Jornada 9. La Ira de Dios (38)


Las radios ardían en debates sobre cómo había podido ocurrir algo así y quién tenía la culpa. La mayoría insistía en culpar a algún grupo radical de defensa de no-personas que había obtenido ayuda por parte de algún científico de la isla para reactivar la plaga. Lo único en lo que todos los medios de comunicación estaban de acuerdo era en la rapidez de la actuación de los gobiernos del mundo para atajar el contagio. Los americanos y los españoles habían enviado barcos de guerra para rodear la isla e impedir la expansión, y franceses e italianos se habían ofrecido a mandar sus fragatas y al portaaviones France De Gaulle para ayudar. En la televisión se veían imágenes de un gigantesco portaaviones norteamericano en medio de la bahía de Palma con aviones despegando para vigilar el espacio aéreo y marines preparándose para ir a la guerra. Y más allá, a lo lejos las cámaras filmaban barcos de escolta americanos y fragatas españolas patrullando las aguas alrededor de la isla, vigilantes, para que ninguna embarcación rompiera el cerco.

Las noticias sobre la ciudad en sí eran escasas. Al parecer, se había perdido la comunicación con la isla poco después del comienzo de la plaga, no funcionaban los teléfonos móviles, ni internet… y los medios de comunicación tampoco podían conectar con sus filiales. Durante las primeras horas se había conseguido contactar mediante teléfonos fijos pero poco después incluso esa comunicación había fallado y ahora sólo se contaba con la información que daba el gobierno.

La preocupación en el santuario iba en aumento al escuchar esas noticias dado que aseguraban que sólo el dos por ciento de la población de las islas había sobrevivido. Porque ésa era otra noticia, nueva, que la plaga había afectado al parecer a todas las islas a la vez. Xavier sabía que esa cifra era completamente falsa. ¿Cómo podían estimar en menos de 24 horas que sólo un dos por ciento de la población había sobrevivido? ¿De cuántas personas se estaba hablando? ¿Diez mil supervivientes? Si hubieran dado una cifra de un veinte por ciento tal vez se lo habría creído y más después de ver esas terroríficas escenas en la televisión.

Jornada 9. La Ira de Dios (37)


Después del frugal almuerzo se acercó a la sala común. La televisión mostraba todavía imágenes del día anterior y en el resto de canales la noticia del día era la plaga de no-muertos que había surgido de repente en Mallorca. Todo el mundo se había puesto en alerta pero parecía que el brote se había limitado a aquella pequeña isla del Mediterráneo y que el resto del mundo estaba relativamente a salvo.

Todos los gobiernos lo aseguraban. Lo pasado en la Cabalgata no se podía repetir en sus países porque estaban preparados para lo peor. Todo había sido culpa de las autoridades locales que no habían tomado las medidas necesarias y no habían sabido seguir las sencillas instrucciones para ese tipo de casos. El gobierno español aseguraba que todo estaba bajo control y que la isla estaba en cuarentena de manera que nadie podía entrar o salir de la misma. Estaba todo controlado.

Pero Xavier sabía que algo no iba bien. El número de zombis presentes en el ataque a la población era inusualmente alto. Y en el centro de la ciudad. Todo era muy sospechoso. Y la rapidez para poner la isla en cuarentena pero sin evacuarla ni una intervención militar rápida señalaba que había algo más detrás de todo el incidente.

Negó con la cabeza. Se estaba volviendo tan paranoico como Mara. ¿Qué motivo tendría nadie para hacer algo así? Por las imágenes que había visto la cantidad de víctimas era numerosa. Muy numerosa. ¿Quién querría provocar algo así a propósito? No tenía sentido. Y se negaba a creer en las teorías de la conspiración que alentaban la sed de venganza de Mara.

Jornada 9. La Ira de Dios (36)


-Además, esto podría ser el Apocalipsis –señaló Mara encogiéndose de brazos- No es que haya muchas religiones que te metan el miedo en el cuerpo como la cristiana con respecto al fin del mundo.

-Así que estamos ante el fin del mundo –repitió Xavier cabizbajo.

Xavier regresó al presente y pasó su mirada por los asistentes a la misa. Todos parecían estar rezando para impedir otro fin del mundo, o su continuación. El prior trataba de darles ánimos explicándoles que Dios no les había abandonado y que simplemente era otra prueba más. Citaba a las escrituras, al ejército y al gobierno como su salvación. Todo iba a salir bien.

Pero esa gente no había visto lo que él había visto. Y era preocupante. No había estado en los inicios de la plaga. Tenía otras preocupaciones. Pero sí estuvo cuando las ciudades fueron abandonadas. Era cierto que el número de muertos vivientes que había dentro de las ciudades era numeroso, pero también lo era que no iban en grupos y que nunca había visto a más de una docena juntos. Era verdad que en una calle podía llegar a ver varias docenas de zombis. Pero la gente no parecía entender que eso no era nada. Les costaba visualizar un centenar de zombis juntos. ¿Cómo explicarles que no estarían seguros?

