recuerda que no tienen que justificar sus decisiones. Si el tren es un transporte de tropas o material militar no se plantean dudas. Pero, ¿y sí estamos hablando de un tren lleno de civiles? ¿Qué hay que hacer? ¿Qué sucede si en el tren viaja un objetivo importante? ¿Un terrorista? ¿O es un tren suicida? ¿Volamos el tren? Por eso las decisiones se toman desde arriba. Porque a veces no tenemos la visión general de lo que pasa, sólo somos parte de una gran foto.

-¿Estás justificando esto? –Preguntó Xavier señalando al horizonte lleno de columnas de humo.

-Digo que no está en mi mente plantearme ese tipo de cuestiones filosóficas dado que no trato de plantearme otro de tipo más humano cómo el motivo por el que no nos enfrentamos a los zombis en condiciones de igualdad y nos ocultaron cosas a los militares, nos sacrificaron y destruyeron ciudades enteras sólo para… ¿Qué? A día de hoy todavía no sabemos el motivo.

Xavier bajó la cabeza apenado. Mara tenía razón. Pero aún así, como hombre de fe que era, su obligación era tratar de descifrar el motivo por el que Dios había permitido todo eso.