¿Cómo decirles que si lo de la isla era sólo un primer paso no tenían ninguna esperanza? ¿Cómo decirles que se imaginaran un campo de futbol lleno de 50.000 personas? Y que luego se imaginaran el equivalente a cientos de campos de fútbol llenos de cadáveres ambulantes deseosos de hincarles el diente a los vivos. Era un número que no se podía imaginar. Una imagen de pesadilla que él había visto en África.

Por algún motivo, Xavier dudaba de la afirmación del prior de que todo iba a salir bien. No, al mundo sólo le esperaba su final. Sólo que los vivos se negaban a verlo. Y dudaba que los más creyentes estuvieran a salvo de ese genocidio. Bueno, los más ricos seguramente estarían a salvo en sus refugios, ¿habrían construido esas famosas ciudades subterráneas que los más apocalípticos describían? ¿Cómo iban a librarse de la plaga igualmente? Xavier no pudo evitar sonreír. Era el fin del mundo, pero nadie quería verlo y todos tenían la esperanza de que al final vendría un ángel desde los cielos para llevarles al cielo y salvarles.

La misa acabó y todos se dirigieron a desayunar tratando de olvidar la tragedia que otros estaban viviendo. Porque al fin y al cabo, mientras los zombis no llegaran al santuario el problema sería de otros.

Jornada 9. La Ira de Dios (35)


Mara señaló a los trenes que habían descarrilado.

-Imagina que estamos hablando de una misión militar –continuó Mara- Que el Alto Mando ha ordenado descarrilar esos trenes. Recuerda que no tienen que justificar sus decisiones. Si el tren es un transporte de tropas o material militar no se plantean dudas. Pero, ¿y sí estamos hablando de un tren lleno de civiles? ¿Qué hay que hacer? ¿Qué sucede si en el tren viaja un objetivo importante? ¿Un terrorista? ¿O es un tren suicida? ¿Volamos el tren? Por eso las decisiones se toman desde arriba. Porque a veces no tenemos la visión general de lo que pasa, sólo somos parte de una gran foto.

-¿Estás justificando esto? –Preguntó Xavier señalando al horizonte lleno de columnas de humo.

-Digo que no está en mi mente plantearme ese tipo de cuestiones filosóficas dado que no trato de plantearme otro de tipo más humano cómo el motivo por el que no nos enfrentamos a los zombis en condiciones de igualdad y nos ocultaron cosas a los militares, nos sacrificaron y destruyeron ciudades enteras sólo para… ¿Qué? A día de hoy todavía no sabemos el motivo.

Xavier bajó la cabeza apenado. Mara tenía razón. Pero aún así, como hombre de fe que era, su obligación era tratar de descifrar el motivo por el que Dios había permitido todo eso.

Jornada 9. La Ira de Dios (34)


Xavier retiró los prismáticos con sus manos temblando y vomitó ante la mirada de Mara que se le acercó para ver qué le pasaba. Éste le entregó los prismáticos y le señaló hacia las columnas. Mara no se entretuvo a mirar tanto como el sacerdote. No lo necesitaba.

-No queda nadie vivo por ahí, padre –le dijo tratando de calmarle- No podemos hacer nada. Si quiere podríamos acercarnos para darles descanso eterno pero… es una trampa mortal. Y no creo que tengamos suficiente munición para todos ellos. Podemos marcar el lugar en el mapa. Y quién sabe, a lo mejor en un futuro…

-¿No te preguntas qué sentido tiene? –Dijo Xavier señalando en la dirección de los vagones- ¿Por qué Dios lo ha permitido? ¿Por qué hace que esa gente sufra de esa manera?

Mara se quedó un rato en silencio observando a Xavier.

-No, no me lo pregunto –respondió finalmente- ¿Quién soy yo para plantearme ese tipo de preguntas? Me gusta pensar que todavía soy una militar. Y los soldados no nos hacemos demasiadas preguntas ni nos planteamos ese tipo de cuestiones. Es peligroso en nuestro trabajo.

-Pero, ¿qué sentido tiene entonces combatir si no sabes por qué lo haces? –Preguntó Xavier algo irritado ante la evasiva de su compañera de viaje.

-Yo no he dicho que no supiera el motivo por el que combatía –le señaló Mara- He dicho que no trataba de buscarle explicaciones a lo que los políticos decidían sin consultarnos o tener en cuenta nuestros consejos.

Mara hizo una pausa.

-En teoría el deber de un soldado es cuestionar las órdenes de sus superiores si éstas no parecen legítimas –le contó Mara- Que es lo que me ha llevado a esta situación. Pero no todo el mundo quiere meterse en esos problemas. ¿Cómo te lo explico?

Jornada 9. La Ira de Dios (33)


Los zombis se movían a su ritmo. Ni deprisa, ni despacio. Algunos más rápidos que otros, pero daba igual, no había formación, no había orden ni objetivo. Caminaban de un punto del continente a otro. Y luego a otro. Y luego a otro. Y allí por donde pasaban no quedaba ser humano vivo que pudiera contarlo. No había suficiente munición para acabar con ellos. No había explosivos suficientes ni efectivos. Eso era lo que le esperaba a Europa cuando se despistaran y bajaran la guardia.

Las campanas sonaron y Xavier se dirigió con calma a la capilla, esperando a que todo el mundo entrara y él fuera el último. Se quedó al lado de la puerta, tratando de esconder la escopeta, pero sin dejar de tenerla a mano. El prior comenzó a hablar y a asegurar a todo el mundo que las cosas estaban bien y que había que confiar en Dios en esos momentos más que nunca.

La mente de Xavier volvió a viajar al continente africano. Y a una escena en particular que siempre le venía a la cabeza cuando se hablaba de Dios y la fe, y que había que confiar en él. Fue una de las pocas veces que su fe se vio tocada profundamente.

Estaban viajando por el continente sin un rumbo fijo cuando llegaron a una colina. Desde la misma se podía ver una enorme porción de terreno. A lo lejos columnas de humo se levantaban verticalmente sin que el viento lo desplazara. Según los mapas por esa zona no había ninguna ciudad o poblado. Mara sugirió que podía ser algún avión comercial derribado. Xavier cogió unos prismáticos y los orientó hacia esa zona.

Era un choque de trenes. Al parecer habían chocado de frente y había vagones esparcidos por todas partes, en su mayor parte destrozados, y convertidos en amasijos de hierros. Seguramente los trenes habían salido huyendo de sus ciudades cargados de gente y sin nadie que los controlara habían usado la misma vía y chocado frontalmente. Pero eso no era lo peor. Otros trenes habían venido detrás y habían chocado contra los restos de los primeros convoyes de manera que eso se había convertido en un cementerio de vagones esparcidos por varios kilómetros a la redonda.

Los prismáticos le permitían ver con gran detalle. Sólo quedaban zombis. Cuerpos arrastrándose sin extremidades, o caminando sin rumbo fijo con trozos enteros que les faltaban de sus cuerpos. En algunos casos podía ver cristales teñidos de rojo y a través de alguna ventana rota los muertos vivientes caminando por los pasillos de un lado para otro sin saber cómo salir. Pero otros simplemente permanecían sentados en sus asientos como si estuvieran esperando a que el tren llegara a su destino. En esos momentos había dudado de la existencia de Dios. ¿Cómo un ser divino y supuestamente bondadoso podía permitir un espectáculo así? Había vagones incendiados y que quemaban gracias a los cadáveres andantes. Y el fuego parecía ir saltando de vez en cuando entre vagones. Debía haber media centena de ellos. Los últimos aún sobre las vías, pero otros tirados a los lados de las mismas, volcados de lado o boca arriba, otros partidos en dos, o aplastados… y entre los restos… algo sin vida moviéndose y tratando de salir. Y los buitres que volaban alrededor en círculo vigilantes desde arriba pero que no se atrevían a bajar a coger ningún pedazo de carne. Ni siquiera ellos parecían sentir ganas de comer esa carne contaminada.

Presentación de Apocalipsis Island en Inca


El próximo domingo, día 9 de octubre de 2011, a las 19.30 horas tendrá lugar la presentación de la novela Apocalipsis Island: Origenes por parte de su autor J.D. en el Café Mercantil de Inca (Plaza España, 8; Inca, Mallorca).

Jornada 9. La Ira de Dios (32)


Y lo que le esperaba a Europa lo había visto en primera persona acompañando a Mara en su busca de venganza. Pequeños focos de humanidad todavía resistían pero era cuestión de tiempo de que cayeran a manos de los muertos vivientes. Una marabunta que no se detenía por nada indefinidamente. Si un río les impedía el paso esperaban a que el caudal bajara, o a que algo les permitiera pasar. O seguían caminado a ambos lados del agua buscando un modo de cruzarlo, siempre con un único objetivo: Acabar con todos los humanos vivos.

Pero aunque los muertos andantes eran un peligro constante, también lo eran los seres humanos que respiraban. Rapiñeros ambulantes que asolaban las zonas de supervivientes en busca de sus víveres, y de las mujeres. La mayoría de veces tenían éxito y dejaban a su paso más cadáveres y destrucción. Pero algunas se encontraban con grupos organizados que se defendían y los hacían huir.

Era una guerra constante. Vivos contra no-muertos, vivos contra vivos, y Europa contra África. Y los no-muertos que simplemente caminaban de un lado para otro. O permanecían parados en las ciudades esperando. Durante sus viajes los había visto a miles, amasados en las calles de las ciudades, inmóviles. Era una visión tétrica. Y a la vez… tenía algo de poética. Algo irracional pensaba a veces cuando recordaba esas imágenes. Pero… eran una fuerza de la naturaleza, esperando a que algo sucediera. Una tormenta en el horizonte.

Pero lo más espectacular a lo que había asistido en su paso por ese continente eran los movimientos en masa de millones de zombis. Daba igual si fuera una selva, el desierto, páramos, estepas… eran un ejército de las tinieblas. Los animales cuando les sentían huían y se refugiaban lejos de su paso a pesar de que los zombis les ignoraban completamente. Pero era el instinto de supervivencia que les obligaba a huir. Notaban algo maligno, enemigo directo de la vida que les obligaba a correr en dirección contraria.

Jornada 9. La Ira de Dios (31)


Xavier se dio cuenta de que poco a poco el valle comenzaba a iluminarse y el sol salía por detrás de las montañas. La noche había pasado sin mayores incidentes. Imaginó que en breve sonarían las campanas para llamar a la misa del gallo. La primera del día. Y luego llegaría el desayuno.

Mientras esperaba a las campanas no pudo evitar recordar su vuelta al continente africano después de que el Primer Mundo hubiera comenzado a recuperar la normalidad relativa. Nadie parecía preocupado por recuperar el continente al sur de Europa. Y las matanzas que se llevaron a cabo en el mar Mediterráneo amenazaron con convertirlo en un nuevo mar Rojo. La gente que intentaba huir por mar se encontraba con una fuerza militar conjunta europea y norteamericana para impedir que nada del continente negro llegara al continente blanco.

Las embarcaciones, recreativas, cayucos de madera, lanchas neumáticas, todas llenas a rebosar de gente eran invitadas a volver a tierra. Y las que no obedecían eran hundidas si miramientos y los náufragos abandonados a su suerte o, aún peor, acribillados y destrozados para asegurarse de que no llegaran a tierra firme europea. Regularmente se usaban barcos de pesca de arrastre para recuperar esos cadáveres para que no llegaran a las costas civilizadas y luego eran abandonados en las playas o zonas costeras africanas.

Y nadie se molestaba lo más mínimo por ello. Tampoco era que apareciera en las noticias. Pero aunque hubiera aparecido… seguramente la gente no se hubiera indignado y se hubiera ido acostumbrando. Si con ello conseguían volver a recuperar su tranquilidad, cualquier método era bueno.

El problema de eso era que estaban abandonando todo un continente, con cerca de mil millones de personas… todos zombis potenciales. Y si parecía que algo habían olvidado las personas al mando era que dejar a los zombis libres era peligroso. Eran muy hábiles para volver cuando menos se les esperaba. Y ese millar de millones seguro que esperarían a su oportunidad para recordarle a Europa su crimen, su pecado. Sólo era cuestión de tiempo. Y para un muerto, eso no era un problema.

Jornada 9. La Ira de Dios (30)


En un encuentro con un grupo de ancianos de una tribu, éstos le comentaron que estaban preocupados. Crear zombis era algo que se pasaba de generación en generación. No era un secreto muy bien guardado precisamente, pero requería de unos componentes, de mucho tiempo y una labor que la mayoría de tribus no podían permitirse o simplemente no querían realizar. No estaba muy bien visto precisamente molestar a los muertos en su sueño eterno y se creía que usar esa técnica podía provocar el enfado de los Dioses. Incluso se ofrecieron a enseñarle la técnica, pero Xavier declinó lo más amablemente posible sin llegar a mostrar el horror que eso le provocaba. Iba contra todas sus creencias. Era cierto que en la Biblia había muchos ejemplos de personas resucitadas, pero estaba seguro de que a lo que se referían los ancianos no era a ese tipo de resurrección.

Hablando con ellos descubrió que era imposible que aparecieran tantos zombis a la vez. No de forma “natural” como ellos sabían. Se requerían meses para hacer los preparativos y cómo mucho se podían conseguir media docena. Pero a esas alturas ya habían aparecido en distintos puntos cerca de un centenar. Y la gente había comenzado a tener miedo y montar guardias por las noches. Sin contar con cosechas que se habían perdido. Aquello era un desastre para la zona.

Pero lo peor aún estaba por llegar. Al cabo de un par de semanas se había comenzado a encontrar pueblos enteros reducidos a cenizas. Cadáveres de familias enteras en sus cabañas las cuales habían sido incendiadas. La gente comenzaba a huir en masa de la zona. Estaban aterrorizados. Poco después de esos acontecimientos llegó la llamada del Vaticano a la que tuvo que acudir.